Semblanza de Manzanedo

MANZANEDO.




Otro le llamaría el Duque de Santoña.

Yo creo, sin embargo, que en el fondo de su conciencia prefería llamarse Manzanedo.

No se renuncia por gusto al nombre que ha producido la fortuna y la estimación de las gentes.

La vanidad, el mundo, acaso la familia, llevan á la nobleza á veces á un hombre que sería más simpático á la multitud si dejara encomendado á sus albaceas que pusieran sobre su tumba estas palabras:

Fulano de Tal,
trabajador toda su vida.

Porque. ... después de todo, ¿qué más da llamarse duque ó llamarse Pérez? Mientras no se me pruebe que quien me da el ducado vale personalmente, por lo menos tanto como yo, no sé hasta qué punto debo recibir ésta que llaman distinción, sin serlo más que en el nombre, de manos de quien con ella me obliga á ser devoto suyo.

Sobre la tumba de Newton quiso alguien poner

X + Am

fórmula del binomio eterno en los fastos del álgebra superior; y esto es más grato á la humanidad que si á Newton le hubiesen dado un condado en vida.

Llamo, pues, Manzanedo al Duque de Santoña, cuyo discurso al cubrirse como Grande de España (otra antigualla de nuestra atrasadísima España) fué objeto de tantos comentarios, porque el mundo moderno, que se compone de comerciantes, banqueros, industriales, periodistas, pintores, músicos, ingenieros, individuos, en fin, dueños de su tiempo, no comprendía aquel afán de probar nobleza de sangre en los antecesores de un honrado industrial, cuando precisamente por industrial se le daba ingreso en la nobleza.

Pero él se empeñó en ser duque además de marqués, y le dimos la enhorabuena. Dichoso él que es feliz con tan poca cosa. De todos los banqueros españoles, ninguno más en evidencia de veinte años acá.

Terminada la popularidad legítima de Salamanca, comenzó la popularidad forzada de Manzanedo.

La multitud necesita siempre un banquero, como necesita un hombre de Estado, un pintor ó un poeta, para ocuparse de él á todas horas, ya con elogio, ya con dureza. Manzanedo ha conseguido largamente ambas cosas.

Su inmensa fortuna produce, como es natural, odios, envidias y observaciones insolentes.

El dinero que se adquiere en las artes no molesta á nadie. Los políticos y los hombres de negocios tienen siempre en contra al resto de la humanidad, que no concibe, por ejemplo, la ganancia de un millón en media hora. A nadie se le ocurre denostar á la Patti porque gana en una noche diez mil francos; pero el obrero que compone un cristal roto en él palacio de Sintoña y no cobra por aquel cristal más que ocho reales, detesta y murmura entre dientes del dueño de la casa, si sabe que ha sido obrero como él; porque el vidriero no espera cantar nunca una ópera, pero cree que tiene el mismo derecho que su igual para ganar seiscientos millones.

Y sin embargo, hay que reconocer, siendo verdaderamente imparcial, que no se llega á una fortuna colosal sin una gran inteligencia. Inteligencia limitada, circunscrita á los negocios y nada más, pero no por eso menos respetable.

Veces hay en que yo preferiría saber hacer un clavel artificial á escribir un drama.

Manzanedo, como vecino de Madrid, es un ser vulgarísimo; con lo que él ignora publicaría yo una Enciclopedia á ninguna otra parecida; pero su fortuna, que tantos comentarios merece, no se hace siendo tonto.

Hay que considerarle, pues, no como aficionado á cuadros, ni como coleccionador de cachivaches, sino como banquero.

Dicen, y creo que la voz del pueblo no se engaña, que le inspira su esposa, y que por eso ha llegado á ser lo que es.

Es, en efecto, mujer extraordinaria, á ninguna otra parecida, dotada de todas las grandes condiciones para llegar á cuanto se proponga. En la política, en los negocios, en cuanto puso mano, logró siempre vencer. Sabe ser rica, porque es espléndida y es caritativa. Sus bailes eclipsan á los de la nobleza rancia; pero si el pueblo comenta estas grandes fiestas, donde el vino del Rhin corre á grandes mares, y las trufas colosales ruedan por el suelo como en un festín de Cleopatra, en cambio admira la obra piadosa y colosal llevada á cabo por la Duquesa, fundando un hospital de niños donde el obrero puede ver cuidados y asistidos los hijos de su alma mejor que en el seno de la familia. Esto inmortaliza á una mujer, y esta mujer es digna de la estimación general.

Hay, pues, en esta española excepcional, representante de la riqueza moderna en nuestro país, algo que se refleja en las grandes empresas de su marido, el cual, con todos sus defectos de vulgaridad y de ignorancia, no deja por eso de ser una necesidad de la vida moderna. ¿Qué serían los Gobiernos, las grandes industrias, las artes y el comercio, sin estos monstruos del oro á quienes directa ó indirectamente acuden grandes y pequeños?

Sólo él pudo haber llevado á cabo empresa tan extraordinaria como la del muelle de Santander; sólo con su fortuna se puede hacer ganar al comercio madrileño lo que representa de coste aquel museo de preciosidades que acaso con exceso adorna el palacio de la calle del Príncipe.

Eso sí, como literato no tiene precio. Cuando estaba acabándose la construcción de su palacio, cuentan (y la verdad en su lugar) que le dijo á un amigo:

— ¡Será magnifico! Ahora me van á poner dos leones de Cánovas en la escalera.