Escritos de juventud
Año nuevo

de José María de Pereda

Cuando se entra a oscuras en una habitación en que se oyen ruidos extraños se ponen las manos por delante y se exclama, o se piensa al menos:

«¡Dios mío! ¿Qué habrá aquí? ¿En qué parará esto?».

Lo mismo exactamente le ha sucedido a España al entrar, empujada por la última hora del año de 1868, en la primera de 1869, verdadero caos tenebroso e infernal, «donde toda incomodidad tiene su asiento, y donde triste ruido hace su habitación», como en la cárcel de realistas del Quijote.

La noble matrona, a despecho de su probado heroísmo, a pesar de su evangélica resignación, tiembla ante tanta oscuridad, tiene miedo, busca a tientas a sus grandes hombres, y les pide un rayo de luz que la ilumine.

Pero Serrano gastó en Alcolea el último fogonazo.

La espada de Prim ya no centellea.

Topete mojó en Cádiz la pólvora del Pacífico.

Figuerola no da lumbres.

Lorenzana duerme.

Sagasta apura la última cerilla para remendar una cortada que piensa añadir a cierto telegrama en cifras.

Ruiz Zorrilla aprovecha el débil fulgor de aquélla para buscar la cédula electoral que le pidieron en las urnas y le ha valido la honra de que le inmortalice La Correspondencia en sus columnas de brea.

Romero Ortiz despabila una lámpara sepulcral, después de haber apagado la de los templos católicos, y la apaga también.

López Ayala, la lumbrera del teatro moderno, es en política un fuego fatuo.

España, pues, se ve a oscuras al comienzo de una senda llena de precipicios y de obstáculos, sin un solo punto claro que la sirva de norte, sin una mano que la guíe, sin una voz que la aconseje.

Y no puede retroceder, ni siquiera detenerse, porque el tiempo y los sucesos la obligan a caminar.

Por eso reniega de sus hombres, se enjuga una lágrima, tiende las manos al vacío, y nada.

Trémula y aterrada, da sus pasos, y al tercero se hunde hasta las rodillas. Es un charco de sangre: está en Cádiz.

Se hace a un lado, y un montón de escombros que se desploman la descalabra: son los de los templos de Sevilla.

Cambia de rumbo. Algo se le enrosca entre los pies, largo y ondulante como el boa constrictor: es la cola del Banco.

Salva el obstáculo y anda más: un no sé qué frío y hediondo como el aire de un sepulcro pasa a su lado y le azota el rostro: es el hambre de Castilla.

Lamentos, conjuros y plegarias en derredor. Los imponentes de la Caja de Depósitos y algunas monjas sin celda, pan ni abrigo.

Trabucazos, alaridos y protestas más lejos. Los comunistas andaluces.

Mucho más lejos aún: el tango habanero en el estampido de la artillería: es la insurrección de Cuba.

El himno de Riego, palizas y otros rumores: el sufragio universal en todo su esplendor; el derecho al trabajo y los voluntarios de la Libertad.

Despavorida, acelera la marcha; pero tropieza en un cuerpo voluminoso escurridizo: Olózaga.

Cae, no cesa de caer, y todavía hay algo que la precede en la caída, que baja más que ella: los valores públicos.

Al fin se detiene, pero en el fondo de un abismo: las arcas del Tesoro.

El vacío la circunda, y, sin embargo, siente un peso sobre los hombros que la agobia, que la sofoca: el empréstito Figuerola.

Un ruido sordo y constante la desazona, y algo la pellizca la túnica, y la muerde las sandalias: son los roedores del presupuesto que se han comido hasta los clavos, y aún tienen hambre.

Entre tanto, siente que avanzan a su lado escuadrones de fantasmas que la absorben hasta el aire que respira con dificultad: el Ejército y las clases pasivas.

Otros grupos, de pisar más grave y más sonoro, marchan en opuesto sentido y aléjanse sin cesar: la gente acomodada, los capitalistas que huyen de ella a tierra extranjera porque la temen.

Quiere seguirlos, siquiera para llamarlos; pero tropieza en un obstáculo hueco y liviano, y vuelve a caer: la debilidad de su Gobierno.

En la caída se hiere la cabeza, y al resplandor que le finge la fuerza del dolor que siente, quiere ver algo, y ve... un punto más oscuro, más tenebroso que todos los demás: las futuras Constituyentes.

Sin embargo, se dirige a él, y aún cree descubrir detrás el contorno de una puerta de salida. La palpa con afán; pero aquel cuerpo real o ilusorio tiembla y amenaza sepultarla entre los escombros: el trono de Espartero.

Otro más perceptible hay a su lado, y hasta vislumbra un busto coronado de ortigas y perejil, que se evapora en cuanto le mira: el duque de Montpensier.

Otra puerta aún, más clara, pero más estrecha y erizada de espinas, que necesariamente han de desgarrarle la túnica y las carnes: la República.

Otras muchas se ofrecen a su vista turbada y todas confusas y mal definidas.

Al cabo halla una completamente perceptible; corre hacía ella con afán, y trata de abrirla. Al fin va a respirar libremente... Ilusión: es la guerra civil.

Entonces, desfallecida, horrorizada, levanta al cielo los ojos de su vieja fe, y un rayo de esperanza, que parte de la Suprema Misericordia, le presta nuevos bríos, y con ellos sigue marchando impávida a través del antro misterioso.

¿Adónde irá a parar en el curso del año que empezamos?

Dios, que la guía, puede saberlo únicamente.



(De El Tío Cayetano, núm. 9)

2 de enero de 1869.