Abrir menú principal

Pág. 12 de 42
Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


era el compromiso del Sr. Ministro de Ultramar, y ese era su deber, yo hubiera querido que esa satisfacción fuese para los esclavos.

¡Ah, señores! Pues qué, ¿no va a agravar esa ley el mal de la servidumbre? Ese pobre niño emancipado y reducido hasta la edad de 20 años a ser el instrumento del amo, ¿no va a ser oprimido, estrujado, antes que llegue la hora de su libertad? Pues qué, esos pobres, esos desgraciados ancianos, a los cuales un amo avaro ha robado el sudor de su frente, sin peculio, sin protector, sin padres, sin hijos, porque los negros no tienen derecho a conservar sus hijos, ¿no se parecen al esclavo que los romanos consagraban a Esculapio y deponían en una isla del Tiber para que se muriese de hambre?

Yo no conozco épocas más tristes en la historia que las épocas de la abolición gradual de la esclavitud. Se ha intentado graduar la emancipación en mil partes y en ninguna ha podido conseguirse. Es una época de incendio, de matanza, de revolución, de guerra servil. El esclavo que sabe que le han llamado hombre; el esclavo que sabe que es libre, se resiste al trabajo, lucha, forcejea, quiere romper los hierros de su jaula. El amo que sabe que aquella propiedad va a cesar, oprime al negro con todo genero de opresiones, lo estruja, destila todo su sudor sobre la tierra y entrega a la emancipación solo un cadáver. Vuestra ley no es ley de caridad, no es ley de humanidad; vuestra ley exacerba, más la esclavitud. No, no hay términos medios; males tan graves no los consienten; males tan graves se recrudecen con inútiles paliativos y necesitan para ser extirpados de un cauterio. Ese remedio supremo es la enmienda que he tenido la honra de presentaros; ese remedio es la abolición inmediata.

Porque, después de todo, en la abolición de la