Ángel Guerra: 061

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo III – Días toledanos
 de Benito Pérez Galdós


IIEditar

Las más de las tardes iba Guerra a ver a Leré, quien le recibía en el patio, delante de la puerta que daba al otro patio que fue morisca alfagia, y era ya corral de vecindad, donde hormigueaba un pueblo indigente y pintoresco, entre destrozados arcos de herradura y podridas vigas con restos de alharaca. Justina se hallaba casi siempre presente, y si el tiempo se ponía malo, o lloviznaba, se metían todos en el cuarto bajo, donde estaba el monstruo, a veces encima de la mesa, a veces en el suelo, acurrucado en una estera. En dicha sala había un piano decrépito, horizontal, de teclas amarillas y cansadas, tan opaco de sonidos, que estos parecían fantasmas de notas. En aquel veterano instrumento se educó el colosal ingenio músico de Sabas, el hermanito de Leré. Los chiquillos de Justina enredaban sin sosiego; el monstruo mugía de vez en cuando. La sociedad que amenizaba la visita no podía ser más candorosa, y para colmo de inocencia, Ángel solía llevar alguna tarde a D. Tomé, el cual se sentaba en un banco de madera, o en la silleta del piano, y de allí no se movía, entretenido en jugar con los dos pequeñuelos o en hacerle preguntas a Ildefonso, examinándole de Historia, en la cual, dígase de paso, estaba el chico bastante flojo.

Lo que más agradaba a Guerra, en los paliques con la que fue su criada, era no encontrar en ella el mohín antipático ni el tonillo insufrible que suelen adoptar las personas que hoy se dan a la vida piadosa. Leré no hablaba de cosas de fe si de ello no se le hablaba; no hacía pinitos de perfección, no se quejaba de su marcada discrepancia con el mundo presente, y hablaba y discurría como si todo cuanto la rodeaba estuviese en completa conformidad con ella. Guerra la veía como a persona de pasados tiempos, y a veces hasta encontraba cierto parentesco entre la niña de los ojos temblones y el niño-hombre D. Tomé.

La dulzura y armonía de aquellas pláticas solía turbarlas el padre Mancebo las tardes que aportaba por allí, pues quería meter baza en todo, ridiculizando el misticismo de su sobrina. Gastaba el buen señor por aquellos días un geniecillo de mil demonios, y su cara habría revelado toda la acidez y amargura que le andaba por dentro, si no la tapara casi totalmente con los enormes espejuelos montados en plata. Guerra quería quitárselo de encima, echándoselo a don Tomé; D. Francisco mordía un momento el cebo, daba dos hocicadas al bueno del capellán, y volvía después contra la pareja.

Una tarde, antes de que llegara el beneficiado, rieron de lo lindo, comentando Leré con buena sombra el empeño de su tío de casarla con Pepito Illán. Pintó el carácter de D. Francisco, encareciendo sus buenas cualidades y atenuando sus defectos, y afirmó, por último, que su familia no necesitaba de ella para nada. Sólo estaba presente aquella tarde el monstruo, que no hacía más que mirarles atento y cariñoso, como perro manso. Con la mayor naturalidad del mundo dijo Leré que Dios había vuelto a hablarle de su porvenir religioso, incitándola a entrar en la orden de más trabajo y de mayor humildad, y advirtiéndole que no tenía por qué cuidarse de su familia, pues la familia corría de cuenta de Él.

-Por más que digas -observó Ángel-, a quien se comunicaba el entusiasmo de su amiga-, no hay orden bastante digna de que tú entres en ella. Estas noches, pensando en ti, se me ha ocurrido que debíamos fundar una orden nueva, para ti exclusivamente.

Reíase Leré de estos despropósitos, a los cuales contestó: «Eso es orgullo. ¡Una orden para mí sola! Hasta imaginarlo es pecado».

-Quiero decir que la fundes tú, y luego entrarán otras a ponerse bajo tu autoridad.

-¡Autoridad yo! ¡qué locura! ¡Autoridad quien ha nacido para la esclavitud!

-Déjate de esclavitudes, hija mía. De Dios, puedes ser todo lo esclava que quieras; pero en tu comunidad mandarás como superiora, y harás reglas o constituciones para que las cumplan las demás hermanas. Vamos, piénsalo. Pondremos a tu tío de capellán, a Ildefonso de acólito; yo me cuidaré de todo lo externo de la dotación, y construiremos una iglesia magnífica, en la cual pondré mi sepulcro.

Los ojos de Leré relampagueaban. Nunca los vio Guerra más bailones.

-Y traeré el cuerpo de Ción para sepultarlo allí con nosotros. Tendrás en vida toda la clausura que quieras, y rejas dobles, triples o cuádruples. Pero haremos un hermoso locutorio donde poder hablar, tú de la reja para adentro, yo de la reja para afuera. Y... ya digo, labraré mi sepulcro en la iglesia...

-No diga usted más disparates, y guarde el dinero para otras cosas. ¿A qué fundar lo que existe?

-Pero ven acá: lo que han hecho otros señores, cuya memoria se perpetúa en las iglesias toledanas, el conde de Orgaz, por ejemplo, D. Gonzalo Ruiz de Toledo, ¿por qué no he de hacerlo yo? Yo te fundaré una casa de oración y recogimiento. Presidirás tu comunidad, usando báculo en los actos de coro. Leré soltó la carcajada.

-¡Miren que yo con báculo! D. Ángel no me haga usted reír con sus locuras.

Con estas y otras cosas se iba exaltando el hombre, hasta llegar a un punto tal que no sabía lo que se pescaba. Una tarde, Mancebo se presentó de muy mal talante. Después de saludar tibiamente a Guerra, encarose con su sobrina, y levantándose las vidrieras, le mostró sus ojos. «¿Ves -le dijo-, ves cómo me estoy poniendo? La luz me daña de tal modo, que no puedo resistir el escozor y la pena que me causa. Me parece, Sr. D. Ángel, me parece, Lorenza, que de esta se me apagan los candiles. Antes de un año estaré completamente ciego, y entonces... no quiero pensarlo; ¿quién cuidará de esta pobre familia? ¿quién mirará por ti desgraciado, (Al monstruo, tirándole de una oreja.) quién...?».

La afectación de estas palabras, aunque bien disimulada, no escapó a la perspicacia de las dos personas que le oían. Leré sabía calarle bien, y entendió la intención de aquel argumento de la ceguera. «Si ese caso llegara -le dijo-, y ojalá no llegué, significaría que Dios quiere probarle a usted, ver si tiene paciencia, conformidad con la desgracia. Acostúmbrese, como yo, a la idea de que cuantos infortunios vengan sobre nosotros los merecemos; considere que cada día que pasa sin enfermar, sin rompernos la crisma o que darnos a pedir limosna, es un favor muy señalado. Cuando viene el mal, no hay que pensar que se nos castiga, sino que dejan de protegernos. Lo mismo digo del morir: cada día que vivimos es un perdón o benignidad de la muerte, la cual nos afloja un poquito la cuerda con que nos tiene amarrados.

-Bueno. ¿Y todo eso -dijo Mancebo con amarga burla-, es para recomendarme que me ponga a tocar las castañuelas en celebración de que pierdo la vista? ¡Bonito consuelo, bonito modo de ver las cosas, y bonita santidad la tuya!

-Tío -replicó Leré gravemente-, lo que yo he dicho lo comprende usted mejor que nadie, porque es buen cristiano; pero ahora se hace el tonto porque le conviene.

-Cabal, quieres probarnos que es un gusto ser ciego, como hace días te empeñabas en convencerme de que no hay mayor delicia que morirse de hambre... justo, y que la mayor de las satisfacciones es pedir limosna de puerta en puerta, ¡zapa! Y al paso que vamos, (Incomodándos.) con tu manía de abandonarnos y de despreciar las buenas proporciones, pronto se realizarán tus deseos, y viviremos todos en esos espacios celestiales de la mendicidad que tanto te entusiasman... Pero usted señor D. Ángel, ¿qué hace que no me apoya? ¡Ay! porque a usted también le tiene medio embaucado, ya lo voy viendo, porque usted le hace caso y la toma por lo serio. El mejor día regala este señor todo su caudal a la Beneficencia, y se sale por ahí soga al cuello y un bordón de peregrino, pidiendo para las ánimas. No sería, que a eso vamos todos. Saldremos por los caminos a pordiosear; mi señor D. Ángel se echará a cuestas al fenómeno este, el beneficiado ciego llevará de la mano a los chicos menores y así, entre todos, haremos un bonito cuadro para hacer llorar a los que pasen.

Ángel se reía de la profunda seriedad con que soltaba Mancebo estos disparates, y el buen presbítero, que aquella tarde traía un humor de perros, se paseaba por la estancia dando pisotones para entrar en calor, subiéndose y bajándose las galerías de cristales a cada momento. Leré no se inmutaba; su temple era siempre el mismo; ni las bromas displicentes, ni las veras amargas de su tío, hacían mella en su voluntad diamantina. Ángel quiso echar a broma el asunto, y contestó a Mancebo en esta forma:

¿Pero no sabe usted, Sr. D. Francisco de mi alma, que Leré y yo hemos hecho un convenio? Justamente estábamos esperándole a usted para que nos diera su opinión.

-¡Un convenio! ¿Y qué es ello?

-Pues hemos resuelto dedicarnos, cada uno en su esfera, a la abstinencia, y a mirar por los desgraciados. 

-Pues miren por mí, ¡zapa! miren por mí que soy el número uno.

-Espérese usted. Hemos convenido en establecer una orden semejante a la que fundó aquí, hace trescientos años una Princesa de Portugal, con el nombre de La Vida Pobre.

-¡Más pobreza, hombre, más pobreza! (Pateando.) ¿Les parece que no hay todavía bastante pobretería en este mundo? ¡Vaya, que los dos están tontos de remate!

-Calma, amigo, paciencia. Hemos convenido en que yo dedicaré todo lo que tengo a realizar esta idea. Y contábamos con usted, como co-fundador, a fin de...

-¡Yo co-fundador! (Echando chispas.) ¿De qué, hombre? ¿Qué demonios voy yo a co... fundar?

-Pues será usted apóstol de la nueva orden; mas para ello es preciso que se arranque a dar a los pobres todo lo que posee.

-¿Yo? Si yo no tengo ni tampoco un... ¿Quién ha dicho que yo tengo algo? (Trinando.) ¿Ha sido esta embustera?

-Lo dice la voz pública. Usted pasa por hombre que guarda mucho dinero.

-Don Ángel, no me queme la sangre... No se burle de un desgraciado clérigo, que...

Leré intervino para apaciguarle y cortar la broma que tanto le exaltaba. «Dígale usted, tío, que no necesitamos fundaciones, porque la pobreza, fundada la tenemos en casa, y muy a gusto en ella. El Señor le hizo a usted pobre, y pobre le conservará mientras viva, rodeado de trabajos y contrariedades. ¿No es verdad que eso le gusta, y adelante con la cruz?

-¡Adelante, sí! (Con sarcasmo.) Vengan hambres, fríos, y por añadidura, enfermedades, ceguera, y cuanto Dios quiera mandarme. Claro que aguantaré. ¡Qué remedio...! Pero de eso a que me ponga a bailar de gusto porque me estoy quedando ciego... Don Ángel, hágame usted el favor...

-Cada cual -dijo Leré-, ve estas cosas a su manera. Yo acepto con alegría todas las cruces que el Señor quiera echar sobre mí; y si mañana tuviera que pedir una limosna por las calles, y me encontrara toda baldada, llena de úlceras o de lepra asquerosa, no estaría menos tranquila que ahora con salud y el pan asegurado, gracias a mi tío, que se desvive por nosotros. Y si me quedara ciega, andaría palpando las paredes; y si perdiese las piernas, me estaría sentada, ¿y qué? sentadita en el santo suelo, pensando que Dios me querría tanto más cuanto más baja me pusiera. ¿Qué me importan las enfermedades, la esclavitud, los trabajos y el desprecio del género humano, si lo que tengo dentro de mí persiste libre y sano y alegre? ¿Qué me importa causar repugnancia a todo el mundo, si Dios me da a entender que me quiere? Tío, convénzase usted de que el desamparo es un bien positivo, y el no tener nada tenerlo todo, y el ser rechazado en todas partes la mejor compañía, y el estar enfermo prepararse para la verdadera salud, y el cegar ver, y el hundirse subir, subir y llegar hasta arriba. Todo se reduce a esperar en calma, esperar siempre, pensando en la verdadera vida. Tío, espere usted; y si viene la ceguera, que venga; y si viene la mendicidad, que venga; y si viene todo el mal en la forma más horrible, y las plagas de Egipto y el Diluvio Universal, que vengan.

Don Francisco empezó a balbucir. Algo, sin duda quería responder; pero no encontraba palabras apropiadas al caso. Retirose huido, refunfuñando. Después de aquellas solemnes declaraciones de Leré, Guerra la tuvo por completamente perdida, en el concepto de que era locura pretender desviarla del inalterable rumbo que llevaba, como un planeta. A quien de tal modo pensaba, a quien tan tranquilamente y tan sin afectación decía su pensamiento, no se le podía conquistar con intereses circunstanciales. Echarse a cuestas una montaña habría sido empresa más fácil que domar aquel carácter duro y de un peso ingente, de una homogeneidad abrumadora. «Es figura de otros tiempos -decía Ángel para sí-, y asisto a una milagrosa resurrección de lo pasado».

Y a medida que la última esperanza de humanizarla extinguiéndose iba, más honda era la atracción que su divinidad ejercía sobre él. Llegó la última de las tardes que permitían aquel visiteo, y la idea de que pronto dejaría de verla le sacaba de quicio. Al despedirse, indicole sus deseos de visitarla alguna vez en casa de las Hermanas, si éstas lo consentían, y ella le contestó que, pasado algún tiempo, no habría para ello dificultad, pues la congregación no tenía clausura, y las profesas y novicias podían recibir en ciertos días a sus parientes y amigos. Al decirlo, daba a entender también que recibiría gusto de verle, y lo expresaba con la mayor pureza y sin gazmoñería. Guerra vio en esto como un sentimiento de amistad angélica, a la manera de la que ha existido entre santos, o entre los que estaban en camino de serlo.

-¿De modo que podré verte, y echar un parrafito contigo? ¿No temes que alguien interprete mal...?

-¿Yo...? (Encogiéndose de hombros.) No temo nada. Nada, en efecto, temía. El mal, en cualquier forma que tomase dentro de lo humano, no tenía significación alguna para un alma tan fuerte, tan aplomada y segura de sí misma. El miedo es la forma de nuestra subordinación a las leyes físicas, y Leré se había emancipado en absoluto de las leyes físicas, no pensando nunca en ellas, o mirándolas como accidentes pasajeros y sin importancia.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
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Ángel Guerra (Tercera parte)