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Quizá serán delirios de mi locura,
o fantasmas que engendra la noche oscura;
pero -cuando, rendido tras larga vela
en que al alma doliente nada consuela,
derramando en mis sienes letal beleño,
mis párpados cansados entorna el sueño,-
por las oscuras sombras, o desvarío,
o una alas se agitan en torno mío.
En medio del letargo que me domina,
un rayo misterioso mi alma ilumina;
y, entre las vagas ondas del aire vano,
una visión distingo de rostro humano:
visión fascinadora que infunde al alma
esperanza y consuelo, quietud y calma.
Dulce expresión le prestan y aspecto santo
una cándida toca y un negro manto,
y su pálida frente leve rodea
una blanca aureola que centellea.
Considera piadosa mi amargo duelo;
con la mano tendida me muestra el cielo;
y su voz, como brisa de primavera,
dulce y mansa me dice: «¡Sufre y espera!»

Yo conozco el aliento de aquella boca;
yo conozco aquel manto y aquella toca,
desde una triste noche que, delirando,
a la luz de unos cirios pasé velando:
¡triste noche solemne, triste velada
que dejó el alma mía regenerada!

Dulce voz que me alientas en mi agonía,
¡ay de mí si cesaras de hablarme un día!
Por tus santas palabras, que fiel venero,
resignado a mi suerte sufro y espero;
por ti, por ti la mano de Dios bendigo,
que imparcial nos reparte premio y castigo;
por ti me postro humilde bajo esa mano;
por ti soy religioso, por ti cristiano.
Dios, que sabe la historia de mi tormento,
por ti en mis amarguras me infunde aliento.
Dulce voz misteriosa que tanto alcanzas,
dulce voz que reanimas mis esperanzas,
nunca niegues tus ecos al alma mía;
que ¡ay de mí si cesaras de hablarme un día!