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No admiro yo la oliva que sombrea
tus anchos horizontes,
ni el cándido rebaño que blanquea
como nieve tus montes,
ni la negra piara gruñidora
que en la loma vecina
con ímpetu famélico devora
los frutos de la encina,
ni las yeguas que pacen tu dehesa,
ni los potros cerriles
que tu marca condal llevan impresa
en los anchos cuadriles,
ni el parque ni la cómoda morada
de tu agreste retiro,
ni el blasón que decora su portada:
¡Tu corazón admiro!
El que a buscarte dolorido viene
jamás en balde llora;
que tu mano tendiéndose previene
la mano del que implora.
Los frutos de tus campos mal seguros
llaman al indigente,
y es propicia la sombra de tus muros
al triste y al doliente.
De tus trojes, al pobre convidando,
mana en raudal el trigo,
y el umbral de tu puerta van gastando
las huellas del mendigo.
Tu tiempo se desliza, de hora en hora,
siempre al bien consagrado,
y tu mano siniestra siempre ignora
lo que la diestra ha dado.
Por eso, tu conciencia inmaculada,
con varonil aliento
verá temblar la bóveda estrellada
y hundirse el firmamento;
que, cuando el trueno cóncavo revienta
dando al crimen castigo,
te dice por lo bajo la tormenta:-
«Esto no va contigo.»