El poeta vivía retirado en un barrio extremo de Madrid. Más que ciudadana, era campesina su vivienda -entre hotel y casa de campo-, limitada por tierras en labranza y embellecida por un jardín y un huerto.

Certamen celebraban en el jardín las flores durante la primaveral estación, volviéndolo paleta, donde lucían los rosales su espléndida gama que va, por entre perfumes, desde el blanco al bermejo; los claveles, sus amarillos y sus grana; los pensamientos, sus caritas de gnomo; los lirios y violetas, sus obispales vestiduras; los jazmines, su nácar; los nardos, su marfil. Los girasoles esplendían sobre el espacio como soles minúsculos; como astros brillaban en el cielo verde de los macizos margaritas y tréboles. Los ramos de acacias y de lilas volvíanse airones al suave empuje de los céfiros. La atmósfera, hecha incienso por los alientos vegetales, ascendía, en moléculas irisadas, al encuentro del sol.

Desde el mayo al septiembre, desbordaban en frutos los árboles y las plantaciones del huerto.

Los tomates coqueteaban entre las rejas del cañizo; los pimientos campanilleaban sobre el esmalte de los tallos como caireles de coral; entre hojas berilianas se erguían las fresas, tal que sueltos rubís. A este lado descubría el calabazal sus anchos panes de oro; al otro desflecábase la escarola en rizos o se abría la lechuga en penachos.

Los frutales enrejaban sus ramas, para ofrecer a los pájaros nido. Por ellas descolgaban los albaricoques pecosos, las ciruelas amoratadas, los agridulces nísperos, las guindas carmesí, los higos goteantes de miel. Naranjos enanos embalsamaban el ambiente con los perfumes de su azahar. Un pino solitario derramaba sobre su viudez lágrimas de resina.

En el corral tenían su harén dos gallos jaquetones. Muchas veces disputaban a ki-ki ri-kí limpio; algunas se herían fieramente las crestas y se hincaban los espolones en la carne; eran éstas las menos. Allá se iban en arrestos y poderío los corajudos campeones, y salían en sus duelos a picotazo por garrazo. De ahí que procuraran vivir en buena paz, sin trasponer los límites de sus dominios y sin disputarse el amor de sus respectivas esposas. Bien es cierto que, teniendo diez esposas cada uno, ni tiempo ni resistencia había para infidelidades.

Las que andaban siempre a la greña eran las gallinas. ¡Y no digamos si se hacían lluecas y alguna intrusa se aproximaba al canasto donde germinaban los huevos o al montón donde garreaban las crías!... En tales circunstancias, ni el propio gallo metía a su dama en cintura. Revolvíase contra el macho, y érale a éste preciso guardar bien las distancias para no sufrir desazón.

Por entre gallinas y gallos andaban los conejos y coqueteaban las palomas, prontos ellos y ellas a refugiarse, al menor asomo de peligro, en las madrigueras artificiales o en el enhiesto palomar.

Para abrir un paréntesis a su existencia de hombre, desordenada y tumultuosa, y proporcionarse algún descanso en sus faenares de artista, escogió el poeta aquel retiro. Estaba harto de su vivir a lo bohemio, olvidando, no atendiendo, mejor dicho, afectuosamente -ya que materialmente lo hiciera-, las obligaciones que lo imponían su madre enferma, dos hijos menores y una mujer que fue compañera de Alejandro en las épocas de Penuria. Seguía ahora a su lado, ocupando junto a los niños el sitio que su paridora dejó libre, para buscar más tranquilidad o más placer en brazos de otro amante.

Propósito fue también de Alejandro, alquilando aquella vivienda -ya que los rendimientos de su última obra teatral se lo permitían-, estar ocioso una temporada, reparando fuerzas y deserizando, por méritos, de su silencio, la envidia que sus éxitos despertaran entre la gente del oficio.

La segunda parte del plan no consiguió realizarla. Culpa fue de un músico insigne, el primero entre los músicos españoles, que, soñando a toda hora el sueño hermoso de dar vida potente a nuestra ópera nacional, estaba en punto de lograrlo, gracias al auxilio de un hombre arriesgado y emprendedor que puso al servicio de tal empresa sus caudales, su voluntad y sus arrestos.

Reunió el músico a sus compañeros; solicitó para la empresa el auxilio de ilustres autores dramáticos y logró que cada uno se comprometiese a escribir un libreto de ópera. Los músicos se repartirían los libretos, y, una vez terminada su artística labor, a inaugurar el teatro que para tales fines estaba construyéndose y a poner las obras en ensayo con la compañía y la orquesta ya contratada.

Componíase la orquesta de profesores excelentes e iba a dirigirla un maestro que no lo era con la batuta sólo; reinaba también sobre el papel pautado y tenía a su cargo musical el libreto ofrecido por Alejandro.

A punto de terminar su labor andaba el poeta. Más de un mes llevaba entretenido en ella; no pocas veces, durante ese espacio de tiempo, fue susto, con los gestos y manoteos a que lo impelían sus imaginaciones, de los habitantes del corral. Hasta asombro de los vecinos fue. Más de uno, pasando por frente del hotel, se detenía para contemplar a aquel señor «que hablaba solo». Cuando llegaba el curioso a su domicilio o departía con sus tertulios de café, afirmaba rotundamente que el inquilino del hotel de la verja dorada (por las puntas) estaba loco de remate.

Se había fijado para fin de semana la lectura del libro; y fueron invitados a ella, a más del futuro autor de la música, del compositor que dirigía artísticamente la empresa y del empresario, otros músicos y escritores.

La Compañía estaba contratada ya, a falta de aviso para presentarse en Madrid y dar principio a los ensayos. Casi todos los artistas eran españoles (las óperas se iban a cantar en español); sólo figuraban como excepciones, por sus méritos especiales y por hablar el castellano como su propio idioma, dos tiples, una italiana, otra portuguesa, y un tenor milanés que competía en voz con los ángeles, según afirmación de quienes le escucharon. También debieron los tales escuchar a los ángeles, cuando entre ellos y el milanés tenor se permitían establecer comparaciones.

Faltaban dos horas para el almuerzo que, en obsequio de sus escuchadores, había prevenido el poeta, y paseaba éste por su despacho, revisando por vez última las cuartillas, mientras disponían el comedor, en una amplia galería de cristales, con vistas al jardín, las mujeres de la casa y un camarero, alquilado para servir la mesa.

Los manteles desbordaban en flores; el sol de un hermoso mediodía de invierno quebraba sus rayos sobre las copas de cristal; el champagne se enfriaba entre hielo, aguardando el minuto de espumear dentro de los vasos y de estremecer labios y narices con su picante cosquilleo.

En automóvil -era el empresario rumboso- llegaron los invitados del poeta; sirvióse el almuerzo, sazonado con sabrosas conversaciones; se descorchó y bebió el champagne; humeó en las tazas el café y, mientras los invitados lo apuraban a sorbos y a chupadas y rechupadas iban consumiendo los frescos Henry-Clay, dio comienzo Alejandro a la lectura de su drama.

Mereció la obra unánimes aplausos; menudearon los parabienes para empresarios, autores y director artístico, y se dio por seguro, con aquel drama y con los otros que en el telar había, el éxito de la batalla. El maestro encargado de dar vida musical al poema, manifestaba a grandes voces su entusiasmo, empinándose sobre la punta de los pies para acrecer su estatura minúscula, alzando al espacio su frente llena de inteligencia y lanzando relámpagos de voluntad y de energía por sus ojillos penetrantes.

-Nada, nada -exclamó el empresario-; en la cena del jueves próximo hay que leer el drama. Irán todos; tú el primero, Alejandro.

-No, yo no -repuso éste-. Enviaré el drama y cualesquiera de ustedes -eso irá ganando el poema- me hará la merced de leerlo.

-¡Y por qué no has de leerlo tú! -preguntó a Alejandro el director artístico.

-Sabes que me he propuesto, formalmente, no entrar por Madrid en una temporada. Tengo capricho, necesidad de vivir solitario, retraído unos cuantos meses.

-No obstante esas ansias y esa necesidad -dijo uno de los tertulios-, hay que presentarse en la cena del lunes. A leer, no más que a leer -añadió-; luego, si quieres, te embarcamos, te facturamos en el automóvil de Goicoechea y te deja el automóvil en la propia cama, si tal es tu deseo.

-Pero...

-¡Pues ya lo creo que vendrás! -gritó el empresario-. A fe de Goicoechea, que si no vinieses, era capaz de enviar en tu busca el tercio montado de la Guardia civil. Vendrás. Sobre que, si faltaras, cometerías una imperdonable incorrección. Figúrate que, a más de estos y otros escritores y tocadores de postín, he invitado a la cena y a la lectura, que, sin contar contigo, anuncié, a las principales partes de mi famosa compañía; a los que me sacan un riñón por cada gorgorito. Todos llegaron ya; entre ellos la tiple que se encarga de tu protagonista. ¡Estupenda mujer! Sólo por verla merece recorrerse a pie el camino que hay desde tu casa al teatro. ¡Ya verás, ya verás! No hay escape; contamos contigo; de modo que a las ocho de la noche tienes mi automóvil a la puerta. Conformes. ¿No es eso?

-Puesto que te empeñas, conformes; pero conste que, en cuanto acabe la lectura, tomo el camino de mi conejera extraurbana. Sé cómo las gastas y no tengo humor para juergas.

-Eso tú lo verás -respondió Goicoechea-. Hasta el jueves -repitió, apretando la mano de Alejandro, que salió a despedirles.