Ángel Guerra: 077

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo V – Más días toledanos
 de Benito Pérez Galdós


IIEditar

Esto no lo oyó Fabián, que sentándose al piano, había empezado a mascullar aires de zarzuela y ópera. Justina entró a la sazón y tras ella los chicos, que se enracimaron junto al cantor. En cuanto oyó el monstruo la música, se animó extraordinariamente; sus ojos echaban chispas, y llevando el compás con la cabeza, trataba de repetir lo que oía.

«¡Cómo te gusta, pobrecito! -dijo Mancebo cariñoso, tirándole de una oreja-. Toca, Fabián, toca, para que esta alma bestial sea por un instante alma de ser cristiano». Pero el músico, desesperado de la rebeldía del instrumento, que sonaba como una pandereta, lo abandonó, y en medio del cuarto se puso a entonar cánticos corales apianando la voz para no atronar la casa. Ildefonso le acompañaba, y a ratos podía creerse que el coro de la Santa Iglesia se había trasladado a la casa de Mancebo, el cual metía también su gori gori, siguiendo al unísono alguna frase de salmo o antífona. El fenómeno lanzó varias notas en perfecta armonía con las demás, y cuando Fabián, atento al efecto que su voz causaba en aquel ser rudimentario, rompió con el Dies irae litúrgico, en voz entera y con el aire vivo que usualmente se le da y lo hace tan patético, aconteció lo que nadie había visto nunca. El antropoide empezó a mover sus extremidades, que parecían las de un pulpo; las desarrollaba, las extendía, reptando con ellas, y lentamente se iba trasladando a lo largo del suelo, erguida la cabeza y en su boca una sonrisa tan de persona que más no podía ser. Todos, chicos y grandes, se maravillaron de aquel ensayo de movimiento que era una novedad en la infeliz criatura. Justina llamó a su marido para que viese lo que casi por milagro podía pasar. D. Francisco le seguía, inclinándose para verle mejor, y Fabián, ante el éxito de la salmodia, se iba inspirando más y dándole más hermosa expresión: Qui Mariam absolvisti... et latronem exaudisti... mihi quoque spem dedisti.

Más de una vara recorrió el hermano de Leré a impulso del poderoso ritmo musical, al andamiento vivo del Dies irae, que parece una marcha bailable. Tan bailable era que los chicos se pusieron a dar brincos en parejas, marcando los tiempos de cada compás, y el monago seise danzaba frenético, cantando con argentina y dulce voz: Taba mira spargens sonum, etc....

Aquella noche, al recogerse D. Francisco a su madriguera, observó que hacía mucho tiempo que no se retiraba a dormir con el espíritu tan sosegado. El caso Illán-Babel podía mirarse como verdadero triunfo y ejemplo visible de la protección del Cielo. Cuando subió Justina a arreglarle la cama, preguntole su tío si se tenían noticias de Leré, a lo que contestó ella que por la mañana había estado en el Socorro. Como el beneficiado no le gustaba de hablar de Lorenza ni de la toma de hábito, la benignidad con que hizo la pregunta pareciole a Justina de feliz augurio. «La pobrecilla -se aventuró a decir-, está muy quejosa de usted, porque no ha ido a verla; y verdaderamente, tío, que nos guste más o menos su determinación no es motivo para que dejemos de quererla. Las hermanitas la adoran, tío, y están con ella a santo dónde te pondré».

-Iré a verla -dijo Mancebo, que aquella noche era todo alegría-. Cuando la santidad llega a tal extremo, no hay más remedio que... perdonarla, digo, acatarla.

Enlazando las ideas y las personas con viveza mujeril, Justina habló repentinamente a D. Paco de otro asunto.

-¿No sabe usted, tío, lo que me han dicho hoy? Me he quedado pasmada, y usted se pasmará también.

Pues... no crea que es fábula; es el Evangelio; quien me lo ha dicho no miente... Pues el señor aquél, don Ángel, el amo de Lorenza, se ha vuelto beato... como usted lo oye. Se pasó ayer toda la mañana en San Lucas, oyendo misas pagadas por él.

-¡En San Lucas! ¡Sopla! Pues mira: algo de eso me habían dicho a mí; pero no lo quería creer. Dale que es tarde; tanto me lo repiten que lo iré tragando. ¿Y dices que en San Lucas? Si allí no hay misas ni quien las diga. Oí que le habían visto en Santiago del Arrabal. Es que se va lejos para ocultarse... Pero, en fin, si Dios le llama por ese camino, vaya bendito de... Era masón y ahora se da golpes de pecho. ¡Bien, magnífico, gran conquista! En cuanto le vea le daré mi enhorabuena.

-¿Pero no sabe lo más gordo, tío? Hoy lo dijeron a Roque... Mire usted que no me acuerdo quién se lo dijo. Paréceme que fue Teresa Pantoja... Pues ello es que D. Ángel va a cantar misa.

-¡Sopla!... (Estupefacto.)

-No... precisamente cantar misa no dijeron... Más bien que piensa hacerse religioso cartujo, y dar todito su caudal a los pobres.

-¡Justina!... no bromees... Justina. (Con vivísima inquietud.) ¡A los pobres! ¿Pero qué pobres son esos? ¡Zapa! No serán los que pordiosean por la calle... no serán los que ejercen la mendicidad como un oficio ¡zapa, contra zapa!, (Furioso.) y entre ellos conozco algunos que son unos solemnísimos bribones.

-No dijeron qué casta de pobres serían los que van a heredarle. ¿Y usted cree eso?

-Pues... ¿qué quieres que te diga? (Calmándose.)

Ejemplos hay de ese desprendimiento sublime. En estos tiempos de materialismo, he visto yo aquí dos o tres casos: sin ir más lejos, D. Evaristo Valcárcel, que dejó a la Beneficencia más de tres millones. En edades antiguas sí hubo ejemplos mil de ese desprecio de las riquezas, y ahí tienes las fundaciones que lo acreditan. De forma y manera que a mí me parece que eso que se cuenta de don Ángel es verdad. Qué sé yo... siempre me pareció que ese señor no regla bien de la jícara. (Desdiciéndose.) No, no es que yo critique... No quiero decir que esta caridad al por mayor sea locura: lo que sostengo es que siempre me pareció hombre de ideas exaltadas. ¡Ah, gran cosa, hermosísimo acto! ¡Dar toda su riqueza a los pobres! Hija mía, hay que quitarse el sombrero, hay que... Pero mira, más vale que esperemos a verlo para celebrarlo, porque en estas cosas de dar, qué sé yo... siempre he visto que la realidad no correspondía al bombo. Veremos y creeremos. Y hay que mirar también cómo reparte esos ríos de dinero, porque de repartirlos bien a repartirlos mal va mucha diferencia para su alma y para el objeto que se propone. Figúrate tú que empieza a soltar, a soltar a chorro libre y sin ningún criterio. Pues no hará más que fomentar la vagancia y los vicios.

-Ahora me acuerdo, tío. Dijéronle a Roque que don Ángel piensa fabricar un convento... no, convento no dijeron... un gran edificio, vamos, para corregir a la gente mala, amparar a los menesterosos, poner en cura a los enfermos, y tal y qué sé yo.

-¡Ah! bien, bien. (Expansivamente.) Esa sí que es brava idea. Pero, como toda idea grande, puede malograrse si al llevarla a la práctica no se mira bien a la organización, y sobre todo, sobre todo, a qué clase de manos se encomienda el negocio. Porque imagínate tú que no se les ocurre poner al frente de ese instituto de caridad a un hombre entendido, del estado eclesiástico, de años y experiencia, y que sepa administrar bien, bien, pero bien... Pues todo lo tienes perdido, y lo que había de ser para Dios, cátate que es para el Diablo.

Al llegar a esto, D. Francisco, que ya había empezado a despojarse de las ropas exteriores para meterse en la cama, se las puso otra vez nervioso y excitado.

-Pero tío -le dijo su sobrina, queriendo retirarse-. ¿Qué hace usted? ¿Va a salir a la calle?

-Yo, no..., ¿por qué?

-Como se está usted vistiendo.

-¡Ah! no... Es que estaba distraído... No sé lo que me pasa.

Y empezó a desnudarse con tanta prisa, que Justina se tuvo que largar para no verle en paños menores. El buen D. Francisco, que había subido a su alcoba con el espíritu regocijado y sereno, viose acometido de pensamientos alborotadores, de esos que son para el sueño lo que sería para el órgano de la vista un puñado de arenillas arrojado en los ojos. El buen clérigo durmió mal, queriendo expulsar del caletre las ideas que lo tomaron por asalto, y a la mañana siguiente tempranito levantose derrengado y con el cuerpo lleno de dolores, cual si se hubiera caído por un precipicio, rodando entre piedras y zarzas. En la Catedral sus ideas se embarullaron considerablemente, porque la flaca y voluble memoria no le ayudaba para ponerlas en orden. «Yo quiero recordar -se decía, quién diantres me contó que había visto aquí al madrileño oyendo misa con muchísima devoción, y no caigo, no caigo... ¿fue D. León Pintado Palomeque? Ni quién me lo dijo ni la capilla donde le vieron puedo recordar... Pero ¡quiá! aquí no viene él. Le daría vergüenza, tendría miedo a su propia piedad, porque el mundo es muy malo y ridiculiza a los que se vuelven a Dios, dando esquinazo a la masonería. Y hace mal el no venir aquí, porque la instruiríamos en mil cosas en que debe de estar poco fuerte; le pondríamos en guardia para que no mande decir misas a la buena de Dios... y mire mucho a quién se las encarga... En fin, él se lo pierde. A lo que iba: ni aun para convertirse y hacerse buenos tienen criterio estos señores masones. Hasta para salvarse han de hacer tonterías».

Nada ocurrió aquel día digno de perpetuarse en la historia; pero al siguiente, ¡María Sacratísima del Sagrario! celebraba D. Francisco Mancebo su misa en el altar de San Ildefonso, revestido de casulla verde, por ser el cuarto domingo después de la Epifanía, cuando al volverse para el pueblo con el Dóminus vobiscum en los labios, vio al madrileño de rodillas, pegadito al sepulcro del cardenal de Albornoz. «Ya pareció aquello» -dijo para sí en fugaz soliloquio el oficiante, procurando al punto volver sobre sí y no distraerse. Poco trabajo le costó concentrar toda su atención en la misa; pero a ratos sentíase cosquilleado de alguna idea intrusa y profana que quería colarse por los intersticios más angostos de la sesera. Él la expulsaba, como si dijéramos, a zapatazos, y terminó la conmemoración del santo misterio sin dejar de ser dueño de sí ni un solo instante. Pudo observar que el neófito no mostraba afectación en su piedad; antes bien, ponía sus ojos en el preste con naturalidad y como la mayoría de los que cumplen el precepto, sin libro, sin demostraciones exageradas, como lo habría cumplido D. José Suárez, verbigracia, o cualquier otro ilustrado del tipo y cuño corriente. Podría creerse que aquel día despabiló Mancebo la misa más pronto que de costumbre, y eso que comúnmente la decía como para tropa, y se quitó las sacras vestiduras con mayor presteza todavía, ávido de salir para darle a su amigo un apretón de manos y mil para bienes. Pero ni visto ni oído. Por más que le buscó en la capilla y fuera de ella, no le pudo encontrar. Preguntó a varias personas de su conocimiento, despachó a Ildefonso para que registrara todos los rincones de la iglesia, y nada, velut umbra. La Catedral es tan grande, que buscar en ella un convertido es como buscar una aguja en un pajar.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
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Ángel Guerra (Tercera parte)