A la luna (1-Gómez de Avellaneda)



    Tú, que rigiendo de la noche el carro,
 Sus sombras vistes de cambiantes bellos,
 Dando entre nubes -que en silencio arrollas-
          Puros destellos,
    
    Para que mi alma te bendiga y ame,
 Cubre veloz tu lámpara importuna...
 Cuando eclipsada mi ventura lloro,
          ¡Vélate, luna!
    
    Tú, que mis horas de placer miraste,
 Huye y no alumbres mi profunda pena
 No sobre restos de esperanzas muertas
          Brilles serena.
    
    Pero ¡no escuchas! Del dolor al grito
 Sigues tu marcha majestuosa y lenta,
 Nunca temiendo la que a mí me postra,
          Ruda tormenta.
    
    Siempre de infausto sentimiento libre,
 Nada perturba tu sublime calma
 Mientras que uncida de pasión al yugo,
          Rómpese mi alma.
    
    Si parda nube de tu luz celosa
 Breve momento sus destellos vela,
 Para lanzarla de tu excelso trono
          Céfiro vuela.
    
    Vuela, y de nuevo tu apacible frente
 Luce, y argenta la extensión del cielo
 ¡Nadie ¡ay! disipa de mi pobre vida
          Sombras de duelo!
    
    Bástete, pues, tan superior destino;
 Con tu belleza al trovador inflama;
 Sobre los campos y las gayas flores
          Perlas derrama;
    
    Pero no ofendas insensible a un pecho
 Para quien no hay consolación ninguna
 Cuando eclipsada mi ventura lloro,
          ¡Vélate, luna!