Abrir menú principal

Pág. 03 de 42
Abolición de la esclavitud Emilio Castelar


este principio se rompió, el cetro del mundo ha pasado a la racionalista Alemania, a la constitucional Inglaterra, a la revolucionaria Francia, a la puritana y republicana América.

Dadle a un pueblo una grande idea, y en ella le habéis dado el poder y la riqueza.

Pues bien: lo que vengo a pedir hoy es que la Nación española se levante a la altura de los grandes principios sociales, en la seguridad de que sirviendo a la civilización, sirviendo al progreso, encontrará la fuerza, encontrará la riqueza, encontrará el bienestar, encontrará el influjo en la humanidad, a que por tantos títulos tiene derecho su gloriosa historia.

La Nación española fue el asombro del mundo al comienzo de la revolución de Septiembre. Pero la admiración provino, en verdad, no de que se hubiese hecho la revolución con más o menos orden, con más o menos calma, sino de que nuestro despertamiento a la vida moderna desconcertaba todas las teorías políticas, filosóficas, sociales e históricas, fundadas en nuestra irremisible decadencia.

Sí; hay tres pueblos que parecen muertos, los tres pueblos más excepcionalmente grandes: el pueblo griego, que dilató el mundo de la filosofía y del arte; el pueblo romano, que dilató el mundo del derecho y de la política; el pueblo español, que dilató el mundo de la naturaleza, de la creación; que tendió sus manos creadoras sobre el solitario Océano; y al descubrir América, dobló la tierra, ensanchó el espacio.

Pero, ¿qué ha sido de estos tres grandes pueblos? Grecia, a pesar de que las naciones más populosas se empeñaron en socorrerla; a pesar de que los sabios y los artistas quisieron renovar para ella las antiguas Cruzadas; a pesar de que en sus campos combatió el gran poeta del siglo, el poeta de la duda, encontrando allí el único