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Tercera Parte : NUESTRO CESAR
V
EL OCASO Y LA MUERTE



Envolvía a Claudio Borja una sensación de paz interior, de indiferencia para cuanto lo rodeaba. Era a modo de una brisa refrescante, venida del infinito sólo para él, no pudiendo gozar nadie más su soplo.

Recordaba lo ocurrido veinticuatro horas antes, con el relieve de los hechos recientes. Veía árboles de oscuro follaje limitando el semicírculo de una planicie cubierta de hierba con florecillas. Ante sus ojos, López Rallo vestido de negro, con el cuello de su chaqué subido, cual si cayese sobre él una lluvia invisible, el codo en escuadra, la diestra cerrada y en alto, sirviendo de remate a este puño, una gran pistola.

Claudio estaba en la misma actitud, y a sus espaldas existía indudablemente una arboleda igual a la otra. Enciso debía de mantenerse oculto en algún macizo de verdura, jadeante de emoción.

Sonaban tres palmadas, y una voz repetía dichos golpes de manos numerándolos. Los dos bajaban el brazo hasta ponerlo horizontal.

El quería matar, más por egoísmo que por verdadera cólera. Necesitaba desembarazarse del hombre Sel monóculo. Y aprovechó un breve intervalo entre las tres palmadas para rectificar su puntería, buscando el brillo de aquel redondel de vidrio que el otro había, conservado por petulancia seguramente.

Oyó el tiro de la pistola que tenía enfrente, un ruido muy lejano, y apretó el gatillo de la suya; mas no pudo escuchar su detonación. En el mismo instante sintió un golpe en la parte alta de su pierna derecha, una contusión, que hizo recordar la que había sufrido, siendo pequeño, al recibir cierta pedrada en una contienda con otros de su edad.

Se le ocurrió que el proyectil de su enemigo había chocado en el suelo, levantando un guijarro que rebotaba hasta él. No podía ser una herida. Se mantuvo en pie, sin sentir que le abandonasen sus fuerzas, rígido y bien plantado, dispuesto a continuar el combate. Los padrinos les entregarían nuevas pistolas para que prosiguiese el lance. El accidente carecía de importancia.

Lo único que le pareció raro fue el calor de dicha piedra, cuyo contacto resultaba cáustico, igual a una quemadura.

De pronto vio correr hacia él a los cuatro padrinos, a los dos médicos, al encargado del jardín y otras personas que habían estado ocultas presenciando el encuentro. Hasta el plenipotenciario Enciso surgió de entre unos árboles, pálido, alzando las manos, a impulsos de su emoción. Todos habían visto vacilar a Claudio, inclinándose a su derecha, sin que él se diese cuenta de ello.

Como si aguzase sus sentidos esta convergencia general hacia el lugar ocupado por su persona, empezó a percatarse de que algo húmedo iba deslizándose a lo largo de su pierna brotando de la contusión producida por la pedrada caliente. Era sangre que manaba de un orificio repentinamente abierto en su pantalón, más abajo de la cadera derecha.

Todos estos hombres se lo llevaban, quitándole la pistola, sin escuchar sus deseos de proseguir el combate Tampoco entendía en realidad sus palabras. Vio solamente en torno a su rostro gesticulaciones, ojos inquietantes, y escuchó frases que le parecían faltas de sentido.

Pretendieron llevarle en alto, pero Claudio los rechazó, marchando fácilmente por sus propios pies. Una nueva fuerza le hacia invulnerable para el dolor. La pierna herida la consideraba como si fuese de otro, parecléndole cada vez menos sensible.

Luego se veía acostado en una pobre cama, la del jardinero. Los testigos permanecieron junto a la puerta, dejando así más espacio a los dos médicos, que trabajaban en torno a el, después de haber bajado sus pantalones, para apreciar la herida.

Se dio cuenta de que su cuerpo estaba perforado por un nuevo agujero. Percibió contactos metálicos en la carne rota, pero ningún dolor que resultase intolerable.

Oyó exclamaciones de asombre y tendido como estaba, no pudo ver los rostros de los que las proferían. Tal vez eran de horror ante la enormidad de aquel desgarrón que apenas si le causaba más daño que un simple pinchazo. Las heridas de muerte inmediata debían de ser así.

Un dolor más agudo. Los médicos le hacían una incisión en la parte interior de la pierna, y sintió repentinamente un grato aligeramiento, comparable al del que pierde una muela cariada. El redondo proyectil le había atravesado el muslo, quedando junto a la piel, y los operadores acababan de extraerlo fácilmente por el extremo opuesto.

—Es lo que llamamos nosotros una herida de suerte—dijo el oficial español que le había servido de padrino.

Todos se acercaban a la cama con la confianza de la tranquilidad. Daban explicaciones los médicos hablando de arterias, músculos y huesos que podía haber fracturado la bala

—Unos cuantos milímetros a la derecha, tal vez uno nada más, y la herida sería gravísima,

Al levantar Borja su cara pálida y sonriente, vio a Enciso en la puerta, mirando a lo alto con devota expresión. Movía la cabeza y hablaba al mismo tiempo con cierta incoherencia para los demás.

— ¡ Y luego dicen!... ¡Y todavía hay quien duda!...

Le vendaban la pierna, esparciéndose un fuerte olor de drogas antisépticas, e iba por su pie hasta el automóvil, situado frente a la casa del jardinero.

—Esto no es nada—dijo sonriendo.

Los cuatro padrinos le hablaron con cierta timidez. Su advesario lamentábase de lo ocurrido y olvidaba la ofensa recibida. Quería estrechar su mano. Claudio dejó de sonreír e hizo un gesto como si repeliese a un insecto invisible: «¡Ah, no!»

Le parecía ridicula tal proposición, y pasaron por su memoria como personajes simpáticos César Borgia seguido de don Michelotto. ¡Estos eran hombres!... Representaban la brutalidad de la existencia humana con todo su esplendor trágico, sin hipocresías.

Entre tanto, Enciso iba diciendo a sus espaldas:

—Indudablemente, un milagro... ¡Un verdadero milagro!

El médico de Borja contestaba, asintiendo con movmientos de cabeza:

—Herida asombrosa, más no por eso hay que descuidarla.

Anunciaron a Claudio que le acometería la fiebre al cerrar la noche; pero no sufrió la menor alteración en su temperatura, mientras conversaba con todos los amigos del restaurante, venidos a visitarlo

Sonaba con frecuencia la campana de la verja de su jardincito. Todas las gentes que había tratado en comidas y bailes cuando estaba en buenas relaciones con el embajador Bustamante venían a dejar su tarjeta y preguntar por su salud. Su duelo era en aquellos momentos tema de conversación en hoteles y legaciones.

Durmió con un sueño norma como si nada le hubiese ocurrido, siti otra sensación extraordinaria que un fuerte cosquilleo en la herida y un hedor de drogas saturando su dormitorio. El médico que le había examinado la noche anterior, asombrándose de su falta de fiebre, vino a despertarlo a media mañana, seguido de su excelencia Enciso de las Casas.

Recibió el herido a éste con un gesto burlón.

—Anoche pensé que de poco me ha servido su estampita de los Revés Magos.

El otro levantó las manos al cielo. ¿Y aún dudaba dei prodigio?... Gracias a su precaución la bala había atravesado nada más que los tejidos blandos de la pierna, como decían los médicos, sin tocar algo esencial que representase un peligro grave.

—Crea usted, amigo mío, que en el primer momento sufrí un gran susto. Anoche todavía estaba impresionado, y hablé de ello con... ciertas personas amigas. En realidad, es ahora cuando me convenzo de que no pasará nada, después de oír las explicaciones del doctor.

Y el médico italiano, complacido de que tan importante personaje diese te a sus palabras, continuó hablando de la herida. Se mostraba maravillado del vigor del joven, de la fuerza de sus tejidos para rehacerse. En pocas semanas quedaría completamente cerrado aquel orificio de la pierna, sin más que una ligera señal. Podía caminar en aquel momento sin dificultad, cojeando ligeramente, pero resultaba preferible que guardase reposo. Esto facilitaría la cicatrización.

Pasó la tarde solo. Le cansaba recibir visitas, hablando horas y horas con aquellos amigos que venían a su estudio como a un café, llenándolo de humo con sus cigarrillos, conversando siempre del lance y de su adversario.

Estando a solas volvía a caer en aquella tranquilidad sobrehumana que le hacía ver los sucesos recientes como si fuesen lejanísimos. El hombre del monóculo, y hasta la misma Rosaura, los creía personajes imaginarios conocidos en una novela, cuyas formas vagarosas podía cambiar al capricho de su pensamiento.

Indudablemente existían pero ¡le interesaban ahora tan pocos... Su voluntad parecía haberse paralizado desde que recibió en una de sus piernas la pedrada caliente.

Con el deseo de entretener estas horas solitarias buscó sus libros favoritos, abandonados varios días sobre una mesilla árabe del estudio.

Otra vez se puso en contacto con la vida de cuatro siglos antes. César Borgia, que había atravesado su Imaginación en el momento de sentirse herido, volvía a buscarle con su fiel y terrible don Micalet.

Empezaba la hora del ocaso para nuestro César, iba a ser vencido por las misteriosas e inesperadas combinaciones de la suerte en el momento que se veía más poderoso

Algo semejante a lo que acababa de ocurrirle a él, recibiendo una herida estúpida precisamente cuando se creía más seguro de meter una bala en el ridiculo disco de cristal ostentado por su adversario.

«La vida es ilógica—pensó— y por eso no la dominamos nunca.»

En julio de 1503 únicamente tenía que hacer el duque de las Romanas un paseo militar por los territorios de la Iglesia, afirmando para siempre la potencia temporal del Pontificado y su propia autoridad. Sólo le quedaban por conquistar unos pequeños feudos de los Orsinis, trabajo fácil que había dejado para el último momento.

Cada vez veía más segura su gran empresa de la unificación de Italia. Cierta parte de la Toscana, Perusa, Piombino y las islas de Elba eran ya suyas. Pisa le llamaba, admirándolo como un salvador. Siena no quería defenderse de él. Florencia estaba convencida de que fatalmente acabaría por pertenecer a este capitán invencible.

Después de incorporar la Toscana a los estados pontificios, podría apoderarse del Milanesado y la República de Genova, donde no le faltaban amigos, atacando finalmente al mayor de sus adversarlos, la República de Venecia, poco temible y vulnerable en una guerra terrestre. Terminadas tales conquistas, el reino papal recogería sin dificultad, como frutos maduros, Nápoles y Sicilia, siendo las avanzadas en el Mediterráneo de esta Italia bor-giana Córcega y Cerdeña.

Un plan tan vastísimo no podía realizarse durante el Pontificado de su padre, que ya contaba setenta y dos años; pero él sólo tenía veintisiete, y recordando las grandes victorias conseguidas en los últimos tres años, bien podía forjarse la esperanza de triunfar antes de la madurez de su vida.

Para ser el verdadero soberano de esta Italia unificada bajo la Iglesia 'había ido preparando un Sacro Colegio de cardenales adictos italianos y españoles. Después de la muerte de su padre, él sería el jefe de los consistorios, eligiendo a su gusto a los futuros pontífices, y éstos se circunscribirían a ejercer el poder espiritual, delegando en su persona todas las funciones temporales.

«Mas César, siempre vencedor hasta entonces—se dijo Claudio—, ignoraba la existencia del microbio y unos cuantos gérmenes bastaron para derribar de un solo golpe la naciente y famosa dinastía de los Borgias.»

Mantenían las lagunas cercanas a Roma, con sus nubes de mosquitos, la fiebre palúdica todo el verano, matando diariamente a centenares de personas.

Se quejaba el Papa, el 12 de agosto, de un acceso de fiebre, el 16 y el 17 lo sangraban copiosamente, dándole varios brebajes algo extravagantes dignos de la Medicina de entonces; y el 18, considerando cercano su fin, se confesaba y pedía la comunión, haciendo que celebrasen una misa junto a su lecho. Al terminar ésta, sentía venir la muerte, al anochecer le administraban la extremaunción y fallecía pocas horas después rodeado de sus domésticos, casi todos españoles, y de algunos cardenales de igual nacionalidad.

César Borgia no podía visitar a su padre. El también estaba enfermo, casi agonizante, en otro piso del Vaticano, encima de la habitación mortuoria del Pontífice.

Era igualmente víctima de la fiebre, agravada por violentos accidentes terciarios de la sífilis, enfermedad contraída tres años antes, a mediados de 1500. El antifaz negro que llevaba al principio, por afición a la vida misteriosa y deseo de pasar inadvertido, le resultaba ya necesario para ocultar los estragos de su cara. El principe rubio, y bello, reputado como el más hermoso señor de Roma tenía el rostro violáceo, cubierto de erupciones cutáneas. Su epidermis se había oscurecido. Sus narices empezaban a ser achatadas, y muy anchas acrecentando esta repentina fealdad la horrible leyenda que envolvió los últimoh años de César.

El azar de que el padre y el hijo hubiesen caído enfermos de muerte a un mismo tiempo dio nuevo pretexto a los calumniosos se dice con que embajadores enemigos y folicularios al servicio de las desposeídas familias feudales abrumaban a los Borgias.

Como todo lo de César debía ser extraordinario, el populacho romano inventó unos terribles procedimientos terapéuticos empleados por el médico español Gaspar Torrella para salvarlo de su crisis mortal, y que únicamente un hombre de su temple podía soportar. Habían abierto el vientre a una mula, según unos, y a un toro, según otros, para meter desnudo al enfermo dentro del cuerpo de dicho animal, aun chorreando sangre y agitado por las convulsiones agónicas. A continuación sumergían al paciente en una enorme tinaja llena de agua casi congelada,

Tales invenciones populares obedecian sin duda a que el valenciano Torrella, médico de gran celebridad (hecho obispo por el Papa para que cobrase las rentas de su diócesis), había aplicado a César un tratamiento riguroso de inmersiones frías, y por antítesis, inventaba el vulgo lo del encierro en el cuerpo caliente de un gran cuadrúpedo destripado.

Se salvaba el Valentino, pero su curación era muy lenta y quedaban en su rostro para siempre las huellas de esta crisis mortal.

Como Alejandro VI había muerto a consecuencia de una enfermedad microbiana de rápida evolución, y era grande y obeso de cuerpo su cadáver se inchaba inmediatamente, descomponiéndose. Su cara, negra y tumefacta, resultó a las pocas horas inconocible.

Este desfiguramiento no pudo ser disimulado ni tampoco la súbita putrefacción del cadáver, y como el pueblo no tenía el menor concepto de tales fenómenos orgánicos, dio curso libre una vez más a su fantasía ávida de cosas dramáticas, suponiendo al Pontífice victima del veneno. En aquel entonces sólo los Borgias podían envenenar, y el crédulo populacho inventó que todo lo ocurrido era obra de una equivocación, por haber tomado el Papa y su hijo en una cena el mismo veneno que destinaban al cardenal Corneto.

Tres meses después de la muerte de Alejandro VI, el humanista Pedro Mártir de Anghiera, protegido de los Reyes Católicos y enviado de España, fue el primero que se hizo eco de este cuento en una de sus muchas cartas, elegantes, amenas, pero escritas con deplorable ligereza. Todos los denigradores del Pontífice difunto se basaron Inmediatamente en dicha epístola para hablar una vez más del terrible veneno de los Borgias, añadiendo nuevos detalles a la leyenda popular.

El Papa y su hijo llegaban a la viña o casa de recreo del cardenal Corneto, acompañados por el cardenal español Remolino y otros dos príncipes de la Iglesia. Alejandro VI había hecho traer a su bodeguero del Vaticano varias botellas de vino, una de ellas con veneno, destinada a Corneto. Pero al llegar, Alejandro y Cesar sentían una sed violenta, y el bodeguero papal les servia con tal precipitación que se equivocaba, dándoles el vino envenenado. «Y esta historia inverosímil—siguió pensando Claudio—ha vivido tres siglos, copiándola los escritores unos de otros, hasta que, casi en nuestros días, un examen ligero ha bastado para probar lo absurdo de su trama. ¡Varios convidados que llegan a un banquete llevando botellas de vino suyo, para que beba de una de ellas el dueño de la casa nada más!...»

Era verdad que el Papa y César habían cenado en casa del cardenal Corneto; pero el 5 de agosto, sin que nadie sintiese en los días siguientes la más leve indisposición. Sólo el 10, pasados cinco días, fue cuando el Papa mostró cierto malestar; el 12 sufrió los síntomas preliminares de la fiebre, llamando por primera vez al médico, y no murió hasta el 18.

Contaba setenta y dos años de edad y estaba gastadísimo por sus preocupaciones de gobernante más aún que por los placeres carnales, prolongados hasta su vejez. A nadie sorprendió su defunción ni tenía nada de extraordinario que César enfermase de fiebre al mismo tiempo que él, pues dicha dolencia perniciosa mataba algunos días en Roma más de cien personas, sin distinción de clase social.

Varios cardenales y arzobispos residentes en la ciudad perecieron en las semanas anteriores al fallecimiento de Alejandro VI. El 1 de agosto, dieciocho días antes de su muerte, vio el Pontífice desde una de las ventanas del Vaticano el entierro de su sobrino Juan de Borja (el menor), cardenal de Monreale. Cual si presintiese su próximo fin, el Papa, que en aquel momento estaba sano, dijo melancólicamente a sus familiares:

—El difunto era vigoroso y abultado como yo. Este verano va a resultar fatal para los que somos obesos.

César, más joven y enjuto de cuerpo, lograba escapar de la muerte, pero con grandes trabajos y quedando por mucho tiempo inmóvil en su lecho.

Hablando semanas después con Maquiavelo, le decía tristemente:

—Todo lo que podía ocurrir después del fallecimiento de mi padre lo había yo previsto y remediado. Pero nunca se me ocurrió pensar que me vería enfermo de muerte al mismo tiempo que él.

A pesar de hallarse moribundo, este hombre extraordinario tenía la lucidez y la energía sobrehumanas de ordenar todo lo preciso para hacer frente al doble desastre: la desaparición de Alejandro VI y su propia agonía.

Varias veces por hora enviaba emisarios a las habitaciones inferiores donde estaba su padre para conocer los progresos de su enfermedad y finalmente, las angustias de sus últimos momentos.

Cuando le dieron la noticia de que el Papa había expirado, llamó a su fiel Michelotto, hablándole al oído. El fallecimiento del Pontífice era el principio de una guerra, y para sostenerla resultaba indispensable tener mucho oro. Y encargó a su terrible alter ego que se apoderase inmediatamente del tesoro del Vaticano.

Mandatos de tal clase los aceptaba don Micalet como si le invitasen a una fiesta. Espada en mano, exigió la llave del tesoro al camarlengo encargado de su custodia, ahuyentando luego a cuchilladas a otros funcionarios papales. Con tal fervor servía a su amigo y amo, que se llevó a las habitaciones del duque moribundo, no sólo las arcas llenas de dinero, sino también muchas joyas valiosas de la Santa Sede.

Fuera del Palacio no era menor el desorden. La tribu de los Orsinis, que vivía oculta, temiendo a César, se lanzaba a las calles al conocer la muerte de su padre. Los Colonnas formaban un pequeño ejército, avanzando hacia Roma a marchas forzadas. Los Savellis, fugitivos desde años antes, volvían a su palacio, convirtiéndolo en fortaleza. Todos los vasallos de la Iglesia desposeídos de sus feudos y los condottierí enemigos del Papa aparecían repentinamente en la metrópoli pontificia o en sus antiguas tierras.

Los españoles residentes en Roma y los italianos amigos de los Borgias se veían obligados a levantar barricadas frente a sus palacios o casas. La ciudad Eterna estaba en revolución. Por todas partes riñas y choques de partidos opuestos, que hacían sucumbir docenas de personas.

Asaltaban los Orsinis las viviendas de los españoles para robarlas y quemarlas. Los Colonnas, sus eternos adversarios, olvidaban por unos días el odio secular para vengarse de César y sus amigos.

Las más estupendas ficciones circulaban en Roma sobre la muerte de Alejandro VI, inventadas por las familias enemigas de los Borgias.

Siete diablos habían aparecido junto a su cama para llevárselo, apenas muerto. Esto era porque Alejandro, en el momento de su elección, había vendido su alma al demonio a cambio de doce años de Pontificado. «Al morir—según escribía uno de la familia Gonzaga—se levantó en su cuerpo un gran hervor y espumeó su boca como una marmita puesta al fuego.»

Tales patrañas se basaban en la hinchazón y rápida descomposición de su cadáver. Tan voluminoso era al final que resultaba difícil acoplarlo en el ataúd e imposible cerrar la tapa de éste.

Mientras tanto, el duque de las Romanas, sobreponiéndose a su desaliento con prodigios de voluntad y ocultando la tristeza que le causaba verse inmovilizado en su lecho, hacia frente a todo. Dictó órdenes imperiosamente, como si no dudase de que continuaba siendo el amo de Rorna; se impuso al Colegio de cardenales, obligándolo a reconocer su calidad de gonfaloniero, capitán indiscutible de la Iglesia, no permitiendo que otros se encargasen de reprimir los desórdenes públicos. Por suerte para él, don Michelotto estaba sano, y al frente de la guardia personal del duque imponía respeto a sus enemigos en las calles. Los alborotadores del bando Orsini y del bando Colonna cesaban en sus agresiones a los españoles así que presentían la proximidad de don Miguelito, el perro feroz de César.

En vano amenazaban a este último con que el rey de España iba a enviar contra él las tropas que tenía en Nápoles, y Luis XII haría lo mismo desde el Norte. Tendido en su lecho de dolor, obligaba a los delegados del Sacro Colegio y a los representantes de los diversos partidos a venir a tratar con él directamente. Mientras Micalet Corella y sus hombres se imponían a los revoltosos, gracias a su disciplina, él, empleando una, diplomacia genial, estorbaba que los Colonnas se aliasen con los Orsinis, atrayéndolos finalmente a su causa.

Otros amigos de indiscutible fidelidad quedaban a su lado: el escritor Agapito de Amalla, su secretario inseparable, y el obispo de Chiusi, llamado Bonafede, un italiano joven y bravo, con más de guerrero que de capellán, tan atrevido y feroz como don Michelotto y dispuesto a dejarse matar por César. Este conseguía siempre que sus íntimos lo adorasen hasta el sacrificio.

Desde su cama iba dictando un nuevo tratado de alianza con Luis XII, que firmó el embajador francés. El Sacro Colegio, obedeciendo sus órdenes, enviaba heraldos por toda Roma para que pregonasen en nombre del Gobierno pontificio que todo el que atentara contra el duque de las Romanas o los suyos sería condenado a la pérdida de la vida y sus propiedades.

El protocolo del conclave exigía que ninguna persona que llevase armas pudiera permanecer en Roma durante la elección de un nuevo Pontífice, y cumpliendo dicho mandato, los Orsinis, los Colonnas y otras facciones habían salido ya de la ciudad el 2 de septiembre.

César tuvo que hacer lo mismo al frente de su pequeño ejército, pero con otro aparato que dichos señores italianos, ostentando el lujo de un gran príncipe seguro de su poder, sobreponiéndose de un modo heroico a su enfermedad para mostrarse en público.

Antes de salir de Roma pagó a sus tropas, con las riquezas arrebatadas por don Michelotto. Abrían la marcha trece piezas de artillería, cañones y bombardas, y cien carros conteniendo los equipajes del duque. Su Caballería escoltaba este convoy, mostrando todos los jinetes un aspecto uniforme y silencioso, revelador de la sólida disciplina mantenida por una mano severa. Así abandonó el Vaticano, saliendo de él por la puerta Viridaria.

Hasta en la rapidez de esta retirada guardó César las apariencias majestuosas y la dignidad que no le abandonaron nunca. Doce alabarderos lo llevaban en hombros sobre una camilla cubierta de brocado carmesí. Detrás de él venía su caballo de batalla con caparazón de terciopelo negro, bordadas en oro sus armas ducales y sostenido de las riendas por un paje.

Los embajadores de Alemania, Francia y España lo acompañaron hasta más allá de los muros de Roma. El cardenal Casarini lo esperaba en una puerta de la ciudad para comunicarle algo importante en nombre del Sacro Colegio, y César contestó con altivez, desde lo alto de sus andas, que no podía darle audiencia.

En realidad, hacía esfuerzos sobrehumanos para guardar su aspecto impasible y no desmayarse. Al amparo de él salió del Vaticano toda la familia Borja. Su madre, la Vannoza, había ido a pedirle protección, pues al conocerse la muerte del Pontífice el populacho intentaba asaltar y robar su casa.

Detrás de su lecho portátil iba también don Jofre, pero solo. Su esposa, la liviana doña Sancha, vivía presa en el castillo de Sant' Angelo desde algunos meses antes, por orden de Alejandro VI, a causa de sus escándalos. César acababa de ordenar su libertad encargando a los Colonnas que la condujesen a Nápoles.

Habían atraído especialmente su atención los pequeños de su familia, colocándolos en el lugar más seguro de dicha comitiva. Cuatro niños marchaban detrás de su cama ambulante. Dos de ellos eran el duque de Sermoneta, hijo de Lucrecia y del napolitano Biseglla, que había de morir pocos años después, y el príncipe de Camerino, último retoño del Pontífice muerto y de la bella Julia Parnesio. César mostraba un afecto paternal po r este hermano tardío. Los otros dos niños eran bastardos suyos habidos de madres desconocidas, pues sus verdaderos amores procuró siempre mantenerlos en el misterio.

Y ponía fin al cortejo don Michelotto, la espada en la diestra, mirando a un lado y otro con agresiva inquietud, seguido de sus hombres de confianza que abandonaban a Roma de mal talante, como una jauría silenciosa pronta a ladrar y morder al menor incidente.

«Esta retirada—se dijo Claudio—, comparable a una apoteosis, fue el fin de la carrera de César, tan corta y gloriosa. Ya no triunfó más a partir de tal momento. Sólo le quedaban cuatro años de vivir, los cuales íueron en realidad lenta agonía.»

Contaba en el conclave con el partido español, compuesto de trece cardenales, y desde fuera de Roma, luchando desesperadamente con su enfermedad, envió continuos emisarios al Vaticano, Influyendo en la elección pontificia

Todos los Borjas de carrera eclesiástica habían llegado a cardenales, hasta un Francisco Borja, natural de Sueca, cerca de Valencia, que empezó por cubiculario del Papa, para llegar a ser su tesorero, arzobispo de Cosenza y cardenal de Santa Cecilia Hubo un momento en que se contaron diez Borjas entre los altos dignatarios de la Iglesia.

Vera y Remolino, los compañeros españoles de César en la Universidad, también recibían el capelo cardenalicio, asi como un clérigo de Valencia, Juan Llopis, gran amigo de la familia. Y los demás íntimos de Alejandro su camarero Marrados, Pedro Carranza y otros, llegaron a ser arzobispos sin abandonar el Vaticano. Hasta el alemán Burckhardt, el autor del Diarium, recibía una mitra, mientras continuaba en secreto la fría obra de difamación contra su protector.

Juliano de la Rovere, amigo de los Borgias en apariencia y el más implacable de sus detractores, esperaba ser elegido Pontífice por los cardenales italianos. César ganó su última batalla consiguiendo desde lejos que el conclave designase a un octogenario, el cardenal Piccolominl, sobrino de Pío II, el cual tenía varios hijos, como la mayor parte de los príncipes eclesiásticos de entonces.

Tomó el mismo nombre de su tío el Papa escritor, llamándose Pío III, e inmediatamente confirmó a César Borgia en sus títulos de gonfaloniero de la Iglesia y duque de las Romanas. Este hombre, terrible con sus adversarlos, era capaz de los más audaces sacrificios para los que se mantenían fieles a él. Pío III, aparte de que la familia Piccolomini había sido siempre amiga de los Borgias, mostraba un amor paternal por César Lo conocía desde niño y no podía olvidar cómo le salvó la vida en cierta ocasión, combatiendo a sus enemigos personales.

Por desgracia para el duque de las Romanas, el nuevo Papa era tan viejo y estaba tan débil, que ni había podido asistir al conclave.

Volvió a Roma el gonfaloniero, enviando jefes de su confianza a todos los dominios de la Santa Sede conquistados por él, para tenerlos más seguros. Los enemigos de los Borgias fingían obediencia a Pío III, traicionando al mismo tiempo a su capitán general. Venecia apoyaba en secreto a los feudatarios desposeídos. Florencia enviaba una vez más a Maquiavelo cerca de este enemigo temible, con el encargo de procurar su muerte si lo creía oportuno.

Fernando el Católico le asestó el golpe de gracia. Siempre había visto con recelo y antipatía a este joven formado en su misma escuela Era el odio del maestro viejo al discípulo audaz e insolente. Gonzalo de Córdoba, obedeciendo a su rey, dio desde Nápoles la orden de incorporarse a sus banderas a todos los españoles al servicio de César Borgia. Don Hugo de Moncada y sus mejores capitanes tuvieron que abandonarlo, precisamente en el momento que más se estrechaba en torno a su persona el cerco de sus enemigos.

Don Miguelito y la tropa mandada directamente por él fueron los únicos en desobedecer dicha orden, quedándose al lado del Valentino por lo mismo que empezaba a oscurecerse su buena estrella.

Al perder el apoyo de tres mil españoles, el ejército pequeño, pero el mejor organizado de entonces los condottieri y los señores feudales desposeídos creyeron llegado el momento de acabar con el conquistador de las Romanas, formando un círculo de tropas alrededor de Roma y acabando por entrar en ella para exigir a Pío III que les entregase al duque vivo o muerto.

César se refugió en el castillo de Sant' Angelo, haciéndose llevar a hombros por la vía subterránea que comunicaba dicha fortaleza con el Vaticano.

Don Michelotto y otros amigos estaban ausentes, por haberlos enviado a las Romanas a que gobernasen sus principales fortalezas; mas algunos partidarios fieles que permanecían junto a él, especialmente el belicoso obispo Bonafede, bastaban para defender la antigua Mole Adriana, tenida por inexpuignable luego de las obras hechas en ella por Alejandro VI.

Al fin hubieron de renunciar sus adversarios a los procedimientos violentos para suprimirlo, y solicitaron de Pío III que iniciase un proceso contra él. Así transcurrió octubre de 1.503, y como Juliano de la Rovere había conseguido atraerse mientras tanto a todos los individuos del conclave pertenecientes al partido francés y consideraba segura su elección, creyó llegado el momento de acortar los días del anciano Piccolomim, que ya duraba demasiado.

Hizo el médico del Pontífice una operación torpe, pero oportuna, en una pierna que tenía enferma, y esto lo mató repentinamente, dejando vacante el trono apostólico. Rovere, a pesar de su odio a los Borgias, se puso en comunicación con César, haciéndole toda clase de promesas a cambio de que le proporcionase los votos de los trece cardenales españoles.

«El futuro Julio II—pensaba Claudio—, tan injustamente alabado por los historiadores de su época, fue peor realmente que el más malo de los Borgias, uniendo a su perversidad la nota antipática y la hipocresía. Pasó una parte de su existencia insultando a su antiguo amigo Rodrigo de Borja, para adularlo a continuación servilmente, cuando éste le perdonaba sus deslealtades.»

Alejandro VI era para él un judío; pero esto no le impidió casar a individuos de su familia con parientes de aquél, para asegurar mejor su influencia. Apenas elegido Papa, mandaba cerrar las Estancias de los Borgias, no obstante su belleza artística.

—Yo no puedo vivir—decía indignado—en los mismos lugares que habitó ese marrano español, ese circunciso.

Y semanas antes había suplicado a César que le proporcionase el apoyo de los cardenales españoles debiendo a ellos su elección.

Su Pontificado resultaba grande politicamente, porque el hijo de 'Alejandro VI había preparado sin saberlo dicha grandeza, ensanchando con su espada los Estados de la Iglesia. Lo mismo podía decirse en lo referente a las artes. Miguel Ángel, el primer artista de su tiempo, empezó a trabajar en Roma como protegido de César.

Prometía Rovere al duque de las Romanas una situación bajo su Pontificado semejante a la que había tenido con Alejandro VI, pero pronto se convenció el enfermo de que iba a tratarle traidoramente, como siempre.

Apenas elegido Papa con el nombre de Julio II, confirmaba a César su título de gonfaloniero de la Iglesia, pero enviando al mismo tiempo emisarios a, todos los estados dependientes de la Santa Sede para que sustituyesen a los gobernadores amigos de Borgia. Estos agentes volvían a Roma poco después, declarando con asombro que los habitantes de las Romanas adoraban al Valentino y se mantenían fieles a él, no queriendo someterse a la autoridad directa del Papa.

Furioso Julio II por tal desobediencia, quiso encarcelar a César en el castillo de Sant' Angelo. Luego, asustado por la protesta de los cardenales españoles, se limitó a tenerlo preso en las habitaciones que ocupaba dentro del Vaticano, o sea en la llamada torre Borgia.

A principios de 1501 aún estaba el duque de las Romanas tendido en su lecho, rodeado de amigos fieles y procurando no comer más alimentos que los preparados por aquéllos, pues temía, con razón, verse suprimido como el viejo Pío III. La victoria definitiva de los españoles sobre los franceses en el reino napolitano contribuyó a que Julio II no se atreviese a abreviar la vida de su prisionero.

Hasta el mes de abril de 1504 batalló el Pontífice para arrancarle el gobierno de las Romanas. Aceptaba César la entrega de sus estados a cambio de la libertad y la vida, enviando órdenes a todos sus gobernadores para que cediesen a los representantes del Papa ciudades y fortalezas. Pero estaban allá don Michelotto y otro españoles, como delegados del duque Valentino, especialmente el castellano Gonzalo de Mirafuente, y se negaban a obedecer los mandatos de su señor.

—Cuando el duque esté libre—contestaba Mirafuente—y me escriba, le obedeceré. Mientras el Papa lo tenga preso, su firma carece de valor para mí.

César ya no estaba en el Vaticano. El nuevo Pontífice lo había trasladado a su castillo de Ostia, junto al mar, prometiéndole una licencia para embarcarse tan pronto como las Romanas se sometiesen.

Solamente algunas ciudades empezaron a acatar a Julio II, lamentando con ruidosas demostraciones verse privadas del gobierno justiciero, y hasta democrático para aquella época del hijo de Alejandro VI.

Tales manifestaciones populares a favor de César fueron una prolongación de su salida triunfal del Vaticano un año antes. El 26 de abril consiguió embarcarse en una galera enviada por Gonzalo de Córdoba dándole éste además un salvoconducto en nombre de don Fernando el Católico.

Llegaba finalmente César a Nápoles sin otro acompañamiento que su antiguo condiscípulo el español Remolino, ahora cardenal, y su paje Juanito Grasica, de la misma nacionalidad.

Al conversar con Borgia, sintióse Gonzalo de Córdoba seducido por sus vastos planes. Continuaba soñando con la constitución de una Italia única, pero éste necesitaba vivir al amparo de una potencia vigorosa que la protegiese : España o Francia.

Ya que su suerte le había empujado a Nápoles, tierra de Fernando el Católico, se ofrecía a emprender la conquista de toda Italia para que fuese de los reyes españoles, lo mismo que Nápoles y Sicilia. Y el Gran Capitán, como virrey, le autorizó para organizar una expedición contra la Toscana.

En menos de un mes tuvo formado un pequeño ejército. Acudían soldados de diversas nacionalidades, seducidos por la noticia de que el duque de Valentino proyectaba hacer la guerra de nuevo. Ya tenía la artillería en varias galeras y sus tropas prontas, con el propósito de desembarcar en Pisa, que esperaba impaciente su presencia, cuando fue hecho prisionero por Gonzalo de Córdoba cumpliendo una orden de los reyes de España.

La política tortuosa e incomprensible para los demás que siguió en todas las ocasiones Fernando el Católico abundaba en tales sorpresas. Le convenía por el momento ayudar a Julio II y éste deseaba tener otra vez al hijo de Alejandro a su disposición para que concluyese la entrega de las Romanas. Sólo algunas plazas se habían rendido al Pontífice. Las más importantes continuaban en franca rebeldía, no pudiendo tomarlas las flojas tropas del Papa. Gonzalo de Mirafuente y otros capitanes fieles seguían gobernando las mejores posesiones del duque Valentino.

Para vencer su resistencia intentó valerse el Pontífice del auxilio de ciertos españoles establecidos en Roma y despechados con los Borgias porque no les habían proporcionado empleos o dado muy poco en los tiempo» de su grandeza.

Uno de ellos, Pedro de Oviedo, antiguo servidor de César, se prestaba a Ir a Forll como enviado de Julio II para sobornar al gobernador Mirafuente. Este le afeó su traición indigna de un español, por ser los Borgias españoles de origen, y luego de acribillarlo a puñaladas lo hizo colgar de una almena.

Como el tesón de los representantes de César iba demorando la entrega de las Romanas, el Papa había buscado el apoyo del rey español.

También recibió Gonzalo de Córdoba el encargo de quitar al prisionero su salvoconducto a nombre de don Fernando el Católico.

Este documento, cuya desaparición interesaba mucho al monarca, no lo poseía ya el cautivo por haberlo confiado a uno de sus lugartenientes italianos, Baltasare de Sciplone; mas al fin consiguió el virrey de Nápoles, por medio de los Colonnas, apoderarse de él, rompiéndolo.

Resistióse el prisionero durante tres meses a ruegos y amenazas, no queriendo dar nuevas órdenes a sus gobernadores de las Romanas para que entregasen las fortalezas. Al fin cedió en agosto, y la rendición de sus últimos defensores fue con gran pompa y no menores testimonios de afecto al duque vencido, demohtrándose una vez más el gran amor que éste sabía inspirar a los que lo rodeaban.

Gonzalo de Mirafuente obligó al Pontífice a darle una suma enorme como reembolso de los gastos que, según él, había hecho para defender la plaza desde que César no pudo socorrerlo.

El acto de la entrega de Forli resultaba una marcha triunfal para su guarnición. Mirafuente salía armado de punta en blanco como si fuese a un torneo, llevando delante un heraldo que aclamaba, el nombre de César, duque de las Romanas; a su lado, dos tenientes, Fracassa y Numai, y detrás toda su tropa compuesta de españoles e italianos. La resistencia habn durado nueve meses.

Indudablemente, esta aparatosa rendición de Porli, la más tenaz de sus plazas en resistirse, fue a cambio de promesas que Gonzalo de Córdoba hizo a César de acuerdo con las Instrucciones de su rey; pero transcurridos nueve días, en vez de ponerlo en libertad, lo embarcaba en una galera española, sin permitirle otro acompañante que su paje Juanito Grasica. Dicho buque hizo rumbo a España escoltado por una flotilla de guerra, para impedir que los numerosos partidarios que aún le quedaban a César en las costas de Italia saliesen a libertarlo.

Durante el resto de su vida, sintió remordimientos Gonzalo de Córdoba por esta acción desleal. Hasta en el momento de su muerte se acordó de César Borgia, llorando la felonía con que le había tratado por obedecer las órdenes de Fernando el Católico.

Baltasare de Scipione, el condottiere al servicio de César, que se délo engañar, entregando su salvoconducto, sintió tal indignación ante el proceder del rey de España y de Gonzalo de Córdoba, que, con arreglo a los usos caballerescos de la época hizo publicar un llamamiento en toda la Cristiandad retando a combate a los que quisieran sostener que los reyes Fernando e Isabel no habían obrado como traidores, «con menosprecio de la fe jurada y con vergüenza para su corona real». Y ningún español se presentó, a pesar de que eran muchos los que vivían entonces en Italia, siempre dispuestos a batirse con el más fútil pretexto. Todos estaban convencidos de la justicia y verdad de dicho reto.

Lo inconcebible para algunos fue que un hombre como César creyese en la palabra de Fernando el Católico, quien consideraba superfino dar valor a las promesas en asuntos políticos. El maestro viejo había acabado por engañar al terrible discípulo.

Recordó Claudio el cinismo diplomático de este monarca español grande a su modo. Un embajador francés se quejaba ante él de su falta de sinceridad con Luis XII. Su rey no quería nada con el de España, recordando cómo lo había engañado una vez.

—¿Una nada más?—dijo Fernando el Católico, sonriendo finalmente—. Yo creo que lo he engañado más de ocho.

Llegaba a Valencia la galera procedente de Nápoles a fines de septiembre de 1504, desembarcando al prisionero. Era la primera vez que este hijo de español pisaba el suelo de España.

Teniendo quince años lo habían nombrado arzobispo de Valencia, y, cuando' al fin podía visitar su antigua diócesis, era como cautivo. A los ocho había empezado su carrera dentro de la Iglesia, recibiendo la mitra de Pamplona, y el Destino lo iba empujando para morir en Navarra, al otro lado de la Península.

La tierra de sus ascendientes, que durante varios años había escuchado los ecos de sus grandezas y victorias, sólo iba a conocerlo vencido y muerto.

Como los Borgias disponían de tantos amigos dentro del reino de Valencia, el rey no le dejó permanecer en dicha ciudad, enviándolo al castillo de Chinchilla, cerca de Albacete, fortaleza pobre e incómoda. Allí pasaba varios meses, y tal era su desesperación, que pretendía fugarse del modo más difícil y audaz, puesto de acuerdo sin duda con algunos de sus partidarios en Valencia.

El alcaide del castillo, Gabriel Guzmán, era famoso como hombre forzudo, un día, cuando mostraba a César el triste paisaje desde lo más alto de la torre principal, éste lo agarró por sorpresa, intentando arrojarlo desde las almenas al foso, para huir después. La lucha resultaba larga y tenaz, por ser ambos de un vigor hercúleo; mas al fin triunfaba Guzmán, y el prisionero decía riendo que todo había sido una broma para poner a prueba las tan ponderadas fuerzas del alcaide.

Poco después lo trasladaron al castillo de la Mota, junto a Medina del Campo, en plena Castilla, donde no contaba con amigos de su familia.

 

*

Isabel la Católica había muerto, el 26 de noviembre de 1504, en la misma Medina del Campo, cuya fortaleza iba a guardar ahora a este prisionero célebre.

Castilla estaba amenazada de una guerra civil, parte de la nobleza pedia que Fernando el Católico siguiese gobernando dicho reino en nombre de su hija dona Juana. Los más de los señores, ansiosos de novedades, se mostraban enemigos suyos y partidarios de que reinasen sin tutela doña Juana, que después fue llamada la Loca, y su marido Felipe el Hermoso, hijo de Maximiliano, emperador de Alemania.

Esta situación anormal vino a favorecer al prisionero de Medina del Campo. Lucrecia Borgia desde su corte de Ferrara, los cardenales españoles residentes en Roma y el rey don Juan de Navarra, influido por las súplicas de su hermana Carlota, hacían esfuerzos comunes por conseguir la libertad del duque del Valentinado.

Se negaba el Papa Julio II a apoyarlos, y hasta por instigaciones suyas, la viuda de Juan de Borja, duque de Gandía, solicitaba de Fernando el Católico que instruyese un proceso contra César, acusándolo de la muerte de su marido y de su cuñado el duque de Biseglia. Como esta duquesa viuda pertenecía a la familia de don Fernando, muchos creyeron que el proceso era un pretexto inventado por dicho monarca para oponerse pasivamente a todas las demandas venidas de fuera en pro del prisionero.

Dos partidos se habían formado en Castilla: el de don Fernando, teniendo a su frente al duque de Alba y otro que sostenía los derechos de Felipe el Hermoso y su mujer doña Juana, dirigido por el conde de Benavente. Ambos grupos pusieron sus miras a la vez en el solitario cautivo.

Hubo un momento en que don Fernando creyó que Gonzalo de Córdoba intentaba traicionarle, apropiándose el reino de Nápoles, y su conocimiento de las cosas de Italia le hizo pensar en el duque de las Romanas como el jefe más idóneo para combatir al Gran Capitán. En aquellos mismos días los partidarios de Felipe el Hermoso proyectaban poner en libertad a César Borgia, considerándolo el mejor caudillo para vencer a Fernando el Católico, si es que estallaba una guerra civil.

Todo esto sirvió para que el hijo de Alejandro VI se viese en dicha fortaleza más vigilado que nunca. Púsose el conde de Benavente en relaciones secretas con él valiéndose del capellán que le visitaba en su prisión, y así se concertó una de las evasiones más audaces y peligrosas que se conocen.

Claudio recordaba la considerable altura de la torre del Homenaje en. el castillo de la Mota.

Facilitaba dicho clérigo a César una cuerda muy larga, pero aun asi resultaba corta, quedando a varios metros del suelo. El único criado de Borgia, un español admitido a su servicio pocos meses antes, fiel hasta la muerte por la seducción natural que ejercía el duque sobre todos sus allegados, se prestaba a ser el primero en descender por la cuerda, y al llegar a su extremo caía, rompiéndose las piernas. Allí quedaba sin poder moverse, hasta que salían las gentes de la fortaleza, matándolo.

Dejábase deslizar César a continuación. Llevaba manos y brazos envueltos en trapos; pero tan largo era el descenso, que estas envolturas se desgastaban, cortando la cuerda sus carnes. Luego quedaba indeciso al final de aquélla, viendo debajo de él a su criado con las piernas rotas.

La alarma dada por los centinelas ponía término a su incertidumbre, El alcaide, desde lo alto de la torre, cortaba la cuerda para que se matase y César caía lo mismo que su doméstico. A pesar de su magullamiento, atravesaba a nado el foso de agua fría, subiendo a gatas la escarpa opuesta. Allí le esperaban tres ballesteros del conde de Benavente, e izándolo en un caballo, lo llevaban a todo galope a Villalón, lugar tuerte del que era señor el citado procer.

Un mes necesitó en este nuevo encierro para restablecer sus fuerzas. Su evasión la había efectuado el 25 de octubre de 1506, y cuando a fines de noviembre pudo salir oculto de Villalón, todavía llevaba los antebrazos y las manos envueltos en vendajes.

Con dos hombres conocedores del país y fingiéndose los tres mercaderes que iban de feria en feria, se dirigieron a Santander, embarcándose allí para Laredo y Bermeo. Luego reanudaron su viaje terrestre por Bilbao, Durango, Mondragón y Vergara, llegando finalmente a Pamplona el 3 de diciembre.

Resulta, admirable una vez más, en este viaje peligroso, la energía de César Borgia. Todas las autoridades estaban avisadas de su fuga. Sumas cuantiosas eran ofrecidas al que lo descubriese. Los tres mercaderes se vieron detenidos por los alcaides de dos poblaciones; pero con tanta serenidad y habilidad contestaba el que parecía más importante de aquéllos, que inmediatamente los soltaron.

El detalle más triste de esta fuga novelesca fue la identificación que iban haciendo los perseguidores de César Borgia al seguir su pista. Todos los que declaraban haber visto a los tres mercaderes hacían mención especial de uno de ellos, «de cara muy fea, algo negro, las narices anchas». Era el hijo de Alejandro VI, el príncipe biondo e bello , tan admirado años antes por las damas romanas.

Ya libre al lado del rey Juan de Navarra, su cuñado, procuró el duque Valentino regularizar sus embrollados asuntos. A Luis XII de Francia le reclamó el pago de la dote de su mujer, Carlota de Albret, que nunca había hecho efectivo, así como las rentas que le correspondían por su ducado de Valence.

Dicha reclamación resultaba inútil. Para que le pagase Francia necesitaba seguir la política de Fernando el Católico, aliado otra vez a Luis XII; y él, por su parentesco con el rey de Navarra y su fuga de Medina del Campo, venía a figurar entre los amigos de Felipe el Hermoso y el emperador Maximiliano. Por esta última razón, lo que hizo el rey francés fue recuperar el Valentinado, quitándoselo para siempre.

Rotas sus relaciones con Luis XII, aceptó el mando de las tropas de su cuñado, y sin miedo a potencias tan fuertes como España y Francia puso en abierta hostilidad con ellas al pequeño reino de Navarra para preparar el triunfo de Felipe el Hermoso.

Antes creyó necesario dar fin a una guerra insignificante que existía entre el monarca navarro y uno de sus feudatarios, Luis de Beaumont, conde de Lerín, subdito rebelde—lo mismo que los vasallos romanos desleales con el Papa—, el cual se defendía de su legítimo señor sostenido por Fernando el Católico.

En esta pequeña campaña sin gloria iba a perecer oscuramente ei capitan que había intentado la unificación de Italia.

El 11 de febrero de 1507 atacó la plaza de Viana, cerca de Logroño. Las fuerzas con que contaba César podían hacerle dueño de dicha población rápidamente. Sus defensores carecían de víveres, y algunas bandas del conde de Lerim se movían durante la noche en torno al campamento de los sitiadores, buscando ocasión para introducir un convoy en la ciudad.

Dichas operaciones nocturnas ocasionaban frecuentes escaramuzas y un amanecer, al notar César Borgia que varios grupos de enemigos intentaban una de las mencionadas sorpresas, se armó rápidamente, no acabando de colocarse bien las piezas de su armadura, y montó a caballo, sin que en realidad fuese necesaria su presencia, galopando hacia los partidarios de Beaumont, ya en retirada. Tal era su ímpetu, que no volvió la cabeza atrás para enterarse de si era seguido.

Lo perdieron los suyos de vista, y al percatarse los adversarios de que sólo era un jinete quien venía en su persecución, le hicieron frente encontrándose de pronto César rodeado de enemigos. Sintieron éstos aumentar su osadía a la vista de las ricas armas del caballero, y como eran muchos, lo abrumaron bajo una lluvia de golpes.

La armadura colocada con precipitación, tenía algunas piezas sueltas, y uno de los atacantes consiguió meterle un lanzazo por el sobaco, que le hirió de muerte, derribándolo de su corcel. Como aún intentaba defenderse en el suelo, lo remataron a golpes, despojándolo de su envoltura metálica, así como de gran parte de sus ropas valiosas.

Al ver el conde de Lerín la riqueza de dicha armadura, de las más finas que se fabricaban en Italia, quedó absorto, no pudiendo adivinar quién sería este enemigo poderoso, muerto sin gloria en un barranco. Al volver al sitio de la lucha con un grupo de los suyos, vio el cadáver del misterioso jinete, medio desnudo, y arrodillado junto a él llorando, a un mozo con aspecto de paje.

Era Juanito Grasica, que había vivido en tierra española todo el tiempo de la prisión de su señor, sirviéndole de intermediario con los que preparaban su fuga, y viniendo luego a Navarra a unirse con él.

Había seguido de lejos al duque en este amanecer, distanciado por la velocidad de su corcel, y acabó por descubrir el cadáver.

Beaumont y los suyos preguntaron a Juanito quién era el gran señor recién muerto, y el paje contestó entre gemidos:

—Don César de Borja, duque del Valentinado y de las Romanas.

Mostráronse los enemigos asustados de su propia obra, lamentando Beaumont que tan alto personaje famoso en toda la Tierra, hubiese venido a morir allí como un pobre montañés de los que guerreaban en sus partidas.

Quedaba el cadáver en la Iglesia de Santa María de Viana, bajo una tumba monumental, mezcla de las gracias del Renacimiento y las nobles formas del gótico florido español.

Figuraban en ella los Reyes de la Sagrada Escritura en actitud dolorosa, reflejando la emoción causada por la muerte de tal héroe, y sobre el sarcófago, un pomposo epitafio castellano empezaba del siguiente modo:

 

AQUÍ YACE EN POCA TIERRA

EL QUE TODA LE TEMÍA ;

EL QUE LA PAZ Y LA GUERRA

EN LA SU MANO TENÍA...

 

«Pero estaba escrito—siguió pensando Claudio—que ninguno de los Borgias dejase un monumento firme, recordando su paso por la Tierra. Calixto Tercero y Alejandro Sexto, después de ser enterrados en San Pedro, han venido a parar a una, iglesia española de Roma. La tumba de Lucrecia, princesa reinante de Ferrara, es hoy una simple losa con caracteres borrosos. Este monumento regio de César, costeado por el monarca de Navarra y que describieron varios autores españoles durante el siglo dieciséis, desapareció en el siglo diesisiete siendo hecho pedazos.»

El cadáver de César lo sacaban de la iglesia para volverlo a enterrar en plena calle. Fué esto venganza de un prelado a cuya diócesis pertenecía Viana.

Don Pedro de Aranda, obispo de Calahorra, había sido acusado de judaismo en 1498 y encerrado en el castillo de Sant' Angelo, prolongándose varios años su proceso. Era mayordomo de Alejandro VI, y éste tuvo que proceder así por exigencias de la Inquisición española y de Fernando el Católico, quienes veían con malos ojos el refugio concedido en Roma por el Pontífice a los judaizantes fugitivos de España.

Además, le fueron confiscados al obispo Aranda diez mil escudos de oro y otros diez mil que tenia en poder de varios banqueros, sumas considerables que sirvieron en parte para costear el suntuoso viaje de César a Francia, cuando le nombraron duque del Valentinado.

Murió Aranda a consecuencia del encarcelamiento, y uno de sus descendientes, también obispo de Calahorra, no podía hacer visitas a la Iglesia de Viana sin mirar con ojos de odio la tumba del hijo de Alejandro VI y como en aquel entonces ya se había generalizado la falsa leyenda de los Borgias, aprovechó una restauración del templo para hacer pedazos la ostentosa tumba y echar fuera los restos de César.

El obispo judaizante perseguido por la Inquisición española quedaba asi vengado.



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