Ángel Guerra: 062

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo III – Días toledanos
 de Benito Pérez Galdós


IIIEditar

Volvió Leré a las Hermanitas del Socorro un día de la segunda quincena de Diciembre, próximas ya las fiestas de Navidad. Guerra paseó aquella tarde con don Tomé, que parecía más comunicativo que de ordinario, y hablaron de cosas de ultratumba, maravillándose Ángel de la sencillez de catecismo con que el autor del Epítome refería los trámites de la muerte, y de nuestro traspaso de una vida a otra. Después de dar varias vueltas por el Miradero y los altos del Alcázar, fueron a cenar, y Guerra volvió a salir para engañar el tiempo en la tertulia de su tío D. Suero, donde vio al canónigo Pintado jugando al tresillo con el alcalde de la ciudad. Aburrido se fue de allí, y divagó larguísimo rato de calle en calle, yendo a parar, por instintiva querencia, a la solitaria judería. La noche no estaba para rondas de enamorado, ni aun tratándose de pasiones, como aquélla, tan espirituales y seráficas, porque el frío era glacial, y venía del Norte un vientecillo barbero que descañonaba. Retirose con el embozo hasta las orejas, por las sombrías calles, sin encontrar alma viviente, y andando andando por aquel pueblo de pesadilla, echábase la sonda para reconocer la extensión del contagio místico que invadía su alma. Semejante contagio podía atribuirse al medio ambiente, al roce del arte religioso, a las lecturas, a la soledad, y principalmente a la influencia de Leré. Y el misticismo determinaba en él fenómenos muy singulares, verbigracia: la memoria de su hija Ción había tomado forma bien distinta de las memorias que los muertos queridos suelen dejarnos. En sus horas de soledad, creía sentirla en torno suyo, revoloteando, y siempre que su pensamiento se enardecía, hasta levantar llama vigorosa y crujiente como de zarzales inflamados, la imagen risueña y juguetona de la chiquilla giraba en torno queriendo quemarse en él. También le perseguía el recuerdo de doña Sales, a quien no veía ya tan ceñuda y altanera como en vida, y para colmo de extrañeza, empezaba a creer que su madre había tenido razón contra él en la mayor parte de las cuestiones que les dividieron. De Dulce se acordaba ya pocas veces; y no le era el recuerdo desagradable. Pero el fenómeno más extraño que encontraba al calar de la sonda era que, a excepción de los pocos muertos y vivos que interesaban de alguna manera a su corazón, toda la humanidad le iba siendo cada día más antipática. En Toledo mismo, lo personal no participaba de los encantos de lo material e insensible. Las piedras, la substancia artística, en que se encarnaba el ánima penitente de los tiempos pasados, tenía todo el atractivo que faltaba a las personas, expresión de la vulgaridad presente, y que parecían no alentar más vida que la puramente mecánica. Don Suero le resultaba tan antipático como los Medinas y Taramundi de Madrid, antipático el canónigo Palomeque con su sabiduría indigesta, antipático el padre Mancebo por su utilitarismo, D. León Pintado por su fatuidad. Los seres humildes y cuitados como D. Tomé, los que llevaban el fardo de la vida sin quejarse, como Justina y su marido, los de ánimo tranquilo y alegre como Teresa Pantoja, los chiquillos traviesos y de buena índole como Ildefonso, merecían su afecto, y entre ellos gustaba de buscar fraternidad y compañía. Con esta manera nueva de pensar y sentir, iba arraigándose en su espíritu la idea de aislarse, de apartarse sistemáticamente de una sociedad que se le indigestaba, viviendo por sí y para sí, solo o con las amistades que más le agradasen.

Retirábase por Santo Tomé y el Salvador, cuando al atravesar la cuesta de la Portería oyó una voz que clamaba como quien pide socorro. El sitio era solitario, fosco, siniestro, apropiado a los tapadijos galantes y a los acechos de la traición; la calleja se replegaba en la más intensa obscuridad, y sólo al medio de ella, traspasado el segundo recodo, distinguíase a lo lejos la lucecilla de un farol colgado como a cinco varas del suelo delante de un Cristo que llaman de la Buena Muerte, con melena y enagüillas, en mohoso nicho cubierto de alambrera. Avanzó en seguimiento de la triste voz, hasta llegar a un espacio irregular formado por las tapias de Santa Úrsula y los paredones de la casa de los Toledos, plazoleta que merece el nombre de ratonera, porque la salida de ella es difícil para quien no sepa encontrar los pasadizos o callejones, que más bien son grietas, por los cuales tiene que escurrirse el transeúnte. El lugar no podía ser más propicio a la exaltación romántica. ¡Cuántas veces, al pasar de noche por recodos como aquel, veía Guerra desprenderse de las tenebrosas tapias toda la leyenda Zorrillesca! Tenía que encadenar su imaginación para ponerse en la realidad del tiempo, pues hasta el eco de los pasos parece sonar allí con la cadencia del romance. Aquella noche la ilusión era completa, y la desconocida voz gemebunda debía de pertenecer a un tipo con gregüescos y jubón de vellorí, que acababa de ser ensartado por otro del mismo empaque, y éste andaría por allí también, debajo del farolillo, dispuesto a despanzurrar al primer cristiano que pasase.

Cuando estuvo más cerca del que daba las voces, oyó que éstas eran blasfemias y porquerías desvergonzadas, no ciertamente en el estilo del siglo XVI, pues no decía voto a sanes ni pardiez, sino otros términos feos y chabacanos. Guerra no le veía. Llamó y dijo: «¿Quién es, qué ocurre?» y vio que del ángulo obscuro de la plazuela salía un bulto, derecho hacia él, y oyó claramente estas palabras: «Demonio de pueblo... Maldito sea quien me trajo acá... ¡Me caso con la Catedral, tío Carando pastelero!... ¿Pero, dónde demonios me he metido yo?... ¡Eh! buen hombre... Ayúdeme a salir de este hoyo maldito».

Queriendo reconocerle más por la voz que por la figura, que distinguir no podía, le echó mano al pescuezo, y llevándole bajo la mortecina luz del lamparín de la imagen, vio que era D. Pito en persona.

El cual, conociéndole al punto también, exclamó con alegría: «D. Ángel... ¡Qué encuentro, yemas!... ¡Me caso...!»

-¿Pero qué le pasa a usted?

-No me hable, hombre, que estoy mareado, que estoy loco. ¡Me caso con Toledo y con quien inventó este pueblo de pateta! Así le dieran fuego por los cuatro costados. Nada, que me he perdido, y vuelta de afuera, vuelta de adentro, demorando aquí, demorando allá, vine a dar a este saco, y a donde quiera que me vuelvo, ¡yemas! doy con el tajamar en una pared. Nunca he visto otra. Dos horas hace que salí de la posada y no puedo volver. ¡Carando con el pueblecito éste! Si éstas no son calles, sino agujeros de Tatas... ¡Y qué tinieblas, qué soledad!... Ni en medio de la mar. Dos horas, dos horas dando repiquetes sin poder encontrar la ruta. Quería balizarme por la torre de la Catedral, y cuando la dejaba demorando por estribor, se me aparecía por babor... Si no sale usted, compadre, creo que aquí me encuentran heladito por la mañana, porque ya no puedo con mi alma.

-Vamos, ya está usted en salvo. Yo le llevaré a su casa. ¿Dónde es?

-¿Mi casa...? ¿Mi casa...? -dijo D. Pito mirándole con estupidez, y echando sobre la cara de su interlocutor un vaho de aguardiente que tumbaba.

-¿Es la fonda del Lino, la Imperial?

-No, fonda no es. Verá usted. Déjeme fijar esta condenada cabeza, que con las vueltas de las calles se me ha puesto perdida.

-¿Ha venido solo a Toledo?

-No, hombre. ¿Cree usted que vengo yo a esta madriguera si no me traen a rastras? Ay, Dios mío; cómo me han puesto esta cabeza las calles... ¡Qué lío! Con un temporal duro me entiendo mejor que con estas correntadas y este ciclón de casas, que no hay cristiano que sepa tangentearlo. Pues verá usted... el demonio me trajo aquí, un demonio con faldas, que diciendo faldas se dice cosa mala. Figúrese usted que esta noche, después de la cena, me sentí con ganas de taparle las grietas al frío, ¡pateta! porque mire usted que hace frío en este lugarón, y salí diciendo «vuelvo», y la vuelta ha sido que me perdí en estas calles traicioneras, y mientras más daba para avante, más perdido; y doy para atrás, moderando, y más perdido, hasta que no sabiendo por donde tirar, caigo de rodillas medio yerto de frío, y llamo a Dios, ¡Carando! y como no me hace caso, llamo a todos los demonios, ¡yemas! y si no es por usted que sale, doy fondo en la eternidad.

-Pero sepamos dónde vive -dijo Guerra llevándole por la calle de la Ciudad-. Me figuro con quién vino. ¿En qué fonda están?

-No es fonda; la llaman posada, y es punto de mucha arribada de mulas y arrieros. ¿Se llama?... ¿a ver? Pues se me ha olvidado la numeral. Lo que recuerdo bien es que está cerca de la plaza del Zoco... no sé qué.

-¿La posada de la Sangre, la de Santa Clara?

-No, hijo; no es cosa de sangre clara ni espesa. Suena más bien a cosa de muebles.

-Ya, la posada de la Sillería -dijo Guerra, recordando que aquel establecimiento y el llamado de Remenditos pertenecían a unos parientes de doña Catalina de Alencastre.

-Justo de la Sillería, ¡yemas! Eso es... Lléveme allí, que el frío es de patente.

-Estamos bastante lejos. En marcha.

Guiando hacia la plaza del Ayuntamiento, fue asaltado Guerra de una idea que le contrariaba. Temía el encuentro con Dulce.

-Pero es inútil ir allá -dijo-. Son más de las doce y la posada estará cerrada.

-Entonces, ¡yemas! ¡Carando!... Me quedaré en la santísima calle. ¡Me caso con el arzobispo y con el hijo de tal que inventó este lugar de mil demonios!

-Ea; no chillar. Yo le alojaré a usted hasta mañana. Véngase conmigo.

-Hombre, muchísimas gracias. Veo que el párvulo se ha humanizado, pues la última vez que nos vimos me trató como a un negro.

-Cierto -dijo Guerra, recordando con disgusto y vergüenza la brutal escena en casa de Dulce-. Pero aquello debe olvidarse. Estaba yo de mal talante aquel día.

-Y tan malo. Pero en fin, no soy rencoroso, y si tocan a perdonar, por mi parte... perdonado todo, amén, y amigos otra vez... Y dígame: ¿en este pueblo cierran muy tarde las... los... establecimientos?

-No encontrará usted abierta ninguna taberna. Al vicio que espere hasta mañana. De veras que hace frío.

-Si parece esto el banco de Terranova. No me siento la nariz ni las manos. Nunca en otra me vi. Dígame, compañero, ¿aquello que allí se ve no será un establecimiento?

-Si es la Catedral, hombre. Y este otro edificio la Casa Consistorial.

-La Catedral, sí, muy señora mía. Entre Dulce y Catalina me han mareado hoy de firme, enseñándomela. Que mire usted esto, que mire aquello. ¡Ay, qué jaqueca! Yo no lo entiendo, y sólo me ha parecido de mucha largura. Compadre, cuidado que es eslora esta... ¡y qué puntal!

-Sí, gran edificio. ¿Conque tenemos aquí a la rica-hembra de Alencastre?

-Sí señor, y al rico macho también. ¿No sabe usted? Han heredado un castillo con cuatro torres, que dicen perteneció a esos reyes de pateta, tatarabuelos de Catalina. En fin, que embarcamos en el tren, y dimos fondo en el mesón, cuyos dueños son parientes de mi cuñada; buena gente, pero que tienen de príncipes tanto como usted y como yo. ¡Menudo pisto se da mi hermano Simón con los primos de su mujer! Sabrá usted que le colocaron; sí señor, en eso del Timbre, y ha venido aquí hecho un bajá de tres colas. Ello fue por mediación de un amigo que tiene en el Ministerio. Bailón les prestó los cuartos para pagar el pasaje en el tren. ¡Catalina trae unos humos...! Como que hoy se empeñaba en que habíamos de entrar a visitar al Cardenal, y yo le dije: «Sí mujer, no es flojo cardenal el que sacaremos tú y yo en salva la parte, del estacazo que nos van a dar cuando nos colemos en Palacio».

Siguieron por la calle de la Puerta Llana, y allí observaron que en la fría atmósfera flotaban puntos blancos y tenues, los cuales, al darles contra el rostro, les herían con punzante frialdad. Principiaba a nevar; el cielo parecía un pesado toldo que se desplomaba; neblina espesa envolvía los edificios, dando a la mole de la Catedral un aspecto desvanecido y fantástico.

-Compadre -dijo D. Pito hociqueando el ambiente turbio y glacial-, esto se pone feo. Mire qué cariz. Nievecita tenemos, y cerrazón. A mí denme malos tiempos de viento y mar, pero no me den horizontes cerrados. Dígame, este paredón de la santísima Catedral, ¿hasta donde llega? Hasta las islas Terceras cuando menos. Y aquel faro que allá arriba demora por la amura de babor, ¿qué puerto nos marca?

-Es la Virgen del Tiro, alumbrada con un farolillo. No nos detengamos, que el temporal arrecia.

-Avante toda... ¡A la vía!

De repente, el temporal descargó con furia, cual si se hubiera abierto un boquete en el cielo por donde se precipitaran en formidable chorro los corpúsculos de nieve, que volaban trazando rayas oblicuas del cielo a la tierra, y al poco tiempo ya blanqueaban los pisos. De la boca del capitán llovían furiosas maldiciones con granizo de blasfemias. La pendiente de la calle del Locum era un peligro en aquella difícil recalada: su estrechez tortuosa hacia más densa la obscuridad que en ella reinaba. D. Pito resbaló, cayendo al suelo dos o tres veces. «Agárrese usted a mi capa y sígame despacito -le dijo el otro-, palpando las paredes para poder avanzar paso a paso. La menuda nieve les envolvía y les cegaba; pero al fin, gracias a que el trayecto era corto, pudieron llegar sin ningún contratiempo. Guerra tenía llave, y entraron sin llamar. Todos los habitantes de la casa dormían el sueño de los justos.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
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