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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


giera en el Océano. Moscow, Zaragoza, recuerdan suicidios sublimes de los pueblos. ¿Por qué consideráis estas como acciones heroicas, y consideráis como crímenes las mismas acciones en los negros? No es posible olvidar tampoco cuánto había de delirio en el intento de restaurar la esclavitud. Si el incendio consumió los bosques; si la sangre tiñó las aguas; si las ciudades fueron montones de cadáveres; si el ejército francés desapareció como un ejército de sombras en aquel abismo de horrores; si los perros, ornados de cintas por las tiernas manos de las damas blancas, cazaron y comieron negros; si esas mismas damas en su desolación y en su hambre devoraron los perros que habían devorado a los negros, los perros engordados con carne humana; la culpa es de Napoleon, del que restauró el Trono, el altar, la trata, la esclavitud; no bastante castigado en Santa Elena, si la conciencia no le recordaba a cada minuto estos crímenes; no bastante castigado, si los millones de hombres que segó en pútridos campos de matanza, para saciar su ambición, no le persiguen con sus alaridos en las regiones de la muerte, reparando con el azote de remordimientos infinitos los ultrajes hechos por la fuerza brutal a la conciencia humana.

Pero sé bien vuestro argumento. Vuestro argumento es: las razas latinas son revolucionarias; las razas sajonas, reformadoras, y el ejemplo que debemos seguir es el ejemplo de las razas sajonas.

Yo, Sres. Diputados, declaro, confieso que las razas sajonas han hecho gradualmente, con especialidad en Europa, sus reformas. La reforma religiosa, por ejemplo, hablo de la reforma religiosa contemporánea, comenzó con O'Connell y ha concluido con Gladstone; la reforma electoral comenzó con Rusell y se perfeccionó con D'Israeli; la ley de cereales comenzó con Oobden y terminó con Peer. Pero, ¡y la esclavi-