A Lelio. Gobierno moral (Versión para imprimir)

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Autor: Jacinto Polo de MedinaEditar

A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Este epigrama es del intento, hablando con una niña, que por su elección se entró religiosa


 Borrar supiste, ¡oh Clori, oh rosa pura!,    
 el albedrío de la contingencia;    
 ya a los rizos de nácar su violencia    
 no podrá destrenzarles la hermosura.    
 

 No admire, no, que sin edad madura  
 solicites galán que no hace ausencia,    
 que si el silencio es rostro en la prudencia,    
 la virtud es la edad de la cordura.    
 

 En peligros de un mal y de un engaño    
 es más sabia razón, más advertida,   
 prevenir, no enmendar, el desengaño.   
 

 Ciencia de escarmentados no es lucida,    
 y tú, por no ver males desde el daño,   
 los ves desde el discurso prevenida.    


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
No imites a tu amigo Lauro, cuya rebeldía mereció este soneto


 ¿No escuchas con tu ingenio aquella fría    
 fuente, Lauro, que hermoso se dilata?    
 ¿Ves cómo vuela, pájaro de plata?    
 Sagrada es, a mi ver, filosofía.    
 

 Líquida erudición tanta armonía   
 tu estudio sea, pues tu ser retrata;    
 una onda a otra onda la desata:    
 así impele el un día a el otro día.    
 

 Mas si de avisos no te persüades,    
 y te ofende escuchada, no tenida,  
 la culpa de tus locas vanidades,    
 

 bien de avisarte temerá mi vida;    
 que es siempre lo que informan las verdades    
 una salud muy mal agradecida.    


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Lo mismo siente este soneto contra un ciprés que lo abrasó un rayo


 Es verdad; yo te vi, ciprés frondoso,    
 estrechar de los vientos la campaña;    
 yo vi ser la soberbia que te engaña    
 aguja verde en Menfis oloroso.    
 

 Creíste que por grande y poderoso  
 no te alcanzase de un dolor la saña;    
 rodear sabe el mal; por senda extraña    
 vino el castigo en traje luminoso.    
 

 Rigor tu vanidad llama a esta furia.    
 Si no son los castigos impiedades,  
 no se quejen tus culpas tan a gritos.    
 

 Nunca lo que es razón ha sido injuria,    
 ni por más que atormenten sus verdades    
 han de saber quejarse los delitos. 


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Este soneto prosigue el mismo concepto


 Del mal que le amenaza al venturoso    
 librarme quiero yo por desdichado,    
 porque no duele tanto examinado    
 como cuesta el temor de un mal dudoso.    
 

 Desde el dolor padece el no dichoso,  
 el feliz desde el miedo, y del cuidado;    
 su edad tiene un dolor, y en lo esperado    
 es hacer de más años lo penoso.    
 

 Jamás alguno poseyó la suerte;    
 nada se goza un bien con un recelo,   
 que del mal la sospecha es importuna;    
 

 y pues a un bien no hay mal que no despierte,    
 en mi desdicha tengo mi consuelo,    
 si victoria no soy de otra fortuna. 


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Escucha esta canción, que te habla al intento


 Todo el mayo volaba    
 en un pájaro hermoso,    
 que a carreras furioso    
 un halcón lo acosaba;   
 de unas ramas se abrigaba     
 y huyendo del peligro da en la liga.    
 

 La corderilla mansa    
 (felpa viva) se pierde    
 entre la selva verde,    
 y en dar voces se cansa;      
 y las voces que ha dado    
 las oye su peligro, y no el ganado.    
 

 Manchado de colores    
 (ya tigre de las aves)    
 el colorín, suaves,     
 cantaba sus amores;    
 el cazador lo oía   
 y su canto fue muerte, y no armonía.    
 

 Relumbra allá en el risco    
 (carbunclo de su pecho)  
 la llama que se ha hecho    
 por calor del aprisco;    
 y a que lo robe fiero    
 ella misma es quien llama al bandolero.    
 

 Corre, listón de nieve,   
 arroyuelo, que, helado,    
 era alcorza del prado,    
 y los pasos que mueve,   
 dando en el mar, ¡ay cielo!,    
 ni lo dejan alcorza ni arroyuelo. 


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Repara en lo que dice este soneto a una rosa antes de abrir


 Si en verde oriente ya luz encarnada    
 es de tu sol ¡oh flor! seña olorosa,    
 no crezcas hasta el día de ser rosa,    
 que son las horas muerte disfrazada.    
 

 No a más beldad aspires engañada,   
 que estás, si creces, en llegando a hermosa    
 del achaque de un día peligrosa,    
 de enfermedad de un sol amenazada.    
 

 Arrepentida en balde, flor vecina,    
 pues a su error no sirve de experiencia      
 aproveche a tu riesgo documento.    
 

 Baste ya de otras rosas la rüina,    
 no te prosigas, que en mortal dolencia    
 ninguno de sí mismo es escarmiento. 


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
No ocasiones a que te digan lo que este soneto a una fuente, que estando muy rica de jaspes, no lleva agua


 ¿No eres tú la que quiso a la mañana    
 imitarle las perlas engreída,   
 y en flor de jaspes tienes prevenida    
 por nieve mármol, pórfido por grana?    
 

 Pues ese viento, de tu pompa ufana,      
 ése enjugó tu cristalina vida,    
 que quien se puso tan envanecida    
 fue providencia que quedase vana.   
 

 ¿Qué olorosa merced te debe el prado,    
 engañando de fuentes tantas flores      
 que alistaron su vida a tu cuidado?    
 

 Mentiste la esperanza a sus verdores,    
 ¡oh aviso superior de lo criado!   
 ¡oh propiamente imagen de señores!  


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Encarézcalo este soneto, a una hermosura que murió de repente, teniendo un reloj en las manos


 Todo un reloj ocupa su destreza    
 en avisarte, Antandra presumida,    
 ser tu beldad eternidad mentida    
 que de humana te estorba la certeza.    
 

 Mas no logra el aviso su fineza,  
 que su eficacia, en parte resistida,    
 pudo desengañar toda una vida    
 y persuadir no pudo una belleza.    
 

 Lo infalible parece que suspendes,    
 pues un reloj la vida te profana,   
 y en las horas prosigues de tu engaño.    
 

 De ti misma el ejemplo desatiendes,    
 y hermosa yaces: que en la edad de vana    
 a un tiempo es inútil desengaño. 


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Lee este soneto a una mariposa que se ahogó en un vidrio de agua


 Avecilla infeliz, que tantas flores    
 en esas breves alas extendiste,    
 ¿cómo, si para fénix floreciste,    
 Ícaro se apagaron tus colores?   
 

 Es tu achaque la luz, es tus rigores,  
 y en llama de cristales falleciste,    
 que si ha de ser estrago para un triste,    
 aun el cristal presumirá de ardores.   
 

 Mas ¡ay, necio de mí! bárbaramente,    
 avecilla, en tu lástima me engaño,   
 compasivo a ese vidrio que te infama:   
 

 no causó el mal mudarte el accidente,    
 que, habiendo de morir, no fue en tu daño   
 el cristal más peligro que la llama.  


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Bien lo experimenta en este soneto una rosa maltratada de un gusano


 Esa rizada púrpura olorosa,    
 esa de nácar lástima florida,    
 hoy de un gusano descortés mordida,    
 más ejemplo está ya que estaba hermosa.    
 

 Si es morirse de flor pena forzosa  
 bárbara en lo preciso fue la herida    
 colérico fue el diente, que su vida    
 poco pudo tardar naciendo rosa.   
 

 Mas no es dudar su muerte lo violento    
 de anticiparse a apolillar su grana,   
 dudando que a su estrago no se rinda.    
 

 Que no muera de rosa fue el intento,    
 por no dejarse con acción villana    
 tener el gusto de morir de linda.  


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Lee en estos versos lo que supo merecer un ingenio, grande y virtuoso


 Vuelve, vuelve a esta parte,    
 Gerardo, y mira atento   
 con lúgubre ademán, pero sin arte,    
 al que tanto lució, ya macilento;    
 mira, mira, y harán esos despojos   
 que hable ese silencio de tus ojos.    
 

 Bien le ves decaído,    
 bien le ves tan ajado lo florido,    
 pues yo le vi que arrebolaba el prado,    
 rosa bella de grana,   
 y gastándose el jugo a la mañana    
 era a las flores general cuidado,    
 primada de la aurora;    
 y tú la ves ahora,    
 púrpura desmayada,      
 al temblor de los aires deshojada.    
 

 Ese polvo que ves, ése, Gerardo,    
 atención fue del orbe,   
 y aunque parece horror está gallardo;    
 lo que ves no te estorbe     
 ni tu engaño resista,    
 mírelo tu discurso y no tu vista;    
 que tanta erudición, tanta eminencia,    
 la ciencia, la doctrina, la elocuencia,   
 aun más en pie se está y aun más erguida,   
 que es más docta una muerte que una vida.    
 

 Llega, Gerardo, toca, que imagino    
 que no está ejecutado del destino;    
 mas, ¡ay!, que es el sosiego,    
 ya que a admirar su compostura llego,  
 del no alterarse en su postura suerte,    
 estar muy enterado de su muerte;    
 y en peligro tan justo    
 sabiendo el daño no le altera el susto,    
 que se lo dijo aquello que vivía    
 cuando escuchaba a un día y a otro día,   
 y en quien el daño se le trae temido    
 llega a hacer el dolor menos rüido,    
 que en rüinas y excesos   
 el que espera sin miedo los sucesos    
 tiene en lo porvenir jurisdicciones.    
 

 De estas transformaciones    
 no juzgas, no, lo cierto    
 si a ese cadáver lo llamares muerto;    
 que no es morir diferenciar de vida.  
 Volvió la recibida    
 que la tuvo prestada    
 por no sé cuantos días entregada,    
 que en aquestos conciertos    
 son los días contados, mas no ciertos,   
 y a vivir se pasó de lo que ha obrado.    
 ¡Oh tú felice, que en tu ingenio ha estado,    
 sin que polilla de horas te consuma,    
 saber hacerte siglos con tu pluma!    
 

 En acción tan lucida  
 más debes a tu ingenio que a tu vida,    
 porque en ella, ¡oh claros desengaños!,   
 ni una hora más viviste que tus años;    
 y en tus escritos doctos y eminentes,    
 espejos elocuentes,  
 cristal de eternidades    
 la cara te verán otras edades,    
 pues tan eterno en ellas te apercibes    
 que te hacen vivir lo que no vives.    
 

 Aquí, para que asombre,  
 vives, vive tu nombre,    
 y allí vives más vida    
 y habitas con virtud esclarecida   
 exento de querellas,    
 Adonis celestial, selvas de estrellas;  
 espumas de los cielos luminosas,    
 y en ambas vidas con quietud reposas.    


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Lee este soneto a una hermosura que murió de repente con un reloj en la mano


 Ese volante, que continua espía    
 es siempre en lo viviente presuroso    
 en Nise, que murió de lo dichoso,    
 aviso quiso ser, y fue porfía.    
 

 No muere, no, reloj de tu armonía, 
 la que vivió lo breve de lo hermoso,    
 tú señalas no más de lo forzoso,    
 y un mérito apresura más que un día.   
 

 Si en frágil duración de los instantes    
 tiene su mayor priesa en lo que dura,  
 ¿cómo tu oficio de morir ignoras?    
 

 sin ejercicio mueves tus volantes,    
 que a quien le dan por vida una hermosura    
 es perezosa edad la de tus horas.    


A Lelio. Gobierno moral de Jacinto Polo de Medina
Pero sin que lo entienda el malintencionado escucha a la verdad en tu abono este soneto


 Tan temprano es tu ingenio, que aun no mueves,    
 con airoso ademán, con planta airosa,   
 la edad de veinte abriles olorosa,    
 y sin ocios de flor, ya frutos llueves.    
 

 ¿Cómo a estrechar en esta edad te atreves  
 siglos de perfección? Tu edad dichosa    
 vengue las brevedades de la rosa,    
 desagravie a las dichas de lo breves.   
 

 Tanta es la edad de tu discurso ardiente,    
 tan niños esos años mereciste   
 que vida has menester porque no acabes.    
 

 Nace para saber todo viviente,    
 tú a estudiar el vivir sólo naciste,    
 ¡oh, si vivieses todo lo que sabes!