Ángel Guerra: 053

Ángel Guerra
Segunda parte - Capítulo I – Parentela. – Vagancia
 de Benito Pérez Galdós


VEditar

Su primera excursión después de esta visita frustrada fue hacia la Judería, con objeto de estudiar el camino que Leré debía recorrer para ir desde el Tránsito a su casa, el cual no podía ser otro que la escalerilla de San Cristóbal, la plazuela del Juego de Pelota y Santa Isabel. En la Judería melancólica, toda ruinas, miseria y soledad, paseó mañana y tarde, esperando ver salir a la mística joven de alguna de aquellas casas por cuyos rincones parece que anda rondando aún, entre murciélagos, el ánima empecatada del marqués de Villena. De día, cansado de contemplar los caserones inmediatos al Tránsito (y ya sabía por su amigo Ildefonso el que ocupaban las señoras del Socorro), asomábase al pretil que por aquella parte sirve de miradero sobre el río, y se olvidaba del tiempo, del mundo y de sí mismo, contemplando, como en las nieblas de un ensueño, las riberas pedregosas, los formidables cantiles que sirven de caja a la tumultuosa y turbia corriente. Por su cauce de piedra, el Tajo se escurre furioso, enrojecido por las arcillas que arrastra, con murmullo que impone pavura, y haciéndose todo espuma con los encontronazos que da en los ángulos de su camino, en los derruidos machones de puentes que fueron, en los mogotes de las aceñas que él mismo destruyó mordiéndolas siglo tras siglo, y en las chinitas de mil quintales que le ha tirado el monte para hacerle rabiar. Enfrente, los Cigarrales.

«¡Ah! -pensaba Guerra, mirando en la orilla frontera las fincas de un verde tétrico, con el suelo salteado de azuladas peñas y de almendros y olivos que a lo lejos parecen matas-. Yo también tengo mi cigarral, y debe de estar por ahí. No he puesto los pies en él más que una vez, de niño. ¡Y cuánto me gusta ese paisaje severo, que expresa la idea de meditación, de quietud, propicia a las florescencias del espíritu! Allí ¡maldita sea mi suerte! me pasaría yo una temporadita con Leré... si ella quisiera».

A lo mejor se le aparecía el amigo Ildefonso, unas veces solo, otras acompañado de alguno de sus hermanillos. No ignoraba el muy tuno dónde había de encontrarle ni lo bien que se le recibiría, pues Ángel sentía hacia él viva inclinación y ganas de protegerle, cultivando su precoz inteligencia. Además, el primillo de Leré le encantaba porque creía ver en él un misterioso parecido con Ción. No consistía seguramente en semejanza de facciones, sino en cierta fraternidad o parentesco espiritual, como aire de raza que, según Ángel, se revelaba en el mirar, en la inquietud graciosa y en el lenguaje desenvuelto. A veces se le figuraba que el alma de Ción se asomaba a los ojos del monaguillo, y al observarlo o creerlo así, creíase también capaz de llegar a sentir por él un cariño inmenso.

Señor, ¿no sabe? -le decía Ildefonso-. Tío Paco pregunta todos los días a mi madre si no ha vuelto usted, y esta mañana dijo que si supiera donde vive le visitaría.

-Y tu prima Lorenza, sin aparecer, ¿verdad?

-A casa no va. Está ahí (Señalando a las casas próximas al Tránsito.) Oiga, señor. ¿No sabe lo que dijo mi padre anoche? Que usted es muy rico, y que su casa de Madrid la tiene toda llena de dinero.

-Hombre, no. No creas tales patrañas.

-Y, dijo que usted quiso casarse con Lorenza, y ella se negó, porque la llama la religión, y qué sé yo qué. Vaya que es boba de veras... ¿No sabe? pues a mi prima no le gusta el dinero, y cree que el ser rico es una cosa muy mala. ¡Si será simple...!

-¿Y a ti te gusta el dinero?

-¡A mí sí... caray! (Con mirada ansiosa, lengüeteándose los labios.) ¿El dinero? Cosa rica. ¡Quién tuviera mucho!

-¿Y qué quieres tú ser? ¿A qué te aplicas? ¿Qué oficio o qué carrera te agrada más?

-Yo quiero ser cadete. (Echando lumbre por los ojos.)

-¿Cadete?

-Sí señor. Cadete toda la vida, hasta que me muera.

-Bien, hombre, bien. ¿Y no sientes inclinación a ningún oficio?

-¿Oficios?... (Con mirada despreciativa.) Déjeme usted de oficios. ¡Buenos están! Dice mi padre que en estos tiempos de ahora hay que ser o señorito o nada, quiere decirse, pobre de los que piden limosna. Los oficios, ¿qué dan? miseria. ¡Antes sí, cuando la catedral era rica...! El padre de mi padre fue también carpintero, y sólo por armar el Monumento le daban no sé cuántos miles de miles de riales.

-Bueno, hombre, bueno. Y de vivir tanto tiempo entre canónigos, cantando con ellos y ayudándoles al culto, ¿no te han entrado aficiones eclesiásticas? ¿No querrías ser cura?

-¿Clérigo yo...? ¡Vamos, hombre, déjeme a mí de clérigos... caray! (Excitándose.) Lo que le he dicho: o cadete o nada.

-¿Y no se te ha ocurrido, teniendo siempre delante de los ojos estos grandes monumentos, aprender el arte de construirlos?

Llevándole un poco hacia Occidente, después de darle un pitillo, le mostró los muros ennegrecidos de San Juan de los Reyes, custodiados por heraldos con las mazas al hombro, y la imponente fábrica del puente de San Martín.

«Mira eso, Ildefonso, y reflexiona. Desde que abriste los ojos estás viendo la Catedral, el Alcázar, y tantísima maravilla. ¿No se te ha ocurrido igualar a los autores de ellas, haciendo tú otras semejantes? ¿No se te ha ocurrido ser arquitecto...?

-¿Hacer casas, iglesias y torres? (Fumando gallardamente.) ¡Que las hagan los albañiles, que para eso están, caray! Déjeme usted a mí de torres y de esas bromas. Yo cadete, y nada más que cadete.

-Bueno, hombre, serás militar, si te portas bien, y estudias.

Con estos y otros coloquios engañaba Ángel su fastidio. Comúnmente tenía que despedir a Ildefonso y mandarle a su casa para que los padres no le riñeran. Por lo demás, la misteriosa y jamás abierta casa de las Hermanitas del Socorro, situada en la subida de los Alamillos, detrás de las ruinas del Palacio de Villena, no le daba ninguna luz ni le sacaba de tan enfadosa situación expectante. Lo único que pudo ver fue algunas parejas de beatas callejeras, como las que por todas partes se encuentran en Madrid, las cuales entraban o salían por una puerta mezquina. Nunca vio Guerra fachada más estúpidamente muda, sorda y ciega. Pero a pesar de la inutilidad de sus acechos, no se determinaba a matar su tristeza en lugares más populosos y alegres que la Judería, porque de tanto andar por barrios solitarios su alma se había hecho a la contemplación de la vida pasada, al amor de las ruinas, y al punzante interés de lo misterioso y desconocido. De tal modo le apasionaban las edades muertas, que se determinó en él una atroz aversión del gárrulo bullicio de la vida contemporánea, y cuando en sus paseos se aproximaba a la calle del Comercio, huía de ella con verdadero sobresalto, metiéndose por los callejones transversales, que en cuatro zancadas nuevamente a la soledad le conducían. Los carteles del teatro en las esquinas causábanle disgusto, y el oír vocear periódicos en las callejuelas le atacaba los nervios. Llegaba a creer que el eco repetía con sarcástico acento, en las revueltas sepulcrales de algunos barrios, los títulos exóticos de la prensa moderna, y que la ola de vida no podía reventar allí sin producir profanación y escándalo.

No encontrando a Leré donde creía deber encontrarla, la buscó por otras partes, junto a San Clemente, por el toque instintivo de asociar lo presente con lo pasado. En esto de los encuentros perseguidos o casuales, el Acaso descompone con muchísima gracia los cálculos todos de la previsión humana, pues siempre resultan los tales encuentros en lugar y coyuntura que nunca el rondador imaginaba. Y así sucedió en aquel caso, pues una tarde que Guerra iba por las Cuatro Calles, hallándose su mente distraída casualmente de Leré y de cuanto con ella se relacionara... ¡pataplum, Leré! Esto pasa, esto le ha pasado a todo el mundo. ¡Y es el hombre tan tonto que no sabe fiar a la caprichosa lotería del Acaso los encuentros, y se empeña en buscarlos con vana y pueril lógica!

Pues señor, cruzaba Guerra, y vio que salían, de una tienda de ropas dos hermanas del Socorro acompañadas de Leré, que llevaba un lío de compras. Ambos se sorprendieron, y en el primer momento no supieron qué decir. Ángel la detuvo sin hacer caso de las dos hermanas, y ella le saludó sin turbarse, con aquella bendita serenidad a prueba de sorpresas y emociones.

«Ya sé que estuvo usted en casa. ¿Seguirá muchos días aquí? Supongo que lo verá todo. Mire, en la Catedral mi tío puede servirle de guía y enseñarle cosas que no se pueden ver sino por recomendación, el tesoro, el relicario, las ropas, los subterráneos, las alhajas y el manto de la Virgen.

Contestó Guerra con cuatro frases de ordenanza, y le pidió una entrevista. Dijo Leré que por el momento no podía ser, pues estaba sirviendo en el Socorro; pero que pensaba volver otra temporada al lado de su tía, y entonces podría verla y hablarle todo lo que quisiera.

No pasó nada más, ni podía prolongarse la conversación delante de las religiosas, que ya parecían un poquito escandalizadas. Separáronse, y él se fue tan alegre, porque sólo el verla y las cuatro palabras cambiadas de prisa y corriendo pareciéronle un triunfo. Y ¡cosa extraña! aquel encuentro sin consecuencias ni explicaciones, le impulsó a sumergirse más en la soledad. Al día siguiente, huroneando en las iglesias, maravillose de sorprender en sí tentaciones vagas de poner alguna mayor atención en el culto, casi, casi de practicarlo, y de cavilar en ello, buscando como una comunicación honda y clandestina con el mundo ultra sensible. Admitía ya cierta fe provisional, una especie de veremos, un por si acaso, que ya era suficiente estímulo para que viese con respeto cosas que antes le hacían reír. Por de pronto reconocía que en el mundo de nuestras ideas hay zonas desconocidas, no exploradas, que a lo mejor se abren, convidando a lanzarse por ellas; caminos obscuros que se aclaran de improviso; atlántidas que, cuando menos se piensa, conducen a continentes nunca vistos antes ni siquiera soñados.

El medio ambiente se proyectaba con irresistible energía dentro de él por la diafanidad de su complexión mental. El mundo antiguo, embellecido por el arte, le conquistaba y le absorbía hasta el punto de infundirle amor hacia cosas que antes le parecían falsas, y, lo que es más raro, falsas le parecían aún. Ignoraba si aquel prurito suyo de probar las dulzuras de la piedad obedecía a un fenómeno de emoción estética o de emoción religiosa, y sin meterse en análisis, aceptábalo como un bien. En esto ocurrió la entrevista con el padre Mancebo, tío de Leré, que fue a visitarle y no le encontró en casa. La misma tarde quiso Ángel pagar la visita, teniendo el gusto de conocer a un sujeto que había de sorprenderle como las mayores rarezas toledanas.


Ángel Guerra (Segunda parte) de Benito Pérez Galdós
Capítulo I:

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Ángel Guerra (Tercera parte)