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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


decían que para ellos no había venido Cristo, puesto que eran de la raza maldita, de la raza de Cam, tienen hoy templos donde espaciar sus almas. Aquellos hombres, casi mulos de carga, tan desgraciados como los reptiles que se arrastran por el algodón y por la caña, son hombres libres, son ciudadanos americanos, se sientan en el Congreso y en el Senado de Washington. Los Estados Unidos no han querido reconocer como miembros de la federación a aquellos Estados que a su vez no han reconocido la libertad y la igualdad de los negros.

Me habláis de leyes excepcionales. Muchas habéis dado para sostener la influencia de los sacerdotes y la tiranía de los Reyes. Os consiento excepciones si me presentáis 4 millones de bestias convertidos en 4 millones de hombres.

Pero repetís, y repetís siempre, que esa no es nuestra raza. ¡Siempre, siempre Sres. Diputados, siempre el argumento fatal de la diferencia de raza! ¡Hay!, sin embargo, una parte de la raza latina en el mundo, a la cual sí la consideran algunos tan grande o más grande que la nuestra para llevar a cabo todas las obras sociales, todavía no he podido comprender, todavía no me ha convencido la historia de que esa parte de la raza latina sea superior a la española para plantear la libertad y arrojar de sí los males de la esclavitud.

Me refiero, Sres. Diputados, a la raza francesa: yo creo que tiene más apego al cesarismo, más instintos demagógicos, más culto al Estado que ningún otro pueblo: yo creo que Francia, que quiere la libertad, tiene los tres males de todos los pueblos latinos en más alto grado que nosotros. No quiero ofender a ningún pueblo, menos cuando voy a alabarle, y menos cuando es el pueblo francés, a quien admiro tanto.