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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


que apagar su sed. Y, Sres. Diputados, ¿aún temeréis que nuestras leyes perturben las digestiones de los negreros cuando tantos crímenes no han perturbado sus conciencias? (Aplausos.)

Seguid, seguid ese calvario. Buscad el negro en la sociedad. ¿Puede haber sociedad donde se publican y se leen estos anuncios? ¿Les daría a leer estos periódicos de Cuba el Sr. Ministro de Ultramar a sus hijos? No puedo creerlo, no se los daría. Dicen: «Se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá; dos negras hija y madre; las yeguas juntas o separadas, las negras, la hija y la madre, separadas o juntas. » (Sensación».) La pobre negra que ha engendrado a su hijo en el dolor moral, que lo ha parido en el dolor físico, cuando ese hijo puede consolarla, una carta de juego, una bola de billar deciden de su suerte. Se juegan las negras, y muchas veces gana uno la madre y el otro la hija, y el juego separa lo que ha unido Dios y la naturaleza. Cuando vemos esto, buscamos sin encontrarlas ¡ay! la justicia humana y la justicia divina. El cielo y la conciencia nos parecen vacíos. El negro nace con la marca en la espalda, crece como las bestias, para el servicio y el regalo de otro; trabaja sin recoger el fruto de su trabajo; engendra esclavos; solo es feliz cuando duerme si sueña que es libre; y solo es libre en el día de su muerte.

El suicidio es hoy, como en tiempos de Espartaco, el refugio de los esclavos. Hay años en que se suicidan en Cuba 400 esclavos. ¡ Sres. Diputados!, ¡qué horror! Ahora bien, yo pregunto para tranquilizar a los señores de enfrente, y oídme con atención, que esta parte de mi discurso es la más árida: ¿no hay medio de evitar todos estos males? ¿No los había mayores en otras naciones, y sin embargo han tenido la audacia de abolir