La sala número seis (1920)
de Antón Chéjov
traducción de Nicolás Tasín
Prichibeyev
 
PRICHIBEYEV

—Suboficial Prichibeyev! Está usted acusado de haber ultrajado, el 3 de septiembre, de palabra y obra, al policía Sigin, al burgomaestre Aliapov, a sus ayudantes Efimov, Ivanov, Gavrilov y a seis campesinos. A los primeros les ultrajó usted cuando estaban cumpliendo su deber oficial. ¿Se reconoce usted culpable?

Prichibeyev adopta una actitud marcial, como si se encontrase ante un general, y responde con ronca voz, silabeando cada palabra:

—Señor juez, permítame usted que se lo explique todo, pues no hay asunto que no pueda ser considerado desde diferentes puntos de vista. No soy yo el culpable, sino los otros, y a ellos es a quien hay que condenar. Ya lo verá usted cuando yo tenga el honor de exponerle el asunto detalladamente. Todo ha sucedido a causa de un cadáver. Antes de ayer yo me paseaba, muy tranquilo, con Anfisa, mi mujer. De pronto veo, junto al río, una aglomeración. «Por qué tanta gente reunida?— pregunté—. ¿Con qué derecho? ¿Acaso la ley autoriza las aglomeraciones?» Y empecé a dispersar a la gente. «¡Circulen! ¡Circulen!»— grité—. Además, ordené al centurión que dispersase a la multitud.

—Pero usted no tiene ningún derecho—le hace observar el juez—. Usted no es ni burgomaestre, ni policía, y no es de su incumbencia dispersar a la muchedumbre.

—¡Claro que no es de su incumbencia!—se oye gritar por toda la sala—. Estamos de él hasta la coronilla, señor juez. Hace quince años que no nos deja tranquilos. ¡No podemos más! Nos hace la vida imposible desde que está en la aldea, de vuelta de servicio militar.

—Si, señor juez— dice un testigo que se apoya en la barandilla—. Le suplicamos a usted que nos defienda de este individuo. No podemos ya soportar su despotismo. En todo se mete: grita, jura, ordena, aunque no tiene ningún derecho. Basta que nos reunamos con motivo de cualquier fiesta o cualquier ceremonia, para que se presente y nos trate como a vil chusma. Tira de las orejas a los niños, espía, vigila a nuestras mujeres. Últimamente nos ha prohibido tener las luces encendidas después de las nueve de la noche, y cantar.

—Espere usted—dijo el juez—. Usted declarará luego. Ahora la palabra la tiene el acusado. Continúe usted, Prichibeyev.

—¡A sus órdenes de usted, señor juez! Dice usted que no es de mi incumbencia dispersar a la muchedumbre. ¡Admitámoslo! Pero, ¿y si se producen desórdenes? ¿Pueden tolerarse los desórdenes? ¿Acaso la ley manda que se deje a la gente hacer lo que lo dé la gana? ¡No; no puedo permitirlo! Si yo no les llamase al orden, ¿qué sucedería? Nadie, en la aldea, sabe cómo se debe tratar a los campesinos; sólo yo lo sé. Yo no soy un simple mujik, señor juez: ¡soy un suboficial! He hecho mi servicio militar en Varsovia, en el Estado Mayor. Después he pertenecido a una compañía de bomberos; después, durante dos años, he sido conserje en un colegio clásico, y sé bien cómo debe tratarse a la gente de origen humilde; comprendo la necesidad de mantener el orden público. Un mujik no comprende nada, y debe obedecerme por su propio interés. Prueba de lo que digo es, por ejemplo, este asunto. Cuando dispersaba a la muchedumbre, vi un cadáver a la orilla del río. «¿Por qué—pregunté—se halla en este sitio? ¿En virtud de qué ley? ¿Dónde está la policía?» Al fin veo a su jefe..., al Sigin de marras. «¿Por qué no cumples con tu deber?—le pregunté—. ¿Por qué no avisas a las autoridades superiores? Tal vez ese ahogado es victima de un crimen. Tal vez ha sido asesinado.» Pero, Sigin, no hace el menor caso de mis palabras, y continúa, muy tranquilo, fumando su cigarrillo. «Usted no es quién—me dice—para pedirme cuentas, para darme órdenes. Yo sé lo que tengo que hacer.» «No—le contesto—; tú no lo sabes cuando sigues aquí, como un imbécil, sin hacer nada.» Entonces, me dijo: «A su debido tiempo le he avisado al jefe de policía del distrito.» «Pero no era a él a quien debiste avisar—le digo—. ¿No comprendes que es un asunto muy grave, y que hay que avisar en seguida a las autoridades judiciales? En primer lugar, hay que avisar al señor juez.» Y figúrese usted: el imbécil, en vez de tomar en serio mis palabras, se echa a reír. ¡Y los mujiks también! Todos se echaron a reír, señor juez, se lo juro a usted.

Prichibeyev se vuelve hacia la sala, mira a los asistentes y empieza a indicar con el dedo:

—¡Ese se rió! ¡Y aquél! ¡Y aquél otro también! Pero el primero que se rió fué Sigin. «¿Por qué te ríes?»—le digo—. «Porque—me responde—al juez no le incumben estos asuntos.» Estas palabras me llenaron de pasmo. «¡Cómo?—exclamé—. ¿Te atreves a decir cosas semejantes respecto del señor juez?* Le juro a usted que pronunció esas palabras.

Y, volviéndose hacia Sigin, le pregunta:

—¿Es verdad? ¿Dijiste eso, o no?

—Sí, lo dije.

—¡Ya lo creo! Todo el mundo oyó cómo dijiste: «Al juez no le incumben estos asuntos.» Excuso decirle, señor juez, hasta qué punto me sorprendieron estas palabras. «Repite—le dije—lo que te has atrevido a decir.» Y repitió las mismas palabras. Entonces, indignadísimo, exclamé: «¿Te rebelas contra las autoridades? ¿No sabes, imbécil, que el señor juez, por esas palabras, te puede enviar a la Siberia? ¿Que los gendarmes pueden detenerte y meterte en la cárcel como a un revolucionario?» Entonces, el burgomaestre también declaró: «El juez no puede juzgar sino los pequeños asuntos.» Todos lo oyeron. «¿Tú también— le dije—te rebelas contra las autoridades?» Yo no podía ya contenerme. Si me hubiera hallado en Varsovia, hubiera llamado a un gendarme. Lo hacía con mucha frecuencia cuando oía hablar a alguien contra las autoridades. Pero aquí, en la aldea, no hay gendarmes, desgraciadamente. Bueno, decidí obrar por mi propia cuenta, y les di una buena lección... con esta mano. Ya que no se hacen cargo de nada, hay que enseñarles a respetar el poder. Le di algunos sopapos a Sigin, y después al burgomaestre, y después a los demás que se pusieron de su parte. Mi arrebato fué, tal vez, excesivo; pero esta gente puede llegar hasta la locura si no les pega uno. No hay otra manera de imponerles el respeto al orden público.

—Si; pero su misión de usted no es esa. Es cosa que no le concierne en absoluto. Para eso existe la policía, el burgomaestre.

—Pero, ¡como no comprenden su deber!

—¡Dios mió, convénzase usted de que no tiene el menor derecho a mezclarse en esos asuntos! Carece usted de autoridad para ello.

—¿Cómo que no tengo derecho? ¡Es muy extraño! ¿Y si turban el orden público? Yo no puedo verlo con buenos ojos. Por eso se quejan de que les prohibo cantar. ¿Es que no tienen otra cosa que hacer? Luego, no apagan la luz hasta la media noche. En vez de acostarse, charlan, ríen. Están todos inscriptos aquí.

—¿Quiénes?

— Pues los que, en vez de acostarse temprano, se quedan charlando hasta media noche y malgastando petróleo.

Prichibeyev saca del bolsillo un papel muy sucio, se pone los lentes, y lee: «Ivan Projorov, Sarra Mikiforov, Petro Petsov. La viuda Ana Chustov tiene relaciones ilícitas con Lemen Kislov. Ivan Sverchok y su mujer son brujos.

—¡Basta!—dice el juez—, y procede al interrogatorio de los testigos.

Prichibeyev mira al juez, lleno de extrañeza; es cosa, bien clara que no está a favor suyo. No comprende su conducta, manifiestamente adversa a él.

Su extrañeza sube de punto cuando el juez lee el veredicto:

—Prichibeyev es condenado a un mes de prisión.

—¿Por qué?—preguntu-. ¿En virtud de qué ley?.

Decididamente el mundo marcha al revés. La vida se hace imposible en estas condiciones. Ideas negras se adueñan de él.

Pero, una vez fuera de la sala del tribunal, y encontrándose en su camino un grupo de mujiks que charlan, no puede contenerse y grita, según su costumbre:

—¡Circulad! ¡Circulad! ¡Nada de reuniones! ¡Cada cual a su casa!