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NOLI ME TÁNGERE

El militar era un viejo teniente, alto, de fisonomía adusta: parecía un duque de Alba rezagado en el escalafón de la Guardia civil; hablaba poco y con dureza.

Uno de los frailes, un joven dominico, pulcro y brillante como sus gafas de montura de oro, afectaba una temprana gravedad: era el cura de Binondo, y en otros tiempos había desempeñado una cátedra en San Juan de Letrán. Tenía fama de consumado dialéctico. Hablaba poco y parecía pesar sus palabras.

Por el contrario, el otro, que era un franciscano, hablaba mucho y gesticulaba más. A pesar de que sus cabellos empezaban á encanecer, conservábase todavía joven y robusto. Sus duras facciones, su mirada poco tranquilizadora y hercúleas formas le daban el aspecto de un patricio romano disfrazado, y al verlo se acordaba uno de aquellos tres frailes de que habla Heine en sus «Dioses en el destierro», que por el mes de Septiembre, allá en el Tyrol, pasaban á media noche en una barca por un lago, y al depositar en la mano del pobre barquero una moneda de plata, fría como el hielo, lo dejaban lleno de espanto.

Uno de los paisanos, un hombre pequeñito, de barba negra, sólo tenía de notable la nariz, de extraordinarias dimensiones; el otro, un joven rubio parecía recién llegado al país. Con éste sostenía el franciscano una viva discusión.

—Ya lo verá—decía el fraile;—cuando esté en el país algunos meses se convencerá de lo que le digo; una cosa es gobernar en Madrid y otra es estar en Filipinas.

—Pero...

—Yo, por ejemplo—continuó fray Dámaso cortando la palabra á su interlocutor,—yo que cuento