Pedagogía social/Higiene psíquica

HIGIENE PSIQUICA

Toda religión — y entendemos por tal las concreciones mitológicas como ensayos de explicación de la naturaleza, la organización de las creencias imaginativas en un cuerpo de doctrinas y de dogmas, y la fijación del culto en un sistema ritual — por intuir el enlace de los fenómenos naturales, por encerrar una cosmología embrionaria, por implicar una metafísica después de pasar por los períodos psicológicos de la imagen concreta, de la abstracción y generalización medianas y de los altos conceptos engendrados por el sentimiento intelectual, al constituir una de las fases iniciales del conocimiento, al ser para la humanidad según la frase feliz de Renan, lo que la nidificación es para los pájaros, levantó el andamiaje de la ciencia.

En su origen, la concepción de las divinidades fué la objetivación del hombre en todos los fenómenos que él alcanzó a percibir.

La religión le fué sugerida por las cosas mismas: fué la reacción natural y espontánea de su afectividad, de su pensamiento, de su instinto de solidaridad universal, de la ley de gravitación psíquica, ante la acción ejercida sobre él por el mundo exterior.

Los dogmas especiales que presentan las religiones, y por los cuales están en conflicto con la ciencia, expresan, en realidad, no revelaciones sobrenaturales, sino el esfuerzo del espíritu humano para representarse, de una manera conforme a su desarrollo y a sus hábitos, la gravitación de lo absoluto, de lo infinito, cuyo eentimiento le es impuesto por la contemplación de la naturaleza.

El hombre, al admirar lo que le rodea, no ve falso: ve limitado.

Toda religión es la síntesis de necesidades, de aspiraciones que la ciencia aún no ha llegado a satisfacer. Así comenzó por ser el patrimonio de esa gran consoladora de la vida, de la imaginación que todo lo animó, que todo lo personificó hasta que la reflexión, la comparación y la generalización abstrajeron al hombre del mundo y de las cosas.

Las primitivas, groseras religiones, fueron superposiciones sistematizadas bajo la influencia de la necesidad y de la pasión.

En principio, fueron el conjunto de leyes que regulan las acciones y reacciones sociales entre los hombres y las supuestas potencias superiores.

Y esas leyes fueron concebidas a imageu y semejanza de las que rigen las relaciones comunes entre los hombres cuando el uno pide y el otro da: ruegos, ofrendas, respeto, sumisión, agradecimiento, amor y miedo.

Luego las necesidades económicas, las relaciones familiares y sociales, la interpretación embrionaria de los fenómenos — que engendrará más tarde el derecho, la sociología, la filosofía y las ciencias experimentales — se fueron cristalizando alrededor del terror que el despliegue de las fuerzas naturales inspira al hombre, y del deseo de conocerlas: así el egoísmo es la fuente del miento religioso como lo es de todo lo esencialmente humano.

Y el miedo, la esperanza, el sentimiento de dependencia, la necesidad de protección, engendraron ensayos de explicación de, lo creado, representaciones de orden intelectual alrededor de un núcleo afectivo. Y esa curiosidad, germen de la ciencia, llevó al hombre a interpretar, por analogía, asimilando esas fuerzas a voluntades externas al mundo.

Y la necesidad de comprender y la de vivir en sociedad, esencialmente humanos, vencieron el terror, engendrando la esperanza, la curiosidad y el deseo de dominar.




El hombre — ese animal que tiene sed.de la realidad, que en su persecución es arrastrado fuera de él mismo — aspira, por intermedio de ella, a ser tan completo, tan íntimamente, como le sea posible, un ser humano. Por eso nada de lo que es humano, nada de lo que "es" deja de apasionarlo.

Por el sentimiento y por la idea, el hombre completa e implica el universo todo.

Y en ese poder de universalizarse, de limitar con la conciencia el todo que la formó, de irradiar desde ese centro hasta el universo entero, de objetivarse con solo quererlo, de amar universalmente—base sobre la cual la imaginación edifica la liberación futura—ahí, en ese núcleo esencialmente humano, germinan el sentimiento y la idea religiosa.

La base de la religión, es, pues, más que un principio transcendente, un principio inmanente que enlaza el yo y el no yo en viviente reciprocidad de pasión y de acción.

El progreso de la religión es un progreso del sentimiento que fusiona la causa interna con Ia causa externa.—Y el progreso de las ciencias es un progreso del conocimiento de esas causas. Así entendidas, religión y ciencia, lejos de excluirse se complementan.

Pero religión y ciencia son antagónicas siempre que la religión no eleve el tipo humano exaltando su fuerza de voluntad, vivificando su confianza en él mismo, haciéndole desear el sentir sobre sí el peso de las grandes responsabilidades, desarrollando en él los instintos vigorosos de la vida de los que emerge la dicha por la expansión, por la comunión de la energía íntima con la energía colectiva.

Religión y ciencia son antagónicas siempre que religión dé ilusiones por verdades, siempre que afirme como infalible más allá de lo demostrable y, sobre todo, contra todo lo demostrado. Hay una distinción capital entre el pensamiento religioso y el pensamiento científico: si los dioses existen no poseemos ninguna prueba de que se hayan jamás ocupado del hombre. La constitución del mundo está llena de intenciones, al menos aparentes; pero en los hechos y detalles nada hay de intencional. El estudio de la naturaleza muestra, netamente, al contrario, que todos los seres son tratados del mismo modo indiferente y feroz. La naturaleza se preocupa de la especie y jamás del individuo. El mundo nos revela, con su ausencia completa de plan reflexionado—aparente, al menos,—esfuerzo espontáneo, como el del embrión, hacia la vida y la conciencia.

Desde la aparición de la conciencia, ha habido causa relativannente libre que ha usado de las fuerzas de la naturaleza para fines deseados; pero esta causa emana ella misma de la naturaleza; es la naturaleza volviendo a encontrarse, llegando a la conciencia.

La verdad evoluciona, la verdad se hace lenta, pero constantemente, como se hace la vida; y es que la verdad es alma.

Las concesiones hechas al absurdo, a lo relativo, suelen ser a menudo, necesarias en las cosas humanas, pero no son más que transitoriamente necesarias. El error no es el punto de arribo para el espíritu humano; si hay que contar con él, si es inútil el denigrarlo amargamente, por fortuna no es necesario venerarlo.

Los espíritus lógicos y de amplias miras serán seguidos por la humanidad. Basta que a las grandes ideas se les conceda los siglos que necesitan para transformar lentamente el medio intelectual, la atmósfera moral y social, condición de toda vida larga y fecunda.

Ciencia, filosofía, arte, legislación, política, educación. He aquí los grandes modificadores del medio social y de la atmósfera intelectuall si se les da el tiempo suficiente para la acumulación total de sus acciones parciales.

Las ideas conducen el mundo hasta cuando son rechazadas por el individuo (en particular), gracias a la modificación progresiva de los instintos por la reflexión acumulada en el tiempo y generalizada en la raza.

Así el argumento que hoy no logra convencer al creyente acabará mañana por disolver la ciencia.



Antes de señalar al estudio crítico detenido los puntos vulnerables de las religiones antropomórficas — casi sin excepción todas las existentes, — procuraremos definir un criterio pragmático que nos permita reconocer cuándo la idea, cuándo el sentimiento son o no humanamente verdaderos.

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Es obra sana el perseguir el mal, cobre todo el mal inconsciente, extraviado, del fanatismo que se difunde con tanta mayor facilidad cuanto más incultas son las masas a que se dirige y cuanto mayor es la buena fe, cuanto mayor es la exaltación y firmeza de creencias del que lo propala.

Y está probado que, entre las emociones morbosas, ninguna encierra una tendencia más marcada a propagarse rápidamente bajo la forma epidémica de la pseudo-religiosidad.

Cuanto más nos elevemos sobre las religiones sistematizadas, tanto mejor las comprenderemos y tanto más admiraremos lo humanamente grande que ellas encierran, aun cuando ese ideal se haya extraviado en la actualidad.

Quizás un medio de comprender y de amar mejor esas religiones estriba en salir fuera de ellas.

Indicaremos sumariamente las principales alucinaciones y concepciones delirantes de toda religiosidad mórbida.

En su origen, la concepción de un dios es obra a la que la naturaleza humana se entrega por entera. En la concreción psicológica de la idea del dios, un estado individual cualquiera, para llegar a un efecto determinado, es personificado, revistiendo el carácter de causa. Los estados de potencia creatriz inspiran al hombre el sentimiento de que él es independiente de la causa, es irresponsable. — Llegan a nosotros sin ser deseados, — y esa conciencia de un cambio originado en nosotros sin que lo hayamos provocado, parece exigir una voluntad externa al yo.

Así, hoy mismo, los inconscientes, la exaltación del artista en el momento de la creación, es atribuída por él mismo a la inspiración, a ese algo externo que se posesiona de él sin saber cómo.

El hombre, no osando atribuir a sus propias fuerzas todos los grandes momentos en que su vida traza una línea ascendente, imagina que, en determinados casos su ser pasivo influído, subyugado por una personalidad más potente, triunfa gracias a este estímulo externo.

He aquí cómo la pseudo-religiosidad deprime el concepto de "ser humano". En los momentos que el hombre marca la línea ascendente de la vida, esa religiosidad divide en dos la causa del acto, dejando para el hombre la pasividad fácil y deprimente, y para el dios personal la actividad superior y estimulante.

Toda creación de un dios antropomórfico, toda idea de intervención divina ocasional, toda desorbitación de la conciencia, centro de gravedad de la psiquis, alucinándola con apoyos externos, no es más que una alteración morbosa de la personalidad, basada en un sentimiento de miedo, de terror ante la potencia inesperada del yo: alteración llevada hasta el desdoblamiento en los casos agudos de erotismo religioso, de histerismo beatífico o de éxtasis cuasi divino.

Las creencias, ideas o conclusiones acerca de una vida individual futura, engendradas por la necesidad de gozar, son ejemplos de razonamiento imaginativo, que va de lo conocido a lo desconocido, piloteado por el sentimiento.

Las concepciones de una inmortalidad feliz o lacerada, que se reducen a juicios de valor sobre las diferentes formas de la vida; de las cuales una es el prototipo del soberano bien (paraíso), y la otra el del soberano mal (infierno), no encierran más que el deseo de vivir siempre, que engendró y organizó, en su lucha con la duda, esa creencia. Ante un peligro, frente al dolor, el deseo intenso de ayuda, inhibiendo los juicios racionales, engendró la creencia, por afirmación inmediata, irresistible, absoluta, inquebrantable; creencia que sólo se explica por la ceguera y la insensibilidad natural ante todo aquello que se opone a un estado emocional agudo. Estado que la lógica de los sentimientos estudia.

El dolor moral buscó un remedio, se esforzó por restituir, aunque fuera por medios artificiales, la cantidad de vida, de energía perdidas, y engendró ese razonamiento de consolación que se llama la plegaria, pseudo-consuelo que no conforta sino a los incapaces de consolarse a sí mismos.

Pero, como llena una necesidad humana, como equilibra, aunque momentánea y falsamente, la línea de la vida, como engendra las grandes convicciones aparentes, se crea una lógica afectiva apropiada y domina inconscientemente a las multitudes.

Son prejuicios, son sofismas del sentimiento, son supersticiones, es decir, esfuerzos impotentes de la razón por guiar inducciones extraviadas. Son ese andamiaje que la ciencia abandonará definitivamente en cuanto llegue, en su conquista de la realidad, a ser la síntesis integral de las necesidades y de las aspiraciones humanas.

Dejando para otro momento el historiar la formación y la deformación de la creencia, — capítulo interesantísimo en la evolución de la religiosidad, — señalaré, de paso, cuán antihumano, casi cuán criminal — ya que se conocen los resultados, — es el dejar la suerte y los corazones infantiles bajo la influencia deformadora de la educación pseudo-religiosa actual.

Conclusiones

1.° Toda idea religiosa que contenga la afirmación de la vida, tal cual nos es dado conocerla, es buena.

2.° Toda idea religiosa — por bella y consoladora que sea, en apariencia — es mala si contiene la negación o la deformación de la vida tal cual nos es dado conocerla.

3.° La educación pseudo-religiosa actual es contraria a la afirmación, a la evolución de la vida.