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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


libertad, vendría una insurrección en Cuba, como consecuencia fatal de la política allí seguida. Si damos libertad a blancos y negros, decía yo, se insurreccionarán los reaccionarios y los negreros: si no la damos, si resistimos, si aplazamos la reforma, entonces se insurreccionarán los criados cerca de los Estados Unidos, los que guardan la idea de libertad en su conciencia, los reformadores, los revolucionarios.

Esto era indudable; había que escoger entre una u otra insurrección: ¿por qué, revolucionarios de Septiembre, habéis escogido la catástrofe que nos separa de la Europa y de la América, la guerra, la guerra del colono que necesita derechos, la guerra del negro que necesita libertad?

Y, señores, menester es decirlo, está en la conciencia de todos: en la guerra de Cuba, por una y otra parte, se cometen excesos; nadie está limpio; ni los insulares ni ni los peninsulares, nadie. La guerra de Cuba se hace con extraordinario valor, pero también con una ferocidad extraordinaria. ¿No veis algo de los errores que siembra la servidumbre? ¿No veis algo de esa despiadada naturaleza que se adhiere allí donde crece el esclavo, a su ergástula? Esa lluvia de sangre es la condensación de las gotas arrancadas por el látigo a las espaldas del negro; es la expiación de nuestro delito nacional.

Desde esta tribuna, yo, español, protesto contra la cólera de los españoles; yo, republicano, protesto contra la cólera de los republicanos: ni unos ni otros, al hacer esa guerra tan cruel, han merecido bien de la humanidad, bien de Dios: yo conjuro al Gobierno para que restañe esa sangre, para que cierre esas heridas.

Cuando una tierra lleva sobre sí esas grandes maldiciones, la cólera divina llueve sobre ella torrentes de mal