Ángel Guerra: 054

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo II – Tío Providencia
 de Benito Pérez Galdós


IEditar

Contaba D. Francisco Mancebo sus años por los del siglo, quitando una decena, y se conservaba muy terne y espigado para su edad, hecho un puro cartón, los ojos vivaces y algo picarescos, la piel dura y a trechos enrojecida por sarpullos crónicos; bastante aguzado de morros y con buena dentadura, que solía mostrar como indicio cierto de su excelente salud; pobre de pelo, si rico en lunares y berrugas de diferentes tamaños, que salpicadas con cierta gracia decoraban su nariz, frente y barbilla. Había conocido cinco cardenales, D. Luis de Borbón, Inguanzo, Bonell y Orbe, el padre Cirilo, y Moreno, y desde muy niño estuvo al servicio de la Iglesia Primada. Era bien criado y atento con todo el mundo; algo cascarrabias en la Catedral cuando sus inferiores le apuraban la paciencia; fumador de cigarros apestosos que hacía él mismo picando colillas; narrador entretenido de historias capitulares y cronista de todas las fundaciones que afectaban al personal de la Santa Iglesia Primada; infatigable y celoso en sus obligaciones; descuidado en el vestir, pues su sotana con visos de ala de mosca, algo babeada por la parte del pecho y engrasada en el cuello, revelaba una economía próxima a la sordidez.

Sus historiales podrían trazarse en cuatro líneas. Niño de coro en 1822, cuando aún vivía el cardenal de Borbón: sacristán sirviente y salmista hasta la edad de treinta años: en 1840, órdenes, y al poco tiempo capellanía de coro, que en 1851 fue suprimida por el concordato: sacristán mayor de la capilla general o de Santiago en 1843, y luego beneficiado por propuesta del señor Bonell y Orbe: en 1860, auxiliar contador en la oficina de Obra y Fábrica, donde continuaba y continuaría hasta su muerte. En todo este larguísimo espacio de vida no dejó de ir un solo día a la Catedral, ni jamás guardó cama por enfermo, ni supo nunca lo que son médicos y botica. El único achaque que le mortificaba era la gradual pérdida de la vista. A veces, ya por exceso en el trabajo, ya por efecto de algún berrinche que cogía, se le inflamaban los ojos, y le escocían y le lloraban, viéndose obligado a usar unas gafas de antiguo estilo, con montura de plata y cuatro cristales azules, dos ante los ojos y los otros en las sienes, adefesio que ya no se ve más que en los escribanos y memorialistas de sainete. Otro rasgo: nunca había salido de Toledo, pues por no viajar, ni en las Madriles puso nunca su planta, calzada con zapato de paño sin hebillas ni ningún otro toque de elegancia clerical.

Cuando llegó Ángel a la calle del Plegadero, estaba D. Francisco en la puerta del patio, hablando con unas vecinas, y no necesitó el madrileño decir su nombre, pues lo mismo fue verle el clérigo que irse derecho a él risueño y afectuoso.

«¡Ave María Purísima! Es usted el retrato vivo de su abuelo Gumersindo Guerra. Los dos hijos de éste

fueron compañeros míos en el coro de la Catedral, y muy amigos, pero muy amigos, sobre todo Perico José. Vaya, vaya, pues no habrá llovido nada desde entonces... Me parece que estoy viendo a Gumersindo, cuando venía con las mulas a la Posada de la Sangre... Porteaba los diezmos de toda la parte de Illescas y Torrijos... Pero... ¿le molesta a usted oírme recordar que su abuelo trabajaba en la arriería?

-No señor... A buena parte viene usted.

-Cabal... En estos tiempos tan democráticos, ¿quién se fija en...? Ya no hay orígenes, ni más ejecutorias que el por cuanto vos contribuisteis... También conocí mucho al padre de doña Sales, D. Bruno Zacarías de Monegro, que compró el solar de San Miguel de los Ángeles, cuando lo vendieron como bienes nacionales, y el cigarral de Guadalupe, una de las donaciones de los Téllez de Meneses para dotar las misas que los racioneros debíamos decir en la capilla del Sepulcro... Bueno, señor. Su abuelo materno de usted me quería, vaya si me quería; pero cuando casó con la niña mayor de D. José Rojas, se atiesó un poco... No es decir que no fuéramos amigos; pero si nos encontrábamos, «adiós Paco, adiós Bruno», y nada más. Con que, si usted quiere, amigo D. Ángel, subiremos a mi madriguera, y hablaremos allí todo lo que nos dé la real gana...

Aunque D. Francisco no acabase los párrafos con un chiste, les ponía siempre por contera una risilla más o menos larga y picada, según los casos. Dirigiéronse, pues, a una habitación del piso alto, la mejor de la casa, con ventana al patio, amueblada con ascética modestia y sin cosa alguna que visos tuviese de antigüedad artística. Un duro sofá de paja con dos cojines, en el cual D. Francisco echaba la siesta; mesa camilla sin faldones ni brasero; armario que más bien parecía mueble de oficina; la cartilla de la diócesis colgada de un clavo, dos o tres perchas; cómoda de taracea estropeadísima, sobre la cual se veía una caja de cartón que guardaba la teja número uno; pelados ruedos y felpudos calvos tapando el baldosín, y en el fondo puerta de cristales verdosos y mal emplomados, por la cual se veía la cama de Mancebo cubierta con colcha de pedacitos de percal, eran lo más notable en aquel aposento desnudo, frío y triste.

«Bueno, señor... ¿Y qué? ¿ha ido usted ya por la Catedral? ¡Ah! ya no es esto ni sombra de lo que fue.

-Así es el mundo -le dijo Guerra, por decir algo-. Mudanzas y transformaciones, que no hay más remedio que aceptar. Tras de unos tiempos vienen otros...

-Cabal, y tras de otros, otros, siempre a peor, a peor. Dígamelo usted a mí, que conocí la Obra y Fábrica con cuarenta y pico mil ducados de renta, y ahora... nos vemos y nos deseamos para atender al culto con los cien mil y pico de reales indecentes que dedica el Gobierno a la Catedral Primada. Yo me acuerdo de aquella contaduría en que se guardaba el dinero en espuertas, y había temporadas en que el receptor tenía que tomar tres o cuatro ayudantes sólo para contar. La Mitra cobraba entonces de sus bienes cinco milloncejos, que se gastaban en obras, en fundaciones, en fomentar las artes y los oficios. Con esto y con las rentas de la Obra y Fábrica, que del pueblo salían y al pueblo tornaban, Toledo era el comedero universal. Comían el pintor y el estofador, comían albañiles y arquitectos, el tallista y el cerrajero, comíamos en fin todos los que llevamos sotana, pues en la Catedral había dotación para treinta y seis mil misas de año a año, y siguiendo la escala de alto abajo, comía toda la grey de Dios. Pero nos desamortizaron... y ¡zapa! ahora no come nadie, porque dígame usted a mí si con veintiún reales diarios que nos dan a los que fuimos capellanes de coro y ahora somos beneficiados, se puede vivir decentemente; y ya no hay ni ayudas de costa, ni gratificaciones, como antes. En cambio vengan descuentos, cédula de vecindad, comisión del habilitado, y el dichoso sellito para el recibo, que es lo más salado del mundo. Créame usted: quien vio en esta Catedral aquellas funciones de seis capas, cuando teníamos catorce dignidades, y éramos entre todos en el coro unos ciento sesenta; quien alcanzó aquellas magnificencias, digo, no puede menos de echarse a llorar al ver el corto personal del culto de hoy, y la miseria con que se le retribuye.

-Si, sí... ¡Es triste, muy triste...! -dijo Guerra, queriendo recortar aquel tema, que ya empezaba a ser fastidioso.

-¡Y tan triste...! Pues, a lo que iba: dije que con veintiún reales y unos cuartos no se pueden hacer maravillas. Pague usted casa, coma, vístase con decencia, y mantenga a este familión, que si no fuera por uno... Porque el pobre Roque no trabaja sino por temporadas; en la Catedral cuando hay alguna compostura; en la cajería del mazapán en su tiempo... y rara vez en ataúdes, pues este es pueblo de corta mortandad. En fin, que hay meses, Sr. D. Ángel, que

llega el veinte o veinticinco, y ya me tiene usted más limpio que una patena... Pero contento siempre, eso sí. Gracias a este pobre clérigo, no falta en casa el puchero con todos sus requilorios, ni el cabrito asado en ciertos días, ni el bacalao de rúbrica en tiempo de vigilia, ni el bollo de a cuarto para los niños, et reliqua... Que se ofrece algo de ropa de nueva... al tío... Que hay que echar medias suelas a Ildefonso... al tío. Que la escuela, que el quintalito de carbón, que el garbanzo al por mayor, que la caja de cerillas, que el paquete del picado para Roque... al tío. Que un poquito de estera para tiempo de heladas... al tío. Y en cuanto al fenómeno, no vaya usted a creer que no consume, pues su cazuela de patatas y su pan de pueblo de a dos libras no hay quien se lo quite. Pero contentos, eso sí, y pidiéndole a Dios que no vengan peores. Gracias que Roque es un pedazo de pan. Él ni taberna; él ni juego; él ni comilonas con los amigos, ni trasnochadas; él ni presunciones para vestirse, pues con la misma capita que llevaba hace quince años cuando se casó, le tiene usted ahora... Pero es hombre muy para poco, y ¿quién si yo no existiera se cuidaría del porvenir de los chicos? Ildefonso, que es muy agudo, se trae el sábado a casa, cuando tiene semana en la Catedral, sus diez o doce reales. Mas yo no quiero que vaya sino en las festividades y vacaciones para que adelante en la escuela. Me ha dicho el maestro que tiene meollo ese niño, y pienso meterle en el Instituto para que se nos haga sabio, como éstos a la violeta que salen ahora de debajo de las piedras. El segundo como más tímido, es que ni pintado para la carrera eclesiástica; pero va tan de capa caída

el oficio éste, amigo D. Ángel, que vale más ser picapedrero que sacerdote, porque majando piedra veo que llegan muchos a contratistas y se hartan de dinero, mientras que el clérigo, aunque llegue a canónigo, lo comido por lo servido, y todavía les parece mucho lo que nos dan, y nos llaman sanguijuelas de la Nación... Pues a lo que iba: fíjese usted en que son siete los sobrinos que habrá que colocar, todos varones: en eso hay que alabar a Justina, porque si se nos descuelga con siete hembras, ¡Dios nos asista! No hay más remedio que aplicarles a distintos oficios, según vayan creciendo, porque ¿quién piensa en carreras? Siete carreras, ¡zapa! imposible. Pues espérese usted un poco; hay otra boquita más que también chupa. Me refiero a Sabas, el hermanito de Lorenza, que estudia para pianista y compositor allá en Bruselas, estupendo muchacho, sí señor. La pensión que le dan es tan corta, que el pobre tío no tiene más remedio que mandarle en ciertas épocas del año, ya los diez duritos para que se compre un abrigo, ya la media onza para papeles de música... Pero no me importa. Yo contento, con tal que todos vivan y se vayan criando.

Ángel alababa la bondad del buen clérigo, Providencia de la familia; pero deseando abreviar, abordó el asunto que principalmente le interesaba. Como don Francisco rabiara también por hablar de Lorenza, aprovechó la primera coyuntura presentada por el otro, y salió con gran calor y verbosidad por este registro:

«No me hable usted de esa chica... que me está dando unos disgustos... ¡Cuidado que ella es buena, y si hay mujeres de pasta de ángeles en el mundo, Lorenza es una. La hemos querido y la queremos con idolatría, porque se lo merece, la verdad es que se lo merece. Ya desde que era tamaña así, mostrose inclinada a lo de arriba; pero yo pensé, cuando por mediación de Braulio y de las señoras de Talanque la mandamos a Madrid, que allá se le abatirían esos humos. Figúrese usted mi sorpresa cuando leo la última carta de Braulio y ¡zapa!... Que Lorenza viene para acá con ánimo de entrar en esas órdenes modernísimas de hermanas correntonas, que andan de calle en plaza, pidiendo y refistoleando, metiéndose y sacándose por todas partes... Le diré a usted en confianza que estas órdenes que nos han mandado de extranjis me cargan. Yo soy clérigo de cuño antiguo; me ha criado a sus pechos la alma ecclesia toletana, toda severidad y grandeza, y no estoy por esta novedad de las monjas públicas. ¿Que se quiere vida religiosa? Pues ahí están nuestras órdenes venerandas, ahí las Bernardas del Real San Clemente, ahí las Dominicas del Real y del Antiguo, las Franciscas de Santa Isabel, también Reales, las de San Juan de la Penitencia, ahí las Benitas y Jerónimas monjas de fuste, reclusas y bien trincadas dentro de los hierros, observando bien su regla y rezando noche y día por tantísimo pecador como hay. Allí todo es nobleza, recogimiento y verdadera devoción. Luego, da gusto, créalo usted, cuando se ofrece tratar con alguna señora de estas en el locutorio, ver la compostura y la decencia de ellas, y el habla acompasada, y el mirar caído al suelo... en fin, que no me hablen a mí de religiosas que no sean las de mi lugar... Pero éstas que yo llamo del zancajo, éstas que nos ha traído el ferrocarril, y que hablan francés o un castellano gangoso, echando las sílabas por la nariz y arrastrando las erres, quítemelas usted de delante, que no las puedo ver. Siempre que vienen a pedirme dinero ¡zapa! les digo que no estoy en casa, y no me sacan un maravedí así se vuelvan locas. ¿Para qué quieren los cuartos? Dicen que para recoger ancianos y asistir enfermos. Ello será: no digo que no, ni quiero hacer juicios temerarios. Admito que recojan viejos babosos y les cuiden, que asistan a los enfermos y les aguanten sus porquerías. Bueno: pues con todo eso, a mí no me gustan, qué quiere usted que le diga; que no me gustan, vamos... Pues sí señor, me da la gana de que no me gusten, y me salgo con la mía... Total, que siguen no gustándome... ji, ji, ji... (Larga y picada risilla.)


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
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Ángel Guerra (Tercera parte)