A secreto agravio, secreta venganza/Jornada 1/Escena III

Jornada primera

Escena III

DON JUAN DE SILVA, en traje pobre, DON LOPE, MANRIQUE.

DON JUAN (Para sí.)

¡Cuán diferente pensé
volver a ti, patria mía,
aquel infelice día
que tus umbrales dejé!
¡Quién no te hubiera pisado!
Pues siempre mejor ha sido,
adonde no es conocido,
vivir el que es desdichado.
Gente hay aquí, no es razón
verme en el mal que me veo.

DON LOPE

Aguárdate. No lo creo.
¿Si es verdad? ¿Si es ilusión?
¡Don Juan!

DON JUÁN

¡Don Lope!

DON LOPE

  Dudoso
de tanta dicha, mis brazos
han suspendido sus lazos.

DON JUAN

Deteneos, que es forzoso
que me defienda de quien
tanto honor y valor tiene;
que hombre que tan pobre viene,
don Lope amigo, no es bien
que toque (oh suerte importuna!)
pecho de riquezas lleno.

DON LOPE

Vuestras razones condeno,
porque si da la fortuna
humanos bienes del suelo,
el cielo un amigo da
como vos: ¡ved lo que va
desde la fortuna al cielo!

DON JUAN

Aunque hacéis que aliento cobre,
en mí mayor mal está.
¡Mirad cuán grande será
mal que es mayor que ser pobre!
Y porque mi sentimiento
algún alivio prevenga,
si es posible que le tenga,
escuchad, don Lope, atento.
A la conquista famosa
de la India, que eligió
para su tumba la noche
y para su cuna el sol,
amigos, y tan amigos,
pasamos juntos los dos,
que asistieron en dos cuerpos
un alma y un corazón.
No codicia de riqueza,
sino codicia de honor
obligó nuestros deseos
a tan atrevida acción,
como tocar con bajeles
la provincia que ignoró
por tantos años la ciencia,
nunca creída hasta hoy.
La nobleza lusitana
de su fortuna fió
naves, que ciertas exceden
las fingidas de Jasón.
Dejo esta alabanza a quien
pueda con más dulce voz
contar los famosos hechos
desta invencible nación;
porque el gran Luis de Camoens,
escribiendo lo que obró,
con pluma y espada muestra
ya el ingenio y ya el valor
en esta parte. Después,
Don Lope invicto, que vos,
por muerte de vuestro padre,
volvisteis, me quedé yo,
bien sabéis con cuánta fama
de amigos y de opinión,
que ahora perdidos hacen
el sentimiento mayor.
Pero en efecto es consuelo.
¡Ved si desgraciado soy,
que nunca le di, malquisto,
a la fortuna ocasión!
Había en Goa una señora,
hija de un hombre a quien dio
grande cantidad de hacienda
codicia y contratación.
Era hermosa, era discreta;
que, aunque enemigas las dos,
en ella hicieron las paces
hermosura y discreción.
Servíla tan venturoso,
que merecí algún favor;
pero ¿quién ganó al principio,
que a la postre no perdió?
¿Quién fue antes tan felice,
que después no declinó?
Porque son muy parecidos
juego, fortuna y amor,
Don Manuel de Sosa, un hombre
(hijo del gobernador
Manuel de Sosa) por sí
de mucha resolución,
muy valiente, muy cortés,
bizano y cuerdo (que yo,
aunque le quite la vida,
no he de quitarle el honor),
de Violante enamorado
(que éste es el nombre que dio
ocasión a mi ventura
y a mi desdicha ocasión),
en Goa públicamente
era mi competidor.
Poco cuidado me daba
su amorosa pretensión;
porque siendo, como era,
el favorecido yo,
la pena del despreciado
hizo mi dicha mayor.
Un día, que el sol hermoso
saliera (¡pluguiera a Dios,
sepultara eterna noche
su continuo resplandor!),
salió con el sol Violante:
bastaba pedirle yo
que aun el uno no saliera,
para que salieran dos.
De criados rodeada
a la marina llegó
donde estaba mucha gente,
porque en aquella ocasión
había llegado una nave
al puerto, y su admiración
ido causa a aqueste concurso,
y a mi desdicha la dio.
Estábamos en un corro
de mucha gente los dos,
todos soldados y amigos,
cuando a la vista pasó
Violante. Iba tan airosa,
que allí ninguno dejó
de poner el alma en ella,
porque su planta veloz
era el móvil que llevaba
tras sí la imaginación.
Dijo un capitán: -¡Qué bella
mujer! -A quien respondió
don Manuel: -Y como tal
ha sido la condición.
-Será cruel. -No por eso
lo digo (le replicó),
sino por ver que ha escogido,
como hermosa, lo peor.-
Yo entonces dije: -Ninguno
sus favores mereció,
porque no hay quien los merezca;
y si hay alguno, soy yo.
-Mentís (dijo). Aquí no puedo
proseguir, porque la voz
muda, la lengua turbada,
frío el cuerpo, el corazón
palpitante, los sentidos
muertos y vivo el dolor,
quedan repitiendo aquella
afrenta. ¡ Oh tirano error
de los hombres! ¡Oh vil ley
del mundo! ¡Que una razón,
o que una sinrazón pueda
manchar el altivo honor
tantos años adquirido,
y que la antigua opinión
de honrado quede postrada
a lo fácil de una voz!
¡Que el honor, siendo un diamante,
pueda un frágil soplo (¡ay Dios!)
abrasarle y consumirle,
y que siendo su esplendor
más que el sol puro, un aliento
sirva de nube a este sol!
Mucho del caso me aparto,
llevado de la pasión.
Perdonad, vuelvo al suceso.
Apenas él pronunció
tales razones, don Lope,
cuando mi espada veloz
pasó de la vaina al pecho,
tal que a todos pareció
que imitaron trueno y rayo
juntas mi espada y su voz.
Bañado en su misma sangre,
muerto en la arena cayó,
cuando para mi defensa
tomé una iglesia, a quien dio
en aquel sitio lugar
la sagrada religión
de Francisco; que por ser
su padre el gobernador,
me fue forzoso esconderme
con tanto asombro y temor,
que tres días un sepulcro
habité vivo. ¿Quién vio
que siendo el contrario el muerto,
fuese el sepultado yo?
Al cabo de los tres días,
por amistad y favor,
el capitán de la nave
que a nuestro puerto llegó,
y que a Lisboa venía,
en ella me recibió
una noche, cuyo manto
fue de mi vida ocasión.
En esta nave escondido
estuve, hasta que el veloz
monstruo del viento y del agua
los piélagos dividió
de Neptuno. ¡Injusto engaño
de la vida! O su pasión
no dé por infame al hombre
que sufre su deshonor,
o le dé por disculpado
si se venga; que es error
dar a la afrenta castigo,
y no al castigo perdón.
Hoy he llegado a Lisboa,
adonde tan pobre estoy,
que no osaba entrar en ella.
Éstas mis fortunas son,
ya no tristes, sino alegres,
pues me dieron ocasión
de llegar a vuestros brazos.
Éstos mil veces os doy,
si un hombre tan infelice
puede merecer de vos,
¡oh gran don Lope de Almeida!,
tal merced, honra y favor.

DON LOPE

Atentamente escuché,
don Juan de Silva, las quejas,
que en lágrimas anegadas
dais desde el pecho a la lengua,
y atentamente he pensado
que no hay opinión que pueda,
por más sutil que discurra,
tener dudosa la vuestra.
¿Quién, en naciendo, no vive
sujeto a las inclemencias
del tiempo y de la fortuna?
¿Quién se libra, quién se excepta
de una intención mal segura,
de un pecho doble, que alienta
la ponzoña de una mano
y el veneno de una lengua?
 Ninguno. Sólo dichoso
puede llamarse el que deja,
como vos, limpio su honor
y castigada su ofensa.
Honrado estáis: negras sombras
no deslustren, no oscurezcan
vuestro honor antiguo, y hoy
en nuestra amistad se vea
la virtud de aquellas plantas,
tan conformemente opuestas,
que una con calor consume,
y otra con frialdad penetra,
siendo veneno las dos,
y estando juntas, se templan
de suerte, que son entonces
salud más segura y cierta.
Vos estáis tristes, yo alegre:
partamos la diferencia
entre los dos, y templando
el contento y la tristeza,
queden en igual balanza
mi alegría y vuestra pena,
mi gusto y vuestro dolor,
mi ventura y vuestra queja,
porque el pesar o el placer
matar a ninguno pueda.
Yo me he casado en Castilla,
por poder, con la más bella
mujer... (Mas para ser propia
es lo menos la belleza).
Con la más noble, más rica,
más virtuosa y más cuerda
que pudo en el pensamiento
hacer dibujos la idea.
Doña Leonor de Mendoza
es su nombre, y hoy con ella
don Bernardino mi tío
llegará a Aldea Gallega,
donde salgo a recibirla
con tan venturosas muestras
como veis; y un bello barco
tan venturoso la espera,
que juzga por perezosas
hoy del tiempo las ligeras
alas; porque el bien que tarda
no llega bien cuando llega.
Ésta es mi dicha, mayor
por ver cuánto la acrecienta
vuestra venida don Juan.
No os dé temor, no os dé pena
venir pobre; rico soy;
mi casa, amigo, mi mesa,
mis caballos, mis criados,
mi honor, mi vida, mi hacienda,
todo es vuestro. Consolaos
de que la fortuna os deja
un amigo verdadero,
y que no ha tenido fuerza
contra vos quien os quitó
ese valor que os alienta,
esa alma que os anima,
y este brazo que os defienda.
No me respondáis, dejad
las cortesanas finezas,
entre amigos excusadas,
y venid adonde sea
testigo vuestra persona
de la dicha que me espera;
que hoy en Lisboa ha de entrar
mi esposa, y estas tres leguas
de mar (para mí de fuego)
hemos de venir con ella;
que de esotra parte está
sin duda.

DON JUAN

Pues no pretenda
con mi humildad deslucirse,
don Lope, vuestra nobleza,
porque el mundo, no la sangre,
sino el vestido, respeta.

DON LOPE

Ése es engaño del mundo,
que no ve ni considera
que al cuerpo le viste el oro,
pero al alma la nobleza.
Venid conmigo. (Ap.) Suspiros,
ofreced viento a las velas,
si es que en los mares del fuego,
bajeles de amor navegan.
(Vanse los dos)

MANRIQUE

Yo me quiero adelantar
en alguna barca destas,
que llaman muletes, y hoy,
siendo cojo con muletas,
pediré a mi nueva ama
las albricias de que llega
su esposo; que el primer día
da las albricias cualquiera,
porque sale de forzada,
si es lo mismo que doncella.
(Vase.)