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LA GUERRA GAUCHA

resistencia, ceñía á la desesperada sus nudos disciplinarios. La selva aspillerada en todas direcciones por fortuitos disparos, desfondábase como una jaula insegura. Las noches ofrecían, más que un refugio, un peligro. Tropeles inopinados rodaban de pronto por el flanco de las columnas. La alarma extinguía los fuegos; y así esperaban el día, acurrucados en sus capotes, mascando el frío.

Cuanto más se metían, las montoneras multiplicaban su temeridad, si bien con ataques más silenciosos también. En los tumultos hablaban muy pocas carabinas. Una noche esa decreciente algazara cesó también. Ya no había pólvora.

Al otro día, amanecieron los maturrangos junto á un río entre cumbres; y éstas se despertaron bajo apremiante vibración de dianas, pues los invasores, no encontrando coyuntura mejor para desperezarse, clarineaban sus desahogos. Además, la música desafinaba con su sonoro adrede. Pero ni el bosque ni la montaña dieron señales de vida.

Tres cuerpos, dos de dragones, uno de húsares, componían la columna, custodiando dos compañías el forrajeo de sus acémilas. Por más que interrogaban al paisaje, nada advertían; pero los acechaban, sin embargo, y aun hablaban de ellos muy cerca en un aguardo del monte.

Dos voces. Dos murmullos. Pocas palabras.