Una visita a Enrique Heine

El Museo universal (1868)
Una visita a Enrique Heine
de José Puig Pérez

De la serie: Literatura

UNA VISITA A ENRIQUE HEINE

Acababan de dar las dos en los relojes de el café Moulhusse de París, y me hallaba sentado a una de sus mesas tomando un massagran, cuando apareció en el salón mi amigo Manuel, a quien esperaba.

Era el día de los difuntos le 186...

El anterior habíamos convenido Manuel y yo en ir al cementerio Monmartre, de modo que, ya reunidos, salimos del citado establecimiento y nos dirijimos al punto designado.

Nos llevaba allá, por un lado, el deseo de visitar aquel cementerio el día en que los vivos van a conmemorar todos los años a los que fueron; por otra parte, mi afán de derramar una lágrima ante la tumba de Heine, mi poeta favorito, cuyas baladas aprendí de memoria siendo aun niño.

La tarde estaba triste como mi corazón, y el cielo, cubierto por la niebla, se asemejaba a un inmenso sarcófago de mármol: hacía frío y la naturaleza toda retrataba la muerte.

También yo iba pensando en ella. La muerte, me decía, es el misterio de la vida: la muerte es lo desconocido. Sin la muerte, nos abrumaría la carga vital, la vida sería la muerte. Ese punto donde terminan las pasiones todas del hombre y en que comienza una nueva existencia, ese paso, el último de nuestro camino mundanal, ese suspiro, el postrero que exhala nuestro pecho; ¡cuántas veces suele ser término de indecibles sufrimientos, desprendimiento de amarguras atroces, fin de tristísimas quejas!

Si la vida es un valle de lágrimas, la muerte ha de ser precisamente el paño que las enjugue.

Sin embargo, ¿por qué reímos ante la vida y lloramos ante la muerte?

. . .

II

Habíamos llegado al cementerio. Sus calles todas estaban cuajadas materialmente de gente.

Aquí, una familia lloraba arrodillada ante un elegante panteón en donde había depositadas unas coronas de siemprevivas: el esposo, el padre reposaba allí: ante otro, una madre desconsolada rezaba por el alma de su hijo.

Mi amigo y yo nos dirijimos a la modesta tumba del poeta alemán.

Estábamos a algunos pasos de ella, cuando la curiosidad suspendió nuestra marcha.

Un caballero y una señora, que habían depositado una preciosa corona en un magnífico mausoleo y habían permanecido, al parecer, largo tiempo ante él llorando, después de posar un beso cada uno en la boca de un delicado busto de mármol esculpido en la tumba, la abandonaron, no sin volver los ojos arrasados en lágrimas, otra vez hacia ella. Al propio tiempo, un joven como de 24 años, que había permanecido oculto detrás del mausoleo, doblaba uno de sus ángulos y caía de rodillas.

Este jóven nos interesó.

Su faz pálida y demacrada era claro espejo de su estado moral: debía sufrir mucho.

Nosotros le contemplamos algunos instantes.

El permaneció arrodillado y con la cabeza apoyada en aquella tumba. Le oíamos suspirar. Luego se levantó y, sacando un lápiz de su cartera, comenzó a escribir sobre el mármol.

Manuel y yo seguimos entonces hacia el sitio donde nos dirigíamos, no sin prometernos volver a leer las líneas que nuestro desconocido dejara escritas.

Cuando abandonamos al desconsolado joven, recité yo en voz baja estos versos del cantor de Düsseldorf:

«Cuando la tumba callada
Cobije tu cuerpo helado,
A colocarme a tu lado
Descenderé a tu morada.
Y tu frío tronco inerte
Estrecharé entre mis brazos
Hasta que rompa los lazos
De mi existencia la muerte.»

Llegamos ante la tumba del poeta.

Una losa rectangular, rodeada de una sencilla verja de hierro por tres lados, con otra losa de mármol que se levanta sobre el cuarto, el nombre del autor del Intermezzo por toda inscripción, y un sáuce que dobla sus ramas hasta tocar la tumba, es todo lo que en ella hay.

Su sencillez no puede ser mayor; pero, en cambio, el solo nombre de Heine, ¡cuánta grandeza le presta!

No estaba sola.

Un alemán, que se hallaba leyendo las inscripciones que en ella dejaron los que a visitarla fueron, nos dirigió una mirada de gratitud al vernos a Manuel y a mí descubiertos y tristes a su lado.

—¡Malogrado Heine! —exclamé:—tu nombre es gloria de tu patria y conocido del mundo todo.

Manuel recitó los versos del Intermezzo que dicen:

«La noche del sepulcro me envolvía

Con su lóbrego velo; Yo de la tumba oscura reposaba

En el recinto estrecho. »

El alemán seguía contemplándonos silenciosamente.

—Triste es el destino de los grandes poetas, añadió mi amigo, cuando acabó de decir los versos.

—Es verdad, contesté, muy triste; pero tal vez deban a él su gloria. El sentimiento es una flor que necesita regarse con lágrimas para que crezca y viva. Las lágrimas deben ser, pues, el único patrimonio de los poetas, de esos seres cuyo corazón guarda en caja pliegue un dolor, y cuya sensibilidad se halla tan exquisitamente desarrollada.

Heine sentía—proseguí, —a pesar de lo que han dicho algunos críticos; y sus versos, donde dejó la esencia de su alma, como nuestro Espronceda, Petrarca, Dante y tantas otras eminencias en los suyos, están impregnados de ese perfume de melancolía debido a un profundo cuanto desgraciado amor.

—Es cierto —exclamó el alemán precipitadamente y como si no hubiera podido contenerse;—amaba con frenesí, amaba con el amor que suicidó a vuestro desventurado Fígaro, amor tan enérgicamente expresado por él cuando escribió:

«Yo te adoro, aun te adoro,
Y aunque estallara el mundo
De su ruina gigante surgiría
La inmensa llama de mi amor profunto.»

No lo dudeis, prosiguió; Teresa, Laura, Beatriz, las tres hermosos tormentos de los autores de El Diablo Mundo, de África y de la Divina Comedia, de esos genios que inmortalizaron los nombres de las que secaron el árbol de su felicidad, no fueron menos amadas que mi madre.

—¡Vuestra madre! exclamamos a la vez Manuel y yo...

—Mi madre, mi pobre madre, sí, que lloró y amó, tanto al poeta después de su muerte, como él había sufrido y la había adorado existiendo.

Nuestras manos estrecharon las del alemán; hablamos algo más; añadimos luego nuestros nombres a los muchos que se leían en el marco de la lápida y nos ausentamos extraordinariamente sorprendidos del encuentro.

IV.

Volvimos al mausoleo donde dejamos al joven arrodillado y dolorido.

No se hallaba ya allí, pero debía de haberse ausentado cortos momentos antes, puesto que todavía el trozo de piedra donde apoyara la cabeza estaba húmedo, inequívoca señal de que había recibido el IIanto del ausente.

Leímos con curiosidad el epitafio de aquella rica tumba, que consiste en una sencilla delicatoria de los padres a su hija, muerta a la edad de veinte años, dos hace ya, y dos inscripciones en verso que copio traducidas, con las fechas del corriente y la del anterior firmadas: «Ernesto,» nombre sin duda alguna dd muestro desgraciado incógnito.

Helas aquí:

I.

Un año pronto cumplirá que el soplo
De la muerte infernal heló tu aliento;
Pronto hará un año que el vivir me pesa,
     Y que, viviendo, muero.»

II.

      «No logrará del tiempo
La mano, de mi alma el amor tuyo
Borrar, ¡mi pobre Luisa! Cuando muera,
      Reposaremos juntos.»

Traduje estos versos con la idea de servirme de ellos; en algún articulito, como acabo de hacer, y salimos Manuel y yo del cementerio.

Caminábamos distraídos.

De pronto, exclamó mi amigo:—Todavía hay un corazón en París.

Yo que sentía los latidos del mío, repliqué sonriendo:—Más de uno.

J. Puig Pérez.

Nota: algunos acentos han sido modernizados