Superchería
de Leopoldo Alas
Capítulo X

Capítulo X

Dos años después de haber escrito Nicolás Serrano en sus Memorias lo que va copiado, se paseaba por Recoletos una tarde de primavera. Una muchacha de quince abriles pregonaba violetas, ramitos de violetas. Algunos árboles del paseo olían a gloria. Las golondrinas, bulliciosas, jugaban al escondite de tejado a tejado, rayando con su vuelo el cielo azul, rozando con las puntas de las alas, a veces, la tierra. Las fieras del carro de la Cibeles, teñidas de la púrpura del crepúsculo esplendoroso, parecían contentas, soñando, como la diosa, al son de la cascada de la fuente. Serrano gozaba de aquellas emanaciones de la Maya inmortal, si no contento, tranquilo por lo pronto, en una tregua de la angustia metafísica, que era su enfermedad incurable. Un perro cursi, pero muy satisfecho de la existencia, canelo, insignificante, pasó por allí, al parecer lleno de ocupaciones. Iba deprisa, pero no le faltaba tiempo para entretenerse en los accidentes del camino. Quiso tragarse una golondrina que le pasó junto al hocico. Es claro que no pudo. No se inquietó: siguió adelante. Dio con un papel que debía de haber envuelto algo sustancioso. No era nada: era un pedazo de Correspondencia que había contenido queso. Adelante. Un chiquillo le salió al paso. Dos brincos, un gruñido, un simulacro de mordisco, y después nada: el más absoluto desprecio. Adelante. Ahora una perrita de lanas, esclava, melindrosa, remilgada. Algunos chicoleos, dos o tres asaltos amorosos, protestas de la perra y de sus dueños, un matrimonio viejo. Bueno, corriente. ¿Que no quieren? ¿Que hay escrúpulos? En paz. Adelante: lo que a él le sobraban eran perras. Y se perdió a lo lejos, torciendo a la derecha, camino de la Casa de la Moneda. A Serrano se le figuraba que aquel perro iba así... como cantando. -¡Oh! Es mucho mejor filósofo que yo -se dijo.

Y, al volver la cabeza, vio enfrente de sí a Caterina Porena vestida de negro.

Ella le reconoció antes. Se puso muy encarnada y pasó un mal rato dudando si él la saludaría, si se acordaría de ella. Si él pasaba adelante... ¡adiós!, ¿cómo atreverse a detenerle?

Pero Nicolás se detuvo, sintió el corazón en la garganta y alargó una mano, después de hacer un ruido extraño con la garganta donde tenía el corazón; acaso con el corazón mismo.

Se estrecharon las manos.

«¿Su vida?».

La de él... como siempre. No habían vuelto a adivinarle nada.

No le había pasado ninguna otra gran casualidad.

¿Y a ella? A ella se le había muerto Tomasuccio. Hacía más de un año. Pero aquel año no era como los dos meses de Ofelia: era como los dos días de Hamlet, era ayer siempre el día de la muerte.

A Serrano se le nubló la primavera. Sintió de pronto la tristeza del mundo en medio de los pregones de violetas, de la luz radiante, del cuchicheo de las golondrinas.

El rostro, los ojos sobre todo, anunciaban en Caterina un dolor incurable.

-¡Qué horriblemente desgraciada debe de ser! -pensó Serrano.

Callaron un momento, puesto el recuerdo, lleno de amor, en Tomasuccio.

Después, en un tono mate, frío sin querer, preguntó el filósofo:

-¿Y Foligno?

-Bueno, muy bueno.

«Sí -pensó Nicolás-; ese nos enterrará a todos».

Se separaron. Ella estaba en Madrid de paso. No hablaron siquiera de volver a verse. ¿Para qué?

Ella era honrada, él también: vivía Foligno... y Tomasuccio había muerto. La Porena, siempre en el éxtasis de su pena, vivía como en un templo, sacerdotisa del dolor. Todo mal pensamiento era una profanación del altar en que se quemaba un corazón sacrificado al recuerdo de un hijo. No era el corazón sólo: todo se consumía. Catalina estaba muy delgada, muy pálida: se iba poco a poco con su Masuccio.

El amor, y el amor adúltero singularmente, no tenía ya sitio allí.

No cabía más que recordarse de lejos, sin buscarse. Queriéndose, o lo que fuese, hasta que el esfumino del tiempo se encargara de desvanecer la última aprensión sentimental.

Catalina siguió su camino hacia la Cibeles. Serrano, sin saber lo que hacía, torció a la derecha, hacia la Casa de la Moneda, como si quisiera seguir la pista del perro canelo, que tomaba los fenómenos como lo que eran, como una... superchería.



A Tomás Tuero


Tomás: Después de leído este libro, el que más quiero de los míos, no sé por qué, a no ser vagamente, sentí la comezón de dedicártelo a ti.

Clarín.