Sancho Saldaña: 20

Sancho Saldaña
de José de Espronceda
Capítulo XX

Capítulo XX

Quién a la ropa y quién al cofre aguija,
quién abre, quién desquicia y desencaja,
quién no deja fardel ni baratija,
quién contiende, quién riñe, quién baraja,
quién alega y se mete a la partija.
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ERCILLA, Araucana



El lector se acordará del llano o plaza de arena en que Usdróbal fue presentado por el Velludo a los honrados habitantes del bosque, sus servidores, y en donde tomó a su cargo el piadoso Zacarías educarle como convenía para el ejercicio que había abrazado. Pues minuto más o menos a aquella misma hora y en aquel mismo sitio algunos días después de la aventura del capitán con la maga, estaban reunidos varios individuos de la partida, no razonando alegremente unos con otros, ni trasegando el alma de algún pellejo de vino a sus insaciables estómagos, según costumbre, ni admitiendo en su seno ningún joven cuya noble alma no pudiera sufrir el peso de la ociosidad, sino muy solícitos y divertidos en aligerar el peso de las maletas y faltriqueras de una tropa de viajeros que por su mal habían acertado a encontrarse con ellos en aquel desierto.

Cuatro eran los caminantes, y todos parecían por su traje ser gente comerciante que, como era entonces uso, llevaban de pueblo en pueblo sus mercancías trocándolas por otras o por dinero en los mercados públicos, y sólo se distinguían de los que llaman buhoneros en que en vez de llevarlos a cuestas y caminar a pie, sus fardos iban a lomo sobre una mula, y ellos montados en sendos animales de la misma raza. Pero en el momento que se trata, los bandoleros, compadecidos sin duda de la enorme carga que oprimía y fatigaba a las pobres bestias, habían hecho apear de sus cabalgaduras a los malaventurados viandantes, y aliviado de su desmedida carga a la que llevaba delante guiándola del ronzal un mozo de pocos años que iba allí de espolique.

Habíalos visto desde los pinares el compungido Zacarías, que avisó al momento a sus compañeros sin cambiar su mística fisonomía, y sin dejar de rezar al mismo tiempo, mandándoles que estuviesen alerta para sorprenderlos.

-Hijos míos -les dijo-, ahí viene una raza de pecadores de aquellos que el Señor ha dicho pulvis eris et in pulvere reverteris; de judíos digo, pueblo, como sabéis, maldito y cuyos bienes podemos confiscar a nuestro favor sin el más pequeño remordimiento y cumpliendo con nuestro deber. Son cuatro hebreos, enemigos de toda bolsa cristiana, cuatro sanguijuelas hidrópicas de la sangre del justo -y pasó una cuenta a su rosario murmurando un Pater noster al mismo tiempo.

-Voto a Deu -respondió el catalán, que helos que se dirijan aquí, y me importa a mi lo matéis que un trago de vino si son cristianos o judíos, con tal que traigan dinero.

-Buena mula es la que viene delante -dijo el bizco-, y por las barbas del Cid, que no se puede mover de cargada.

-Manos a la obra -gritaron los otros, y se pusieron todos en movimiento.

-Silencio, hijos míos, y mucha caridad sobre todo y que no vayan al otro mundo sin confesión; ya que Dios los trae aquí yo me encargo de convertirlos si son judíos, como es regular.

-Dos por aquí -mandó con su voz áspera el catalán, señalando a la derecha-, cuatro a la izquierda y los demás conmigo: yo voy delante.

-Domine exaudi mihi -dijo Zacarías, y echó mano a su cuchillo sin dejar el rosario, andando al lado del catalán-: Dios ponga tiento en nuestras manos y perdone nuestros pecados.

-Voto va Deu, ¡a ellos! -gritó Urgel desaforadamente a tiempo que casi iban los viajeros a tropezar con ellos, todavía sin haberlos visto a causa de la espesura del bosque.

El primero que rompía la marcha era el mozo de espuela, que muy descuidado de la que le esperaba venía alegremente silbando, y que apenas oyó el grito de a ellos cuando sintió un garrotazo sobre la frente tan descomunal y tremendo, que cayó en tierra con la cabeza abierta y bañado en sangre. Fue el primer saludo con que se explicó el formidable catalán antes de decir palabra. Zacarías echó mano al ronzal de la mula, que, espantada con el porrazo y la airada presencia del apaleador, se había levantado de manos y trataba de volver grupas. Estaba el buen anacoreta destellando avaricia por los ojos, rezando muy aprisa, y señor ya de la carga que era el blanco de sus más fervorosas súplicas.

Esta fue la señal de la arremetida, y los demás emboscados a derecha e izquierda, cayeron como halcones sobre su presa con los alfanjes y las espadas en la mano, dando gritos y dispuestos a asesinar al primero que se resistiese. El catalán, que disfrutaba tanto placer en pegar como en robar, puesta en alto su partesana, se arrojó en seguida de haber derribado al mozo sobre los desdichados mercaderes, que al ver caer sobre ellos aquella nube de forajidos no sabían qué hacerse, y ni hacían muestra de rendirse, ni de huir, ni de defenderse. Alguno, cuya cabalgadura no estaba acostumbrada a niñerías semejantes, no pudiendo resistir sus corcovos, dio consigo una caída, que los vencedores tomaron por una señal clara de su sumisión. En efecto, todos ellos eran gente pacífica y mal avenida con todo género de refriegas, por lo que el triunfo no fue muy costoso ni tardó en decidirse por los bandidos más tiempo del que tardaron en hacerlos echar pie a tierra y atarlos a los árboles que formaban la plaza.

-Amigos -gritaba uno de los viajeros, que era precisamente al que había derribado su mula, calvo con sólo algunos mechones blancos en la cabeza, pequeño de cuerpo y flaco, cara larga, nariz aguileña, ojos negros, pero sin brillo, y la barba cana y poblada-, amigos míos, no tenéis necesidad de atarnos, nosotros no nos hemos de defender, y os daremos de buena gana cuanto traemos sin que tengáis que decirnos siquiera una mala palabra.

-Raza descreída -repuso Zacarías con su voz de vieja-, tú eres de los que ataron a una columna a nuestro Redentor; cuida que si no fuera porque pienso hacer de ti un cristiano tan santo como el que más, cuando hayas vuelto a cada uno de por sí lo mucho que habrás robado, y que es por lo que has de empezar ahora mismo, cuida que no se les ponga en la idea a estos honrados hermanos abrirte las carnes a azotes por ladrón, como casi me dan intenciones de aconsejárselo: quia tu es ad verberandum.

-Veo amigo lad... quiero decir, buen hombre -respondió el viejo con serenidad-, que nos tratas mal sin merecerlo, y que partes de un principio erróneo dando por cierto lo que es enteramente falso.

-Al diablo tanto parlar, voto a Deu -gritó el catalán-: ¿qué hacéis sin catar de lo que traigan esos borrachos?

-Has de saber, santo varón -gritaba el mercader viejo-, que aquí no viene ningún judío, sino que somos gente pacífica que vamos a nuestro comercio.

-Pues entonces, hijo mío -le respondió Zacarías, registrándole al mismo tiempo-, perdona por Dios esta ofensa que te he hecho contra mi voluntad, y suelta el dinero que traigas contigo por amor de él, y como ordena la caridad cristiana.

-Pardiez, que esta es buena gente -gritaba el bizco al tiempo que él y otros tres descargaban la mula que traía las mercancías-. No parece si no que están estos cajones llenos de plomo, según lo que pesan.

-Eso será hierro sin duda -añadió el veterano de la cara cortada-, que o el sonido me engaña mucho, o lo que va dentro son sedas y lienzos como yo soy turco.

-No lo creáis, buenas gentes: son algunas telas de poco valor lo que ahí va que para nada os sirven -les gritó el viajero-; regalos que yo llevaba a Valladolid para su alteza don Sancho IV, rey de Castilla: los enviaba el señor de Aguilar con algunas otras bujerías.

-Tanto mejor, voto a Deu -gritó el catalán-; el rey de Castilla non pas tindrá eso que dices, y haz cuenta que lo has portat per nosaltros.

-Sí, pero temed el enojo del rey -replicó el viejo, a quien ya habían enteramente desvalijado, así como a sus compañeros, y que tenía al parecer mucho interés en que no viesen lo que venía en los cajones-; ya veis -prosiguió-, yo lo digo por vuestro bien. Cuenta con lo que hacéis con lo que pertenece a su alteza; ahí tenéis lo mío y lo de mis compañeros; con eso podéis hacer lo que queráis sin miedo, quedaros con ello o devolvérnoslo; pero el regalo del señor de Aguilar...

-Anda tú, el rey y el señor de Aguilar a los infiernos -respondió el de la cara cortada-. Abrámoslo de una vez, que todo lo más que harán si nos prenden será ahorcarnos, y eso que robemos o no robemos al rey habrá de suceder lo mismo.

-Tienes razón -dijo el bizco-, y a más que morir ahorcado es una muerte en que se adelanta para subir al cielo todo lo que falta para llegar con los pies al suelo, y ya que lo han de colgar a uno, que no sea por una niñería, sino por haber hecho algo que merezca contarse.

-Abrid los cajones de una vez, y basta ya de charla -gritó otro.

Empezaron a descargar golpes sobre las cajas muy de prisa y con toda su fuerza, y ya empezaban a saltar astillas y a crujir las tablas, a despecho de los consejos que continuaba dándoles el viajero, y de sus gritos, súplicas y amenazas, cuando Zacarías, que hasta entonces había estado hincado de rodillas rezando, y empleado asimismo en desliar, registrar, inquirir y escudriñar pliegue por pliegue y muy detenidamente un gabán o alforja que traía el caminante, se levantó después de haber escondido debajo de todo, a un lado, un cajón de boj, largo de una vara y con molduras de plata en los extremos, cerrado con un resorte que él no entendía; y dejando para luego enterarse de lo que había dentro, hizo a los otros que suspendiesen su faena, pidiendo que se dispusiese en concilio lo que había de hacerse.

-Hijos míos -les dijo-, por todos los apóstoles juntos os ruego humildemente que pongáis atención en las palabras de ese buen viajero que está ahí atado, y que hoy ha ganado el cielo por la mansedumbre y generosidad conque nos ha entregado voluntariamente lo que traía superfluo, para socorrer nuestras necesidades. Vedle ahí, que se desgañita rogándonos que no se toque el regalo que lleva para el ungido; vedle ahí, que me parece que en este poco tiempo se ha puesto más flaco aún y más viejo que cuando llegó, y se ha achicado una cuarta. Tened paciencia, hijos míos, y no me interrumpáis, que nadie nos corre, y menester es tenerla en las adversidades. Oídme hasta el fin, y juzgaréis. Ya veis, amados hijos de mi ternura, que nuestro cristiano capitán no está aquí ahora, y que es antigua usanza entre nosotros, cuando aquel santo varón (bendígale Dios) no se halla presente, tomar el parecer de cada uno, y que todo el mundo dé francamente su opinión. La mía, pues, es de que se abran las cajas, y Dios nos dé aquí paz y después gloria.

-Pues a fe mía que ya podían estar abiertas, y para eso -repuso el bizco-, no había necesidad de predicarnos ningún sermón.

-Voto a Deu, que no oiga yo más discursos.

-Ni yo, ni yo -gritaron todos, y se dispusieron a empezar de nuevo con más empeño.

-Con todo -gritó Zacarías, con un chillido agudo como el de un pito-, oídme. Puede el viajero o alguno de sus cofrades ofrecerse en pío sacrificio en lugar de esas cajas, y con tal que esté dispuesto a sufrir sobre su cuerpo los golpes que ellas habían de llevar, soy de opinión de hacerles esta obra de misericordia, y que se atienda a sus ruegos.

Una ruidosa carcajada aplaudió esta sabia determinación del benéfico Zacarías, y el pobre robado y sus compañeros empezaron a temblar y dar diente con diente, temerosos de sufrir la pena a que los condenaba, en caso de quedarse libres las mercancías de todo daño y embargo.

-¿Tuerces el hocico, mal hombre? -prosiguió Zacarías-. Yo que había pensado en enviarte hoy al cielo porque creí que ahora te irías allá derecho, tomando todo cuanto aquí se hiciera por bien de tu alma, y en penitencia de tus pecados, y ahora no parece sino que te causa cierto disgusto mi buena intención. Ea, muchachos, puesto que nuestra opinión es una misma, manos a la obra, y a trabajar con la ayuda de Dios, mientras yo convierto a este impío, hombre sin fe y sin resignación.

No aguardaron los acólitos del mal ladrón a oír hasta el fin su arenga, sino que llenos de brío empezaron a golpear tan de firme y tan a prisa, que a poco tiempo no quedó tabla de las que formaban las cajas, que no hubiese saltado hecha piezas. Pero cuál fue su asombro cuando en vez de los magníficos dones que pensaban hallar, enviados al rey por uno de los ricoshombres de más fama, vieron rodar por el campo, en montón y con grande estrépito, una porción de yelmos, corazas y otras armas defensivas y ofensivas de que venían preñadas la cajas, y que en su hechura y artificio más parecían propias para soldados, que para regalar a un monarca.

-Por San Cosme bendito -dijo uno de los bandidos-, que tanto puchero de hierro como viene aquí, no será para que ponga el rey la olla, ni para eso se los enviará ese señor.

-Vive Dios que las mercancías son de gusto, y que más seguro va en estos tiempos un hombre con un traje como éste que con un vestido de seda.

-Voto a Deu -añadió el catalán, tomando un casco en la mano-, que más vale guarir así el cap que con un bonete de cuero.

Y arrojó el que llevaba en la cabeza y se caló en su lugar el yelmo.

Pero nada igualó al asombro de Zacarías, que habiendo abierto por fin la caja de boj en que esperaba hallar por lo menos algunas joyas de raro valor, y que con mucho cuidado había tratado de ocultar a sus compañeros, para no tener que partir con ellos, halló dos cosas entre otras varias, capaces de trastornar el juicio más sano del hombre más entendido de aquellos tiempos.

Era una de ellas una bola de cristal muy pequeña, dentro de la cual vivía y al parecer se agitaba un animal disforme, un elefante de desmesurada grandeza, un demonio sin duda, porque sólo un demonio podía habitar en tu pequeño espacio, infinitamente reducido para dar cabida a tan desproporcionada y extraña bestia. Sus ojos, de extraordinario tamaño, parecían quererse tragar al que lo miraba; su trompa inmensa podía sin trabajo alguno sepultar un hombre de una vez en su vientre; su piel, de un color oscuro con algunas manchas, era sin duda impenetrable al arma más bien templada; y una infinidad de pies y piernas sostenían como columnas aquella mole ponderosa que al mismo tiempo gozaba sin duda de tanta comodidad en aquella estrecha vivienda, como si se hallase en un anchuroso palacio. No creyó menos Zacarías sino que allí estaba encerrado algún diablo, y tirando la bola de cristal con la prontitud de aquel que se quema, se hincó de rodillas, se persignó mil veces, besó el suelo, y empezó a rezar y a darse golpes de pecho con la mayor devoción, pidiendo a Dios que apartase aquel mal espíritu de su presencia.

Era la otra una varita de hierro con un ruedo de metal a un extremo, fija en un punto dado de un esqueleto de reloj, y que lo mismo fue sacarla, al impulso que recibió principió a ondular a un lado y a otro por sí sola con movimiento muy concertado.

-¿No os lo dije yo que era un judío? Hermanos míos, este hombre tiene hecho pacto con el demonio -gritó Zacarías pálido de temor-; aquí lo tiene encerrado, es menester matarlo, hacerlo quemar aquí mismo.

Acudieron todos a ver qué era lo que hacía dar tantos gritos y salir fuera de sus casillas al hombre de sangre más fría que había entre ellos, espantados todos de verle tan fuera de sí, y algunos creídos que había perdido la cabeza completamente.

-¿Qué diablos tenéis, maestro Zacarías -preguntó el veterano-, que no parece sino que habéis tenido una visión del infierno, y que os habéis vuelto loco?

-Y como que he tenido una visión -respondió Zacarías-: de profundis clamavit miserere mei domine secundum... secundum... ¡memoria! ¡memoria! ¡Ah! Miserrima civitas. Eso es -se dijo a sí mismo como satisfecho de haber atinado con el texto-. Lo he visto, señor Tinieblas, y vos lo podéis ver si queréis; ahí está, si tenéis ánimo para tomarlo en la mano... Es menester quemar a este hombre: es judío y mágico.

-Vade retro -respondió Tinieblas sin atreverse a mirar a donde señalaba Zacarías con la mano-; la Virgen Santa me valga, que no quiero yo nada con esa gente. No hay duda, es menester quemar a este hombre.

Difícil es que ninguno de nuestros lectores pueda formarse idea exacta de lo que pasaba en el alma de los viajeros, especialmente del que parecía más principal, y que era el que estaba más en peligro. Todo el mundo le miraba ya con horror, le maldecía, y hasta el mejor intencionado de los bandidos deseaba ya verle arder y se preparaba a derribar árboles y a formar la hoguera. En vano el pobre hombre se esforzaba a persuadirles que aquel animal tan estupendo y prodigioso no era más que una pulga, en vano pedía que no le rompiesen el hierro que andaba solo, pues no era sino un reloj, como cualquiera otro, de sol, sino que de distinta construcción y hechura, en vano les rogaba encarecidamente que no le matasen, y les ofrecía montones de oro por su rescate, que un momento antes les hubiera hecho abrir tanto ojo: todo era inútil; promesas, ruegos, amenazas, lágrimas, nada podía ablandar aquellos corazones de piedra, y era lo bueno que los más de ellos aún no sabían por qué era aquella ansia que había de quemar a aquel hombre, ni se cuidaban de preguntarlo, y eran los que más voceaban y le maldecían, y empezaban ya a partir leña.

Con todo, el alboroto llegó a su colmo cuando el catalán tomó en la mano el funesto cristal, y mil diversas caricaturas, unas de susto, otras de horror, la boca abierta, los ojos desencajados, los pelos tiesos, se pararon a mirarlos atónitos y fríos de lo que veían.

Él sólo tuvo valor para cogerlo con la mano, y levantando el brazo en alto para que todo el mundo pudiera ver aquel tan prodigioso hechizo, pálido y persignándose al mismo tiempo, hubo un momento de estupor general en todos, y no parecía sino que de veras habían quedado encantados, según el silencio que guardaban y la inmovilidad en que sus cuerpos por largo rato estuvieron.

Pero luego que dio lugar el pasmo y asombro del primer momento a la reflexión, y cada uno echó sus cálculos allá entre sí, y pesó y examinó la enormidad del crimen, y con lo que añadía cada cual de suyo y el odio natural en toda alma cristiana contra la brujería y el demonio, se irritó la cólera de aquella gente feroz, que, sin verdadera religión, estaban llenos de todas las supersticiones posibles, empezó un murmullo semejante al que hacen los árboles del bosque en señal del huracán que se acerca, y luego alzaron el grito, y todos corrieron a hacinar leña para formar la hoguera.

-Es menester quemar esa bestia -gritaba uno.

-Y a ese viejo judío con ella -decía otro.

-Y a los otros tres con él.

-Y al mozo de mulas.

-Y las mulas, y los cajones, y las armas -añadía el bizco.

-Voto a Deu, y los potingues que ahí trae -proseguía el catalán.

-Y esos librotes viejos, y los papeles, y sus almas, que se las lleve el demonio.

-Y todo por la gloria de Dios -concluía Zacarías, que no hacía sino rezar al mismo tiempo que colocaba en buena disposición la leña que iban cortando los otros.

-Dios de Jacob, padre Abraham, sacadme de este aprieto -clamaba el pobre judío, que sin duda lo era a juzgar por sus exclamaciones-. Sacadme con bien de manos de estos tigres despiadados, libradme como a Daniel de las garras de los leones. Amigos míos, queridos amigos míos -prosiguió volviéndose a los bandidos-, yo soy viejo, estos tres hombres que están ahí son mis criados, nosotros no os hemos hecho mal nunca. ¿Qué gloria podéis sacar de quemar a hombres como nosotros, que somos los cautivos de vuestra lanza? ¿Queréis que mi hijo, a quien dejé en Aragón, pregunte cuándo volverá a ver a su padre, y su madre no le responda y llore? Queridos míos, vosotros no sois malos, lo sé, yo lo sé muy bien que no queréis ensangrentaros en un viejo débil. Estáis engañados en lo que creéis: si me dejáis un momento ese pedazo de cristal, un momento no más, yo haré ver en qué consiste vuestro engaño; pero vosotros no nos hagáis mal.

-Loado sea el Señor, que ya arde la leña; Dios me perdone, que me ha costado mucho trabajo encenderla.

-Ea, pues, cada uno al suyo -gritó el tío Tinieblas-; pronto a desatarlos y asarlos, que no se hace más en eso que lo que se debe.

-¡Que mueran, que mueran! -vociferaban todos.

Y cortando de un golpe las cuerdas que ligaban a los árboles los desdichados viajeros, sin atender a sus lágrimas, ni a sus súplicas, empezaron a arrastrarlos hacia la hoguera en que ardía ya medio monte, y cuyas llamas, impelidas del viento, se levantaban sobre las copas de los pinos más altos, como si amenazaran al cielo, despidiendo al mismo tiempo columnas de humo que envolvían la luz del sol, y daban un aspecto más negro a aquel espantoso cuadro.

Figúrese el lector una ancha plaza rodeada por todas partes de árboles, y capaz de contener en su ámbito más de mil o dos mil soldados. En medio de ella pinos enteros ardiendo, cuyas llamas, mezcladas con el humo que con ellas se levantaba, daban un color cárdeno al día, ennegreciendo la atmósfera al mismo tiempo. El calor era irresistible, y a más de cincuenta pasos a la redonda era casi imposible aguantarlo. Alrededor de este fuego, e iluminados con la opaca lumbre sus cetrinos rostros, doce o catorce bandidos con todas las señales de la miseria y de la ferocidad en sus estúpidas fisonomías, arrastrando entre cada tres o cuatro de ellos un hombre cuyos gritos, gestos y contorsiones le hacían parecer un endemoniado, dando ellos al mismo tiempo voces, echando torpes juramentos, soltando risas y carcajadas horribles, o profanando con sus sucias bocas los nombres más santos que invocaban. Figurémonos, en fin, una porción de demonios arrastrando al fuego eterno las almas de los condenados, y sólo así tendremos una idea exacta de escena tan horrorosa.

-La maldición del Dios de Israel se desplome sobre vosotros -gritaba el judío viejo, luchando y reluchando con el bizco y el catalán, mientras Zacarías le pinchaba por detrás con su cuchillo para hacerle andar.

-Yo soy un embajador del rey de Aragón... Tened cuenta con lo que... Yo daré un millón de oro por mi vida... Tened compasión de mí... Yo os explicaré lo que es eso..., dejadme un momento que os hable... ¿Dónde está vuestro capitán?

Y al mismo tiempo se tendía en el suelo, se defendía a coces, a puños y a bocados; arrojaba espuma por la boca, revolvía los ojos en remolinos espantosos, su rostro estaba morado, sus labios negros, y sus lamentos, sus rugidos y sus maldiciones hubieran podido hacer estremerse a una roca. La desesperación, aunque viejo y débil, le prestaba fuerzas en tanto grado, que apenas podían sujetarle los brazos robustos de los dos ladrones, y aún no le habían meneado dos pasos.

-Voto a Deu, mala ira te trinq'el coll, que es menester una corda y atemos este perro con una legión de diablos.

-Mírale qué pelos pone -gritó el bizco-, y oye los berridos que da que me atraviesan el cerebro como si fueran puñales; juro a Dios -añadió sacudiéndose una mano- que me ha partido un dedo de un mordisco, y que estoy por matarle aquí mismo de una puñalada, más que no se queme en su vida.

-Caridad, hijo mío, y refrena la ira, que no está tan lejos la hoguera -respondió Zacarías con su tono suave-; no le pinches si acaso más que yo, que sólo le entro en el cuerpo la puntita de mi cuchillo.

Hizo el judío en aquel momento un esfuerzo tan desesperado, que habiendo logrado zafarse de manos de sus opresores, se levantó y dio a correr por ver si podía salvarse; pero a los pocos pasos sintió la mano de hierro del catalán, que de un puñetazo le derribó segunda vez en el suelo, y una cuerda que le liaba el bizco a las piernas, mientras que un pinchazo que sintió en la espalda le anunció que no andaba lejos el caritativo Zacarías. Entonces el infeliz judío oyó las voces de los demás ladrones, que ya habían logrado acercar sus respectivas víctimas a la hoguera, y que sólo aguardaban a que él viniese para darle la preferencia quemándole a él el primero. Todo parecía colmar en aquel trance su desesperación; sobre él se extendía un cielo de humo como para evitar que sus gritos llegasen al otro cielo; a su alrededor un desierto, y los semblantes de hierro de los bandidos; enfrente la hoguera, cuyo calor, que se sentía no poco donde él estaba, penetraba ya a su entender hasta el tuétano de sus huesos; ninguna muestra de compasión en ninguno de los que allí estaban, ninguna esperanza de socorro; todo le había abandonado a su fatalidad. Entonces sintió crisparse sus nervios, las fuerzas le faltaron, un color pálido sucedió al amoratado que tenía su rostro, y sólo sus ojos cristalinos, que ya se volvían a la hoguera con estúpido ahínco, ya hacia sus inexorables verdugos a demandar piedad, y el temblor convulsivo de sus labios, daban a entender que vivía.

Dejó por fin caer la cabeza sobre el pecho, y sin hacer más resistencia se dejó conducir de los ladrones. No había ya ningún obstáculo que vencer; los demás prisioneros unos estaban accidentados, otros rugían de temor, y algunos se deshacían en súplicas, que apenas eran oídas. El mozo de mulas, que había vuelto en sí, y a quien querían también quemar sólo por aquello de dime con quién andas... etc., aunque no tenía nada de judío ni de encantador, había logrado por fin que le perdonaran, con tal que ayudase a quemar a sus amos por las muchas brujerías que refirió les había visto hacer durante el camino. En fin, había llegado para aquellos infelices el fin del mundo, y el cielo, sordo a sus plegarias, no parecía querer enviarles ningún socorro.

Pero una idea que sobrevino casualmente en el ánimo de Zacarías dilató aún por algunos momentos la terrible muerte que les aguardaba.

-Hijos míos -dijo el hipócrita con su acento meloso-, ya sabéis lo caritativo que soy, y creo que si tengo algún influjo entre vosotros no desoiréis la voz del justo. Bien hecho está que aborrezcamos a estos infames amalecitas, bien me parece que se les castigue, y yo mismo he sido el primero que he convenido en el exterminio de los fieles, digo de los infieles: infelix opera summa, que dijo aquel santo varón. Pero no por eso creo piadoso que entreguemos su alma a los demonios (Dios nos libre), como se pensó en un principio, quod in principium... No importa que no me acuerde del texto, proseguiré: quiero decir et qui habet aures audiat, como dijo San... no me acuerdo del Santo, pero la cita es exacta. Digo y repito que se debe tratar de salvar sus almas, y en particular la de este viejo infernal que ha mordido un dedo al bizco, y también al buen Urgel en la pierna derecha, de la cual como veis cojea.

-Así, voto a Deu, que me ha llegado hasta el hueso -interrumpió el catalán.

-Prosigo, pues -continuó Zacarías-, florentem cytisum sequitur (por ahí va bien), y digo que yo me encargo de convertirlos, y en particular a ese perro que he dicho, y entre tanto podéis seguir echando troncos al fuego y alimentándolo, y de ese modo ellos se familiarizarán con la hoguera, la mirarán como cualquier otra cosa, sicut erat in principio, morirán sin tantos aspavientos, y sobre todo tan convertidos y arrepentidos que ni siquiera han de tener que tocar en el purgatorio. Purgatorium peccatorum, etc., y loado sea Dios: he dicho.

La opinión de Zacarías prevaleció como era de esperar entre gentes que le tenían por un pozo de ciencia y que le consideraban en segundo lugar después de su capitán. Convinieron todos en que debía hacerse así como él lo pedía, por lo que se suspendió el castigo de los criminales entre tanto se convertían.

Zacarías alzó entonces los ojos al cielo con aire tan compungido y devoto, como si de veras pidiese al Espíritu Santo que le iluminase en la conversión de aquellos herejes, cuyas almas iba a enviar al cielo por el camino más corto. Hecho esto, mandó que le trajesen al viejo, que ya se dejaba llevar lo mismo a un lado que a otro, insensible al parecer a todo cuanto le rodeaba. Nada había oído del discurso de Zacarías, aturdidos y embotados sus sentidos con la idea de la muerte tan próxima, y sin otra sensación que la que en él producía la vista de la llama, que a su parecer le iba abrasando ya parte por parte su cuerpo.

El sitio que había elegido el piadoso varón para la conversión del infiel estaba a bastante distancia de la hoguera, y el aire, aunque caldeado tanto con el calor de la estación como por efecto del fuego, le pareció fresco al judío en comparación con el que había respirado hasta entonces.

Trató, pues, de limpiarse el sudor, que a chorros le caía por el rostro; pero sus manos estaban atadas a su espalda, y no pudo hacer otra cosa que suspirar.

Zacarías tomó el aspecto más grave que pudo, besó su rosario devotamente y empezó, con un tono de voz sobremanera melifluo, a arengar al prisionero.

-Hijo mío -le dijo-, serénate; aquí no se te quiere mal: ya veo que estás bastante agitado, y sin duda has tenido razón para gritar y forcejear, pues que estos hermanos míos, fratres carissimi, por otra parte, con la mejor intención te iban a dar muerte de perro, lo que no es nuestra voluntad. Fiat voluntas tua, que dijo quien lo sabía. He echado de ver también que a ti te disgusta morir de esa manera, y no me ha extrañado. Peccata mea... Hermano mío, no debes asombrarte porque se me olvide un texto, porque son tantos los que tengo en la cabeza... Pero tomando el hilo de mi discurso, por amor de Dios y como manda la moral y la caridad, yo los he contenido cuando más empeñados estaban en llevar a cabo su santa obra, y puedes estar seguro que no estás hecho ya un chicharrón, y lo mismo tus criados, famuli tui, por causa mía. Mea culpa tu non est in chicharrone convertitus. Este texto es mío; te lo digo por si sabes algo de latín.

El viajero había ido poco a poco recobrando el conocimiento, mientras desembuchaba Zacarías su elocuente oración, y no hacía sino mirarle de hito en hito tan fijamente como si quisiera penetrar en su alma. Sus ojos, aunque en un principio apenas ofrecían nada que pudiese llamar la atención, a poco que se fijaron en él fueron por grados tomando tal expresión y despedían una mirada tan intensa, tan penetrante, que el mismo Zacarías no pudo sufrirla, bajó los suyos más de una vez y aun estuvo a pique de interrumpirse.

-Buen hombre, honrado capitán de esta tropa -contestó el anciano-, yo os juro por el Dios de Abraham que estoy inocente del crimen de hechicería que me suponéis y pronto a haceros ver vuestro engaño. Tú, que pareces hombre entendido...

Zacarías creció un palmo con la lisonja, y el judío como si no lo echara de ver, prosiguió diciendo:

-Tú, que sin duda eres hombre de letras, ilustre alumno de la...

-Basta, basta -interrumpió con voz muy sumisa el hipócrita Zacarías-; yo sólo soy un indigno siervo de Dios.

-No hay duda; tan bien como vos decís -continuó el judío, que iba cobrando más ánimo a medida que observaba el efecto que producía la adulación en el espíritu del bandido-. Dadme, si me permitís, esa maldita bola que tanto os ha alborotado, y veréis que no tiene dentro más que una pulga, si no que os parece animal disforme a causa del cristal en que está metida. Desatadme los brazos que, por el Dios que adoramos todos y que bendijo la tribu de Benjamín, es demasiado cruel tratarme así, cuando yo soy de mío pacífico, y me veis viejo, con todos los achaques de la edad encima, y no puedo medir mis fuerzas con hombres como vosotros. Tened compasión de mí y de mis fieles criados; ved que estoy lleno de sangre de los pinchazos y golpes que me habéis dado. Y si no tenéis lástima de mis canas, si sois padres, si tenéis una mujer a quien améis, no seáis tan crueles que queráis que la mía tenga que rasgar sus vestiduras, y maltratarse, y llorar, y echar ceniza sobre su frente. Soltadme, por Dios; dadme acá ese cristal. Mirad: si ponéis un dedo de los vuestros a un lado, y miráis por el otro, veréis también que os parecerá mucho más grande. Vos, que sois hombre entendido, debéis saber que son secretos de la ciencia...

-A judío hueles, que no lo puedes negar, perro -dijo el bizco luego que hubo acabado-; al momento se os conoce como a la zorra por el rabo.

-Sí, soy judío -respondió el anciano-, ya no lo niego; esa fue la religión de mis padres; pero vosotros sois cristianos, y hay una máxima en el Evangelio que dice: parce inimicis tuis.

-Es verdad que la hay, es verdad -replicó Zacarías sollozando-: ¡ah!, no me hables del Evangelio; yo lo sabía de memoria, sino que ya se me ha olvidado. Este hombre me hace llorar. ¡Dios mío, perdonadle!, parce nobis Domine. Pero es menester quemarlo.

-Voto a Deu -gritó el catalán-, venirse ahora con que es sólo una pulga un animal como ese; y ¡a quién se lo viene a decir!, a nosotros que estamos comidos de ellas, y hartos de retorcerlas.

-Has dicho bien, hermano Urgel -contestó Zacarías-. Y tú, varón ilustre, has hablado muy mal, pues que quieres hacernos creer que hay pulgas de esas, y aun si hubieras dicho otro animal, pase; pero Dios justamente por su infinita bondad nos tiene aquí plagados de esa clase de bichos y de otros varios.

-Pardiez que aquí he topado con una sobre este muslo -dijo el bizco restregando el dedo pulgar contra el índice, entre cuyas yemas llevaba sujeta su prisionera-. No hay sino compararla, y siempre que esta pulga y el bicho ese se parezcan en algo, yo me dejo quemar en vez de ese embustero judío.

-Dádmela acá -replicó el viajero-, desatadme las manos, y veréis como la meto dentro del cristal y os parece como la otra.

-Vade retro, horribile visu -exclamaba Zacarías-; hasta ahí podía llegar la astucia del diablo.

-Eso y mucho más he visto yo hacer -añadió el tío Tinieblas, meneando la cabeza con intención.

-Al foc, al foc -gritó el catalán-; lo rest es gastar tiempo.

-No, amados hijos míos; es preciso convertirle primero -replicó Zacarías-, nec diabolus... por ahí le anda. ¿Tratas tú de convertirte, o no, buen hombre?

-Sí, yo me convertiré; decidme lo que queréis que haga -respondió el judío, que quería ganar tiempo.

-Loado sea Dios, que alumbra el alma del impío como tú, anima impiorum. Varias conversiones he hecho yo en mi vida, y en todas ha tenido más parte el espíritu del convertido que mi elocuencia, y eso que me he valido hasta de dar tormento para convencer: Idest ossa ejus perfringam.

-Yo -dijo el judío mirándole atentamente- confío mucho en vos; soy hombre rico, almojarife del rey de Aragón, y os he tomado afición desde que os vi, tanto por vuestra inteligencia y erudición cuanto por vuestra caridad infinita, y quisiera conferenciar con vos particularmente acerca de los misterios de la religión, etc..., puesto que estoy muy decidido a convertirme pronto.

-Bendita sea la providencia divina, que al fin salvará al pecador -exclamó Zacarías-: vas a morir quemado lo mismo que antes, pero ¡qué importa! ¡Ah!, echar ahí leña, y atizar eso -prosiguió con entusiasmo-. ¡Qué importa! -continuó Zacarías-: es una obra de caridad, porque tu alma irá así blanca como la de un ángel. Bien puedes agradecérmelo, que así mueres en gracia de Dios. Esto sí que se llama hacer una obra de misericordia.

El judío torció el gesto, poco gustoso con la caridad de aquel bendito varón, que acababa todos sus discursos con que era preciso quemarle. Con todo, no queriendo abandonar el campo sin poner en uso cuantos ingenios le sugiriese su imaginación, pensó que quizá la esperanza de lo que podía ganar con salvarle, hiciese cambiar de ánimo a Zacarías. Era el judío quizá uno de los hombres más sabios de su siglo, y tenía entre otras la cualidad de conocer a la primera ojeada el alma de aquel a quien se detuviera a observar, formando sus juicios con tanto tino y tan buen acierto que muy rara vez se equivocaba en ellos, y pudiendo disputárselas al más afamado fisonomista de nuestros días, aun sin excluir de la cuenta al mismo Lavateur en persona.

Había, pues, observado a Zacarías, y al través de la máscara hipócrita con que se cubría este bandido había logrado penetrar en su corazón. Parecióle que era aún más avaro que religioso, y viendo que era el que allí llevaba la voz, intentó persuadirle a él sólo, haciéndole grandes promesas, muy seguro de salir libre y aun agasajado por todos si llegaba a merecer el beneplácito.

-¡Oh, hombre piadoso -le dijo con esta intención-, si tú supieras cuánto agradezco tu compasión! Justo es, no hay duda, y muy cristiano, querer que se salve el alma del pecador; pero yo tengo algunas dudas sobre ciertos puntos de mera doctrina, y desearía que hablásemos los dos aparte de esta materia. Tú mejor que nadie, sacratísimo varón, respetable como Moisés en el desierto, sabes mejor que nadie cuán útil es la soledad y la meditación en asuntos tan graves, y así yo desearía ¿qué digo?, yo te suplico humildemente que mandes apartar a estos que tú llamas hermanos tuyos, y que son tan intrépidos por lo menos como los siete Macabeos. Quizá yo encuentre medios de manifestarte mi eterno agradecimiento.

Era Zacarías harto ladino y truhán para no conocer el blanco a donde disparaba sus tiros aquel descreído hebreo; pero no queriendo desperdiciar aquella ocasión de echar la soguilla a la vaquilla, como se suele decir, sin darse por entendido mandó a los otros que se alejasen bajo pretexto de su conversión, diciendo que ya que iba a morir, justo era se le concediese tan pequeña gracia como la de hablar con él un momento. Sin embargo, y para no perder tiempo, encargó al tío Tinieblas la conversión de los otros tres, pero sin hacerles daño alguno hasta que él no estuviese presente, pues no quería dejar de presenciar un auto de fe de tanta pompa como el que se preparaba.

Quedáronse entonces solos el judío y Zacarías, mirándose uno a otro como dos tigres que se temen y dudan quién empezará la quimera, cada uno maquinando lo que debía decir, puesto que el judío era el que más ocupado de esto se hallaba.

-Os he llamado a solas -le dijo-, respetabilísimo varón, porque me ha parecido que así nos podemos entender mejor. Yo quisiera... a la verdad... -prosiguió interrumpiéndose, viendo que Zacarías estaba tan embebecido en sus rezos que era imposible que le escuchase-. Ya veis.... morir quemado no es cosa que puede gustar a nadie. Yo soy rico, muy rico.

Zacarías le miró de reojo y continuó con sus oraciones.

-Sí -prosiguió el judío, que no había dejado caer en saco roto la mirada del convertidor-. Sí, sin duda, lo que es doce y aun quince mil besantes bien podía yo dar por mi vida.

-¡Quince mil besantes! Rico sois. Padre nuestro -prosiguió Zacarías entre dientes.

-Aquí mismo podría yo hallar quien me prestara por lo menos la mitad de esa cantidad.

-La mitad, ¡eh!, ¡jem! -respondió Zacarías como si tuviese carraspera-. Hijo mío, no perdáis tiempo, mirad que es preciso que os encomendéis a Dios, porque vais a morir quemado. Dios te Salve María -continuó, bajando la voz.

-Mi vida -prosiguió el judío-, no la perdería yo por tan poco precio si entrásemos en tratos, por otra parte, ¿qué fruto sacarías de quemarme? Un hombre como tú...

-¿Por quién me tomas tú, vil judío? -repuso Zacarías irritado-. ¡Ave María!, sufrir yo un insulto semejante, entrar yo en tratos con este Jeroboán, Jeroboanis Rex, como dice el texto: conque ¡quince mil besantes! Santa María, ora pro nobis -murmuró de nuevo, continuando su rezo.

-Quince mil y aun algo más -prosiguió el judío sin alterarse-, en monedas de oro de buena ley.

-Sed ne nos inducas in tentatione -profirió Zacarías alzando un poco la voz-: ¡oh amalecita desvirtuado!, ¡mal aconsejado hebreo! ¿En monedas de oro? Sed libera nos a malo. No, no hay remedio, dime que estás convertido y te hago quemar, que de todas maneras mueres. Gracia plena.

-Pero vos no me escucháis sin duda cuando decís eso -replicó el judío.

-¿Cómo que no? -respondió el moralista-: he oído todo cuanto has dicho, y te confesaré que algunas de tus palabras me han parecido dignas de un hombre contrito. Mira, yo no te quiero mal, te he pinchado antes y voy a hacerte quemar, no tengas duda. Tu est in conciliabulo demoniorum, y es el latín más corriente que he dicho en todo el día de hoy. Quiero decir, tú eres brujo, y además tú mismo lo has dicho, estás circuncidado. Circuncidatus fuisti, por lo cual, y por los crímenes que has referido, mereces la muerte. ¡Cómo ha de ser! ¿Estás ya arrepentido? Con todo has de saber que yo no soy hombre de usuras ni de contratos, sino un humilde gusano, como debo ser, que no soy avaro... ni... ¡qué! el dinero para mí es lo mismo que si fuese tierra. ¿Con cuánto dijiste que podías contar? ¿Con quince mil besantes?

-Ciertamente -respondió el judío.

-Y aun con algo más, me parece que dijiste después; yo, como estaba entregado a mis oraciones, quizá no oí bien.

-No, nada de eso, oíste perfectamente -replicó el judío.

-¿Sí? ¿Conque algo más? Bueno. Pues no hay más remedio que quemarte.

-Por el templo de Salomón -exclamó el judío-, que no tienes piedad de mí.

-Hombre, yo bien quisiera -respondió Zacarías-, pero nuestro capitán el Velludo es...

-¿El Velludo? -preguntó con alegría Abraham (que así se llamaba el judío)-: ¡oh!, si tu capitán estuviera aquí estaba yo seguro de que nada me sucediese; ¿dónde está?, dejad que yo le vea...

-Te engañas mucho si crees que le habías de seducir con dinero: o pectora caeca!, que creo dijo Séneca hablando de un caso semejante que le sucedió con un moro. ¡Bendito sea Dios! -añadió cruzando las manos-: nuestro capitán tiene un corazón de acero, y con nada se le enternece. ¿Y tú darías quince mil besantes por ti?

-Y la mitad más por mis criados -añadió el judío.

-En caso que yo te salvase la vida -continuó Zacarías-, ¿no es eso?

-Sin duda, veo que me entiendes.

-¿Y qué seguridad darías de que habías de cumplir tu palabra?

-Una carta mía para uno de mi tribu en Olmedo, que os daría la mitad ahora y la otra mitad después, cuando me dejaseis seguir mi camino.

-Voto a Deu, maestro -gritó el catalán-, ¿qué fa, que está tanto tiempo?

-¡Pues no tarda poco en convertirse! -añadió el bizco-. No fue más larga la conversión del rey de Roma que convirtió San Marcos.

-¡Ea!, aquí no nos importa un bledo que se condene o que no -gritó otro.

-¡Al fuego!, ¡al fuego con él!

-Que se consume la hoguera.

-Ya lo oyes -le dijo Zacarías-; con todo, así Dios me salve como quisiera salvarte: tus últimos lamentos han llegado a mi corazón.

-Basta ya, tiempo le queda en el camino para convertirse -gritaron todos.

Y echándose sobre el miserable judío, le arrebataron en volandas a despecho de sus súplicas y las voces de Zacarías, que les rogaba le dejasen solo un momento con él para acabarle de imbuir su doctrina, pues le llevaba ya muy adelantado. Nada pudo calmar la irritación de aquella desenfrenada tropa.

El pobre Abraham gritaba, lloraba y se arrancaba mechones enteros de sus barbas, sin que nada les conmoviese. La misma voz de Zacarías fue desoída, y sin duda hubiese sido el pobre hebreo víctima de la ferocidad de aquellos salvajes si el capitán en aquel momento no hubiese llegado allí seguido de su fiel Sagaz. Pararon todos, al punto que le vieron, en su algazara, tal era el miedo que le tenían, pero sin soltar por eso al desventurado hebreo, a quien quemarían al cabo, de todas maneras, no siendo de suponer que el capitán le perdonara la vida cuando supiese sus crímenes y examinase por sí mismo el espantoso animal, causa y origen de aquel motín.

-¡Por la Virgen de Covadonga! ¡Vive Dios -exclamó el capitán-, que vais a poner fuego al bosque! ¿A qué viene esta hoguera? Pues voto a Judas, que se achicharra uno con el calor que hace por esos campos, y ¡estáis vosotros encendiendo lumbre! ¿Quiénes son esos hombres que tenéis ahí atados; tienen tercianas, o a qué diablos los arrimáis ahí al fuego?

-Mi capitán -respondió Tinieblas-, son judíos, y no valen la pena siquiera de que pensemos en ellos.

-¿Y esas armas que están rodando por el suelo, y esas cajas abiertas, qué significan? -preguntó el Velludo.

-¡Señor Velludo!, ¡señor capitán! ¡Favor!, ¡favor!, oídme una palabra no más. ¡Favor! -clamó al mismo tiempo el hebreo con un eco de voz tan lastimoso, que no pudieron menos todos de conmoverse.

-¿Qué es eso, buen hombre? -preguntó el capitán acercándose a él-. Por todos los santos juntos apagad ese fuego pronto, o nos vamos todos a derretir. Buen hombre, parece que os habéis quedado gafo: ¿qué armas son esas?

-Dejadme que os diga una palabra al oído, una palabra no más -contestó el judío.

-Pues bien, decidla -respondió el capitán.

-Haced que me desaten primero, tened compasión de mí; pero no, sabed... inclinaos algo más...

-Soltadle, por la Virgen de Covadonga, que estáis ahí cuatro hombres para sujetar a un viejo. Acércate acá, pobre diablo. ¿Qué tienes tú que decirme?

El judío, viéndose libre de manos de sus opresores, se llegó a él, y en hablándole muy quedito, el rostro del capitán pareció tomar un aspecto cuidadoso, como si lo que le decía le causase mucho interés.

-¿Aragón? -dijo el judío.

-Y Castilla -contestó el capitán.

-Esa es la seña -repuso Abraham.

-Ea, muchachos, desatad a esos infelices ¡pronto! -gritó el Velludo, volviéndose hacia su gente-; y cuidado con que se les devuelva cuanto se les ha quitado, no sea que tenga yo que registrar a alguno. Vamos, ¿en qué estáis pensando?

No pudieron menos los bandidos de espantarse de la orden de su capitán, viendo que no sólo no se contentaba con aguarles la fiesta, sino que también quería privarles de lo que habían legalmente adquirido. Un rumor sordo se esparció por toda la asamblea, y todos empezaron a murmurar contra él, unos con otros refunfuñando, bien que en voz baja, no atreviéndose a mostrar a las claras su descontento. La voz, empero, subía ya de punto, el descontento se manifestaba a las claras por los más atrevidos, y el Velludo empezaba a encolerizarse.

-Voto al santo más alto -dijo, poniendo mano a su hacha-, canallas, que el primero que chiste le arranque yo mismo la lengua. Pronto, a hacer lo que os he mandado, y cuidado con que lo repita segunda vez.

-Señor -repuso el judío-, yo doy todo por bien perdido con tal de haberos hallado tan a tiempo y les hago don de cuanto han tomado con sólo que me devuelvan mi caja de boj con los enseres que tenía dentro y mis libros, que es lo que más aprecio en el mundo.

-Considerad -dijo Zacarías, acercándose al oído del Velludo- que es un hebreo muy rico y que es mágico. Dios no permita que yo contradiga vuestra voluntad, pero no sería malo que... A mi ya me prometía quince mil besantes; hablo para los muchachos.

-No necesito de consejos de nadie -le respondió el Velludo con un bufido-. Perros -prosiguió con voz de trueno dirigiéndose a los demás-, a hacer lo que he dicho; aquí nadie manda más que yo.

-También es bueno -dijo el bizco- que no hemos de hacer una presa que valga algo... Pues si todos fueran de mi parecer, por Santiago que habíamos de cambiar de capitán y...

No lo dijo tan bajo que no lo oyera el Velludo, y alzando el hacha a dos manos iba ya a descargársela encima y a rebanarle sin duda en dos cuando al llegar cerca de él, viéndole que se atrevía a ponerse en defensa con su alfanje, y considerándole quizá indigno de emplear en él su terrible arma, bajó el hacha, y tomándola en la mano izquierda, con la derecha le asió del pescuezo con tanta fuerza, que no le dejaba gañir, y levantándolo en alto como quien alza una paja le arrojó de sí con tal fuerza, que el pobre diablo cayó despatarrado en el suelo, a más de una vara de distancia, sin movimiento.

Cuando llegaron a ver qué tenía, la sangre le salía a caños por ojos y narices, medio reventado del golpe.

Callaron todos maravillados, mirándose unos a otros, asombrados de la prodigiosa fuerza de su capitán, mientras él, con la misma sangre fría y serenidad que si acabase de beber un vaso de agua, volvió a intimar sus órdenes con mucha calma. Apresuráronse todos a poner al pie de un árbol cuanto habían quitado al judío, y no fue el último Zacarías, que presentó la caja de boj, puesto que la bola de cristal no se pudo encontrar de ningún modo habiendo sido echada al fuego, tal vez con la sana intención de quemar al diablo, si era posible, en aquella pulga.

-Ahí está la dichosa caja -dijo Zacarías al tiempo de devolverla-. No quiera Dios que yo me haya inficionado con tocarla. Yo os protesto que cuanto hay en ella es cosa de brujería.

-Más brujería y más infamia -replicó el Velludo con indignación- es hacer una criba del cuerpo de un hombre que no nos ha hecho mal ni tiene manos para defenderse.

Zacarías le echó una de aquellas miradas a él peculiares, que el Velludo no echó de ver, y se retiró a un lado sin responder haciendo que rezaba, pero es creíble más bien que se las jurara en secreto.

El judío, entre tanto, no quiso tomar de sus efectos, sino lo más necesario, temeroso tal vez de que aquella desalmada gente le acometiera de nuevo, sin respeto a las órdenes del capitán, y le saliese peor la cuenta. Miró sus papeles y libros muy detenidamente, y hallando algunas hojas rotas, no pudo menos de suspirar, sobre todo cuando vio que le faltaba el cristal de aumento y que le habían descompuesto la péndola. Por último, después de haber cargado la mula con los cajones, dadas las gracias al Velludo y despedídose de la compañía, que le prodigó cuantos dicterios pueden imaginarse, echaron a andar acompañados del capitán, que parecía tener mucha familiaridad y confianza con don Abraham.