¡Que el cielo te proteja, hermosa mía!  
 ¡Que te defienda un ángel inmortal,  
 Y las flores de amor y poesía  
 Te brinden con su aroma celestial!  
   
 ¡Que un tropel de esperanzas deliciosas  
 Ocupe sin cesar tu corazón!  
 ¡Que tus días deslicen entre rosas!  
 ¡Que tus sueños los dore la ilusión!  
   
 ¡Que suelta a su placer la crencha blonda  
 Vagues por odorífero pensil,   
 Y luciendo diamantes de Golconda  
 Tengas palacios de oro y de marfil!  
   
 ¡Que no pruebes la hiel de los enojos  
 Ni escuches un gemido de dolor!  
 ¡Que no sepan de lágrimas tus ojos  
 Ni de celos mortíferos tu amor!  
   
 ¡Que enamores cual fada mi sentido  
 Con fresca tez, con seno virginal,  
 Escarchado de aljófar el vestido,  
 Con la fimbria de adornos de coral!  
   
 ¡Que te sirvan donceles y meninas  
 En la inocencia de tu edad de flor!  
 ¡Que corran de tu lecho las cortinas  
 Y viertan a tus pies pomos de olor!  
   
 ¡Que al brillar tus auroras de ventura  
 Canten el tierno amor de la mujer;  
 Cuando dejes tu sueño, tu hermosura,  
 Por la tarde los himnos del placer!  
   
 ¡Que tus horas se enlacen de jazmines!  
 ¡Que halaguen tu brillante juventud!  
 ¡Que corran entre danzas y festines  
 Y sonidos del cóncavo laúd!  
   
 Tras un sueño de amores en el suelo  
 Recorriendo las arpas de Sión,   
 Que te suban los ángeles al cielo,  
 Que allí tienes tu patria y tu mansión.  
   
 De luz te vestirás, hermosa mía,  
 Y ocuparás tu asiento de rubí,  
 Beberás los raudales de ambrosía:  
 Si entonces vivo soy, ruega por mí.  
   
 Adiós... Sigo en el mundo peregrino;  
 Yo cruzo mi desierto de dolor;  
 Te guardaré dos flores del camino:  
 Una la regó el llanto, y es de amor.  
   
 Otra la vio brotar la infancia mía;  
 La tengo por tesoro y talismán,  
 Que es delicada flor de poesía  
 Que endulza al corazón todo su afán.