Abrir menú principal

Pág. 04 de 42
Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


remedio al hastío, la muerte; a pesar de la leyenda de su resurrección, Grecia es hoy un montón de ruinas rematadas por coronas de ortigas.

Roma, en vez de su Senado de Reyes, tiene su cónclave de Cardenales; en vez de un antiguo derecho político y civil, la ausencia de toda vida civil y política; pobre, paralítica, muda, yerta, sobre la ruina de sus altares y de sus claustros.

En cuanto a nosotros, en cuanto al pueblo más joven y más afortunado de los tres; con una raza tan varonil que parece incapaz de toda decadencia; con colonias en todas las regiones de la tierra; con sacrificios tan recientes y tan gloriosos como el sacrificio de la guerra por la independencia; con instituciones, si pervertidas, libres; nuestro nombre, aquel nombre que fue el talismán de los Papas y de los Reyes; aquel nombre a cuyos ecos temblaban las naciones desde el extremo oriente hasta el extremo ocaso; aquel nombre, digámoslo con tristeza, pesaba menos en la balanza de los destinos humanos que el nombre de Baviera, de Bélgica o de Holanda.

De súbito en Septiembre esta Nación se levanta; expulsa su vieja dinastía; rompe el yugo de la intolerancia religiosa, y anuncia al mundo que se apercibe a entrar en la vida de la democracia, en la vida del derecho.

Los opresores palidecieron; los oprimidos esperaron. Sí; aquel pueblo de gran territorio y mucha población, que realice reformas sociales radicalmente, como es la abolición de la esclavitud; aquel pueblo que sepa prescindir de una dinastía histórica, de una Iglesia oficial, de un ejercito numeroso; aquel pueblo que sepa ejercer la libertad de imprenta sin escándalo, la libertad de reunión sin excesos, al sufragio universal sin cesarismo, será en Europa lo que los Estados Unidos son en América: será el ideal y la esperanza de todos los pueblos.