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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


grande que Yugurta y que Annibal. El mundo antiguo se creería libre de sus esclavos cuando Craso, vencedor de Espartaco, volvía entre 10.000 cruces, donde espiraban 10.0000 esclavos crucificados. Pues bien, cuando sonó la última hora del antiguo mundo, cuando los compatriotas de Espartaco llegaron a Roma con los ejércitos de Alarico, en la última noche del antiguo mundo, Roma, vencida, destrozada, debió levantar los ojos al cielo y ver los compañeros de Espartaco, cual otros tantos Ángeles exterminadores, descendiendo de sus cruces, y dispersando a los cuatro puntos del horizonte sus ensangrentadas cenizas. ¿Y os extrañáis que sobre nosotros caigan tantos males cuando hemos cometido también, prolongando la esclavitud, tantos crímenes?

Yo observo que hay en esta Cámara, lo digo para concluir, algunos sacerdotes. Yo creo, Sres. Diputados, que los sacerdotes han venido aquí para algo más, para mucho más que pedir la resurrección de la Monarquía y la continuación de la intolerancia religiosa. Yo no disputaré, no quiero entrar en eso, ni es este sitio, ni es esta ocasión; yo no disputaré sobre si el cristianismo abolió o no abolió la esclavitud. Yo diré solamente que llevamos diez y nueve siglos de cristianismo, diez y nueve siglos de predicar la libertad, la igualdad, la fraternidad evangélica, y todavía existen esclavos; y solo existen, Sres. Diputados, en los pueblos católicos, solo existen en el Brasil y en España. Yo sé más, Sres. Diputados, yo sé más; yo sé que apenas llevamos un siglo de revolución, y en todos los pueblos revolucionarios, en Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, ya no hay esclavos. ¡Diez y nueve siglos de cristianismo y aun hay esclavos en los pueblos católicos ¡Un siglo de revolución, y no hay esclavos en los pueblos revolucionarios!



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