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Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


una fuente cenagosa que se llama la trata. ¿Comprendéis un crimen mayor? ¿Creéis que hay en el mundo algo más horrible, algo más espantoso, más abominable que el negrero? El monstruo marino que pasa bajo la quilla de su barco; el tiburón que le sigue, husmeando la carne, tienen más conciencia que aquel hombre. Llega a la costa, coge su alijo, lo encierra, aglomerándolo, embutiéndolo en el vientre de aquel horroroso barco, ataúd flotante de gentes vivas. Cuando un crucero le persigue, aligera su carga, arrojando la mitad al Océano. Allí los pobres negros no comen ni beben bastante, porque el sustento y la bebida es cara, y su infame raptor necesita ganancia, mucha ganancia. Bajo los chasquidos del látigo se unen los ayes de las almas con las inmundicias de los cuerpos. El negrero les muerde las carnes con la fusta, y el recuerdo de la patria ausente, la nostalgia, les muerde con el dolor los corazones.

El año 1866 un buque negrero iba perseguido por un buque crucero. Llego a un islote, cerca de las playas cubanas y arrojo 180 negros. El buque negrero y el crucero dejaron la isla. ¿Sabéis qué sucedió? Los pobres negros no podían poner los pies en la tierra esponjosa, no podían ni siquiera extenderse para descansar; aquella era una verdadera cruz de espinas. Todos murieron de hambre.

¿Cuál sería el espanto, Sres. Diputados, cuál sería el horror de su agonía? No tenían qué comer y para beber no tenían más que el agua del mar, no tan amarga como la cólera de los hombres. Murieron unos sobre otros. Imaginaos el dolor de los últimos supervivientes. Quizá un hermano vio morir a su hermano; quizá un hijo a su padre; quizá ¡qué horror! un padre a su hijo. Quizá alguno mordió, por hambre, carne de su carne, bebió sangre de su sangre, buscando en, las venas algún líquido con