Á Juan Español

Á Juan Español de Alfredo Calderón
Nota: «Á Juan Español» (16 de junio de 1899) Don Quijote VII (24): p. 1.
Á JUAN ESPAÑOL
———
(en babia ó donde se halle)

 Apreciable Juan Lanas: Puedes estar ufano. Ya habrás oído lo que dicen de ti. Silvela te califica de excelente primera materia, ni más ni menos que el algodón en rama ó el cuero sin curtir. Sagasta recuerda que en días difíciles fuiste muy sensato. El Gobierno, en el Mensaje, llama admirable á esa tu resignación que el Tinies apellidó «filosófica». No, y no vayas á creerte: son elogios desinteresados. Ni siquiera cabe decir de ellos lo que dijo de otros cierto chusco:
    Le daban jabón primero
   para afeitarlo después,
en razón á que á ti ya te han afeitado.
 De cómo y por qué te afeitarón tenemos un testimonio irrecusable, cual es el del propio barbero. Sagasta, que ofició contigo de Fígaro lo ha dicho más ó menos explícitamente. Se fué á la guerra con los Estados Unidos por necesidad, es decir, por mantener el orden. Se firmó la paz de París porque el orden no se turbara. Y, con efecto, gracias sobre todo á tu resignación, admirable ó filosófica, como tú quieras, el orden permaneció imperturbable.
 ¿No admiras tú á Sagasta? Yo sí. Es todo un valiente. Porque ¡cuidado si se necesita valor para insinuar lo que él insinúa! Le habían acusado algunos republicanos de haber pospuesto todo otro interés al interés de la monarquía. ¿Se sincera de ese cargo? No, padre. Se gloría, se enorgullece, se jacta de ello. Por la monarquía fué á la guerra: por la monarquía hizo la paz. Así salvó la monarquía. ¡Lástima que no pueda decirse que salvara ninguna otra cosa!
 El hombre, á la verdad, explica muy bien su conducta. La monarquía es el orden. La monarquía es la ancha base en que se asientan las libertades públicas. La monarquía, Juanito, es la paz. ¡La paz! Como no siempre está uno en todo, se olvidó de decir D. Práxedes que la monarquía es la más firme garantía de la integridad
nacional. Ya que él no lo dijo, lo diré yo, que tanto monta.
 Habrás tú oido asegurar que la República del 73 fué la abominación de la desolación. Hubo por entonces tres guerras civiles, y aunque dos de ellas estallaron bajo la monarquía y los dos tercios de la tercera se debieron á los reaccionarios, ninguna persona sensata dejará de acusar á la República de aquel desbarajuste. Culpar al régimen monárquico de los últimos desastres sería una insensatez. ¿Qué tiene que ver con ellos el régimen? Aquello del 73 fué muy gordo. Perder Cuba, Filipinas y Puerto Rico, enterrar ochenta mil españoles y gastar en los funerales cuatro millones de pesetas, es un contratiempo que puede ocurrirle á cualquiera.
 Acabadita de salvar la monarquía, se enfurruñó Gamazo por aquello de Ribot: ya te acuerdas. Y cátate que cae el Gobierno liberal. Siempre los liberales cayeron á destiempo, según asegura con adorable ingenuidad don Práxedes, que jamás encuentra momento oportuno de caer. Pero nunca han caído con menos oportunidad que entonces. Cayeron, ¡mira tú qué pena!, cabalmente la víspera del día en que iban á restañar las heridas de la patria. Aquí el héroe del poema campoamorino: «¿Ha muerto Dorotea? ¡Qué desgracia! ¡Yo que iba á escribir mañana mismo!»
 Por dicha, nunca falta un Sangredo en casos tales para reemplazar á otro Sangredo. Todo el plan de Sagasta, sin quitarle tilde, lo aplicarán Silvela y Polavieja. Los programas de ambos partidos legales se parecen entre sí como dos castañas. Sangrías y agua caliente. Nada de avances políticos. Mucha economía, mucha administración, mucho riego, muchos ferrocarriles secundarios y su poco de descentralización administrativa. ¡Ah! y vigorizar los resortes del gobierno, que siempre anda aquí flojo de muelles. Porque tú eres muy resignado, eso sí, pero aquí reina la audacia.
 «Audacia, audacia y siempre audacia», era el lema de Danton. Pagar, pagar y más pagar, es la solución del Mensaje. El Gobierno está persuadido de que te conviene pagar ahora, pagar luego, pagar siempre. A eso se reducirá por el moento la labor de tus representantes. Cuando pasen los calores y vuelvan los diputados fresquitos á reanudar sus tareas, entonces suprimirán el jurado, reformarán el Código penal para meternos mano á los «folicularios», entregarán las Universidades al clero, dividirán los Municipios de la Península en capaces é incapaces, y pondrán como nuevo el sufragio. Así recibirás el premio de tu admirable resignación.
 Pues reformas administrativas no te han de faltar. Por la friolera de doscientos millones te harán inexpugnable por mar y tierra. Si aprontas otros doscientos podrás lisonjearte de poseer una escuadra capaz de emular las glorias de Cavite y Santiago. Doscientos más ó cosa así, y tendrás caminos y canales. Todo por una bicoca.
 De que estás malucho, nadie duda. Desahuciado, no. No hay que desesperar hallándose en manos de tales doctores. Has tenido el talento de elegir las eminencias del protomedicato. Sigue siendo, como hasta aquí, juiciosito, sensatito, resignadito, y ya verás, ya verás. Si eres malo, díscolo y travieso, no hay nada de lo dicho. Peor que tú estuvieron Prusia, Italia, Francia, y ahí las tienes rebosando salud. Y eso que no tenían un Silvela ni un Sagasta para asistirlas.
 Adios, Juanito, que te alivies. Plegue al cielo conservarte esa resignación admirable, que tanto gusto da en las regiones oficiales. No te han de faltar ocasiones en que ejercerla. Ten juicio, saluda á la parienta y dispón de tu constante amigo,

      Alfredo Calderón.