Presentido
de Emilia Pardo Bazán


Corría el tren violentamente, cuneando, a causa de las desigualdades y asperezas de la vía, y su trepidación anhelante era como el resuello de un monstruo antidiluviano a quien persiguiesen enemigos invisibles y que huyese de ellos a través de la desolación solitaria de los campos enormes. Hay en la marcha, entre las sombras de la noche sin estrellas -hecho tan vulgar- algo profundamente terrorífico, que no sólo no percibimos en fuerza de la costumbre.

Pero el viajero, arrollado en su manta y reclinado sobre su almohada de camino, notaba sin querer, en medio de su insomnio de modorra, la sensación obscura y angustiosa del miedo. ¿Miedo a qué? Ni él mismo lo sabía. Percibía la aproximación del peligro como se puede percibir, al entrar en una caverna, la presencia de los murciélagos colgados de sus paredes, de la cual avisan, no los sentidos corporales, sino algo que va más allá del sentido, un instinto indefinible, profundo, radicado en lo hondo del ser...

Iba solo en el departamento. Venía de París y se dirigía a una ciudad española, donde le esperaba la dicha en forma de una mujer amada desde hacía muchos años, imposible antes, libre ahora por muerte de su anciano marido. La pasión entre el viajero, Julio Morales, y la hermosa esposa del banquero había sido notada en la ciudad comercial, en un pequeño círculo de amigos; pero no adquirió proporciones de escándalo, gracias a la prudencia cautelosa del viejo, que supo despistar a la maledicencia y a la noble resignación de los enamorados, aviniéndose a una ausencia que pudo ser eterna. La muerte hizo renacer la esperanza, y Julio, con esa opresión de corazón que acompaña a las aspiraciones muy vehementes cuando van a cumplirse por fin, había emprendido el camino, llevando consigo, para ofrecerlo a la que pronto sería su compañera, un pequeño tesoro en joyas, porque conocía su afición a las perlas y las piedras, y rico, asociado a los negocios por un opulento tío, tenía medios de satisfacer el deseo natural en el hombre que ama: adelantarse a los caprichos de la mujer querida...

Y como aun los movimientos instintivos no carecen nunca de un fondo racional que los determina en los senos de la conciencia, el escalofrío de terror de Julio era sin duda provocado por aquel maletín de elegantísimo cuero inglés, bien enfundado en recia tela, donde se contenía el tesoro... Por bastante tiempo -escuchando con involuntaria zozobra el ruido sordo del tren al penetrar en los túneles, según iban aproximándose a la región montañosa- Julio no se dio cuenta del por qué en este viaje sentía tal aprensión, y la garra del miedo apretaba casi físicamente su corazón, no cobarde.

Pero de súbito -a un vaivén acentuado del tren entero, que saltaba también de pavor- la idea se precisó aguda y nítida, y Julio comprendió la razón de su espanto...

Era el maletín, era aquel lindo accesorio de la vida civilizada, repleto de collares, de estuches de terciopelo blanco, sobre los cuales refulgían y se irisaban las nacaradas y redondas perlas, lo que, a las altas horas de la noche, dentro de un tren en marcha, en la semiclaridad lívida de la luz, columpiada a los vaivenes, causaba a Julio la terrible, la abrumadora sensación del peligro presente, inminente, que se acercaba fatídico, inevitable...

Una serie de fatalidades habían traído este momento. Hacía tiempo que Julio solicitaba de su futura permiso para correr a su lado, para esperar cerca de ella los meses que precediesen a la boda. Ella retrasaba, temerosa de las murmuraciones de toda ciudad de provincia, aun siendo grande, magnífica, industrial. Al fin, vencida también por el propio deseo, había consentido. Entonces, en un vértigo, Julio hizo su equipaje en horas, arrojando en el mismo departamento donde realizaría el trayecto aquel maletín, lleno de las preseas que venía adquiriendo desde meses antes. No permitió aguardar a tener billete de coche-cama: sería un retraso de tres días, y no lo sufriría su impaciencia. Tampoco se cuidó de asegurar el maletín, librándose así de su custodia. En nada pensó sino en que iba a verla, a estar cerca de ella las horas que quisiese. Saltó en el tren, desprevenido, loco, como un estudiante.

El caso era no perder un minuto. Le parecía increíble que pudiese sin impedimento acercarse a la amada, estrechar su mano, beber la luz de sus ojos, grandes y húmedos de dicha... Y ahora -tarde- reconocía la imprudencia. La desgracia le situaba en un departamento donde no iba nadie. El único viajero que le acompañaba, un militar, se había bajado, ya entrada la noche, en una estación donde le esperaba su familia. Y Julio no llevaba revólver, no llevaba arma ninguna. Tampoco eso se le había ocurrido.

Sintió que humedecía su frente sudor helado. «Después de todo -pensó-, estaba apurándose tontamente, por suposiciones absurdas». Es cierto que la situación envolvía algún remoto peligro; pero ¿cuántos viajeros llevan consigo objetos de valor sin que les suceda cosa mala? ¿Por qué habían de adivinar los malhechores que va en un departamento un señor tan imprudente, que portea doscientos mil francos dentro de un maletín y no lleva armas? La noche de invierno, por muy larga que sea, tiene fin. Dentro de poco amanecería; estaría próximo el término del viaje. Era propio de chiquillo, no de hombre ya probado en la vida, tal susto. Si pudiese dormir, cuando despertase habrían pasado aquellas horas fatigosas, aquella especie de pesadilla de un hombre despierto. El sueño era un recurso.

Y con el ansia de refugiarse en la inconsciencia, se cubrió los ojos con un pañuelo, se buscó postura cómoda y desplegó la firme voluntad de dormir, de sepultarse en esa soñolencia pesada que a veces producen las sacudidas del tren. Tardaba, sin embargo, en venir la transitoria muerte, el letargo bienhechor. La imaginación, en fantástico devaneo, sugería escenas trágicas. Ya la puerta del departamento se abría, como enorme boca negra, en bostezo de abismo, y por ella se precipitaba una irrupción de hombres de torva catadura, negros de hollín, con trazas de herreros o mineros, que gritaban cosas horribles para los ricos, y, apoderándose del maletín, esparcían su contenido sobre la vía, entre carcajadas e insultos. Ya era un solo siniestro criminal, que, cauteloso, se deslizaba en el departamento y, aprovechando el sueño del viajero, huía silencioso con el tesoro. Ya eran dos, que al salir de una estación, en esos momentos en que el tren apenas corre, abrían suavemente la portezuela, y de un modo brusco, al verse dentro, al incorporarse Julio sobresaltado, le sujetaban los brazos y se apoderaban del magnífico botín...

Y esta parte del sueño, cuando realmente Julio había caído en el letargo hondo, tenía todo el relieve de la realidad.

No era la visión confusa de un dormir plomizo, congestivo, como es siempre en el ferrocarril; era algo que participaba de lo obscuro del sueño y lo bien definido de las sensaciones que siguen al despertar. Julio se reconocía despierto. El peso de un cuerpo vigoroso gravitaba sobre su pecho con opresión violenta. Unas manos oprimían su garganta, impidiéndole pedir auxilio. Los dedos que se clavaban en su pescuezo estrechaban la presión. Era preciso que, mientras uno de los bandidos cargaba con la preciosa maleta, no pudiese Julio resollar, dar un grito, y el bandido cumplía a conciencia la misión de estrangularle. Los desesperados esfuerzos de la víctima, ya despierta, convulsa, no lograron romper la tenaza de hierro. Cuando Julio no se defendía, para rematarle, el hierro frío de una navaja buscó el camino de su corazón.

-¡Maldito sea! -juró el otro bandido-. Sangre no, que mancha...

Y renunciando a registrar al viajero, por evitar las manchas delatoras, los dos bandidos saltaron a la vía, eligiendo el momento en que el tren llevaba menor velocidad.