A Juana Y***

A Juana Y*** de Clemente Althaus


Ya doce años trascurrieron,
oh Juana, desde aquel día
en que contempló la tarde
nuestra última despedida.
Y desde entonces, morando
en tan apartados climas,
de ti no logro mi oído
la más remota noticia.
En vano, en vano a tu patria
voló mi palabra escrita
que a tus bellísimas manos
sin duda no llegaría:
que un corazón como el tuyo
nunca la amistad olvida,
ni vencen tiempo y distancia
el afecto que nos liga.
Yo sin cesar te recuerdo,
y sin cesar imagina
mi amistad cual es la suerte
que te cabe, fausta o mísera.
¿Vives triste y solitaria
cual te dejó mi partida
y la muerte de tu madre
lloras, Juana, todavía?
¡Ah! ¡cuán comprendo ahora
tu congoja por la mía!
yo también perdí a mi madre:
llora ¡oh Juana! mi desdicha.
Esa madre de quien tanto
te hablé siempre, cara amiga;
esa madre idolatrada,
mi consuelo y mi alegría,
el modelo de las madres,
el respeto de la envidia,
ya es tan sólo ¡oh desventura!
un puñado de ceniza.
Yo la vi rendirse al peso
de su dolencia prolija,
y mis ojos presenciaron
su lentísima agonía.
Por la mano de la muerte
vi cerradas las pupilas,
astros de mi negro cielo,
soles de mi noche fría:
yo vi mudo el dulce labio
cuya fúlgida sonrisa
era el iris que del alma
las tormentas despedía:
¡yo vi inmóviles los brazos
que mi cuello y sien ceñían
con dulcísimas cadenas
de abrazos y de caricias!
¡Ah! ¡jamás sospechar pude
que abriera tan honda herida
en humano débil pecho
del dolor la espada impía!
¡Ni siquiera cuando en Cádiz
yo te vi en la pena misma
a tu madre lamentando,
o modelo de las hijas!
Cierto; al ver el largo llanto
que bañaba tu mejilla
y al oír los hondos ayes
que del alma te salían,
hasta el alma me llegaban
tu dolor y tus fatigas,
y tremenda reputaba
cual ninguna tu desdicha.
Pues bien, Juana, ni aún entonces,
más me condolías,
la mitad calcular pude
de esa congoja infinita:
pasar es fuerza por ella
para poder concebirla:
es el duelo más tremendo
de los duelos de la vida.
Aún hoy tú a tu madre lloras
que yo a mi madre querida
habré de llorarla siempre
cual la lloré el primer día:
para dolor tan inmenso
vana es del tiempo la huida,
ni dan los años el bálsamo
que esa llaga cicatriza.
Un solo consuelo cabe,
y es la promesa bendita
de la esperanza dichosa
que un nuevo mundo nos brinda:
mundo que junte por siempre
cuanto la tierra partía,
donde halle el hijo a la madre
y halle el amigo a la amiga:
jardín de flores eternas
y de rosas sin espinas,
sereno mar sin tormentas,
cielo sin nubes sombrías.
Allí hallarás a tu madre,
allí encontraré a la mía,
de eterna beldad ornadas,
de luz perenne vestidas:
y ellas en dulces coloquios
y en amante compañía,
cual los hijos en la tierra,
serán en el cielo amigas.
Allí nos veremos, Juana,
tras ausencia tan prolija:
¿Qué importa que tantos mares
en el mundo nos dividan?
¡Ah! ¿Qué importa que nos prendan
a ti Cádiz, a mí Lima,
si una y otra finalmente
son moradas fugitivas,
y si a entrambos nos espera
la ciudad santa y divina,
eterna mansión que ignora
ausencias y despedidas?


(1871)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)