Ángel Guerra: 069

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo IV – Plus ultra
 de Benito Pérez Galdós


IIEditar

Lo mismo fue verle el capitán que reanimarse, y de su alegría sacó fuerzas para vencer lo que le restaba de la cuesta. Al llegar junto a su amigo, dejose caer en un peñón, y poco menos que llorando, dijo; «D. Ángel, yo creí que no llegaba. Vengo a que usted me recoja. ¿No me dijo que me recogería? Aquí me tiene medio muerto de cansancio, de hambre, de frío, de sed. Ya estaba decidido, decididísimo, señor don Ángel a echarme de remojo en el Tajo... cuando me acordé de usted, y dije, «me recogerá, tendrá lástima de este veterano de la mar». Porque ha de saber usted que me echaron, me despidieron, me despacharon para Madrid, consignado a Naturaleza, y yo me fui, diga, no me fui, me quedé. ¡Qué nochecita! Un viento entablado del Norte que le helaba a usted las intenciones... Total, que en preparar el estómago para el viaje se me pasó el tiempo; el tren dio avante toda, y yo me quedé; y en arrancharme se me han pasado tres días, vira para aquí, vira para allá, barajando las calles, y tomando nota de los establecimientos. ¿Qué había de hacer? No puede uno remediarlo. Cátalo aquí, cátalo allá, se me acabó el dinero que me dieron para el viaje; pero como mi dignidad de capitán de derrota me prohibía humillarme, no quise volver de arribada a casa de Simón, y... lo que digo, tres días y tres noches sin ver catre ni comida caliente, es a saber, de la que se hace con fuego natural. Descabezaba un sueñecico por la mañana en los conventos de monjas; por la noche otro sueñecico en los bancos de cualquier plazuela. Hasta que dije: «Ya no más. Que me tiro al agua, que me tiro... A la una, a las dos...» Pero ¿qué resulta, Carando? que cuando uno se quiere retirar se queda quieto, porque no sabe lo que hay a sotavento. Total, que preguntando me he venido a este tabacal, donde usted hará conmigo lo que guste. ¿Me recoge? Pues aquí me quedo. ¿No me recoge? Pues me tiro, y ahí te quedas, mundo amargo.

-Ya lo creo; sí, le recojo a usted -dijo Ángel, llevándole hacia la casa-. Lo malo, amigo D. Pito, es que aquí no tenemos bebidas alcohólicas... ¡Ah! sí, puede que Cornejo tenga anís... Veremos.

Y como le pidiera más explicaciones de su disgusto con los Babeles, añadió el capitán:

-Desde que Simón está colocado, no se les puede aguantar. Tomaron casa, allá junto al palacio grande, y Arístides llegó de Madrid para vivir con ellos. Ya me calo yo por qué no me quieren a su lado. Soy perro viejo, y a mí no me la dan. Es el caso que... (Parándose.) ahora están con el toque de casar a Dulce con el primo ese, un tal Casiano, que se viste como en las comedias, y es un pedazo de bárbaro... pero en fin, parece que tiene trigo y el hombre quiere embarbetarse con la chica. Simón y Catalina entusiasmados; como que no miran más que al vil interés. Y les trae sorbidos los sesos un curángano, amigo y pariente del primo, que le llaman Juanito Casado, del cual dicen que es gran tiólogo y arreglador de vidas ajenas. Yo no sé sino que apostó a feo con Satanás y le ganó. Pues entre todos están preparando el pastel. Pero como yo me caso con el vil metal, y con todos los curas feos o bonitos, y como veo y toco que a mi sobrina no le peta ese avestruz, no quiero hacerles la jugada, y Simón y Catalina, para que yo no les estorbe, me han ajustado la cuenta y me han desenrolado.

No sólo no le parecía mal a Guerra que los padres de Dulce quisieran casarla con el primo Casiano, sino que aplaudía el proyecto, teniéndolo por la más juiciosa idea que en cerebros babélicos había nacido desde la creación del mundo. Así se lo dijo a D. Pito, el cual, sin cuidarse para nada ya de su sobrina, no pensaba más que en disfrutar del hermoso ambiente campesino y en contemplar el grandioso paisaje que desde los altos a donde habían llegado se dominaba. «Vea usted, esto me gusta, esto sí que es hermoso, Carando, porque si bien es cierto que no se ve nada de la charca salobre... no sé... qué sé yo... el fresco este parece que le dice a uno: «Vengo empapado en la mar, y ahí te la meto por las narices». (Extendiendo la mano.) Nordeste, un poquito tirado al Este. ¿Ve aquel paredón de neblina que se ve por allí, detrás de la ciudad? Pues ahí viene más viento, y mañana, o fallan mis papeles, o Sudoeste que te quiero ver».

Anochecía cuando llegaron a la casa, y Guerra dio órdenes para aprontar la cena, porque los bostezos del pobre navegante, en los cuales parecía dar dentelladas a la piel amarilla que cercaba su rostro, revelaban que su apetito debía de ser ya hambre de naufragio. Cenaron, y afortunadamente Cornejo tenía un poco de anís, que sirvió de grandísimo consuelo al huésped.

-Vamos a ver -díjole Guerra- ya que aquí no puede usted ver la mar, ¿le serviría de distracción la pesca de río?

-Al pasar he visto que hay pescadores, sí señor, con más paciencia que los que esperan a que San Juan baje el dedo. ¡Y qué turbio viene el río y qué ruido mete! Pescaremos, si me traen aparejos. También he visto que hay una barca que parece una caja de pastillas para la tos, y trae pasaje para esta parte de acá... Diga usted, tino podríamos coger la barca, y dejarnos ir al garete hasta llegar a Lisboa? Y de allí... una vueltecita por la mar, y luego, orza para adentro y a dormir al cigarral.

El desgraciado marino parecía feliz, y al beber el último trago, después de la cena, se acostó en la cama que le improvisó Jusepa con un jergón de paja y dos mantas. No necesitaba más, y aquel primitivo acomodo cuadraba mejor a sus gustos y a sus hábitos que el avío de un lecho de lujo con finas holandas y colchones de muelles. Se quitaba tres prendas nada más: el sombrero, el collarín de piel y las botas, y liándose en una manta, como si con su persona quisiera hacer un cigarro, ya estaba arreglado el hombre, pues de un tirón la dormía, arrullándose con la serenata de sus propios ronquidos.

Únicamente para visitar a su amiga, abandonaba Guerra las soledades de Guadalupe, lo que ocurría tan sólo dos veces por semana, por no permitirlo con más frecuencia las reglas de la Congregación. Del cigarral al puente tardaba cuarenta minutos, y mucho menos del puente a la Judería y casa provisional del Socorro, la cual era de vecindad, vulgarísima, colindante con las ruinas del que fue palacio del marqués de Villena y después de Benavente, a dos pasos de la Sinagoga del Tránsito y del Asilo de pobres de San Juan de Dios. Ni dentro ni fuera ofrecía cosa alguna que hablase a la imaginación del artista, como es corriente en todo edificio toledano. En la improvisada capilla, así como en el locutorio o sala de recibir, únicas piezas que Ángel conocía, todo era vulgar, pobrísimo y sin ninguna especie de arte. Los muebles, casi todos adquiridos de limosna, distinguíanse por su chabacana variedad. Cuadra blanqueada parecía la capilla, con su altar de gusto francés de cargazón, y un confesonario vetusto, procedente quizás de alguna iglesia en ruinas. En el mueblaje del locutorio había banquetas altas que debieron de pertenecer a un escritorio de casa de comercio, y otras enanas que sin duda fueron de una escuela de niños, un sofá de Vitoria, y por decoración tres estampas: San José, Pío IX y León XIII; el suelo de baldosín, sin más reparo del frío que una angosta estera delante del sofá. La famosa y popular Congregación, fundada en Madrid treinta años ha para asistir enfermos a domicilio, instalose en Toledo poco antes de los sucesos que aquí se refieren; pero aún no tenía casa propia. Establecidas provisionalmente en una de alquiler, esperaban las hermanas tener pronto edificio suyo y nuevo, contando con la generosidad de personas ricas del vecindario. Hallábanse ya organizadas conforme a las reglas de su instituto, con los tres grados de religión, a saber: profesas, novicias y postulantas. En la categoría de novicias estaba Leré.

La primera vez que Guerra visitó a su amiga en aquella temporada, causole extrañeza verla de hábito, y no ciertamente porque el vestido religioso la desfigurase, robando encantos a su persona, sino quizás por todo lo contrario. Pronto se acostumbraron sus ojos a tal transformación, y llegó a creer que nunca había visto a Leré de otro modo; tan bien encajaban en su figura la falda de estameña negra con muchos pliegues, la manga perdida y el estrecho manguito cubriendo el brazo hasta la muñeca; la cerrada toca, que se prolongaba hasta mitad del pecho formando como una muceta, sobre la cual no llevaba aún rosario por no ser profesa; la negra esclavina sobre los hombros, y en la cabeza el velo blanco; los dos rosarios pendientes de la cintura, el uno llamado la Corona, con catorce dieces divididos por medallas; el otro, como insignia o distintivo de la Congregación, terminado en crucifijo de bronce.

El bailoteo de los ojos se destacaba y lucía más, sin duda por no verse de la cara más que el palmito puro, recortado por la holanda, sin nada de pelo y muy poco de la frente. Acompañábala en las visitas una hermana profesa llamada Sor Expectación, cuarentona, de rostro blanquísimo y facciones bozales, resultando un contraste muy extraño entre la fealdad etiópica y la blancura alabastrina. Sus ojos parecían cuentas de bruñida pizarra. Mostrábase la hermana muy afable con Guerra, que era ya, dicho sea de paso, uno de los protectores más generosos del naciente instituto. La conversación solía versar sobre las dificultades con que tropezaba el Socorro para establecerse en Toledo, y entre col y col se deslizaban apreciaciones morales y místicas. Sor Expectación, a pesar de su mayor categoría ante la novicia, dejábala hablar sin meter baza, y la oía con atención cariñosa, cual si viera en ella uno de esos discípulos precoces que hacen callar a los maestros. El tono empleado por los tres era familiar, a veces mundano, y Ángel se maravillaba de que el hábito no hubiese alterado la naturalidad graciosa de Leré, la cual no creía sin duda que la santidad excluye el mirar cara a cara y el reírse con decencia, siempre que haya motivo para ello. La única restricción era que no se le podía dar la mano.

La primera o la segunda tarde de visita (no hay seguridad en la fecha), se sintió el madrileño ante su amiga invadido de una tristeza que le abrumaba. Veíala dotada de hermosura celestial y vaporosa, que, a poco que sobre ella actuara la imaginación, se condensaría en belleza tangible y humana, y como al propio tiempo la veía del lado allá del abismo cavado por los votos y la observancia reglar, tuvo el pícaro antojo de echarle un lazo para atraparla y traérsela a la orilla en que él estaba. Empleó los argumentos del padre Mancebo, que eran los más fáciles de manejar, y Leré se defendió primero con tibieza y en tono festivo; mas poco a poco fue entrando en calor, hasta concluir con una parábola tan ingeniosa como persuasiva y elocuente.

-Mientras usted y mi tío no vean la vida como la veo yo, no comprenderán el ningún efecto que me hacen esas razones. Los trabajos, las penas y enfermedades, mírolas yo como pruebas de las cuales no debemos huir, porque ellas nos son enviadas para templar nuestra alma y hacerla resistente. Los que no son probados en esa tienta, no sirven para la vida alta. Los que aceptan las pruebas y se mantienen firmes y derechos, esos sirven. ¿Ha visto usted la Fábrica de espadas? Yo la vi siendo muy niña, y observé una cosa que no se me ha olvidado nunca. Un obrero de mucha práctica coge las varas de acero, las mete en el fuego, y cuando están al rojo las va examinando. Algunas, sin que se sepa la causa, presentan unas grietecillas o no sé qué... El obrero no hace más que mirarlas, y dice: «ésta no sirve», y la arroja en un montón. Aquellos pedazos de hierro no sirven para espadas, y se aprovechan para hacer asadores. Pues eso digo de las personas que no saben templarse: no valen para espadas; asadores serán toda su vida. Los que cuando ven el mal encima claman atribulados al cielo, como si Dios tuviera la obligación de conservarles la dicha y la salud, no tienen temple, no valen. Serán acero fino los que resisten, los que alaban la mano que les baquetea sobre el yunque, los que cuando se ven pobres, perseguidos, enfermos, calumniados, dicen: «venga más».

Sor Expectación asentía risueña, con su poquitín de orgullo, y Guerra no encontraba fácilmente en su magín la contestación adecuada a tal manera de discurrir.

-Por consiguiente, no se asuste usted de que yo me quede triste, pero tranquila, cuando alguien viene y me dice: «El tío Paco sigue mal de la vista y se quedará ciego... La tía Justina no puede con tanto trabajo... ¿Qué va a ser de esos pobres niños?» Y ya le estoy oyendo decir a usted: «¡Pero qué cruel y qué mala es esta mujer, que ve impasible tantas desdichas!» Es que para mí la mayor de las desgracias consiste en no recibir esos regalitos del cielo que llamamos adversidad, miseria, muerte; es que para mí los que revientan de salud y de bienestar son los más dignos de lástima; es que para mí las calamidades representan una forma de bendición o gracia, y cuando la calamidad es sufrida con paciencia y humildad, viene a ser la ejecutoria de que servimos, sí, de que servimos para algo más que para comer y cargarnos de ropa. Y no me saquen la consecuencia de que si mi tío pierde la vista, yo me alegraré. No es eso; yo no me alegro: lo siento, porque el mal ajeno me afecta y me duele más que el propio. Si el mal fuera mío me agradaría sufrirlo; pero siendo ajeno no tengo derecho más que a mirarlo con piedad, deseando que el prójimo lo acepte, como lo aceptaría yo... Ya, y le veo a usted venir... aguarde un poco. Va usted a preguntarme si no debo hacer algo para evitarlo. Si remediarlo pudiera, tomándolo para mí, lo haría; pero el remedio que me proponen es sumamente chistoso. ¿Qué se le ocurre a mi tío como infalible talismán para conservar la vista? Pues nada, friolera; que yo me case. En renunciando yo a la vida religiosa y en metiéndome a casada ¡pin! se acabó la ceguera, y tutti contenti. ¿Cómo quiere usted que no me eche a reír, don Ángel? (Anticipándose a las razones de Guerra.) Ya, ya sé lo que me va usted a decir: que la ceguera no es un argumento directo contra mi vocación; que se teme perder la vista, porque la familia quedaría desamparada, y que para evitar este desamparo de la familia, urge que yo dé el sí a Pepito Illán o a otro que tenga cuartos. Pero, D. Ángel, ¿es posible que de cabezas bien organizadas salgan razones tan sin substancia? Lo que pretenden es que yo abandone el camino por que me llama Dios, y tome otro que me repugna. ¿Para qué? para evitar la pobreza de mis sobrinos, ¡la pobreza el signo visible de pertenecer a Cristo! ¡el eres mío con que nos marca en la frente! Aquí sí que me explayo a mis anchas, y aunque usted me llame lo que quiera, digo y repito que no me importa nada que mis sobrinitos sean pobres. Si Dios les destina a mejorar de suerte en el mundo, porque así les convenga, Él les abrirá camino. ¡Pero buscar el remedio de su pobreza en el arreglito de una tía casada y un tío rico, que no se sabe aún si querrían protegerles...! Vamos, ríase usted, hombre, ríase de esta manera de discurrir. El mal, el verdadero mal es el pecado. Cualquier sacrificio es poco para apartar a un alma de la condenación eterna. ¡Pero la pobreza, mirar como mal la carencia de medios de Fortuna! Fíjese usted un poco, remonte la vista, considere la vida desde un poquito alto, y verá que el accidente del tener o el no tener, colocado entre el nacer y el morir, significa bien poco. ¡Si no muriera el rico, si su riqueza le asegurara un puesto preferente en la otra vida...! ¡Pero si muere como el mendigo, y tan polvo es el uno como el otro! Y fíjese usted en la brevedad de la vida, en esta jornada que hacemos acompañados por la muerte, que nos lleva de la mano, pronta a darnos la zancadilla. ¿Qué diferencia esencial hay entre recibir de un administrador o del habilitado el pedazo de pan y tener que pedírselo al primero que pasa? Cuestión de formalidades, que en el fondo no son más que soberbia... ¡Que Justina tenga que mendigar! ¿Y qué? Es lo único que le falta para ser santa. De limosna vivimos nosotras. ¡Que los chicos no podrán seguir una carrera! ¿Y qué significa esto de las carreras? ¿Ser abogado para enredar a media humanidad, ser médico o militar para matar gente con píldoras o con balas? Ni las carreras, ni los oficios representan nada... ¿Me quiere usted decir si cuando un hombre se presenta delante del que juzga a los vivos y a los muertos, le van a pedir algún titulo académico o la papeleta de exámenes? Ya, ya sé lo que va usted a contestarme. Que con mis ideas, bonita estaría la civilización. Pero si yo no tengo nada que ver con la civilización, ni me importa, ni hablo contra ella. Ya sé que siempre ha de haber ricos, y convendrá quizás que los haya; pero cada cual tiene su gusto, y a mí, si me dan a escoger, me quedo con la pobreza. No poseo nada ni quiero poseer nada. La propiedad me quema las manos, y la idea de mío me la borro, me la suprimo de la mente, porque esa idea, créame usted, suele ocupar mucho espacio y no deja lugar a otras, que nos convienen más. Yo digo: habrá algo que sea de alguien; pero mío, perteneciente a mí, bien segura estoy de que nada existe. Sólo Dios es dueño de todas las cosas. A Él pertenezco y nada me pertenece.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
Capítulo I:

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Capítulo VII: I - II - III - IV

Ángel Guerra (Tercera parte)