¡Por Galicia!

¡Por Galicia! de Alfredo Vicenti


A Rosalia Castro de Murguia.

Al oir tus cantares
que anunciaban el alba con fé viva,
una tribu sin rumbo de juglares
se detuvo de pronto pensativa.
Los ecos familiares
de aquella melancólica cadencia,
emanada tal vez de lo infitino,
hallaron para entrar en la conciencia
una brecha profunda,
y vibraron en ella como el grito
de una voz conocida y moribunda.

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Pronto, la tribu, aunque inesperta y loca,
comprendió que por medio de tu boca
una matrona esclava
pedia al sordo corazón de roca
de sus hijos ayuda,
y el alma en pena del país lanzaba
un lamento de tórtola viuda.
Tu vigoroso plectro
al estallar en notas campesinas
hizo salir del caos un espectro
coronado de nieblas y de espinas.
Y aquella juventud, acaso atea,
cuya ambición sin límites ahogaba
de la pátria la idea,
en rubor encendidas las mejillas
lloró su error nefando,
y, «perdón» murmurando,
hincóse ante el espectro de rodillas.

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Inspirada druidosa, no ambiciones
lauro mejor para ceñir tus sienes;
nadie tiene un altar como el que tienes
en nuestros corazones,
que aprendieron un día en tus cantares
el santo amor a los paternos lares.
Desde ese día, la intuicion confusa
es en nosotros voluntad entera,
desde entonces el velo de tu musa
nos sirve de bandera.

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¡No! No ha muerto del todo
la vieja Suevia; aun rugen sus entrañas
al ver que, con sonrisa vengativa,
en su agonia se complace el godo
asomado detrás de las montañas.
Aun llama en su socorro la cautiva
al pueblo que cobarde la abandona,
todavia su origen no desmiente
y se crispan sus manos y su frente
al recordar la espada y la corona.
¡Henos aquí...! despuntan por Oriente
del dia los albores,
y al juicio de Dios, bandera alzada,
vienen los hijos en legión sagrada
para ser de su madre defensores.

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Henos aqui! contra la férrea valla
el amor a Galicia nos empuja,
y aunque la lira temblorosa calla
esperamos resueltos la batalla
con la lanza en la cuja.

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¿Será que todavia,
cuando resuene el cántico de guerra,
esta bendita tierra
recobre su vigor y su energía?
¿O agotada tal vez por la agonia,
a despecho de santas ilusiones,
ya no puede vivir sino en prisiones...?
¡Silencio la razon...! clamando ayuda
está la patria en tenaz querella...
¡maldita sea la cobarde duda!
Tentemos su rescate
y si en la nada nuestro afan se estrella,
¡feliz el que, en el ultimo combate,
logre el honor de sucumbir con ella!

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