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PLAGIADO

había hecho: raterías, acusaciones falsas y hasta de un asesinato; pero todo con tal carencia de verosimilitud en los detalles, y con tales fanfarronadas, que me hicieron compadecerle más bien que creerle.

Le pregunté acerca del bergantín (que declaró ser el mejor buque que navegaba en el mundo), y también acerca del capitán Oseas, á quien tributó grandes elogios. Según él, era un hombre á quien no le importaba ni el cielo ni la tierra; un hombre que, como decía la gente, "entraría con todas las velas desplegadas el día del juicio final"; rudo, fiero, sin escrúpulos de ninguna clase y brutal; y todo esto mi pobre muchacho de cámara había creído que era digno de admirarse como varonil y muy al caso en un marino. Solo admitía una falta en su ídolo.

"No es marinero, dijo; el Sr. Suan es el que hace navegar el buque: ese es el mejor marinero que existe. Y ¡cómo bebe! ¡Ese si que es un hombre! Mire Vdaquí, agregó;" y bajándose la calceta me mostró una herida grande, aun en carne viva, que me heló la sangre.

"El Sr. Suan hizo esto; sí, él lo hizo," agregó con cierto orgullo.

—¡Qué!—exclamé.— Vd. sufre semejantes crueldades ? ¿ Es Vd. un esclavo para ser tratado de esa manera?

—No,—dijo el pobre imbécil,—cambiando de acento de repente, no y ya lo verá Vd. Vea Vd. esto, y me mostró un gran cuchillo que me dijo haber robado.—¡ Oh!

—continuó,—deje que pruebe otra vez; ya verá lo que es bueno; y no será el primero.

Y afirmó su dicho con un pobre, estúpido y feo juramento. Jamás sentí tanta compasión por nadie en el mundo como la que experimenté por aquella criatura -