Pensamientos (Rousseau 1824): 14

HISTORIA.


Para conocer bien á los hombres es menester verlos obrar. En el mundo se les oye hablar, muestran sus discursos, y ocultan sus acciones; pero en la historia estas estan á descubierto: por ella se lee en sus corazones sin las lecciones de la filosofía, y se les juzga por los hechos: sus mismos dis-

cursos ayudan á apreciarlos; porque comparando lo que hacen con lo que dicen, se vé á un tiempo lo que son y lo que quieren parecer: cuanto mas se disfrazan, mejor se les conoce.

Sin embargo, este estudio tiene sus peligros y sus inconvenientes de mas de una especie. Es difícil ponerse en un punto de vista desde donde se pueda juzgar á sus semejantes con equidad. Uno de los grandes vicios de la historia es que pinta mucho mas á los hombres por el lado peor que por el mejor. Como la historia no es interesante sino por las revoluciones y las catástrofes, en tanto que un pueblo crece y prospera en la calma de un gobierno pacífico, no hace mérito de él, no principia á hablar de este pueblo, sino cuando no siendo suficiente á sí mismo toma parte en los negocios de sus vecinos, ó les deja que la tomen en los suyos; no le ilustra sino cuando va en declinación: todas nuestras historias principian por donde deberían acabar: tenemos demasiado exacta la de los pueblos que se destruyen, la que nos falta es la de los que se multiplican: son bastante felices y sabios para que tenga nada que decir de ellos; y en efecto, aun en nuestros

dias vemos que los gobiernos que mejor se conducen son de los que se habla menos. No sabemos mas que el mal; el bien apenas forma época: no hay mas que malvados célebres: los buenos ó son olvidados ó puestos en ridículo; y he aqui como la historia, asi como la filosofía , calumnia sin cesar al género humano.

Ademas, puede suceder muy bien que los hechos descritos en la historia no sean la pintura exacta de ellos tal como han sucedido: variase de forma en la cabeza del historiador: se desfiguran por sus intereses, y toman el color de sus preocupaciones. ¿Quien es el que sabe situar exactamente al lector en el lugar de la escena para ver un suceso tal cual ha pasado? La ignorancia ó la parcialidad todo lo disfrazan. Aun sin alterar un rasgo histórico, con aumentar ó disminuir las circunstancias que se refieren á él, ¡cuantos aspectos diferentes pueden darsele! Poned un objeto á diversos puntos de vista, apénas parecerá el mismo, y sin embargo nada habrá mudado á los ojos del espectador. ¿Basta para el honor de la verdad decirme un hecho, haciendomele ver de un modo diferente del que ha sucedido? ¡Cuantas

veces un árbol mas ó menos, una roca á la derecha ó á la izquierda, un torbellino de polvo elevado por el viento, han decidido la suerte de un combate, sin que nadie lo haya notado! ¿Y esto impide acaso al historiador que os diga la causa de la derrota ó de la victoria con tanta seguridad como si se hubiese hallado en todo? ¿Mas que me importarán los hechos en si mismos cuando se me oculta la razon de ellos, y que lecciones puedo sacar de un suceso de que ignoro la verdadera causa? El historiador me da una, pero la inventa; y la misma critica que tanto ruido hace, no es mas que un arte de conjeturar, el arte de escoger entre muchas mentiras la que mas se parece á la verdad. ¿No habeis leido jamas á Cleopatra, Casandra, ú otros libros de esta especie? El autor escoge un suceso conocido; despues, acomodandole á sus miras, adornandole de detalles y circunstancias de su invencion, de personages que jamas han existido, de retratos imaginarios, amontona ficciones sobre ficciones para hacer agradable su lectura. Yo hallo poca diferencia entre estas novelas y nuestras historias, sino es que el romancero ó novelista se entrega mas á su propia imaginacion, y el historiador se sujeta mas á la de otro; á lo que añadiré, si se quiere, que el primero se propone un objeto moral, bueno ó malo, del que el otro cuida poco.

Me dirán que la fidelidad de la historia interesa menos que la verdad de las costumbres y de los caracteres; con tal que esté bien pintado el corazon humano, importa poco que los sucesos se cuenten fielmente: porque, en fin, añaden, ¿de que nos sirven unos hechos sucedidos hace dos mil años? Y tienen razon, si los retratos son bien hechos por la naturaleza; pero si la mayor parte no tienen su modelo sino en la imaginacion del historiador, ¿no es volver á caer en el inconveniente de que se queria huir, y dar á la autoridad de los escritores lo que se quiere quitar á la del maestro?.

Los peores historiadores para un jóven son los que juzgan los hechos: que juzgue él mismo, asi aprende á conocer á los hombres. Si el juicio del autor le guia incesantemente, no hace mas que ver por los ojos de otro; y cuando estos le faltan, no vé nada.

Dejo aparte la historia moderna, no solamente porque no tiene mas fisonomía y

porque nuestros hombres se parecen todos, sino porque nuestros historiadores, atentos únicamente á brillar, solo piensan en hacer retratos demasiado coloreados, y que muchas veces nada representan: buenos testigos son de esto Davila, Guicciardin, Estrada, Solís, Maquiavelo, y alguna vez el mismo de Thou. Vertot es casi el único que sabia pintar sin hacer retratos. Generalmente los antiguos los hacen menos; ponen menos espíritu y mas sentido en sus juicios: sin embargo, hay aun que hacer una gran eleccion entre ellos; no deben adoptarse desde luego los mas juiciosos, sino los mas sencillos. Yo no querria poner en las manos de un jóven á Polibio, ni á Salustio, ni á Tacito. Este es el libro de los ancianos, no es dado á los jóvenes entenderle: es menester aprender á ver en las acciones humanas los primeros rasgos del corazon del hombre, ántes de querer sondear sus profundidades: es menester saber leer bien en los hechos, ántes de leer en las máximas.

Tucidides es para mi gusto el verdadero modelo de los historiadores; cuenta los hechos sin juzgarlos, pero no omite ninguna de las circunstancias propias á hacernos juzgar


de ellos por nosotros mismos: pone todo lo que cuenta ante los ojos del lector: lejos de interponerse entre estos y los sucesos, se separa de ellos: no se cree leer, se cree ver. Por desgracia habla siempre de guerra, y casi no se vé en todas sus relaciones sino la cosa del mundo menos instructiva, á saber, los combates. La retirada de los diez mil y los Comentarios de Cesar tienen poco mas ó menos la misma sabiduría y el mismo defecto.

El buen Herodoto, sin retratos, sin máximas, siempre ameno, ingenuo, lleno de pormenores los mas capaces de interesar y de agradar, seria quizá el mejor de los historiadores, si estos mismos pormenores no degenerasen muchas veces en simplicidades pueriles, mas propias para dañar el corazon de la juventud que para formarla. Es menester discernimiento para leerle. Respecto de Tito-Lvio, es político, es orador, es todo lo que no conviene á esta edad.

La historia en general es defectuosa en cuanto no es mas que un registro de hechos sensibles y notables que se pueden fijar por nombres, lugares, y datos; pero las causas lentas y progresivas de estos hechos, que no

pueden asignarse del mismo modo, quedan siempre incógnitas. La guerra no hace las mas veces otra cosa que manifestar los sucesos ya determinados por unas causas morales que raramente saben ver los historiadores.

Añadamos á esto que la historia muestra mucho mas las acciones que los hombres, porque solo toma á estos en ciertos momentos escogidos con sus vestidos de gala: no presenta mas que al hombre público que se ha adornado para ser visto: no le sigue en su casa, en su familia, en medio de sus amigos: no le pinta, pues, sino cuando representa, y pinta mas bien su vestido que su persona.

Yo querria mejor, para principiar el estudio del corazon humano, la lectura de las vidas particulares, porque el hombre entónces en vano se oculta: el historiador le persigue por todas partes; no le deja ningun momento de descanso, ningun rincon en que meterse para evitar la vista penetrante del espectador; y cuando el uno cree ocultarse mejor, el otro le hace conocer mas bien. Aquellos, dice Montaigne, que escriben vidas, por lo mismo qiie se paran mas

en los consejos que en los sucesos, mas en lo que pasa dentro que en lo que sucede. fuera, son mas propios para mí; y he aquí por que Plutarco es mi hombre.

Es verdad que el genio de los hombres reunidos, ó de los pueblos, es muy diferente del carácter del hombre en particular, y que seria conocer muy imperfectamente el corazon humano no examinandolo tambien en la muchedumbre; pero no es menos cierto que es menester principiar por estudiar al hombre para juzgar á los hombres, y que quien conociese perfectamente las inclinaciones de cada individuo, podria prever todos sus efectos combinados en el cuerpo del pueblo.

Aun es necesario recurrir á los antiguos para este estudio del hombre, por lo que ya he dicho, y ademas porque estando desterrados del estilo moderno todos los pormenores familiares y bajos, pero verdaderos y caracteristicos, los hombres se hallan tan adornados por nuestros autores en sus vidas privadas como sobre la escena del mundo. La decencia, no menos severa en los escritos que en las acciones, no permite ya decir en público lo que no permite hacer en público;

y como no se puede mostrar á los hombres sino como representando siempre, no se les conoce mejor en nuestros libros que sobre nuestros teatros. En vano se querrá hacer y rehacer cien veces la vida de los reyes: ya no tendremos un Suetonio. Plutarco sobresale por estos mismos pormenores en que no nos atrevemos ya á entrar. Tiene una gracia inimitable en pintar á los grandes hombres en las pequeñas cosas; y es tan feliz en la eleccion de sus rasgos, que muchas veces una palabra, una sonrisa, un ademan, le basta para caracterizar á su héroe. Anibal con un chiste tranquiliza á su ejército, y le hace marchar riendo á la batalla que dio en Italia. Agesilao á caballo sobre un palo me hace amar al vencedor de un gran Rey. Cesar atravesando una pobre aldea hablando familiarmente con sus amigos, deja ver, sin pensar en ello, al picaro que decia querer solo ser igual á Pompeyo. Alejandro bebe una medicina sin decir una sola palabra;[1] este es el mas bello momento de su vida. Aristides escribe su nombre sobre una concha, y justifica de este modo su sobrenombre (de justo). Filopemenes, doblada su capa, parte leña en la cocina de su huésped. He aquí el verdadero arte de pintar; la fisonomía no se muestra en los grandes rasgos, ni el carácter en las grandes acciones: en las bagatelas es donde se descubre el natural. Las cosas públicas son ó demasiado comunes ó demasiado adornadas; y casi únicamente en estas es en las que la dignidad moderna permite detenerse á nuestros autores. Uno de los mas grandes hombres del último siglo fué incontestablemente Turena. Se ha tenido el valor de hacer interesante su vida por pequeños pormenores que hacen conocerle y amarle; pero ¡cuantos ha sido preciso suprimir, que lo hubieran hecho conocer y amar mas! Yo no citaré mas que uno que sé de buen original, que Plutarco no hubiera omitido, pero que Rainsay habiera dejado de escribir, aunque lo hubiera sabido.

Un dia de estío que hacia mucho calor, el vizconde de Turena con una bata blanca y un gorro estaba puesto á la ventana de su antecámara: viene uno de sus criados, y engañado por el vestido le tiene por un ayuda de cocina con quien gastaba este criado gran familiaridad: se acerca poco á poco por detras, y con una mano no muy ligera le da un gran golpe sobre las nalgas. El hombre á quien se había dado, vuelve al instante la cara: el criado vé temblando la de su amo: se arrodilla asombrado: «Señor, dice, he creído que era Jorge. — Y aun cuando hubiese sido Jorge, esclama Turena frotandose el trasero, no era menester pegar tan recio. Historiadores, ved aquí pues lo que no os atreveis á decir; pero á fuerza de dignidad os haceis despreciables. En cuanto á tí, buen joven, que lees este rasgo y que sientes con enternecimiento toda la dulzura de alma que demuestra, aun en el primer movimiento, lee tambien todas las pequeneces de este grande hombre desde que se trató de su nacimiento y de su nombre: piensa que es el

mismo Turena, que afectaba ceder en todo el paso á su sobrino, para que se viese bien que este niño era el gefe de una casa soberana. Reune estos contrastes, ama la naturaleza, desprecia la opinion, y conoce al hombre.

Veo en el modo con que se hace leer la historia á los jóvenes, que se les transforma, por decirlo asi, en todos los personages que ven: que se hace un esfuerzo para llegar á hacerlos ya Ciceron, ya Trajano, ya Alejandro, para desanimarlos cuando vuelven á entrar en sí mismos, y para dar á cada uno el pesar de no ser mas que él mismo. Este método tiene ciertas ventajas que no niego; pero es conveniente reflexionar que el que principia por hacerse estraño a sí mismo, no tarda en olvidarse enteramente de sí mismo.

Los que dicen que la historia mas interesante para cada uno es la de su pais, se engañan. Hay países cuya historia ni aun puede leerse, á no ser un imbécil ó negocista: la mas interesante es aquella en que se encuentran mas ejemplos de costumbres y de caracteres de toda especie, en una palabra, mas instrucciones. Os dirán que de esto hay tanto entre nosotros como entre los antiguos:

eso no es verdad; abrid su historia, y hacedles callar. Os dirán que lo que nos falta son buenos historiadores; pero preguntadles ¿por que? Esto tampoco es verdad: dad materia para formar buenas historias, y se hallarán los buenos historiadores. En fin, dirán que los hombres en todos tiempos se parecen, qué tienen las mismas virtudes, los mismos vicios; que no se admira á los antiguos sino porque son antiguos: tampoco esto es verdad, porque antiguamente se hacían grandes cosas con pequeños medios, y en el dia se hace todo lo contrario. Los antiguos eran contemporáneos de sus historiadores, y nos han enseñado empero á admirarlos. Seguramente que si la posteridad admira á los nuestros, no lo habrá aprendido de nosotros.

Los antiguos historiadores estan llenos de miras de que podria hacerse uso, aun cuando los hechos que las presentan fuesen falsos; pero no sabemos sacar ningun partido de la historia: todo lo absorve la critica de erudicion, como si importase mucho que un hecho fuese verdadero, con tal que se pudiese sacar de él una instruccion útil. Los hombres sensatos deben mirar la historia

como un tejido de fábulas cuya moral es muy apropiada al corazon humano.

  1. Habiéndole suministrado su médico Filipo esta medicina, en el momento de tomarla Alejandro recibió una carta de Parmenion, en que lo decia que Filipo, ganado por Dario, rey de los Persas, con quien Alejandro estaba en guerra, pensaba envenenarle; pero Alejandro entregó dicha carta con una mano al facultativo, y tomo con la otra la saludable bebida, siendo un pronto restablecimiento el efecto de su noble confianza. (Nota del traductor.)