Sucesos de las islas Filipinas (edición de José Rizal)/Prólogo

Nota: Se respeta la ortografía original de la época

PRÓLOGO




Mi muy querido amigo: Sigo tu amable invitación que tanto me honra y voy á ponerte algunas líneas en vez de prólogo. No temo las dificultades que me impone mi deber de escribirlo en un idioma que no poseo perfectamente; no lo temo, porque sigo los impulsos del corazón y el corazón sabe vencer los obstáculos gramaticales y lexicográficos. No es el objeto de estas líneas presentar un plato á los que saborean la rica fraseología del majestuoso idioma de Cervantes, no; mi objeto es darte las gracias en nombre de la república internacional de los sabios, en nombre de Filipinas, en nombre de España por la publicación de esta importantísima crónica del país querido que te vió nacer, y cuyo hijo adoptivo me considero. Con esta reimpresión, tu has erigido un monumentum aere perennius para el nombre Rizal. La obra de Morga gozó siempre de la fama de ser la mejor crónica de la conquista de Filipinas; Españoles y extranjeros estaban conformes en este dictamen, en esta apreciación. Ningún historiador de Filipinas pudo despreciar impunemente la riqueza de datos con que brilla la obra del ínclito oidor; pero tampoco pudo satisfacer sus deseos, porque los Sucesos de Morga son un libro raro, rarísimo en tanto grado, que las poquísimas bibliotecas que lo poseen, lo guardan con el mismo cuidado como si fuese un tesoro de Incas. Era de suponer que los Españoles rindieran su debido tributo de gratitud al noble compatriota, al justo representante de la metrópoli en el Extremo Oriente, al bizarro defensor de la gloriosa bandera española, al mayor cronista de Filipinas, pero los deseos del mundo científico no se colmaron en el país que bañan el Tajo y el Guadalquivir. No se halló un Español, que siguiendo las inspiraciones de un patriotismo noble y prudente, editase la obra de un autor que reunió en su carácter y alma las mejores virtudes de su nación y cuya pluma se probó ser la pluma preciosa de un autor sobresaliente y de elevadas miras. Nada hicieron los Españoles, que siempre hacen gala de su patriotismo y españolismo; así se les escapó un oportuno momento de renovar las glorias de su glorioso pasado.

En vista de esta lamentable indiferencia de los filipinólogos españoles se metió un extranjero ¡osadía! en las cosas del país: Un Lord inglés, el Lord Stanley tradujo la obra inmortal del gran Español al idioma del yes, aplaudido por el mundo de los orientalistas extranjeros, pero sin recibir una mención honorífica de aquella nación, cuyo deber era no dejar los laureles de esta empresa á un extranjero. El mundo científico estaba satisfecho; todo orientalista, todo filipinista debe entender el inglés y las muchas notas y apéndices de la traducción no perjudicaban el valor de la resurrección de los Sucesos de Filipinas. Gracias á esa traducción, nosotros los extranjeros no hemos creído que sea, si no necesario, por lo menos urgente una reimpresión castellana del Original.

Pero tú, mi querido amigo, tú no estabas conforme con esta resignación y modestia del mundo extranjero, con esta indiferencia y apatía del mundo peninsular. En tu corazón, verdaderamente noble é hidalgo, has sentido toda la grandeza de la ingratitud nacional, y tú, el mayor hijo de la nación tagalog; tú, el mártir de un patriotismo leal y activo, tú fuiste quien ha pagado la deuda de la nación, de la misma nación cuyos hijos degenerados se burlan de tu raza y le niegan las dotes intelectuales.

Yo admiro esta prueba de una caballerosidad patriótica y de un patriotismo hidalgo: Los polizontes, los frailes y los dioses castilas del mundo filipino te han llamado filibustero; así te han calumniado los que por su locura de grandeza, por los intereses de sus bolsillos y por la venda de sus pasiones, son los infatigables sepultureros de la integridad de la patria. Tú les has mostrado quién sabe cumplir con los deberes de un patriota, ó el sabio filipino que renueva los laureles de un gran autor, estadista y campeador de España y llama la atención del gobierno sobre los males de la patria, ó ellos que siembran el odio de raza en el pecho de los Filipinos por sus burlas y expresiones de desprecio irritante.

Ya sabes que te atacará cruelmente la turba de aquellos peninsulares á quienes basta la existencia de un indio instruído para tomarla por un crimen laesae majestatis. Pero si un indio ha entrado en el mundo de los sabios, si ese sabio filipino no sólo cumple con los deberes que tuvieron que cumplir primeramente los peninsulares, sino también censura el proceder de los colonizadores y civilizadores europeos, entonces puede conceptuarse feliz el autor malayo si solamente llueven sobre él el anatema y las maldiciones de todos los que se creen seres superiores, infalibles é intangibles, por el lugar de su nacimiento y por el color enfermizo de su piel.

Pero para ellos no has escrito tu libro; la nueva edición de los Sucesos está dedicada á los sabios y á los patriotas. Ambos círculos te lo agradecerán. No dudo que tus notas, tan eruditas y tan bien pensadas, harán ruido en el mundo europeo. Hace más de 150 años que acabó de generalizarse la justa y cristiana protesta contra las crueldades cometidas por los descubridores europeos en el Mundo Nuevo, protesta de la que fué precursor un noble español, el venerable prelado Las Casas. Ese varón, verdaderamente santo, habló en el nombre de la religión y compasión cristianas, pero no logró otra cosa que el cese del tráfico de los negros esclavos. Los idealistas franceses del siglo pasado protestaron contra el maltratamiento de los hombres colorados, como consecuencia de su idea de que el salvaje y el hombre no civilizado representan el estado inocente del género humano; así á la escuela de Rousseau le pareció el hombre colorado un niño grande, como á varios peninsulares, con la diferencia de que éstos deducen de su teoría el derecho de oprimirlos, mientra que los idealistas franceses pretendieron se aplicase á los niños grandes todo el cariño inagotable é indulgente que profesa el padre á su hijo[1]. Así observamos que ese cariño para con los hombres colorados en su fondo era una manifestación de la locura de grandeza de la raza europea, porque su suposición (errónea) era que, con excepción de la raza blanca, de los Chinos y Japones, todas las otras naciones y razas del mundo son ó salvajes, hombres primitivos ó, por lo menos, hombres á quienes la providencia del Ser Supremo dotó con una inteligencia infantil y limitada. Siguiendo esa teoría y la otra, de que la civilización moderna era un veneno, desearon los idealistas franceses garantizar una tutela paternal y cariñosa, pero con todo, una tutela sempiterna de los hombres colorados. Y llenos de idealismo deseaban que esa tutela fuese tan indulgente y tan benigna que tuviese que permitirlo todo al hombre colorado, mientras que al hombre blanco le tocaba desempeñar el papel de nodriza ó aya del niño, cuya mala conducta tenía que excusar y hasta elogiar. Un buen ejemplo es el alemán Forster. En un islote de la Oceanía oriental le robaron los indígenas (si bien recuerdo) el sombrero. Forster no se quejó de los ladrones; al contrario, se acusó á sí mismo, de haber despertado sentimientos de rapacidad en los naturales, usando un sombrero hermoso. Eso es un tipo para muchos otros. Si se hubieran realizado las ideas de esos ilusos, los hombres de color no tendrían que dar las gracias á sus benévolos protectores, por que éstos se propusieron, no sólo defenderlos contra las brutalidades de nuestra raza, sino también proteger y nutrir aun sus vicios é inmoralidades. La fea desnudez de la realidad acabó con el hermoso sueño de los ilusos, que olvidaron que en el pecho de cada hombre duerme la bestia, aquella bestia que, como los bacilos nocivos se matan por la desinfección, se mata solamente por la generalización de la instrucción. Pero las ilusiones de aquellos entusiastas no quedaron estériles; las ideas de la emancipación de los esclavos se originan de estas ilusiones. Lamento sólo que la nación noble é hidalga, la española, haya cedido los laureles de la emancipación de los hombres negros á una nación que lleva el apellido mercantil: á la inglesa.

En la siguiente época se atacaron las crueldades cometidas por nosotros, los europeos, no por motivos nobles, sino por rivalidades y vanaglorias nacionales. Entonces acusaron los ingleses á los españoles, los alemanes á los portugueses, los holandeses á los franceses, etc., de haber sido bárbaros y crueles con los naturales de sus colonias, mientras se callaron las crueldades cometidas por ellos mismos, ó por malignidad ó por estar cegados con la venda del amor nacional.

La época moderna, en fin, con sus ideas democráticas acabó de mirar con otros ojos á sus hermanos colorados. La nueva generación europea proclama, ó mejor dicho reconoce, no sólo la igualdad de las castas, sino también la de todo el género humano. Para nosotros el hombre colorado no es ya un misterio ó una curiosidad humana; el hombre colorado es el mismo hombre que nosotros; ahora, por la generalización y profundización de las ciencias geográficas, etnológicas é históricas, estamos avergonzados de la época en que negábamos á esos hermanos los derechos de plena humanidad; ahora lamentamos los errores, los crímenes, las miserias que manchan las páginas de la historia de la raza europea. Ahora confesamos con la franqueza de un pecador arrepentido esa nuestra culpa, y como la generación moderna no es una generación ilusa sino una generación activa, tendemos los brazos á nuestros hermanos pidiendo nos perdonen las culpas de nuestros antepasados y procuramos reparar los errores y crímenes de los siglos transcurridos.

Así pues, tus observaciones sobre el proceder de los conquistadores y civilizadores europeos no son nuevas en lo general para el historiador. Especialmente los Alemanes trataron este tema casi en la misma forma que tú, y no me diga nadie que los Alemanes pueden hablar de las crueldades cometidas por las demás naciones, porque no hayan tenido colonias, pues el Emperador Carlos V entregó á la casa de los banqueros de Ausburgo, á los Welser (los Balzaros de los Españoles) el territorio que hoy se llama la República de Venezuela, y aunque el dominio alemán se sostuvo solamente por pocos años, las crueldades alemanas no se distinguieron en nada de las cometidas por otras naciones, y justamente los historiadores alemanes condenan con la mayor dureza los crímenes de sus connacionales. Así en general las acusaciones de tus notas no son una novedad. Pero sin duda nos interesa mucho como se presenta á los descendientes de los maltratados, á las víctimas de la intolerancia europea el cuadro de aquellos días de descubrimientos y civilizaciones. Naturalmente he encontrado que has pintado desde otros puntos de vista que nosotros y que tú has descubierto cosas que se han escapado á la atención de los europeos, porque aún los más imparciales de nosotros no pudieron renunciar á todas las preocupaciones inveteradas de raza y naciones. Y estos nuevos puntos de vista dan á tus notas un valor no perecedero, un valor innegable aun para los que sueñan con una superioridad inaccesible de su raza ó nación. Con entusiasmo saludará tus eruditas anotaciones el sabio, con gratitud y respeto el político colonial. De aquellas líneas corre un mar de serias observaciones en igual modo interesantes y trascendentales para los historiadores y ministros de Ultramar.

La gran estimación de tus notas no me impide confesar que más de una vez he observado que participas del error de muchos historiadores modernos, que censuran los hechos de siglos pasados según conceptos que corresponden á las ideas contemporáneas. Esto no debe ser. El historiador debe no imputar á los hombres del siglo xvi el ancho horizonte de las ideas que conmueven al siglo xix. Lo segundo con que no estoy conforme, son algunos desahogos contra el catolicismo; creo que no en la religión, sino en el proceder duro y en los abusos de muchos sacerdotes deben buscarse el origen de muchos sucesos lamentables para la religión, para España y para el buen nombre de la raza europea.

Hasta ahora he hablado solamente de tus notas históricas; ya la lectura de ellas inspira mucho interés á todo hombre que se dedica al estudio científico ó político del régimen colonial, tanto de los españoles como de los demás europeos. Este interés se aumenta naturalmente, cuando hablas de los asuntos actuales, defendiendo á tus compatriotas y censurando el mal estado del país. Estas anotaciones las recomiendo á la lectura de todos los peninsulares que aman á Filipinas y desean la conservación del archipiélago. Aun aquellos que niegan al indio la naturaleza é inteligencia humana deben leer esas líneas en que un indio habla de los errores y de las ilusiones de los seres superiores. No espero que esos semidioses puedan curarse de sus preocupaciones; para ellos es tu obra como tu novela tagala: un mene, tekel, upharsin.

Pero — gracias á Dios — hay bastante número de peninsulares que no necesitan la operación de la catarata ni padecen la gota serena, y éstos seguirán con atención tus indicaciones. Cada hombre ilustrado sabe ahora que en las cuestiones del régimen colonial se verifica el adagio francés: Les jours de fête sont passés. La explotación brutal de los indígenas no encuentra ahora pretextos bastantes para aplacar la muy sensible moralidad pública de la generación contemporánea. Ni la religión, ni la civilización, ni la gloria de reyes y naciones permiten ahora convertir á los naturales en criados sin derechos, sin libertades. Aun aquellos estados que fundan su régimen colonial sobre el prestigio de su raza, cuidan con muchísimo cuidado de no ofender los sentimientos de los dominados, porque saben bien que las colonias no pueden conservarse si la madre patria no sabe inspirar á sus hijos de Ultramar, si no cariño, por lo menos el respeto que manifiesta un contrayente á otro que, á decir verdad, disputa la mayor parte de las ventajas del Contrato, pero que por lo menos lo guarda con escrupulosidad en todos sus puntos. Imposible es ahora mirar á las colonias como á un pingüe pasto para los aventureros ó para los enfants perdus de la madre patria. Los mejores hombres y los mejores talentos, los más nobles caracteres deben salir para los empleos de Ultramar, para poder así servir como adalides y mantenedores de la integridad de la patria, y para restaurar, no el prestigio, sino el buen nombre de la raza europea.

Las Filipinas forman una colonia sui generis, pobladas de millones de hombres cuya religión es la nuestra, cuya civilización es hija de la nuestra y cuyas diversas naciones se amalgaman por el ligamento del idioma castellano. Esos millones aspiran ahora, por la voz de sus más ilustrados hijos, á la asimilación de su país á la madre patria y esperan, no de la magnanimidad y nobleza de la nación, sino de su justicia y prudencia, la redención del país y la garantía de la integridad de la patria. Las mejores reformas que se introducen quedarán estériles, si en Filipinas continúan con la política del terrorismo gubernativo, poniendo en peligro la libertad de cada Filipino liberal y sofocando brutalmente la discusión pública de los males de la patria. La misma política fué en Rusia la creadora del nihilismo y será en Filipinas indiscutiblemente la madrina de las ideas separatistas. Así la política de hoy sirve solamente para comprometer el dominio español. La desgracia de España y de Filipinas es que la mayoría de los españoles no quieren reconocer esa verdad. Los unos no pueden reconocerlo por intereses egoístas; los otros porque viven de ilusiones ó miran con la decantada indiferencia nacional á los países de Ultramar. A los primeros pertenecen los frailes y aquellos empleados que no gobiernan ó administran el país, sino explotan á sus habitantes. Toda españolización y asimilación de los Filipinos ó de las Filipinas turba los círculos de aquellas castas predominantes y poderosas. Para ellos la divisa «¡Filipinas para España!» tiene el sentido de «el oro filipino á nuestros bolsillos». Temen la discusión de sus abusos en la prensa del país y en las Cortes del Reino; así trabajan con toda la fuerza del alma y del oro para fomentar el recelo tradicional de los demás peninsulares, dando pábulo á ese desgraciado é histérico recelo por medio de calumnias, que inutilizan cada movimiento verdaderamente español de los Filipinos denunciándolo de filibusterismo. No creo que todos los partidarios de esta liga antifilipina estén tan obcecados por sus pasiones que no vean las consecuencias de su proceder: la inevitable separación de las Filipinas, ó por lo menos una serie de levantamientos que costarán mucha sangre y mucho más dinero á España; pero tal vez confían en lo: Après nous le déluge, pues saben por la Santa Escritura que los pecados de los padres recaen sobre los hijos hasta la cuarta generación. Los frailes por lo menos saben bien que su poder, su dominio caerá seguramente con ó contra la voluntad de España; y así procuran por todos los medios y con ayuda de piae fraudes prolongar el término de su caída. Si ésta se efectuase contra la voluntad de España, id est, por medio de la separación del país, nada les importaría, pues las órdenes de S. Agustín, Sto. Domingo y S. Francisco son internacionales y quedan Agustinos, Dominicos, aún si Filipinas no quedase como territorio español, y en este caso los frailes ó hacen un convenio con los Filipinos ó emigran al punto que les indique su general, residente en Roma. Si los frailes consintiesen en la asimilación filipina, harían un acto patriótico, pero un acto muy imprudente respecto á los intereses de sus intereses. Las ideas del fraile son las siguientes: «Si consentimos en la asimilación, la consecuencia será que los diputados filipinos pedirán y conseguirán la expulsión de los frailes filipinos; así sería un suicidio consentir en la representación parlamentaria de Filipinas y otros atributos de la asimilación; si aprovechamos la ignorancia del estado del país, que reina en los círculos del gobierno central, podemos retardar por lo menos para algunos años nuestra caída en provecho de nuestros bolsillos.» Los Filipinos radicales contribuyeron mucho para fomentar esa táctica frailera, porque proclamaban la parole: «¡Fuera los frailes!» poniendo así á los frailes ante el dilema: ó voluntariamente y al instante renunciar, no sólo á su influjo omnipotente, sino también á todos sus bienes temporales (que no les parecen cosa baladí) ó retardar su ruina á costa de la integridad de la patria y del bienestar de las Filipinas. Así fueron los Filipinos radicales quienes, adoptando la intolerancia de los frailes, les obligaron á seguir el adagio latino oderint, dum metuant. La lógica de los empleados explotantes es idéntica á la de los frailes. La asimilación es para ellos su ruina, y naturalmente los intereses del estómago son mayores que los intereses de la patria. Así cuentan las Filipinas con un ejército de enemigos, tanto más temibles, cuanto que en España tienen fama de ser los sostenes, los únicos sostenes del dominio español y los conocedores del país. Según mi modesto parecer, los empleados explotantes forman un partido intransigente, mientras que los frailes renunciarían á mucho, si se les garantizase el resto.

He dicho que los adversarios de la asimilación de Filipinas cuentan con un gran número de ilusos. Entre ellos figuran en primer lugar los que padecen de la locura de grandeza de la raza europea. Á ellos repugna todo que no huele á su patria. El clima y el arte de cocina les parecen un infierno, y las narices y el color de la piel de los Filipinos malayos y mestizos les causan horror. Es verdad que esos desgraciados representantes de nuestra raza europea no pertenecen á la haute volée de la clase ilustrada, pero en cuestiones políticas no juegan el primer papel los más ilustrados; así tenemos que contar aún con estos ejemplares del genus humanum. Pertenecen á la clase intransigente, porque de gustibus non est disputandum, y es una desgracia para España que esa clase sea muy numerosa. Culpa del gobierno de la metrópoli es, porque, desde la escuela no supo inspirar á la juventud peninsular un cariño activo para sus hermanos oceánicos; se cultiva el peligroso orgullo nacional que es provocador y suicida, pero se olvida implantar en los niños el amor y el entusiasmo para todos los países y todas las razas que forman y pueblan el reino español. Si España no tuviese millones de súbditos colorados, santo y muy bueno que la juventud española se eduque en ilusiones altivas, que todo hombre no español sea un inferior ó repugnante, pero como aun España conserva restos de su antiguo dominio colonial, parece más que imprudente, que jóvenes peninsulares se olviden de que por los menos 1/3 de los súbditos españoles no tienen la dicha fenomenal de haber nacido en la península. Ese orgullo nacional y europeo se presenta muy agresivo é irritante y es el mayor enemigo de España, porque sienta por indiscutible la superioridad de los castilas y no permite ni la realización de las aspiraciones de los Filipinos ni aun la discusión de las cuestiones filipinas en un sentido favorable á los deseos del país. Y esto es tanto más lamentable, cuanto que una favorable solución de la cuestión filipina es segura, siendo solamente inseguro el tiempo y la cuestión de si la solución se realizará con ó contra España. Esto depende de los peninsulares. Si las facciones y costumbres de los Filipinos les parecen tan repugnantes, que no les es posible abrazarlos como hermanos, las Filipinas se separarán sin duda alguna. Un dios castila de Manila, con motivo de mi humilde defensa de tu Noli me tángere enfurecido escribió un articulito en que hay el pasaje: «¿No somos españoles, españoles de buena raza y dispuestos á todos los sacrificios?» Enhorabuena, estoy conforme y espero que esto no sea una frase hueca; el primer deber de un peninsular que desea conservar el país debe ser: sacrificar la locura de grandeza europea y las vanidades nacionales para el bienestar y la integridad de la patria; mas como conozco á esos caballeros, sacrificarán su vida, su dinero y cien Filipinas, Cubas y Puerto Ricos antes que renunciar á sus vanidades, nacionales, como sacrifica el fatuo y arruinado hidalgo á su orgullo y vanidad los pocos bienes que le restan de sus abuelos: trahit quemque sua voluptas, stat pro ratione vanitas. Si el españolismo no quiere convertirse en una charla de niños grandes, los peninsulares tienen que superar su aversión á las narices chatas de los indios y saludarlos como á sus hermanos; si eso no les es posible, autorizan á los Filipinos para que inauguren la guerra de independencia. Los intereses de España merecen más atención que los conceptos estéticos que se forman ciertos señoritos sobre los indios. Repito: las Filipinas pueden conservarse solamente con, jamás contra los Filipinos.

El segundo grupo de los ilusos peninsulares lo forman aquellos que se oponen á las aspiraciones asimiladoras, porque creen ahora inoportuno el tiempo para realizarlas por las siguientes razones : 1.ª, el país cuenta con una inmensidad de razas salvajes; 2.ª, aun los indios cristianos y civilizados en su inmensa mayoría están en un bajo nivel de instrucción y cultura social. Esto es una verdad, pero no impide la realización de las aspiraciones filipinas. La inmensidad de las razas salvajes no importa, porque cuenta con un pequeño número de almas, y los Filipinos no pretenden la extensión de las libertades de la vida constitucional sobre las tribus salvajes. Sí, es verdad, que los indios filipinos por lo general son poco instruídos, pero el ejemplo de Bulgaria prueba que la vida constitucional no depende del número de analfabetos y letrados. Aun es de añadir que ahora no es tiempo de discutir la cuestión por si es ó no mejor retardar el momento de la emancipación constitucional, si no queremos provocar el peligro de: Hispania deliberante Philippinae perierunt. Nadie debe olvidar que el estado actual es insoportable para todo hombre que tiene bastante dignidad en su pecho y aun para el último sementerero, porque donde quiera que mire, ve opresión, injusticia y humillación ofensiva é injuriosa, y sobre esto la imposibilidad de defenderse, porque el último criminal peninsular se cree y se reconoce como superior aún al mejor y más noble hijo del país, mientras que cada Filipino que no se calla y dice ¡amén! á todo acto de despotismo y corrupción de la casta dominante recibe la denominación de filibustero y corre el peligro de ser desterrado, y no sólo él, sino también sus amigos; pues en Filipinas se castiga no sólo el reo, sino también toda su familia, corporal y espiritualmente, como lo demuestran las vejaciones de tu familia. Esa masa pacifica y gobernable oye con mayor gusto lo que le dicen sus ilustrados hijos que lo que le predican los frailes, porque naturalmente tienen más confianza en los hombres de su raza que en los de otra, que siempre hacen gala de superioridad. Así las Filipinas se tomarán su representación parlamentaria y sus derechos de vivir libres y respetados, por medio de la fuerza, si no se les da gratuitamente; pero dudo de que en el primer caso los Filipinos vayan á Madrid como diputados. Seguramente que los ilusos de este grupo confían en el cuadro que pintan del indio los frailes y la mayoría de los escritores peninsulares: los unos lo desfiguran por pasión, los otros porque cegados de su orgullo no conocen que así les espera un muy desagradable despertar.

El tercero y último grupo de los ilusos reúne en sí las ideas de los dos primeros; pero su orgullo nacional y europeo no es exagerado hasta degenerar en locura de grandeza, ni es agresivo ni injurioso; así son mejores que el primer grupo, pero peores que el segundo, porque éste por lo menos promete á las generaciones del porvenir lo que piden las generaciones contemporáneas, mientras el tercer grupo dice: ¡jamás! Lo forman los rutinarios y doctrinarios á quienes les parece que el destino de las colonias consiste en dar empleos y dinero al peninsular, y que los hijos del país tienen que subordinar todos los intereses de su patria, no á los intereses de España, sino al bienestar de un puñado de peninsulares. Como doctrinarios, no se contentan con esta pretensión bastante atrevida é impróvida, sino además exigen la gratitud de los Filipinos porque los seres superiores les permiten nacer, vivir, sufrir, rezar, pagar, y morir todo ad majorem Hispaniae gloriam. Para ser justo, debemos decir que los ilusos del tercer grupo son contrarios á todo género de abusos y jamás permitirán cubrir una ofensa á las leyes y al honor con el prestigio de la raza blanca; pero como sus ideas mismas no son otra cosa que la codificación del abuso del poder y (según los que creen en la superioridad innata de los europeos) del prestigio de nuestra raza, así crean en fin un régimen que pretende de sus empleados justicia y rectitud, mientras que se fundan en una base injusta é inmoral.

Esos tres grupos de ilusos existen en realidad; el primero, lo constituyen muchos peninsulares en Manila; el segundo está representado por la serie de benévolos ministros, á quienes debe el país muchas y loables reformas, pero reformas que en vista del despotismo y territorismo, tienen parecido con un velocípedo excelente que se regala á un prisionero; el tercer grupo encierra en sí un gran número de senadores y diputados peninsulares, y podemos agregar también el general Salamanca en vista de sus discursos en el Senado del Reino. El primero y el tercer grupo son muy eficaces, aunque involuntarios agents provocateurs del filibusterismo, mientras que el segundo funciona como un buen samaritano, que venda las llegas de un herido gladiator para que pronto pueda presentarse de nuevo en la arena ad majus gaudium del pueblo soberano. Los leones y tigres que atacan al gladiator, son los frailes y demás castilas, y el empresario de la función es el tercer grupo de los ilusos peninsulares.

Aunque parece una paradoja, yo creo que los indiferentes entre los peninsulares forman la esperanza del país que como no tienen preocupaciones antifilipinas, es de suponer que un día fraternicen con los de la colonia, si se informan del verdadero estado de ella. Pero para esto se necesita también la ayuda del gobierno cuidando que ya la juventud del reino se informe y se instruya en la geografía y etnografía de Filipinas. Es muy triste, y quizás más que triste, observar que la juventud de países que no tienen colonias como mi patria austríaca, está mejor instruida en general sobre Filipinas que la juventud y (en parte) hasta la burocracia peninsular. Es tristísimo, y quizás más que tristísimo, que España que reina sobre 6 ú 8 millones de malayos, no tenga ni un colegio ni una academia malaya ú oriental (los seminarios de los frailes son empresas exclusivas de corporaciones particulares é internacionales); es imprudente, y quizás más que imprudente, que los empleados de Filipinos funcionen como aprendices, pues no entienden los idiomas y las ideas de sus súbditos, no pudiendo salir del estado de aprendices porque aún cuando no les tocase la cesantía, permanecen pocos años (¡los gobernadores un trienio!) en su destino. Es una monstruosidad de consecuencias trascendentales, si cada petition of Right de los Filipinos se considera como un acto filibustero, que compromete la integridad de la patria. Todo eso sirve solamente para dar pábulo al filibusterismo y para separar á la colonia de su metrópoli. Todos los enemigos y adversarios de la asimilación de los Filipinos conseguirán lo mismo que consiguieron los consejeros del Rey Carlos X de Francia en el año de 1830.

Estas observaciones son el fruto de la lectura de tus notas, y es el deseo de mi alma que tu libro encuentre en España un círculo de lectores que no se deshagan en imprecaciones, sino que sepan deducir de la lectura, que los Filipinos de la realidad no corresponden al desfigurado retrato que pintan los frailes y vuestros enemigos. Si entonces no atienden á los Filipinos, las Filipinas se perderán, pero por culpa de ellos. Pretenden ser nobles y no saben ser justos; pretenden ser una nación superior, y no entienden seguir una política prudente; temen las ideas separatistas y obligan á los Filipinos á buscar su refugio en la revolución. Dios quiera que no se realicen estas profecías; pero parece que á los gobiernos de España les falta la aptitud de lo parta tueri: habent sua fata non solum libelli, sed etiam regna.

Al fin reitero las expresiones de gratitud por el precioso regalo con que has favorecido á tu país, á tu patria y á todo el mundo civilizado. Espero que sigas en tus estudios que honran á España y a Filipinas y glorifican tu nombre, y con él el nombre tagalog.

Concluyo estas líneas deseando justicia para tu obra.


Leitmeritz (Austria).

9 Noviembre 1889.






  1. Es de notar que la legislación de las Indias españolas tuvo las mismas tendencias de cariño y protección, pero por desgracia los ejecutores no siguieron las intenciones de los legisladores.