Ángel Guerra: 073

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo IV – Plus ultra
 de Benito Pérez Galdós


VIEditar

Y a la siguiente tarde, pues la mañana la perdió en recibir y despachar a un emisario de D. Suero que le llevaba unas cuentas, fue en busca de la nueva casa de los Babeles; y después de después de preguntar en todos los zaguanes de la Cuesta del Alcázar, dio con la caverna allá por la plazuela de Capuchinos, esquina al callejón de Esquivias, lugar de los más tristes de la ciudad. En todo el camino y brujuleo de calles no dejó de pensar en el extraño paso que daba, y si no le vino al pensamiento ni por un instante la idea de desobedecer a Leré, tampoco tuvo dudas acerca de la proposición que debía escoger entre las dos designadas por la santa. Descartado resueltamente lo del casorio, optaba por la despedida y separación absolutas, imposibilitando hasta la probabilidad de deslices ulteriores, y además determinó que, si las circunstancias se presentaban favorables a una intervención discreta para impulsar a Dulce a un buen arreglo matrimonial con otra persona, las aprovecharía con alma y vida. Todo lo llevaba muy bien estudiado y previsto, sin que faltara un poco de plan económico para asegurar a su ex amante los derechos pasivos, y salvarla de la prostitución en caso de que así fuera menester.

Apenas hubo empujado la roñosa puerta del zaguán para entrar en el patio, de desigual y mal barrido suelo, sin arbustos ni adorno alguno, con pilastrones de piedra, las paredes con la mitad del yeso caído, todo de lo más desamparado, pobre y sucio que en Toledo se podía ver; apenas al primer vistazo se hizo cargo de la triste localidad, le salió al encuentro la persona que buscando iba, la propia Dulce; ¡pero en qué facha, Dios poderoso, en qué actitudes! El tristísimo espectáculo que a sus ojos se ofrecía, dejó a Guerra suspenso y sin habla. Desmelenada, arrastrando una falda hecha jirones, los pies en chancletas, hecha un asqueroso pingo, descompuesto y arrebatado el rostro, la mirada echando lumbre, Dulce salió por una puerta que parecía de cuadra o cocina, y corrió hacia él echando por aquella boca los denuestos más atroces y las expresiones más groseras. Ángel dudó un momento si era ella la figura lastimosa que ante sí tenía, y algún esfuerzo hubo de hacer su mente para dar crédito a los sentidos. La que fue siempre la misma delicadeza en el hablar, la que nunca profirió vocablo indecente, habíase trocado en soez arpía o en furia insolente de las calles. La risilla de imbecilidad desvergonzada que soltó al ver a su amante, puso a éste los pelos de punta.

-Hola, canallita... ¿qué... crees que te quiero? -gritó Dulce agitando las manos a la altura de los ojos de él-. Ya no, ya no... Me caso con tu madre, y maldita sea tu alma... ¡yema! ¡Qué feo eres, qué horroroso te has puesto, je, je, con la beati... con la beatitud...! Carando, lárgate de aquí. No sé a quién buscas... no sé. Yo también me he santifiqui... fiquido, ficado, je, je, y me caso con...

Horrorizado Guerra, buscó con los ojos a cualquiera de la familia para que le explicase cómo había descendido la infeliz mujer a tal degradación. En la misma puerta por donde había salido Dulce, vio Ángel a doña Catalina y a un hombre, cuyas facciones no pudo distinguir porque estaba muy adentro y la tarde era de las más obscuras. La de Alencastre salió al patio llevándose un pañuelo a los ojos en actitud de estatua de sepulcro, y acercándose a Guerra, le dijo con desmayado acento:

-La culpa es de ese infame Pito, que le enseñó el vicio feo...¡Qué horror, qué ignominia! Creímos que ya le había pasado este ciclón, y hoy se nos escapó, y ¡cataplum! a la taberna. Estoy avergonzada, y le pido al Señor que me lleve de una vez. Yo no puedo ver tales afrentas en mi casa... (Volviéndose a su hija, que corría por el patio.) Dulce, hija mía, cordera, princesa, sosiégate, mira, mira qué visita tienes aquí... Nada, como si no... Pues cuando se le pasa cae en un estado de idiotismo que no parece sino que se le seca el entendimiento. ¡Qué angustias pasamos para que los amigos no la vean así, para que su primo no sospeche...! Pero imposible disimular más tiempo. La encerramos y nos atruena la casa, la soltamos y nos abochorna, la privamos de toda bebida, y dice que se muere... Pues que se muera. Piérdase todo menos el honor, como dijo el otro.

Dos o tres chicos habían empujado la puerta del zaguán, ávidos de contemplar el para ellos gracioso espectáculo, y doña Catalina se puso a dar gritos: «Cerrar, cerrar, que se nos escapa».

En efecto, la pobre Dulce iba disparada hacia la puerta, cuando salió el hombre aquel, en quien Ángel reconoció al mayor de los Babeles, Arístides, y echó la zarpa a su hermana, quien, revolviéndose contra él, le puso todas las uñas en la cara, acompañándolas de terribles insolencias: «Maldita sea tu sangre, vil, canalla, santurrón, chupa-cirios... Me caso con tu alma, y con la ladrona de tu madre...»

Arístides forcejeó para llevarla adentro; ella se defendía con nerviosa fuerza, empleaba él los achuchones, echábale mano a los brazos, al pelo, cuidando de defender el suyo, y por fin la dominó y se la llevó, como a res brava, al cavernoso aposento de donde habían salido. Doña Catalina, en tanto, invocaba con patéticos chillidos a todas las potencias celestiales, y se metió también en la lóbrega cueva, diciendo: «No la maltrates, hijo, por Dios; ten paciencia... ¡Ay Dios de mi vida, qué desgracia!»

Guerra sintió desde el patio algo como encontronazos, traqueteo de lucha, sofocadas exclamaciones, y por fin el resoplido del domador victorioso confundiéndose con el resuello intercadente de la fiera. Nunca había sentido horror semejante ni presenciado espectáculo tan lastimoso. Huyó despavorido de toda aquella vileza, de todo aquel oprobio, y se puso en la calle.

Pero no había dado veinte pasos, cuando sintió irresistibles ganas de volver. ¿A qué? No lo sabía. Detúvose perplejo un instante, y antes de que se resolviera, pasos presurosos sonaron tras él. Un hombre se le acercó, Arístides, que no tardó en abordarle con tono y modales impertinentes, diciéndole:

-Tú eres responsable, tú, de la situación vergonzosa de esa desgraciada.

-¡Yo! -replicó Guerra, rechazándole con desprecio-. Y aunque lo fuera, ¿quién eres tú para exigirme esa responsabilidad?

-Soy su hermano, y basta.

-¿Y a mí qué?

-Tenemos que hablar.

-Yo nada tengo que hablar contigo.

-Pues yo contigo sí.

Y como hiciera ademán de detenerle, Ángel le empujó con fuerza lanzándole hasta la pared de enfrente, en el angosto callejón de Capuchinos. Siguió adelante, creyendo que el importuno no le perseguiría más; pero al llegar al Corralillo de San Miguel, otra vez le sintió detrás, y oyó una voz trémula que decía: «no te escapas, no; tenemos que hablar».

Terminaba el día, y el cielo brumoso anticipaba la obscuridad nocturna. El frío era intenso, pavorosa la soledad en aquellos términos altos y excéntricos del desmantelado pueblo. No se veía un alma, ni ser viviente, como no fuera algún murciélago de los que anidan en la torre de San Miguel el Alto. ¡Triste y huraño lugar! Por arriba casuchas informes que habitadas se desmoronan, desoladas ruinas, vestigios de nobles monumentos cuyos olvidados nombres tartamudea la Historia por no saber pronunciarlos claramente. Luego, la explanada polvorienta que concluye donde principia el cantil del Tajo, y al extremo inferior el pedregoso abismo, en cuyo fondo brama el río.

-Pues habla y revienta si quieres -dijo Guerra parándose, decidido a concluir pronto.

-Repito que eres responsable del estado de ignominia a que ha venido a parar mi pobre hermana, y no tienes más remedio que aprontar una indemnización.

El carácter autoritario, despótico y algo insolente de Ángel estalló al fin, manifestándose primero en una carcajada, después con estas expresiones zumbonas y provocativas:

-¿Con que indemnización y todo...? ¡Bravo! En eso mismo había pensado yo.

-No lo eches a broma. Por culpa tuya ha perdido proporciones muy ventajosas... Piénsalo bien, Ángel, y decídelo pronto, pues no me voy de Toledo sin arreglar este asunto, sin dejarte convencido de que no se juega impunemente con el honor de una familia.

-Tu dichosa hermana, ¡pobrecita! ha caído muy abajo, muy en lo hondo... (Con amargura.) La compadezco, bien lo sabe Dios. Pero por mucho que caiga no llegará a la profundidad en que estáis vosotros, tú, y toda tu casta infame.

-Si me injurias, no te espantes luego de que te obligue a tragarte tus palabras. (En actitud de ataque.)

-Como no me trague yo tu alma indecente. (Ciego de ira.) Hace un momento, cuando salía de tu casa después de presenciar una escena repugnante, la conciencia me remordió, acusándome de cobardía. Al retirar de mi vista a tu desgraciada hermana, la trataste sin ninguna consideración. Desde el patio pude hacerme cargo de tu brutalidad. No me decidí a intervenir; pero al encontrarme fuera, pareciome que era yo tan miserable como tú por no haberte enseñado la delicadeza y humanidad que debías a tu hermana. Aún es tiempo, y tú mismo, conociendo que eres merecedor de una paliza, vienes a que yo te la dé. Si te contentas con que te diga que eres un miserable y un bandido, ahórrate los palos y lárgate.

-¡Ah, trasto, me injurias, porque traes armas, y sabes que yo no las llevo nunca! (Con aturdimiento.) Citémonos cuándo y donde quieras.

-¿Armas yo? No traigo ninguna; pero sin armas, verás cómo te mato ahora mismo. (Abalanzándose a él.)

-Alto allá, bruto. (Retirándose de un salto atrás.) No arreglan así sus querellas las personas decentes.

-¿Pues cómo, cómo? (Corriendo hacia él.) ¡Decente tú!

Arístides, que se había lanzado a tan temeraria resolución engañado por la fama del cambio en el carácter de Guerra, comprendió tarde su error. Quiso huir; pero no pudo, porque el otro le echó la garra al pescuezo, le derribó, y poniéndole una rodilla sobre el vientre, le estrujó con insana violencia, arrojándole cara a cara las expresiones más horribles y desvergonzadas de la ferocidad humana. Ebrio de furor, Ángel obedecía a un ciego instinto de destrucción vengativa que anidaba en su alma, y que en mucho tiempo no había salido al exterior, por lo cual rechinaba más, como espadón enmohecido al despegarse de la vaina roñosa. El temperamento bravo y altanero resurgía en él, llevándose por delante, como huracán impetuoso, las ideas nuevas, desbaratando y haciendo polvo la obra del sentimiento y de la razón en los últimos meses.

De la boca de Arístides salía un ronco aullido. Pero tan violentamente le sacudió su contrario, golpeándole la cabeza contra el suelo, que al fin no mugía ni siquiera respiraba. Cuando Guerra le soltó, el barón de Lancaster parecía muerto.

Lo primero que se le ocurrió al agresor después de contemplar un rato a su víctima, fue escapar de allí. Dudaba... Apartose, volvió, se alejó de nuevo, y por fin, impulsado de un egoísmo tan ciego y tan fuerte como antes lo fue su encono, se escabulló por la tortuosa pendiente que conduce a San Lucas. Pasó al barrio de Andaque, siguiendo por las Carreras hasta los Gilitos, y de allí al puente de San Martín. El largo y accidentado viaje desde el Corralillo hasta el cigarral devolvió lentamente a su espíritu la serenidad para juzgarse, y pudo apreciar el lastimoso caso.

-Le he matado... he matado a un hombre -se decía, oyendo el tumulto de su conciencia sublevada-. No hay duda de que le maté... le estrangulé. Sí... paréceme que siento aún entre mis dedos el cuello estrujado, y que oigo los golpetazos del cráneo contra el suelo. Imposible que haya quedado vivo... ¡Qué bruto soy! Cegarme así... ¡Qué dirá ella cuando lo sepa!... Acción impropia de un creyente, de un cristiano... ¡Vaya un amor al prójimo, vaya una caridad!

Al llegar a Guadalupe, no penetró en la cocina, donde ya estaban reunidos esperándole sus deudos y sirvientes. No quiso cenar: metiose en su cuarto, y allí se dio a discurrir sobre la nefanda acción que había lanzado de nuevo su alma a los abismos del error. Pero si con saña se acusó, como fiscal concienzudo, también pasaba revista a los hechos que atenuaban su delito. «¡Vaya que salir a pedirme indemnización de daños y perjuicios! ¡Que una familia de estafadores y perdidos se permita tal insolencia! Si le doy o no para que viva decentemente, eso es cuenta mía; pero salir con aquel aire de matón a exigirme... Y en fin, todo esto con ser de lo más indigno, no habría justificado mi proceder. Pero la brutalidad de ese cobarde con su hermana... No, esto no podía yo tolerarlo. El santo más pacífico del Cielo se hubiera puesto como un león ante escena semejante. Aún me acuso de que salí del patio sin poner un correctivo a tanta vileza... Recuerdo que me detuve con ánimo de meterme de nuevo en la casa y enseñar al miserable la manera de tratar a una pobre mujer trastornada y enferma. Pero él se anticipó a mi furor, poniéndose me delante en tan mala coyuntura que... le deshice; no me queda duda de que es cadáver. Mañana se le encontrarán allí... Nadie nos vio; pero yo no he de permitir que acusen a un inocente, y me declararé autor del delito... (Con desaliento.) ¡Vaya que inauguro bien mi nueva existencia! Un homicidio, nada menos que un homicidio es mi primer paso en ese camino que me ha trazado la bendita Leré! ¡Ay, cuando ella lo sepa! ¿Qué pensará de mí? Me creerá incapaz de corrección, perdido para siempre. Tiemblo de que lo sepa, y si pudiera decírselo en este momento, se lo diría, contándole el espantoso caso con absoluta veracidad. ¿Y qué me dirá, qué me aconsejará, cuál será su idea para limpiarme de esta mancha horrible que ha caído en mi alma? Discurre, Leré, discurre la salvación de tu amigo, que al dar un paso ordenado por ti, se ha caído en esta sima de infamia. Ya que le mandaste ir allá, sácale ahora, y enséñale a no volver a caer.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
Capítulo I:

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Ángel Guerra (Tercera parte)