Una excursión: Epílogo


¿No nos ordenan la religión y la humanidad aliviar a los pacientes?
¿No son hermanos todos los hombres?
¿No deben compartirse los bienes y los males que deben a su autor común?
¿Es lícito mostrarse inexorable y sin piedad con alguno de sus semejantes?

COMTE


El destino de la naturaleza organizada es la perfectibilidad y ¿quién puede asignarle límites?
Al hombre le toca dominar el caos, desparramar en todas partes, durante la vida,
las simientes de la ciencia y de la poesía, a fin de que los climas,
los cereales, los animales y los hombres se suavicen,
y para que los gérmenes del amor y del bien se multipliquen.

EMERSON


El sol no comenzaba aún a disipar el cristalino rocío, que una noche serena había depositado sobre la agreste alfombra de la Pampa y ya galopábamos aprovechando la fresca de una lindísima mañana de abril.

Era necesario hacerlo así para no pasar otra noche en el camino.

Yo no tenía que contemplar tanto las cabalgaduras, como los que habían seguido por el camino del Cuero.

El itinerario del Bagual está sembrado de hermosas lagunas de agua dulce y permanente; en sus bañados vastísimos, hay siempre excelente pasto y en las profundas sinuosidades de un terreno quebrado y montuoso, sombra y leña.

Dichas lagunas, saliendo de Agustinillo hasta llegar frente a la Villa de Mercedes, sobre el Río Quinto son: Overamanca, el Chañar, Loncomatro, la Seña; aquí se abren dos caminos, uno para el 3 de Febrero y otro para las Totoritas, las Acollaradas, el Corralito, el Machomuerto, Santiago Pozo, la Hallada, el Tala, el Bajohondo, el Guanaco, Sallape, Pozo de los Avestruces Y Pozo Escondido.

Todas ellas presentan más o menos la misma fisonomía.

Aquellos campos desiertos e inhabitados, tienen un porvenir grandioso, y con la solemne majestad de su silencio, piden brazos y trabajo.

¿Cuándo brillará para ellas esa aurora color de rosa?

¿Cuándo!

¡Ay! Cuando los ranqueles hayan sido exterminados o reducidos, cristianizados y civilizados.

¿Y cuántos son los ranqueles, de cuya vida, usos y costumbres he procurado dar una ligera idea en el transcurso de las páginas antecedentes?

De ocho o diez mil almas, inclusive unos seiscientos u ochocientos cautivos cristianos de ambos sexos, niños, adultos, jóvenes y viejos.

¿En qué me fundo para decirlo?

En ciertas observaciones oculares, en datos que he recogido y en un cálculo estadístico muy sencillo.

Las tres tribus de Mariano Rosas, de Baigorrita y de Ramón, que constituyen la gran familia ranquelina, cuentan los tres caciques principales susodichos, dos caciques menores, Epumer y Yanquetruz y sesenta capitanejos, cuyos nombres son:

Caniupán, Melideo, Relmo, Manghin, Chuwailau, Caiunao, Ignal, Tripailao, Millalaf, Quintunao, Nillacaú, Peñaloza, Ancañao, Millanao, Pancho, Carrinamón, Cristo, Naupai, Antengher, Nagüel, Lefín, Quentreú, Jacinto, Tuquinao, Tropa, Wachulco, Tapaio, Caiomuta, Quinchao, Epuequé, Yanque, Anteleu, Licán, Millaqueo, Painé, Mariqueo, Caiupán, José, Manqué, Manuel, Achauentrú, Güeral, Islaí, Mulatu, Lebían, Guinal, Chañilao, Estanislao, Wiliner, Palfuleo, Cainecal, Coronel, Cuiqueo, Frangol, Yancaqueo, Yancaó, Gabriel, Buta y Paulo.

Cada uno de estos capitanejos acaudilla diez, quince, veinte, veinticinco y hasta treinta indios de pelea.

Por indio de pelea se entiende, el varón sano, robusto, de dieciséis hasta cincuenta años.

Tomando por término medio, que cada caudillo, cacique, o capitanejo pueda poner en armas veinte indios resultarían mil trescientos.

Efectivamente, esta cifra está en concordancia con lo que parece fuera de duda a saber: que Mariano Rosas y Ramón tienen cerca de seiscientos indios de pelea y Baigorrita un poco más.

Esas ocho o diez mil almas ocupan una zona de tierra próximamente de dos mil leguas cuadradas, entre los 63º y 66º de latitud Sur: y los 35º y 27º de longitud Este, cuyos límites naturales pueden determinarse así:

Al Norte, la laguna del Cuero; al Sur, la punta del Río Salado; al Oeste, este mismo río, y al Este, la Pampa.

En ese vasto perímetro se hallan diseminados unos cuatrocientos o seiscientos toldos.

Cada toldo constituye una familia, que no baja nunca de diez personas, y no hay toldo en el que no se encuentre un cautivo o cautiva grande o chico.

Según este dato resultaría una población de cuatro a seis mil almas. Pero nótese que el cálculo se basa en el mínimum de personas que forma la familia.

De consiguiente, suponiendo que el punto de partida de cuatrocientos o seiscientos toldos fuese exagerado, siempre resultaría una población más o menos de cuatro a seis mil almas, desde que la cifra de diez personas por familia, es reducida.

Todos los toldos que yo he visto tenían de veinte personas arriba. Ahora siendo un principio estadístico, que cada diez mil almas suministran, sin esfuerzo, mil útiles para el servicio de las armas, resulta que la cifra de mil trescientos indios de pelea es una hipótesis racional para determinar la población de los ranqueles.

Sea de esto lo que fuere, la triste realidad es que los indios están ahí amenazando constantemente la propiedad, el hogar y la vida de los cristianos.

¿Y qué han hecho éstos, qué han hecho los gobiernos, qué ha hecho la civilización en bien de una raza desheredada, que roba, mata y destruye, forzada a ello por la dura ley de necesidad?

¿Qué ha hecho?

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Oigamos discurrir a los bárbaros.

Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así:

-Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y harán en adelante cuanto puedan, por los indios.

Su contestación fue con visible expresión de ironía:

-Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni a trabajar, ni nos han hecho conocer a su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?

Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel momento a ver qué contestaba con toda su sabiduría.

Por mi parte, hice acto de conciencia y callé...

Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según lo entendía.

Pero mi conducta personal no podía ni debía ser un argumento contra las humillantes objeciones del bárbaro.

No me cansaré de repetirlo:

No hay peor mal que la civilización sin clemencia.

Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido a su propio país, censurando su política en la India como conquistador

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Los ranqueles derivan de los araucanos, con los que mantienen relaciones de parentesco y amistad.

Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, los cabellos abundantes y cerdosos, la barba y el bigote ralo; los órganos del oído y de la vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, a veces blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros fornidos.

Pero estos caracteres físicos van desapareciendo a medida que se cruzan con nuestra raza, ganando en estatura, en elegancia de formas, en blancura y hasta en sagacidad y actividad.

En una palabra, los ranqueles son una raza sólida, sana, bien constituida, sin esa persistencia semítica, que aleja a otras razas de toda tendencia a cruzarse y mezclarse, como lo prueba su predilección por nuestras mujeres, en las que hallan más belleza que en las indias, observación que podría inducir a sostener que el sentimiento estético es universal.

Conversando con un indio, cambiamos estas palabras:

-¿Qué te gusta más, una china o una cristiana?

-Una cristiana, pues.

-¿Y por qué?

-Ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más lindo...

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La conquista pacífica de los ranqueles, cuya fisonomía física y moral conocemos ya, para absorberlos y refundirlos, por decirlo así, en el molde criollo, ¿sería un bien o un mal?

En el día parece ser un punto fuera de disputa, que la fusión de las razas mejora las condiciones de la humanidad.

Cuando nuestros primeros padres los españoles llegaron a América, ¿qué mujeres traían?

¿El gobierno de la Metrópoli hizo con sus colonias lo que los gobiernos de Francia e Inglaterra hicieron con las suyas?

¿Mandó a ellas cargamentos de prostitutas?

¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas, entroncando recién entre sí, pasada la primera generación?

Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los bárbaros?

Los hechos que se han observado sobre la constitución física y las facultades intelectuales y morales de ciertas razas, son demasiado aislados para sacar de ellos consecuencias generales, cuando se trata de condenar poblaciones enteras a la muerte o la barbarie.

¿Quién puede decir cuál es el punto donde se ha de detener una raza por efecto de su propia naturaleza?

¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para otras?

¿Cuál es la clase de operaciones practicables para los órganos de tal pueblo, que no conseguirá jamás practicar otro?

¿Cuáles son las virtudes propias de tal o cual organización?

¿La frenología ha pronunciado acaso su última palabra?

¿Entre las razas reputadas más perfectibles, no se hallan naciones tan bárbaras, tan esclavas y viciosas como en las demás?

Nos horrorizamos de que entre los ranqueles se vendan las mujeres, y de que nos traigan terribles malones para cautivar y apropiarse las nuestras.

¿Y entre los hebreos, en tiempo de los Patriarcas, el esposo no le pagaba al padre el mohar o precio de la hija?

¿Y entre los árabes la viuda no constituía parte de la herencia o de los bienes que dejaba el difunto?

¿Y en Roma, no existía el coemptio, es decir, la compra y el usus, o sea la posesión de la mujer?

¿Y en Germania, como lo muestra la Ley Sajona, no existían el mundium, y costumbres análogas?

¿Y los visigodos, no tenían las arras, especie de precio nupcial, que reemplazaba la compra pura y simple, recordando la vieja usanza?

¿Y los francos, no pagaban el valor de las esposas a los padres, que éstos dividían con aquéllas?

Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización a que llegará cada raza: y si hay alguna teoría calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica.

Las calamidades que afligen a la humanidad nacen de los odios de razas, de las preocupaciones inveteradas, de la falta de benevolencia y de amor.

Por eso el medio más eficaz de extinguir la antipatía que suele observarse entre ciertas razas en los países donde los privilegios han creado dos clases sociales, una de opresores y otra de oprimidos, ES LA JUSTICIA.

Pero esta palabra seguirá siendo un nombre vano, mientras al lado de la declaración de que todos los hombres son iguales, se produzca el hecho irritante, de que los mismos servicios y las mismas virtudes no merecen las mismas recompensas, que los mismos vicios y los mismos delitos no son igualmente castigados.

Por más que galopé tuve que dormir otra noche en el camino.

Al día siguiente, temprano, llegaba a orillas del Río Quinto.

Había andado doscientas cincuenta leguas, había visto un mundo desconocido y había soñado...

Las galas de abril embellecían el verde panorama de la Villa de Mercedes, donde los esbeltos álamos y los melancólicos sauces llorones crecen frondosos a millares.

El día estaba en calma, mi alma alegre.

Reímos sin inquietud cuando debiéramos estar taciturnos o gemir. ¡Somos unos insensatos!

Y cuando tenemos un momento lúcido es para exclamar amargamente: ¡ay! ...

Yo amo, sin embargo, el dolor y hasta el remordimiento, porque me devuelve la conciencia de mí mismo.