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A Vicente Pérez Callejas



En dulce quietud extraña
sumergido yace el campo,
y el sol, que los cielos baña,
desflora apenas el ampo
de la nieve en la montaña.
Abril, que del yerno suelo
la bruma invernal destierra,
para consolar su duelo
viste al árbol verde velo
y alfombra verde a la tierra.
Las aguas que aprisionadas
en transparente cristal
ayer durmieron calladas,
corren al fin desatadas
en bullicioso raudal;
y, entre su rumor sonoro,
los amantes ruiseñores
alzando inefable coro
velan el dulce tesoro
del nido de sus amores.
La selva, ayer despojada,
de sus frondas hace alarde:
en la espléndida enramada
toda es cantos la alborada,
toda es aromas la tarde;
y porque en hora ninguna
falte un astro que pregone
todo el bien que el mundo aduna,
al tiempo que el sol se pone
surge en oriente la luna.
Corazón que en tu dolor
negabas la providencia,
¡bendice al Sumo Hacedor!
¡Toda esa luz es clemencia!
¡Toda esa vida es amor!