Ángel Guerra: 085

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo VII – La trampa
 de Benito Pérez Galdós


IIIEditar

Y a todas estas, ¿qué hacía el ingenioso Mancebo? Al salir de la Catedral desde la oficina de la Obra y Fábrica, recorrió despacio la nave lateral de la Epístola hasta la capilla Mozárabe. Allí torció sobre su derecha, siguiendo por delante de la puerta del Perdón, siempre con el mismo paso lento, la mirada recogida, cual si llevara el Santísimo en una procesión solemne. Meditando en el delicado paso que a dar iba, se dijo: «Si ahora voy yo a Laureano Porras, y Laureano Porras se descuelga, como es probable, con alguna cosa que a este bruto de D. Ángel no le agrade, este bruto de D. Ángel me va a comer».

Detúvose un instante en la puerta de la Presentación; salió al Claustro, volvió a entrar, indeciso, y por fin se metió en la capillita del Cristo de las Cucharas. «Si en realidad -pensaba-, no necesito ver a Laureano Porras para saber lo que me ha de decir. Pero en fin, demos de barato que me persono allá. Ya me figuro que voy por el Nuncio Viejo... ea, ya estoy en las Tendillas... un pasito más, y entro en la calle de los Aljibes. Tun, tun... «¿está D. Laureano?...» sí... pues adentro. «Hola, Laureano, buenos días. ¿Qué tal?... No tan bien como tú. ¿Te maravillas de verme aquí? Pues ya debes suponer; vengo a que me enteres de eso de mi sobrina...» Me parece que estoy oyendo la contestación del amigo Porras: «Pues muy sencillo, D. Francisco: que nadie está libre de un arañazo, y como en estas órdenes hay que mirar mucho por la reputación, las hermanas han dispuesto que su sobrinita se vuelva al siglo, donde hace más falta que en el Socorro».

Así pensaba tomando asiento plácidamente en un banco, a la izquierda de la verja.

-Esto que pienso -decía cruzando las piernas, apoyando el codo en el brazo del banco y la mejilla en el puño-, es la pura realidad. Sucederá exactamente como lo he discurrido; me dirá Porras lo único que en rigor puede decirme; de modo que ¿para qué molestarme? ¿Pues qué necesidad tengo yo ahora de echarme a rodar por esas calles, y todo para que me digan lo que sé? Estate quietecito, hijo mío, y descansa, y si puedes, descabeza un sueñecito en este cómodo banco, que anoche no dormiste nada, pensando en esa muñeca... Porque lo que yo digo: la santidad que gasta la niña es pueril y de juguete. Esta mañana, cuando aletargado me quedé después del largo insomnio, lo pensaba yo, y de este modo razonaba... mi tesis. Ella se irá al Cielo, si muere, porque es buena; ¿pero entrará como santa canonizable? ¡Quia! Buenos están los tiempos para andar en esos dibujos. Irá y la pondrán en un sitio muy alto de la bienaventuranza eterna, más alto que el sitio en que me pongan a mí. Pero ¿en qué concepto la llevarán a ese empíreo luminoso?... Es un suponer, Señor. Como entre los ángeles hay tantísimo niño, desean tener una muñeca con que jugar... y en tal concepto irá mi sobrina a las regiones etéreas, luminosas... que yo no puedo figurarme cómo serán... irá, eso es, como la más preciosa de las muñecas para los angelitos... ji, ji, ji. (Riéndose solo.) ¡Ay Dios mío, qué cosas se me ocurren!... Pues a lo que iba: ahora estoy en realidad delante de Laureano Porras, a quien pregunto por su madre... ¡Y que malita debe de estar la pobre señora! ¡Quien la conoció cincuenta años ha, cuando era la moza más guapa de Toledo! ¡Pobre doña Cristeta! Y ahora se empeña este maldito Laureano en que yo tome las once. Déjame a mí de onces y de bizcochitos... Quedamos en que allí no quieren a mi sobrina, en que mi sobrina volverá a la casa paterna de su tío... Ya la tenemos, y a poco que el madrileño ese nos ayude, fuera tonterías místicas. No es que sea tonta la niña, pues talento le sobra, para comprender lo que nos conviene a todos. Y no sé yo cómo no entiende que el que fue su señor está enamorado de ella como un bruto, y que todo ese furor católico que le ha entrado no es más que los movimientos desordenados y el pataleo de la amorosa bestia que lleva en el cuerpo... ¡Dios mío, qué cosas vemos los que recibimos de ti el beneficio de una larga vida! Lo que yo no acabo de comprender, Señor, es por qué anda todo tan torcido en tu mundo, cada persona donde no debe estar, y nadie contento, y todos queriendo ir por donde ir no pueden; cerrado el camino para los de pies ligeros, y abierto para los cojos; unos con más de lo que necesitan, otros reventando de ganas de poseer lo que aquellos desprecian. Francamente, vive uno y vive año tras año sin ver las cosas arregladas, y los que ahora son chiquitines verán, cuando se caigan de viejos, lo mismo que yo estoy viendo en mis días... Bueno, Señor. Quedamos en que estoy hablando con Laureano Porras, el cual me dice lo que en buena lógica debe decirme. Yo no lo invento, yo no invento nada. No hago más que seguir los sucesos al son y paso que llevan. Porque, yo he observado en mi larga vida que el desear vivamente una cosa y persistir en tal deseo; es la mejor manera de encauzar los acontecimientos para que al fin venga a realizarse y a cumplirse lo que anhelamos. Porras piensa como yo, que la chiquilla debe volver al siglo y dejarse de hacer pinitos religiosos superiores a sus fuerzas muñequiles. Las cosas llevarán el aire que deben llevar; adelante, y marquemos el compás a los acontecimientos, ¡tan, tan!... que ellos al fin y a la postre bailarán como queremos que bailen. (Adormeciéndose.) No quisiera dormirme, porque se me haría tarde... A bien que Laureano me entretiene demasiado con su cháchara. Es hombre que cuando pega la hebra no hay medio de ponerle punto final. Y su madre, hidrópica y todo, también es de las que despotrican por siete, y le envuelven a uno en la conversación, sin dejarle un resquicio por donde salir. Convenido, convenido que la niña se vuelva a casa; y luego, ¡dulcísima Señora del Sagrario, protectora de toda mi familia, madre de los desconsolados, ayúdame! Con poco que me ayudes, les caso. ¡Vaya si les caso! Y entonces, ¡qué felices todos! don Ángel el primero, porque sus intereses deben de estar muy abandonados y necesita quien se los cuide. Bien puede decir que le ha venido Dios a ver, porque yo soy un lince para administrar. Alabándome de ello, alabo al Señor que me dio estas grandes cualidades para todo lo económico. Y digan lo que quieran los tontos, también lo económico es de Dios, por que sin lo económico, ¿cómo vivirían las sociedades? No, Dios no quiere que el salvajismo prevalezca, y sin lo económico, ya se sabe... Lo que a mí me entristece es que teniendo este don de administrar no pueda emplearlo y lucirlo por falta de materia administrable. ¡Qué desordenado anda el mundo! Si a mí me pusieran de ministro de Hacienda... no aquí, no en España, donde todo se vuelve caciquismo, filtraciones, chanchullos, y qué sé yo qué, sino en... (Se duerme profundamente.)

Breve fue su sueño; pero en los minutos que duró tuvo tiempo de soñar las cosas más estupendas: que era inglés, y ¡¡ministro de Hacienda de Inglaterra!!, sin dejar de ser Mancebo, y presbítero y beneficiado de la Catedral de Toledo; que la Virgen del Sagrario tenía el manto recamado de libras esterlinas, y otros mil disparates... Despertó con sobresalto, creyendo que su sueño había sido larguísimo, y como no tenía reloj para consultar la hora, entráronle sospechas de que había transcurrido gran parte del día. Por dicha, acertó a entrar en la capilla el sacristán de ella; don Francisco le llamó, y apoyándose en él para tomar la vertical, le dijo: «¿Te parece, Sandalio amigo, que tengo tiempo de haber vuelto de casa de Laureano Porras? Digo, de haber ido... No, no es eso... Es que me dormí, y tengo un poco ofuscadas las entendederas... Pero las doce no serán». Adquirido el convencimiento de que ni las once habían dado aún, Mancebo se entonó, puso orden en su meollo, hízose dueño de todas las ideas que en su cerebro bullían antes de dormirse, disciplinó las rebeldes, acarició las sumisas, y se fue de la capilla de las Cucharas, tomando el camino de la Mozárabe... Como no encontrase a Guerra en el punto de cita, le buscó por diferentes sitios de la iglesia, y ya desesperaba de encontrarle, cuando Ildefonso, que ya había dejado en la sacristía su hopalanda roja, le dijo que el madrileño estaba en la antecapilla del Sagrario.

Allá fue Mancebo, y antes de decir palabra a su amigo, arrodillose delante de la imagen de su particular devoción, para orar breve rato. Después, no queriendo tratar de cosas tan profanas delante de la augusta Señora, cogió al otro del brazo y se lo llevó al vestíbulo del Ochavo o trascapilla de la Virgen, y allí, sentaditos codo con codo, platicaron de esta manera:

Gracias a Dios que le encuentro a usted... Hombre, ¿no quedamos en que nos veríamos en la Mozárabe?

-Yo entendí que en la del Sagrario.

-¡Ay, estoy rendido! He venido a escape, porque allí me entretuve. Laureano, cuando rompe a charlar, no acaba. Luego, mis piernas no están ya para estas prisas, y la calle de los Aljibes no es aquí me llego.

-Qué hay, (Impaciente.) qué dice ese buen señor?

-Pues excusábamos la consulta, porque lo que dijo ya lo sabía yo, y piensa lo que yo pensaba. En resumen, el rum-rum ha sido tan fuerte que las hermanas no han tenido más remedio que dar esa satisfacción a la opinión pública... por más que están convencidas de la inocencia de la niña.

-Pues si es inocente, ¿a qué el castigo? (Sulfurándose.) ¿Qué opinión pública ni qué niño muerto? Esto es un complot indecente, envidias de las otras hermanas, que quieren alejar a la que les hace sombra con su talento y su virtud.

-Pero si no hay destierro, ni la mandan a Gerona, ni ese es camino... Calma, hombre, calma.

-¡Ah! ¿Pero dijo el capellán que no se ha pensado en el destierro?... Explíquese usted.

-No... pero... sí, me lo dijo, me lo dijo. (Para sí.) ¡Demonio de hombre! Si no le contesto lo que él quiere, me pega.

-Me alegro. Respirando como quien se libra de un gran peso. Crea usted que estaba yo decidido a emplear la violencia, a impedir por cualquier medio semejante iniquidad, saltando por encima de todo. No crea usted; aún insisto en algunos de los propósitos que había formado. Leré, que tanto vale, no puede seguir subordinada a las que debían besar la tierra que ella pisa. Yo quiero que sea Madre.

-¡Que sea madre! (Con júbilo.) Pues eso mismo quiero yo, ¡zapa! Si acabaremos de entendernos... Bueno... verá usted lo que pasa. La niña, aburrida y mortificada de que se cuenten de ella esas barbaridades, ha dicho que no quiere más Socorro, ni más velo ni más hábito de estameña, y que se vuelve a su casa con su familia de su alma, con sus sobrinos queridísimos y con su tío que la adora.

-¡Ha dicho eso!

-Como usted lo oye. Y el contratiempo este considéralo como un aviso del Cielo, como una indicación de que debe variar de camino, dedicándose a otros deberes más difíciles de llenar que los del monjío, a la mundana lucha, a trabajar por el bien y la salud espiritual en compañía de sus iguales, y a darnos a todos la felicidad que tan bien nos hemos ganado.

-Don Francisco, usted sueña. (Estupefacto.)

-El que sueña es usted: Por mi boca está hablando la lógica humana... y diría la divina si no temiera ser irrespetuoso con la divinidad.

-¿Es cierto lo que usted me dice? (Inquietísimo.) Don Francisco, que me vuelve usted loco.

-Lo que hago, Dios lo sabe y la Virgen también, es tornarle a usted a la razón.

-¿Pero el capellán ha dicho eso? Júremelo.

-Hombre, yo no acostumbro jurar.

Tan aturdido estaba Guerra, que no sabía qué pensar, ni qué hacer, ni qué decir. Se levantaba y a sentarse volvía, comunicando al clérigo su turbación y desasosiego.

«Yo necesito comprobar ahora mismo esas noticias, Sr. D. Francisco -dijo al fin-. Iré al Socorro, y hablaré con ella, valiéndome de los medios necesarios para facilitar la entrevista, cualesquiera que sean.

-Ea, no empecemos a hacer tonterías. ¿Sabe usted lo que saca de tomar las cosas con esa comezón y esa fiebre? Que resulte un argumento más en contra de mi sobrina y una confirmación de la maledicencia.

-Pues si no ahora, esta tarde misma he de salir de dudas.

-¡Dale bola! No sea usted tan fulminante. Calma, sangre fría; váyase al cigarral y espere tranquilo los acontecimientos. Podrá suceder que, si se presenta usted en el Socorro con la cara fosca y echando lumbre por los ojos, la niña se asuste de su determinación y dude, y tengamos nuevos líos, nuevas dilaciones, y qué sé yo. De fijo que Lorenza estará pensando ahora en volver con nosotros; pero titubeará, tendrá sus vacilaciones, sus escrúpulos; y si va usted allá con historias, ¡zapa! puede que se nos tuerza otra vez y nos quedemos sin ella. (Echando el resto.) Conténtese con saber que la Madre y las hermanas, y el capellán Porras le aconsejan que abandone la vida religiosa... Vaya, ¿aún quiere mejores noticias? Pues estaría bueno que ahora lo echáramos a perder todo por la fogosidad y las impaciencias de este buen señor. Estese tranquilo en su casa, que Lorenza vendrá, lo tengo por tan cierto como este es día, y todo se reduce a no espantar al pececillo que tiene ya la boca abierta para tragarse el anzuelo. Para mí es cosa hecha; la hija pródiga vuelve a casa, y con ayuda de nuestra Protectora Sacratísima, la casaré con... Pepito Illán.

Ángel había caído en una especie de letargo mental, y Mancebo le observaba la fisonomía con atención aguda, con socarrona perspicacia. En la mente del madrileño había aparecido una nebulosa, masa grande y difusa de ideas que aun no tenían forma pensable. Insistió de nuevo el clérigo en que no hiciera nada, en que dejara correr los acontecimientos y aguardase, porque si al Socorro iba con alguna tracamundana impropia del recogimiento monjil, podía escandalizar a la Congregación, y a la niña y al pueblo entero, de lo que resultaría lo más contrario al deseo de todos. Como el puchero le llamaba, se despidió, diciendo para sí al abandonar la santa iglesia: «¡Demonio de hombre, qué perdido está! Si él y ella y todos hicieran lo que yo discurro, ¡qué bien estaríamos, y qué al derecho irían las cosas que ahora van torcidas!... A casa, hijo, a la casa de las once bocas, que el bendito garbanzo te espera. ¡Ay, qué vida esta! Siempre soñando con que mañana será mejor que hoy, y luego salimos con que todos los días son iguales, y no mejoramos, ni ese es el camino... Pero ahora no me queda duda de que va de veras, y Lorenza hará lo que yo pienso, y lo que le aconsejan Laureano y las hermanas... porque no hay duda de que se lo aconsejaron... o se lo aconsejarán, que es lo mismo».


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
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Ángel Guerra (Tercera parte)