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Primera Parte : EL ULTIMO CRUZADO
V
DIOSA, TE AMO... DÉJAME PARTIR



Años enteros había pasado Claudio sin que le preocupase la necesidad de ver a su tío. Era ése un agradable recuerdo nada más, surgido de tarde en tarde en su memoria. Sus gustos y costumbres resultaban diversos, y Borja veíase unido a él únicamente por la evocación de su infancia.

Al marcharse don Baltasar, sintió el joven un enorme vacío, según sus palabras. Poco menos de una semana había bastado para que se acostumbrase al trato con el canónigo, haciéndole falta sus conversaciones y su presencia.

Extrañó inmediatamente el aislamiento verbal en que le hizo caer la desaparición de Figueras. Otra vez volvieron a transcurrir días y días sin que pudiese hablar en su idioma, fuera de las conversaciones sostenidas con su amante, y aun éstas eran muchas veces en francés si se presentaba alguna amiga. Nadie de la servidumbre hablaba español. Hasta aquella parienta pobre, encargada antes del cuidado de sus hijas, la mantenía Rosaura lejos de la casa, para que no conociese las Intimidades de su caprichosa existencia.

Se había acostumbrado Borja a las interminables conversaciones del erudito sacerdote, basadas unas veces en sus estudios históricos, otras en particularidades de la vida española. Era la patria lejana y algo olvidada que volvía a él inesperadamente, conmoviéndolo con su abrazo. .

Apreciaba el exacto valor psíquico, del canónigo en sus relaciones con él. Lo había querido siempre con un cariño casi filial, sonriendo al mismo tiempo de la inocencia de su carácter y sus entusiasmos históricos. Mas ahora, por obra del ambiente, este santo varón era el símbolo de su propio pasado. Resucitaba con su presencia las olvidadas aspiraciones de su primera juventud, dejándolo en tenaz nostalgia al marcharse.

A continuación de aquellos días pasados con don Baltasar hablando horas y horas en español—Idioma que siempre había moldeado su pensamiento—, sintió renacer antiguos fervores que le dieron cierta superioridad sobre las gentes frívolas tratadas a diario. Durante la noche, componía versos mentalmente, como en los entusiásticos y crédulos años de su adolescencia. Figueras era su antigua vida (¡quién lo hubiera sospechado días antes!), y le atormentaba un deseo imperioso de irse tras de él.

Sus conversaciones con el panegirista de los Borgias habían hecho despertar igualmente en su memoria cierto número de personajes olvidados, volviendo a adquirir plasticidad de carne humana los que eran hasta poco antes indecisos fantasmas.

Contemplaba remozados por el atractivo de la novedad al solemne embajador en Roma don Arístides Bustamante, a su cuñada doña Nati, al majestuoso Enciso de las Casas, «primer diplomático-artista de la América del Sur».

Estela Bustamante ya no era una muñeca tímida y modosita entre la bruma de vagarosos recuerdos. La dulce mediocridad de su carácter se transformaba en encanto místico. Era la Elisabeta de Tannhauser, tolerante, abandonada y dispuesta a perdonar poeta pecador rendido a los pies de Venus.

Le parecía reprensible su vida actual, monótonamente feliz, sin ningún altibajo de los que despiertan con su sacudida las energías del hombre, buenas o perversas.

Bostezaba en medio de un aburrimiento color de rosa, contando cada mañana al despertar, con anticipado cansancio, todas las fiestas, siempre idénticas, a las que tendría que asistir, siguiendo a Rosaura. Además, ¡ aquellas gentes felices y aburridas le mismo que él, considerándolo como un semejante suyo, sin sospechar que pudiese sentir aspiraciones superiores a la de sus hartazgos materiales!... Y así continuaría, sin saber hasta cuándo esclavo de un amor que le habla dado cumplidas todas sus ilusiones y empezaba a pesarle con la gravitación abrumadora de todo lo que no puede ya reservarnos la sorpresa de un mañana completamente nuevo.

No podía quejarse de Rosaura, "un poco aturdida e inconsciente por sus aficiones mundanas y nada más... Comprendía los afectos de otro modo que él, ignorando exclusivismos apasionados y celosos. Se permitía ciertas confianzas, a lo muchacho, con los hombres de su grupo social, y luego al quedar a solas con Claudio mostraba inmediatamente el mismo amor que en los primeros meses de su vida común, tal vez más reposado y profundo.

Habían seguido los dos su carrera amorosa de distinto modo, con falta de sincronismo. En el primer tiempo era él quien amaba con mayor vehemencia, y ahora reconocía que, por una misteriosa ley de gravitación, este amor iba descendiendo. Ella, por el contrario, se había sentido al principio menos apasionada, con instintiva Inquietud, como sí temiese ir demasiado lejos.

«La mujer—se decía Borja—siempre es la que duda y teme en el primer momento. Luego se afirma su confianza, se entrega sin miedo creyendo a ciegas en el amor del hombre, precisamente cuando éste empieza a sentir que se aminora su pasión por efecto de un disfrute seguro y monótono, o tal vez porque ya se ha extinguido la primera vanidad de su triunfo.»

Examinábase interiormente con la Inquietud del que está cometiendo un acto reprensible. ¿Es que ya no amaba a Rosaura?... Inmediatamente se respondía con una sincera afirmación para tranquilizar su conciencia. La amaba como antes, pero le era imposible permanecer en aquel ambiente selecto y frívolo, fuera del cual ella no podía vivir.

Empezó a considerar muy lógica y puesta en razón cierta costumbre seguida por algunas parejas británicas y norteamericanas que él había conocido en París y la Costa Azul. Se amaban, pero tenían la certeza de que el amor no puede luchar a la larga con la monotonía del tiempo y necesita el auxilio del espacio para rehacerse con una separación momentánea. Todos los años estas parejas se partían, alejándose por algunos meses. Uno quedaba en Europa, el otro iba a América o a dar la vuelta al mundo. Se escribían como si fuesen novios y, transcurrido el plazo, tornaban a juntarse, con Ilusiones y entusiasmos nupciales. ¿Por qué no hacer lo mismo Rosaura y él?...

Le parecían organizados los placeres casi lo mismo que en los tiempos prehistóricos, faltos de una dirección racional y previsora, admitiendo todos los humanos como dogma indiscutible la fijeza eterna de las pasiones verdaderas ; y precisamente si éstas alegran nuestra vida es porque se renuevan, gracias al deseo de nuevos cambios que nos acompañan hasta la muerte.

Al sentirse sacudido Borja en su interior por el paso de este varón bondadoso, que nunca llegaría a sospechar el gran trastorno ocasionado con su presencia, le asaltaron las mismas Inquietudes vagarosas de su juventud.

Era de la raza de los eternos inquietos. Recordaba a Fausto yendo, anhelante, del deseo a la satisfacción del placer, y cuando estaba harto de placer, languidecía nuevamente, intentando tornar al deseo. Así también Tannhauser con el que le comparaba la bella Rosaura en sus horas de intimidad.

Se reconocía un hambriento Insaciable de todo lo inédito que guarda nuestra existencia. En sus avances marchaba entre titubeos y dudas, tentado por diversas cosas a la vez. Todo lo que el Destino dio en herencia a los hombres intentaba atesorarlo en su persona. Creía haber conocido últimamente cuantas alegrías sensuales se pueden gustar, mas esto no bastaba a su alma inquieta. Su naturaleza exigía otra cosa, el cambio incesante, ver paisajes renovados en cada excursión sentimental, nuevos rostros, ir al encuentro de la felicidad desconocida o de placeres ya olvidados que tornaban a presentarse.

Borja se comparó otra vez con su héroe favorito. Era el poeta Tannhauser soñoliento a los pies de Venus, separando la cabeza de sus divinas rodillas, sordo a los cantos de las sirenas y amorcillos, extasiado por el lejanísimo son de la campana cristiana oída en su adolescencia. Resumía en su persona la eterna Inquietud del hombre que sólo puede reposar en el regazo de la muerte.

El deleite de los sentidos no le bastaba para considerarse satisfecho. Quería ir siempre más lejos..., ¡más lejos!, para abrazar una dicha que retrocedía ante su avance, como los castillos encantados de las leyendas huyen delante del viajero.

Una voluptuosidad sin inquietudes le había hecho descubrir que el amor no es el principal objeto de la vida. Existe la libertad, la áspera libertad, y la acción que exige también esfuerzos y dolores.

Sólo había sido hasta ahora el hombre del deseo, y quería ser el hombre de la acción. Le daba vergüenza que su juventud no conociese el sufrimiento, las lágrimas, el peligro y el combate. ¿Para qué había venido al mundo? ¿De qué podía servir a sus semejantes aquella llamita Inquieta, pero continua, que brillaba en su pensamiento cual una lámpara de luz perpetua?... ¿Qué iba a quedar de su paso por la Tierra, si vivía siempre a los píes de Venus?...

Se iba formando un deseo impetuoso dentro de él, que le hacia aborrecer su felicidad presente. Ni siquiera Infectaba razonar estos nuevos sentimientos. Le parecía inoportuno someter a análisis los frescos impulsos de su alma. ¡Inútil filosofar! Los hombres como él repelían el raciocinio, guiándose simplemente por Impulsos que unas veces vienen del corazón y otras de los sentidos materiales.

Debía huir por unos meses, dejando de ver a Rosaura... La amaba siempre y volvería a tiempo, remozado por la ausencia, sintiendo un nuevo fuego primaveral. Abandonaría la Venusberg para vivir entre los hombres, interviniendo en sus luchas, participando de sus preocupaciones. No podía seguir adormecido a los pies de la diosa como un caballero encantado. Necesitaba escribir, comunicarse con los otros humanos, darles una chispa de su pensamiento, reflejar como un mundo opaco la luz de los demás.

El canónigo, con sus entusiasmos históricos, había resucitado dentro de él todas las obras ya olvidadas que quiso producir en otro tiempo. Semanas antes, le parecía el Claudio Borja anterior a su encuentro con Rosaura en Aviñón un pobre joven digno de lástima. Ahora lo envidiaba como a un hombre superior porque sentía, ambiciones y deseos de acción, porque sonaba con escribir un poema sobre El Papa del mar, uniendo a tal proyecto otras pretensiones literarias.

Esta vida interna de Claudio, provocada por el rápido paso del erudito sacerdote, empezó a revelarse en su exterior. Mostrábase preocupado. Su carácter, antes plácido y tolerante, era ahora pronto a la irritabilidad, sin motivo alguno.

Huía de Rosaura, inventando pretextos para no ir con ella a Cannes, Niza o Montecarlo. Luego, sin causa cierta, mostrábase celoso, suponiéndole coqueteos e intimidades con los amigos que habría encontrado en dichas fiestas, aprovechando su ausencia.

—¡Pero si eres tú quien no ha querido acompañarme! — protestaba Rosaura.

No impedía esto que Claudio, con el ilogismo de su irritación nerviosa, insistiese en sus quejas Injustas.

A los pocos días empezó ella a mirarle con estudiosa insistencia, reflejando cierto asombro en sus pupilas de mirar profundo, como si hubiese descubierto dentro de su amante ideas inesperadas. También se mostró otra en su trato diario, permaneciendo silenciosa cuando quedaba a solas, siguiendo a Borja con una mirada interrogantes así que le volvía la espalda para alejarse.

Algunas veces, como "resultado de internos soliloquios, movía Rosaura la cabeza, sonriendo al mismo tiempo con amarga expresión. Veía llegar algo que le había hecho sufrir, en ciertas ocasiones, un instante nada más, alejándose a continuación como el aleteo de gasas negras de un murciélago perseguido... «Demasiado joven para mí.»

¡Haberse embarcado en esta pasión ardorosa e incierta cuando la vida le ofrecía tantos amores fáciles y gratamente desiguales, pudiendo verse adorada lo mismo que el" ídolo cruel e injusto que nunca ve disminuir los fanáticos prosternados a sus pies!... Conocía los peligros que hace arrostrar una primera juventud a las mujeres que se fían de ella, una juventud siempre agitada por el deseo del más allá. Venus recién surgida de la espuma de las ondas sólo representaba para un amante de veinte años el día actual, el triunfo del momento. En esa edad crédula se espera siempre, y la esperanza va acompañada de ingratitud. «Mañana aún se presentará algo mejor», piensa la petulancia juvenil. Sólo el amante en plena madurez sabe el valor del hoy , y lo aprovecha, agradeciendo su fortuna presente. «Guardemos lo que me da mi buena suerte y procuremos no perderlo.» Este era el amor sumiso y agradecido que necesitaba ella.

A1 fin le resultaron intolerables los largos mutismos de Claudio, su, celos sin causa, seguidos de apartamientos que le dolían como menosprecios. Dejaba de acompañarla a las fiestas, no venía en busca suya a Montecarlo, y luego sus amigas lo encontraban paseando a solas por la orilla del mar. Otras veces lo veía volver cansado y polvoriento de excursiones a pie por los Alpes, emprendidas sin razón alguna. Era necesaria una explicación entre los dos.

Sintió resquemores de mujer agraviada, y el orgullo era en ella tan intenso como las vehemencias de la sensualidad. No podía comprender el amor sumiso, hecho de sacrificio y anulación voluntaria, que gustaba a otras, como un placer pasivo.

Ella misma buscó la deseada explicación, alegando una ligera jaqueca para no salir de su casa. Prefería pasar la tarde en el jardín, ocupando un profundo sillón de junco, relleno de cojines pintarrajeados, en la parte más alta de aquella sucesión de mesetas floridas que iba a perderse entre las rocas de la costa.

.empezaba a atardecer. El mar brillaba irisado, con reflejos de madreperla. Era un Mediterráneo falto de buques, un infinito liquido sin nada que rompiese el nácar de su Inmensa y plana superficie; ni una ola, ni una vedija de espuma, ni una vela.

A espaldas de la casa elevaban los Alpes sus cumbres amarillas y verdes, con turbantes nebulosos, blancos como algodones, que empezaban a empaparse en la sangre clara del ocaso. Parecía mas pesada la atmósfera a causa de su inercia;

Esta calma lánguida, suspirante, de un rosa pálido hacía recordar el descanso fatigoso y dulce a la vez falto de ensueños, que sigue a los grandes excesos de amor.

Ocupaba Claudio un taburete de junco a los pies de Rosaura, la cabeza baja, la frente ceñuda, adivinando 'la próxima explicación, sintiendo miedo y deseo de ella. Fumaban nerviosamente dorados cigarrillos, y una atmósfera con leve perfume de opio ahuyentaba a las mariposas y otros insectos acorazados de colores, quitándoles parte del espacio saturado de miel vegetal, que era suyo el resto del día.

Habló ella de pronto, con decisión:

—¿Qué piensas?... ¿Qué tienes?... Eres otro desde hace algún tiempo. ¡Habla! Entre nosotros debe existir una franqueza absoluta. Nada nos une que no pueda romperse... ¿Es que te cansas a mi lado?

Claudio empezó por balbucir, como si no encontrase palabras apropiadas para el disimulo de su pensamiento, y al fin dijo con voz sorda, sin levantar la cabeza:

—¡Tanto tiempo aquí!... Sé bien que no es más que un año, y me parece

una vida entera... Nada de ludias; nada de deseos. Todos los días son iguales; todo es lo mismo. Es verdad que mi existencia no conoce el invierno ni las penas, pero tampoco hay para mí primavera, ni regocijo de vivir.

Sonrió Rosaura Irónicamente, fijando los ojos en su amante, que continuaba con la cabeza baja, sin atreverse a mirarla.

—Ahórrate imágenes y palabras rebuscadas. Di toda la verdad. ¿Te sientes fatigado de mí?...

Borja levantó la cabeza, mirándola a su vez directamente. Ya no mostraba la indecisión del que dice mentira. Sus palabras tenían el calor de la sinceridad.

—No; te amo como antes, como te amaré siempre, y a mi pasión se une un intenso agradecimiento. Tú me hiciste conocer felicidades que nunca había sospechado, y gracias a tu amor me he creído igual a los dioses. Pudiste escoger entre los hombres más famosos; una de tus miradas habría bastado para hacerlos correr nacía ti en ardiente rivalidad, y, sin embargo, te fijaste misericordiosa en mi persona humilde, elevándola hasta la altura de tu belleza.

Calló Borja un momento, y al notar en los ojos de ella una expresión interrogante, no pudiendo sin duda armonizar tales palabras de pasión con el desaliento de sus deseos, continuó, como si se excusase:

—Tú eres digna de un dios de un héroe; yo no soy más que un mortal lleno de debilidades, y el corazón del hombre es siempre cambiante. A tu lado hay demasiada felicidad para mí; una paz olímpica. Y tal vez por eso mismo necesito la lucha, el sufrimiento, y te digo como el poeta, en las delicias de la Venusberg: «Diosa, te amo... Déjame partir.»

Rosaura volvió a mirarlo con una expresión irónica, y en seguida repuso ásperamente:

—Di más bien que te has cansado de mí. He hecho cuanto he sabido por alegrar tu existencia, y tú me lo agradeces con un menosprecio que disimulas bajo hermosas palabras. Está bien... Es el castigo que me impone la suerte por haber sido débil. ¡ Quién me hubiera dicho que un hombre iba a permitirse la insolencia de abandonarme, cuando tantos me buscaron!...

Se apresuró Claudio a interrumpirla, no pudiendo aceptar su errónea interpretación:

—Siempre será feliz el hombre a quien hagas la regia limosna de tu amor. Conocerá la más ardiente de las embriagueces: transportes voluptuosos que sólo gustaron los inmortales. La felicidad que tú das va más allá de las felicidades que dispensan las otras. Sólo el que tú distingas con tu amor podrá haber apreciado la verdadera potencia de los atractivos de una mujer. Cuantos placeres encuentre yo en la Tierra inmensa durante los años que aún me quedan por vivir no serán nada comparados con los que conocí al lado tuyo.

Otra vez cambió de tono añadiendo con un acento triste de excusa:

—Pero hay algo en mí que me arrastra muy lejos y no puedo res i stirme a sus mandatos: un ansia de libertad absoluta, de vida pobre y modesta, de aislamiento casto y estudioso. Quiero ser alguien, quiero que mi vida tenga una finalidad. Necesito trabajar; necesito sentir deseos. Aquí lo tengo todo. Debo salir de este encantamiento feliz... Yo volveré, arrepentido, a implorar tu perdón, y tú me tratarás como quieras; pero ahora te repito lo mismo: «Rosaura, te amo... Deja que me marche.»

Siguió ella mostrándose indecisa ante las palabras contradictorias de su amante: ensalzando su amor y queriendo al mismo tiempo huir.

—Estás loco—dijo—. Hace días que noto el desconcierto entre tus palabras y tus acciones.

Y añadió inmediatamente, con una expresión celosa en los ojos y la voz:

—Tal vez ya no te gusto y te parece preferible alguna amiga mía. Te has entusiasmado, ¡pobre hombre!, por cualquiera de estas señoras pintadas como un cuadro y de historia larga que coquetean en la Costa Azul. ¡Hacerme eso a mí!...

El no dejó que terminase sus quejas. Había cogido sus dos manos amorosamente ; avanzaba la cabeza hacia ella cual si pretendiese besarla; mas la dama, ofendida, rehuyó el encuentro de sus labios.

—No, Rosaura—dijo el joven—. Jamás fuiste tan hermosa como ahora... Sólo te amo a tí...; pero deja que me vaya.

Había tal sinceridad en sus palabras, que ella empezó a tranquilizarse y lo miró con ojos suplicantes.

—Tú no puedes irte... ¡Dios mío! ¿Cómo sería eso?... Jamás te di motivos de queja con mi conducta. Siempre te guardé fidelidad, y basta una palabra tuya, un leve enfado, para que te obedezca, plegándome a las exigencias de tus celos injustos y pasajeros. Yo, que jamás obedecí a los hombres por orgullo, dejo que me impongas tu voluntad... ¿Qué es lo que te falta? Vives en uno de los países mas hermosos de la Tierra; llevas una existencia tranquila y dulce, digna de envidia: tienes quien te ama... Deja que continúe tu grato deslizamiento. ¿Qué más quieres?...

Esta mujer, que se mostraba generalmente ligera y frívola, siguió hablando con grave expresión, animados sus ojos por una luz de bondad :

—Yo también, Claudio he pensado muchas veces en nuestra vida futura. No creas que para mí lo es todo lucir alhajas y vestidos, ir a comidas y bailes. Tu amor me ha hecho reflexionar sobre cosas serias, aburguesando mi alma, como tú dirías. «Dos años, tres nada más (he pensado muchas veces), lo necesario para que yo me sacie de esta existencia que a él no le gusta. Y luego, cuando ya no me atraigan las diversiones sociales, regularizaremos nuestra situación, nos casaremos ; seré la señora de Borja; me esforzaré en acicalar mi persona para que no se note entre los dos ninguna diferencia de edad; llevaremos una vida de grave apasionamiento, con viajes a países lejanos, tal vez la vuelta al mundo juntos, y vendremos a descansar en este jardín, que ya no será la Venusberg ardiente, sino algo que haga recordar los pequeños jardines de que habla Claudio, por donde paseaban los filósofos griegos, apreciando serenamente las únicas felicidades durables de la existencia y la llegada inevitable de la muerte...» Así he pensado muchas veces y asi puede terminar, con una majestad serena, nuestra vida común... Pero antes nos quedan todavía varios años de juventud y de amor, años de «transportes divinos», como tú dices, en los cuales vale casi tanto el recuerdo como la realidad. Y cuando yo preparo esta dicha futura y hago cuanto puedo por mantener la presente, ¡hablas de marcharte!...

Había vuelto Claudio a bajar la cabeza, cual si no pudiese resistir las miradas acaricia-doras de Rosaura, y con voz sorda, lo mismo que si hiciese una confesión, empezó a decir:

—Nunca olvidaré esta época de nuestro amor. Un año nada más, y me parece Inmenso como la historia humana. Cuando me sienta triste bastará que recuerde este año al lado tuyo, el único que vale de mi existencia, e inmediatamente sentiré el fuego de una divina embriaguez; y si soy viejo, por obra de tu recuerdo volverá a mí la juventud. El que bebe en la fuente de tu amor no puede encontrar ya otra agua que apague su sed.

Y saltando por tercera vez del entusiasmo que le inspiraba el pasado a la melancolía de su presente, añadió con humildad:

—Insúltame; lo merezco. Despréciame: soy un perturbado... Pero deja que me marche. La felicidad perpetua que gozo aquí me parece una esclavitud, y ser libre es ahora mi único deseo. Siento vergüenza al pensar lo mal que colocaste tu cariño. Me conozco; soy un Ingrato, un miserable; mas para bien tuyo te repito mi suplica: «Diosa, déjame partir.»

Rosaura, con el ceño fruncido v la mirada dura, moviendo uno de sus pies nerviosamente, interrumpió las suplicas del joven:

—Márchate, si ése es tu capricho. Parte lejos y que se cumpla tu suerte. Eres libre. Me convenzo de que no mereces la vida que has llevado aquí. Tus gustos son ordinarios, como los de todos los seres que necesitan combatir para abrirse paso, conquistando el dinero o el renombre. Amas la vida ruda del luchador. Para ti es un tormento la feliz pereza de los que nacieron únicamente para gozar. No puedes amoldarte a la inactividad de los que ya tenemos nuestro puesto seguro en la vida por el trabajo de otros. Vuelve a la existencia que llevabas en Madrid y que tú me has contado muchas veces, de labores improductivas, de pequeñas luchas, de envidias, de tempestades en un vaso de agua, con la ambición de que tu nombre figure impreso en papeles. Ve a reunirte con tu tío el canónigo, para hablar de historias viejas que a. nadie Interesan. Puedes también ir a ¡loma, al lado de don Arístides y de su hija, esa pobre tontita de Estela, a la que sin duda amas. ¡Dios mío! ¿Cómo no he visto antes todo esto?... Cásate con ella: es la mujer que te conviene; y tened muchos hijos, allá en una casa de Madrid, dentro de un piso como una jaula... ¿Por qué no me dices valientemente la verdad?... ¡Cobarde!... ¡Cobarde!...

Protestó Claudio con sus ademanes más aún que con sus palabras confusas. Estela Bustamante vivía lejos de su pensamiento, y él se asombraba de que Rosaura la hubiese recordado.

—No te excuses; es Inútil—continuó la dama con violencia—. Tú te imaginas de buena fe que la tienes olvidada ; pero las mujeres sabemos de eso mas que los hombres. Es ella la verdadera causa que te aleja de mí. El señor—siguió diciendo irónicamente— siente fatiga de verse querido por una dama chic y desea a la burguesilla tímida y boba. Te conozco, caballero Tannhauser, mejor que tú mismo. Estás cansado de Venus, como me has llamado tantas veces, y quieres hacer una Elisabeta de esa pobre muchacha que vive en Roma, cerca del fantasmón de su padre... Ve en busca de la paz para no encontrarla nunca. Ni paz ni libertad hallarás en ese mundo de gentes vulgares que ahora te hace falta, y del que te has burlado tantas veces en mi presencia, creyéndote de raza superior.

Calló un momento, para añadir con expresión rencorosa:

—Te conozco y te veo ya volviendo a mi después de la triste experiencia. Vas a sentirte asqueado por la ordinariez de esas personas que ahora buscas; te hará falta la verdadera libertad que es la de nuestro mundo, tolerante y feliz. Tal vez lamentarás Igualmente la ausencia de mi cuerpo y de mi voz, y yo entonces me vengaré cual si fueses un mendigo importuno al que se repele por su tenacidad. Si te vas, que sea para siempre. No vuelvas, porque entonces me mostraré cruel.

Ofendido por la altivez majestuosa de ella, Claudio movió la cabeza negativamente.

—Nunca volveré. Mi dignidad te evitará el placer feroz de despedirme como un pordiosero. Hubo un larguísimo silencio. Ahora era Rosaura la que permanecía con la cabeza baja, luchando entre los impulsos de su orgullo y los consejos bondadosos del amor. Dos veces levantó los ojos para mirar a su amante, que también permanecía con el rostro bajo, y la luz débilmente rosada del atardecer hizo brillar sus córneas lacrimosas. Al fin habló con una dulzura insinuante:

—No hagas caso de lo que he dicho. ¿Cómo podría yo repelerte si volvieses a mí?... ¡Qué estúpida amenaza! ¿Por qué darnos todas estas tristezas a causa de un simple capricho tuyo?... Sigue aquí y verás cuán pronto vuelves a encontrar dichosa la vida que llevas. Todo es efecto del paso de ese don Baltasar, excelente persona, que te ha perturbado sin saberlo. Déjate vivir. Sé egoísta; con ello a nadie causas daños, y a mí me haces feliz. El mundo será lo mismo que tú te preocupes de él o que lo olvides;

que escribas en papeles y libros o que lleves la misma existencia frívola de muchos que tratas aquí diariamente. Piensa en ti nada más y un poco en mi. Luego añadió, sonriendo con forzada malicia:

—¿Qué te importa que las personas de la Costa Azul o de París que forman nuestro mundo conozcan tu valor intelectual o te consideren simplemente un hombre chic? ¿Qué vale su opinión?... Así es mejor, puedes dejar que se deslice tu existencia, sin Inquietudes ni rivalidades.

Pero Claudio, insensible a su sonrisa implorante, a las miradas de sus ojos, que parecían pedirle auxilio, contestó con tenacidad:

—Quiero hacer algo en mi vida. Ha llegado el momento de la decisión. ¡Permanecer aquí siempre!... Los verdaderos hombres aman a las mujeres, pero no se dejan dominar por ellas. ¿Qué soy yo?... Tu esclavo. Jaula de oro, mas al fin prisión. No me opongas celos y sospechas, no Inventes sentimientos que no tengo. Si huyo de ti, no es para ir en busca de un nuevo placer. Tan grande ha sido tu amor, que no siento deseos de conocer otro. Es la aspereza de la vida libre lo que me atrae. La fatiga del trabajo representa para mí una felicidad desconocida. Deja que me vaya... Yo volveré, si quieres. Esta separación puede ser única, y luego nuestra vida se reanudará hermosa y tranquila, como tú la describes antes.

Quedó en silencio Rosaura largo rato, mirándolo con fijeza, tal vez sin verlo, por estar absorta en la apreciación de sus propios pensamientos, y al fin dijo, con una frialdad que les dio miedo a los dos:

—Márchate para ser libre, como tú dices. Si en eso consiste tu felicidad..., así sea. Créeme..., haces mal. Cuando vuelvas, si es que vuelves, no sé si podré recibirte. Nada de plazo. En nuestra situación el tiempo no cuenta. ¡Quién sabe si nos habremos olvidado a los pocos días!... ¡Quién podrá decir si un recuerdo tenaz no nos impulsará finalmente a buscarnos con toda clase de abdicaciones y bajezas!... Te repito que haces mal. En amor no son prudentes las experiencias ni los alejamientos. La juventud no puede sustentarse sólo de recuerdos... Y los amantes que se acostumbran a vivir sin verse, corren el mayor de los peligros.



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