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XLV

esquadra ateniense que venció á los lacedemonios en el combate nabal de las islas Arginusas. Conseguida la victoria sobrevino repentinamente una tempestad, que obligó á los comandantes á hacerse á la vela, sin haber podido enterrar los muertos. Llegados á Aténas, en vez de recibir las señales de reconocimiento que les eran debidas por el servicio que acababan de hacer á la República, fuéron por esta omision involuntaria acusados ante el Senado, y condenados á sufrir una muerte ignominiosa. Sócrates fué el único que perseveró constantemente en defenderlos, y que no quiso dar su voto para esta inhumanidad, prefiriendo exponerse al resentimiento de los ciudadanos mas poderosos de la República, que quebrantar el juramento que habia hecho al entrar en su empleo, de no hacer jamás cosa contra la razon y contra la equidad.

Los atenienses experimentaron bien pronto las funestas conseqüencias del yerro que acababan de cometer; porque Lisandro, General lacedemonio, atacó su esquadra al año siguiente, la derrotó y echó á pique casi todos los navios,