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Y dió un toque al cuerno y encendió un papelillo. Estoy alegre, dijo, y siguió cantando:

Sin repugnancia ni quejas
De mulo más bien haré;
Pero ser paje de viejas,
Liberanos, Dominé.

—¡Ja ja ja! ¿Qué te parece, Juanita? Pero estos versos no son para tí que eres joven y linda. Hijita, sirviéndote de paje daría yo la vuelta al mundo.

Juanita iba tristísima, y por extremo turbada é inquieta, y apenas paraba la atención en las burlas de su impertinente compañero. Fijaba la vista aquí y allí, á derecha é izquierda del camino, pero no veía sino sombras y las masas informes de los matorrales que se levantaban á las orillas de las zanjas. —¿Dónde estará? pensaba; ¿si estará cerca? ¿si estará por aquí? ¿cuándo asomará? Y á veces la fantasía le presentaba tres ginetes que salían á su encuentro; ¡Antonio! murmuraba, y se estremecía; pero lo que había visto eran matas oscuras que sobresalían de las demás. ¡Un ruido!.... ¡vienen!.... ¡se aproximan!...... Era el ruído de un arroyo que caía al fondo de un barranco.

A don Bonifacio se le había pasado el momento de buen humor, y llevaba consigo un compañero malísimo en toda ocasión, pero sobre todo en la soledad y entre las sombras —el bendito miedo. —¿Si estarán ya por aquí esos bribones? se decía; ¡guapa me la pegarían! Yo solo, ellos tres, esta loquilla determinada...... ¡Hum! ¡hum! Hasta Tiopullo ¡qué peligro! ¿Y si en Tiopullo nos aguardan?.... Y el viejo veía también fantasmas y temblaba.

Pero no hay noche eterna, ni fantasmas que no se desvanezcan, ni miedo que no pase. Amaneció. Seguía cayendo una llovizna que semejaba polvo, al través del cual se veían todos los objetos confusos y vagos. Hallábanse nuestros viajeros en la cima de la cuesta de Romerillo; á la derecha se descubría la pequeña selva de Monte-redondo, á la izquierda había unos cuantos árboles propios de aquella fría región; y árboles y arbustos destilaban abundantes gotas que el aguacerillo depositaba en sus hojas y flores. Los mirlos cantaban aquí y allá metidos entre las ramas, y los conejos saltaban y huían sacudiendo la mojada grama, al aproximarse los caminantes. El día se dispertaba alegre como siempre, pero estaba contrariado por la naturaleza que había querido llorar á esas horas, y rehusaba quitarse su manto de nieblas. Buena estaba para compañera de Juanita.

—¡Eh! dijo don Bonifacio, ya tenemos luz, ¡gracias á Dios! En la oscuridad no hemos tenido ladrones; ¡quién sabe si en la claridad no vengan á hacernos una diablura! Con todo, más vale tener luz que sombras. ¿Qué dices, Juanita? ¿No tienes miedo? Yo sí lo tengo. Mira, no tardaremos en atravesar Tiopullo, guarida