Ángel Guerra: 072

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo IV – Plus ultra
 de Benito Pérez Galdós


VEditar

Contento estaba el marino con sus palas nuevas en la hélice y el capote de monte, el cual le parecía casulla, porque se lo encapillaba metiendo la cabeza por la abertura del centro de la tela. Prenda era de mucho abrigo y comodidad para correrías invernales. Con ella y la gorra de nutria que le regaló Cornejo, y en la mano, bien un garrote, bien vara larga y a veces una tralla, ¡listo! avante toda por altozanos y barranqueras, navegando en conserva con Tatabuquenque y sus cabras... Al rayar el día, dejaba las ociosas pajas el bueno del capitán, y al instante iba en reconocimiento de la cocina, hasta avistar a Jusepa, con la cual se abarloaba sin pérdida de tiempo, obteniendo de ella un pedazo de bacalao que chamuscaba en el primer fuego que en el hogar se encendía. Golpeando la tira de pescado seco contra una piedra para ablandarla, le metía el diente. Después tira de ginebra o ron, y en franquía, mar afuera hasta la hora en que pasaban los garbanzos por el Meridiano, la una de la tarde.

Guerra paseaba también por la mañana, solo y sin alejarse mucho de Guadalupe, rondando por la Virgen del Valle o aproximándose a la peña del Moro, de donde se divisa el panorama de Toledo y del río en toda su imponente majestad. Tres días después de la para él memorable noche en que determinó la fundación, hubo visita, por cierto de las más venturosas, porque nadie pareció por allí; y para colmo de felicidad, sor Expectación, la negra de alabastro, después de presentarse en el locutorio con Leré, se largó con viento fresco diciendo que volvería. Solos la hermana y Guerra, éste no le mentó el rebullicio que en su cabeza traía, prefiriendo confiarle el plan ya maduro y completo, sin que faltara ningún detalle. Únicamente indicó que pronto hablarían de un asunto, religioso por más señas, que a entrambos igualmente había de interesar. Absorta y con cara de júbilo le miraba la novicia, y sus ojos inquietos despedían chispas de diferentes luces y colores, como astros de primera magnitud, o al menos, tales le parecieron a Guerra. Embelesado ante ella, ya no se contentaba con verla bonita, sino sobrehumanamente hermosa, con hermosura que amor y respeto en igual grado le infundía, la exaltación cordial sin mezcla alguna de apetito bajo, todo puro, todo místico y de la más fina idealidad.

-Ahora comprendo -pensaba Ángel contemplándola con adoración muda-; ahora comprendo ese bailar de los ojos. Es el aleteo del Espíritu Santo, que ha hecho dentro de ellos su palomar.

La conversación versó, durante un mediano rato, sobre diversos particulares pertinentes a la Hermandad del Socorro, hasta que Leré se decidió a abordar un asunto que tratar quería con su místico amigo, asunto bastante mundano y espinoso por cierto.

-Don Ángel, me va usted a dispensar que le hable de una cosa... Como es usted tan bueno y ha vuelto los ojos a Dios, ninguna verdad que se le diga le ha de disgustar. Y pues me autoriza para ser su lazarillo, ahora que empieza a ver y a curarse de la ceguera, me permitiré guiarle un poco, de lo que no me alabo, porque el dar la mano y señalar dónde hay piedra o bache no es ningún mérito que digamos.

-Ya lo sabes: tú mandas y yo obedezco.

-No tanto... bájese usted un poquito. Yo no mando.. No faltaba más. No hago más que proponer. Vamos al caso, que es tarde. Pues señor... (Sentándose y cruzando las manos.) Aquí lo sabemos todo. Sin que nosotras nos ocupemos de averiguar lo que pasa de esas puertas afuera, nunca faltan bocas habladoras que vengan a traernos la cháchara del pueblo. En fin, enterada estoy de que a Toledo llegó esa señora, con toda la caterva de sus hermanos y demás familia. Además, me contó un pajarito que esa infeliz le ha cogido a usted las vueltas, en lo cual hace perfectamente, porque yo me pongo en su caso, y... vamos, que no puede desprenderse del afecto que guarda al que la quiso y vivió con ella, aunque fuera contra lo que mandan la religión y la decencia. Supe también que mi amigo, por huir de tal persecución, se plantó en el cigarral, diciendo «ahí queda eso». Los Babeles tienen ya casa propia, creo que allá por el Alcázar, y los padres de esa señora beben los vientos por endosársela a un primo de Bargas o no sé de dónde, viudo y rico. Pero ella no está por casorios, aferrada a la malicia de su amor antiguo.

-Algo de eso supe yo también -dijo Ángel-. La misma Dulce me lo contó, y le aconsejé que no fuera tonta y se casara.

-Vamos a ver. ¿No piensa usted casarse con ella?

-¡Yo!

-¿A qué ese asombro? ¡Yo! No parece sino que usted, al pronunciar ese ¡yo! tan hueco, se considera desligado de las obligaciones que imponen la ley de Dios y la ley humana. Usted mismo me ha dicho que la tal es buena, cariñosa y fiel a toda prueba. ¿Es que usted no la quiere ya? Pues decírselo claro, aunque el golpe le resulte duro, para que dirija sus pensamientos a otros fines. O herrar o quitar el barco. O casarse o desahuciar.

-Pues desahucio, hija, desahucio. Si yo me considero ya sin compromiso alguno. Pero ¿qué culpa tengo de que ella se obstine...?

-Cuando ella se obstina (Con malicia.) es porque se le han dado más motivos para apretar las ligaduras que para aflojarlas.

-¿Yo?

-¿Otro yo tenemos? (Con penetración.) A ver; júreme que desde que está en Toledo no ha tenido con ella ningún trato inmoral.

-No puedo jurar tal cosa respecto al trato que dices... (Sin vacilación en su sinceridad.) porque lo he tenido, sí.

-¿Lo ve usted?

-¿Y cómo lo sabes?

-No lo sabía; lo sospechaba. El Demonio no pierde ripio, y estando esa mujer aquí, no había de descuidarse el muy tuno. ¿Los dos en Toledo? Pecado al canto. Tratándose de vicios antiguos, suponiendo lo peor se acierta siempre... No, no se disculpe usted... no se necesitan explicaciones. Lo que hay que hacer es lo siguiente: (Levantándose y acentuando sus palabras con gesto de convicción y autoridad.) Va usted en busca de esa señora, hoy mismo, mañana mismo lo más tarde, y le dice una de estas dos cosas... piénselo con tiempo y elija... una de estas dos cosas: «Dulce, vengo a decirte que me caso contigo...» o «Dulce, vengo a decirte que no existo ya para ti». Nada, nada, o atar o desatar para siempre. (No dejándole meter baza.) Semejante situación de balancín entre el pecado y la honestidad es insostenible. ¿No quiere usted regenerarse, no quiere ser ferviente amigo de Cristo y realizar obras grandes, caridades aparatosas, y defender la Fe y meter mucho ruido con su cristianismo? Pues nada de esto vale de nada sin purificarse interiormente. Porque se presentará mi D. Ángel ante Dios con mucha bambolla de palabras, y mucho entusiasmo, y mucho ruido, y Dios le dirá: «Límpiate primero, y cuando estés limpio, hablaremos». Fuera, pues, esa lacra, fuera. Si usted no se la quita, verá qué peso tan grande, qué estorbo para entrar en la vida espiritual. No podrá usted moverse, no podrá dar un paso... (Con viveza impaciente.) Pero qué, ¿será capaz de no hacer lo que le aconsejo?

-Basta, Leré, basta; no me riñas más... (Con efusión.) ¿Tú lo quieres, tú lo mandas? Pues se hará. No necesitas argumentarme, pues comprendo la razón y la verdad con que hablas, la profundísima sabiduría con que sentencias en este pleito. Mañana mismo me planto allá, descuida, y... lo que tú dices; una de las dos cosas. No hay que añadir que opto por la segunda. Sobre eso no puede haber duda. Rompimiento absoluto. Si pudiera ir un poquito más lejos, y lograra convencerla de que debe apechugar con el primo... Pero verás tú cómo se resiste. Las mujeres son el demonio...

-Gracias.

-Algunas, quiero decir.

-Pues yo creo que si usted corta las comunicaciones bien, pero bien cortadas, ¿eh?... qué sé yo, lo pensará, y andando el tiempo puede que haya boda con el de Bargas. Eso de desesperarse y tirarse por el balcón es música. Las mujeres son más reflexivas que los hombres, aprecian mejor su conveniencia, y se curan más pronto y mejor de esos arrechuchos.

-Pero tú, (Con admiración.) ¿cómo sabes eso? Tú lo sabes todo.

-No es que yo lo sepa. Me lo figuro... En fin, listo, a pagar esa cuenta del alma. Todavía le andaron dando a usted el Demonio, y hay que darle a ese perro en los hocicos, darle tan fuerte que no se atreva más con usted. ¡Triste cosa que para limpiar un hombre su conciencia tenga que dar a una pobre mujer tal trago de amargura! El mundo es así: la tristeza en el reverso de la alegría. Lo que es bonito por una cara, por otra es más feo que Judas. ¡Pobre mujer! Pero el golpe le será provechoso, como una operación de cirugía, que salva de la muerte. También ella, cuando vuelva en sí del topetazo, se purificará. Si fuera fácil casarla con ese otro, ¡qué triunfo!... ¡Ah! ¿no sabe usted lo que se me ocurre en este momento? (Riéndose.) ¡Qué cosas! Pues pienso que si lo toma por su cuenta mi tío, les casa... porque hombre más casamentero no existe en el mundo, ni otro que con más ardor tome las empresas que él llama de utilidad. ¡Vaya, que cuando quiso nada menos que casarme a mí...! El pobrecito delira por la familia, y ve los bienes que están a corta distancia de la nariz, no los que están un poquito más lejos. Le parece que si falta el puchero se acaba el mundo, y no se acuerda del pan celestial, de tanto como piensa en el de la tahona. Debe de estar incomodado conmigo, porque no viene a verme. Si va usted por allá, dígale cuánto le quiero, y que pido a Dios por todos... Estoy tranquila, porque sé que nada ha de faltarles. Me lo ha dicho... quien lo sabe. ¿Qué... se ríe usted de mi seguridad?

-¡Yo... reírme yo! Ni por pienso. Cuando tú lo dices, bien sabido te lo tendrás.

-Con que... volvamos al punto principal. Soy muy machacona, y vuelvo a decirle que no deje transcurrir el día de mañana sin dar ese paso. Cuidado. La primera vez que venga por aquí, ha de traerme la noticia de que ha ido al vado de la ruptura definitiva, o a la puente del matrimonio. Yo no mando; no hago más que proponer.

-Llámalo como quieras. No habrá para mí mayor gusto que llevar a la realidad tus ideas. Trázame una línea recta, pero bien recta, y verás cuán decidido la sigo sin desviarme.

-Pues, amiguito, ánimo y adelante. Ya que me autoriza para señalarle el camino, sepa que aún estamos muy a los comienzos, en lo llano y fácil. Le prevengo que habrá cuestas, sí, que para un novato como usted han de ser algo penosas. Pero hay que evitar el cansancio del caminante en las primeras jornadas. Prepararse, tomar aliento. Recto, sí, muy recto y seguro es el camino; pero verá usted qué asperezas hay más adelante, qué guijarros erizados de picos, qué malezas, qué zarzales, y sobre todo qué pendientes... Por hoy no quiero asustar al pobrecito viajero, no sea que se nos vuelva atrás.

-¿Pero qué es ello? ¿Me impondrás sacrificios, trabajos, humillaciones del amor propio? A todo estoy dispuesto.

-Calma, calma. Ya llegaremos a las cuestas en que el más pintado se rinde. No conviene tampoco sofocarse y echar los bofes en la primera jornada. A su tiempo maduran las uvas. No se nos malogre la cosecha por querer vendimiar temprano. Y por hoy se acabó. Retírese, que es tarde.

Despidiéronse sin más ceremonia, y Ángel salió ya casi de noche, lleno su magín de determinaciones categóricas y su voluntad del propósito de obedecer ciegamente. Esta capacidad afirmativa era un gran consuelo para su conciencia, que se recreaba en la diafanidad de sus propósitos, y en la derechura del camino que por delante tenía. Por no ser tan recto el de Guadalupe, la noche obscura y lluviosa, tardó bastante en llegar allá.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
Capítulo I:

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Ángel Guerra (Tercera parte)