A España (4 Althaus)

A España de Clemente Althaus


En vano, con palabras que desmiente
tu porte que alevoso nos maltrata,
tal vez te escucha la peruana gente
Hija llamarla, a tu cariño ingrata.
Que, aunque a nombrarte nuestra tierna madre,
cambiando estilo, tu interés te arrastra,
nombre te damos que mejor te cuadre:
nombre de perversísima madrastra.
Tenemos, es verdad, sangre española
con que a tus propios vicios nos condenas;
pero esa sangre, España, no es la sola
que circula por dicha en nuestras venas.
Mas tú deliras, si blasonas única
sangre que impura mezcla no desdora,
que, entre mil, la fenicia, celta y púnica
tu sangre forman, con la hebrea y mora.
Y, si hora nuestra, madre ser te agrada,
madre es tuya la gente sarracena,
que ayer no más al filo de tu espada
bañó en su sangre la africana arena.
Mas de pasados males a despecho,
y aún cuando tuyos son nuestros resabios,
perdonarte pudiera nuestro pecho,
respetarte pudieran nuestros labios,
si no fuera la tierra fiel testigo
de que, no ya como nación extraña,
mas cual linaje odiado y enemigo
siempre nos tratas, orgullosa España.
No pueden perdonarnos tus enconos
el que tu yugo ya no padezcamos,
y en nosotros más siervos que colonos
no tengan ya tus coronados amos.
Ya ser no nos perdonas libre gente
que gente planta mortal nunca se humilla,
y que sólo ante Dios dobla la frente
y sólo a Dios prosterna la rodilla.
Si, ocultando tal vez tu negra saña,
bañas en miel la lengua ponzoñosa,
a nadie, a nadie tu león engaña
convertido en la pérfida raposa.
Tu antiguo sueño sacudiste apenas,
y ya intentaste por la vez segunda
echar a nuestros brazos tus cadenas,
uncir a nuestras frentes tu coyunda.
Ávida ayer y torpe y traicionera,
(no pienses que el castigo mucho diste)
del Perú pisoteaste la bandera,
y las peruanas islas invadiste.
Y hoy a la noble Chile, que indignada
contempló tan horrenda alevosía,
sitia y bloquea tu feroz armada
que no arredra su heroica valentía:
que, en encadenamiento así infinito
que a tu rüina y perdición te lleva,
cada delito engendra otro delito,
cada injusticia es fuente de otra nueva.
Y mientras a tan bárbaros extremos
te arrojes y nos trates de tal suerte,
¿cómo quererte, di, cómo podremos,
cómo podremos, di, no aborrecerte?
Y nuestra mengua no es, sino tu mengua,
que a España insultos y a su gente agravios
escuche el mundo en española lengua
crudos volar de americanos labios.
Ni mi culpa sera, sino tu culpa
y de tus hechos torpes y perversos,
que su memoria la justicia esculpa
en mis acerbos castellanos versos.
Harto ya tu codicia y tu arrogante
impía condición que nada doma
en el idioma resonó de Dante,
sonó de Shakespeare en el idioma;
y en la francesa lengua y alemana,
y sueca y rusa, y en las lenguas todas
harto sonará la crueldad hispana,
harto sonarán las, infamias godas.
Y ya los vicios de tu estirpe rancia,
y la codicia y corrupción de Iberia,
fanatismo, pereza o ignorancia,
moral atraso y material miseria,
mal que le pese al español soberbio
que luz de gentes a su patria llama,
son en el mundo universal proverbio,
y eterna voz de la parlera Fama.
Y así de lenguas en tan rica copia,
que pregoneras son de tus maldades,
sólo faltaba ya tu lengua propia,
y hoy, España, tú misma, tú la añades.
Pronto habrán de aprender nuestros infantes,
si no reprimes tu insolencia extraña,
el idioma pomposo de Cervantes
para ofender y maldecir a España.
Ni de ello te lamentes; lo has querido:
pero tiempo es aún, y si mañana
cambias tu porte, en generoso olvido
te alargará el Perú su diestra ufana.
Si no, el labio estará siempre dispuesto,
y dispuesta estará siempre la espada
a contestar denuesto con denuesto,
a oponer cuchillada a cuchillada.


(1866)


Esta poesía forma parte del libro Obras poéticas (1872)