A Julio J. Sandoval

Tradiciones peruanas - Novena serie
A Julio J. Sandoval

de Ricardo Palma

Buenoa Aires.

Mi querido Julio: El libro que, en capillas, tuvo usted la amabilidad de enviarme, ha producido en mi espíritu el mismo efecto que el refrigerador rocío sobre la planta próxima á agostarse por el calor tropical. Indescriptibles recuerdos de tiempos ya idos, palpitan para mí en las páginas del precioso libro, y por ello convendrá usted conmigo en que soy el juez más desautorizado y menos competente para hablar de su mé- rito literario, con tranquilo é imparcial criterio. Como ([ue yo mismo tendría, en no raras ocasiones, que ser tribunal y sujeto justiciable.

Además, el corazón no es literato, ni sabe letra de estética: no raciocina ni discute: siente y ama...* porque sí... quand meme... y ésta, con frecuencia caprichosa frase, es para él la razón de las razones, ante la cual no pesan argumentos sólidos. Por eso me declaro inhábil, hasta estúpido, para escribir sobre este volumen el prólogo literario que, de mi buena voluntad por complacerlo, ha solicitado usted.

Pero si está excusado el hombre de letras (y no de cambio, por mi mal) de manejar el escalpelo de la crítica para aquilatar bellezas que, incuestionablemente, las hay y en buena cifra, en el libro VELADAS^ nada me impide llevar la flor del re-


cuerdo á la tumba de las nobles amigas que, fraternizando en ideales con la digna madre de usted, fueron el encanto de aquellas deliciosas noches, de cordiales, de íntimas expan- siones, gozadas en el modesto, á la vez que elegante, salón d^ la ilustre literata argentina.

i Ni cómo olvidar á Cristina Bustamante, la hada gentil de rizos cabellos y ojos fascinadores, que tan melódicos trinos arrancaba de su garganta de iruiseñor; á Rosa Mercedes Ri- glos de Orbegoso, la aristocrática dama, cuya pluma nos em- belesaba con escritos de académica corrección; á Rosa Ortiz de Cevallos, la magistral pianista; á Victoria Domínguez, la risueña joven, que cambió en breve su corona de azahares por las amarillentas flores del sepulcro; á Manuelita V. de Pla- sencia, la dulce poetisa de las sencillas frases,, corazón de án- gel encarnado en la más simpática de las mujeres!

¡ Cómo olvidar á Adolfo García, el poeta de calderoniana en- tonación, sobre quien tan cruelmente pesaron las desventu- ras, ni al chispeante crítico español don Juan Martínez Viller- gas, ni al decidor Murciélago^ ni á tantos otrosa asiduos con- currentes á las Veladas, verdaderas lides, en que las armas del talento y del ingenio se disputaban el lauro! Pocos queda- mos en pie de aquella pléyade entusiasta de luchadores que hicieron de las amenas tertulias de Juana Manuela Gorriti, animado palenque de literarias contiendas.

Después... en el reloj del tiempo sonó la hora de los gran- des infortunios para el Perú... y á los días de pa.sión febril por las letras, han sucedido los de amargura y desaliento.

Triste, tristísima cosa es encanecer y vivir de recuerdos do- lorosos, que la memoria, en los viejos, no es sino vasto cemen- terio en el cual las lápidas son los nombres de seres que nos fueron queridos.

Por eso, el libro que á la vista tengo melancoliza mi ánimo con la tristeza de las tumbas, y no veo ni quiero ver en él más que la corona de siemprevivas funerarias, que el cariño de usted y el de Juana Manuela colocan sobre la losa de los muertos, pero no olvidados amigos y compañeros de labor li- teraria.

Muy cordialmente de usted afectísimo amigo.