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Llama sin temor, anciano;
que el aldabón de mi puerta,
siempre al infortunio abierta,
no hiere al pobre la mano.
Cordial hospitalidad
se ofrece aquí con llaneza:
quien sabe lo que es pobreza
sabe lo que es caridad.
Ya lo ves: cuando a los hierros
de esa verja el rostro asomas,
ni se azoran mis palomas,
ni airados ladran mis perros;
mi familia, alborozada,
sale, al ver que tu bordón
pulsa el rústico escalón
de mi rústica morada;
depositando en tu mano
sencillo disco de cobre,
porque sabe que eres pobre
te recibe como a hermano;
y al verte de hambre temblar,
te ofrece, risueña y franca,
pan moreno y leche blanca
acabada de ordeñar.
Ella no sabe si en pos
de algún mal fin va el potente:
mas sabe que el indigente
viene de parte de Dios.
Desecha vanos recelos,
el rústico umbral traspasa,
y entre contigo en mi casa
la bendición de los cielos.
Depón, depón el rubor:
¡tu grosero traje informe
es el glorioso uniforme
de los hijos del Señor!-
El cierzo duro de enero
te está haciendo tiritar:
siéntate al tranquilo hogar
que aromatiza el romero;
seca tus burdos vestidos
a su aplacible calor,
y él restituya el vigor
a tus miembros ateridos.
Alienta; que hallo, en verdad,
unidas a tu pobreza,
no sé qué humilde grandeza
ni qué triste majestad:
la frente que al suelo inclinas,
ciñen, con visos extraños,
la diadema de los años
y la corona de espinas;
y tu manto desgarrado,
de polilla carcomido,
ante la llama tendido
parece un cielo estrellado.
Otro mejor te daré,
que la lluvia no traspasa:
el tuyo, en bien de mi casa,
por reliquia guardaré;
y, si Dios sacia el anhelo
de mi espíritu inmortal,
ése es el manto triunfal
con que he de entrar en el cielo.